Con un vaso de whisky

julio 15, 2010

Epílogo

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:04 pm

            EL SOL IBA DESCENDIENDO AQUELLA TARDE, como todas las tardes. Aún iluminaba los campos, los caminos, las copas huesudas de los árboles. Aldous Werner admiraba la hermosa tarde de invierno, un tanto adormecido bajo el mismo sol que Edmund Lukas observaba en el puerto de Orchar y que Ailin no podía contemplar en la cueva de los piratas. Sentado en una cómoda silla baja, envuelto en una amplia pelliza, oía los gritos de sus pequeños sobrinos nietos jugando, corriendo, peleándose por el jardín de la casa. La dueña de la casa, su hermana Elda, le tocó el hombro.

            – Aldous, tienes una visita importante.

            El aún Honorable Miembro de la Asamblea dobló el pescuezo hacia donde Elda le indicaba: había allí un hombre vestido con ropa de montar, manchada, que aguardaba cortésmente. Werner lo reconoció al primer vistazo.

            – ¡Excelencia! ¡Haced el favor! Elda, haz el favor de encender el fuego en el salón. Recibiré al Gran Mariscal allí.

            – Por favor, maestro Werner, por favor, no es necesario. Si no es molestia, preferiría quedarme aquí mismo.

            – Si tal es vuestro gusto. Afortunadamente disponemos de una silla libre. Sentaos. ¿Tal vez querréis una copa de algo caliente?

            – Hemos preparado un buen ponche caliente, Excelencia.- dijo Elda- Justo lo que necesita cualquier viajero cansado.

            – Sería magnífico, señora.

            Elda fue a dar las órdenes pertinentes. Frank Horst se sentó con lentitud en la silla, como a quien le duele hasta el último hueso del cuerpo. Werner le lanzó una mirada rápida, desviando luego los ojos hacia unas lejanas montañas. El Mariscal contemplaba a los pequeños. Permanecieron en silencio hasta que un criado les trajo una jarra de ponche humeante, con sendas copas.

            – Yo me ocuparé, Matthias.- dijo Aldous- Puedes retirarte.- sirvió la bebida y le pasó a Horst su copa. Éste tomó un sorbo, luego otros dos y sonrió.

            – Maravilloso. Es justo lo que necesitaba, luego de este viaje.

            – Os hacía en Nicolia, Excelencia. Después de vuestra comparencia ante la Gran Asamblea, no permanecisteis en Izur.

            – No tenía objeto demorarme en la ciudad. Tengo una provincia de la que ocuparme. Si acudí a la Gran Asamblea fue por la insistencia de los demás Gobernadores fronterizos.

            “Ah, vamos.”

            – Una insistencia, lo reconozco, que me halaga. Aunque no esperaba que las peticiones de los Gobernadores causaran semejante impresión a los Miembros de la Asamblea.

            – El vuestro fue un discurso muy aplaudido, Excelencia. Esas peticiones no podrían haber tenido un abogado mejor.

            – Maestro Werner, le ruego que no me conceda un tratamiento tan ceremonioso. Somos dos ciudadanos, al fin y al cabo.

            – Sólo que uno de ellos tiene ahora potestad sobre toda la frontera occidental de la República.

            – Y el otro pertenece a una de las dos más elevadas instituciones de la República. Honores parejos.

            – Puede ser.

            Aldous bebió su ponche, refugiándose cómodamente en el silencio.

            – La verdad es que no llegué a Nicolia. El mensajero que traía mi nombramiento se nos cruzó en el camino.

            Werner estaba fascinado por las formas que el viento esculpía en una nube. El Mariscal seguía contemplando el juego de los niños.

            – ¿Y se desvió usted de su camino para venir hasta aquí? ¿Creía que no me enteraría de tan relevante nueva si no se encargaba de notificármela? Le agradezco la consideración, pero ya ve que sus temores eran infundados. Al fin y al cabo, ejercí mi derecho de voto. También es cierto que no me quedé a escuchar los resultados. Pero me llegó un correo ayer tarde.

            – Recibí otro mensaje.- contestó Horst- No un correo oficial. Ciertos amigos me comunicaban qué Miembros de la Asamblea me habían honrado con su confianza.

            – Unos amigos diligentes. Claro que usted contaba con un buen número de apoyos, eso es evidente. No hacen falta amigos diligentes: si uno es nombrado Gran Mariscal, por fuerza ha logrado una mayoría aplastante en la votación.

            – Ciertamente. Esos amigos míos, no obstante, opinaron que me interesaría comprobar quiénes de entre nuestros legisladores me veían como el hombre idóneo para semejante cargo. O, al menos, como el hombre más indicado de entre los disponibles.

            Horst rió; una risa llena de tan buen humor que Werner se volvió para mirarlo, involuntariamente. El militar apuró su bebida y también se giró hacia el anciano. Su duro semblante estaba relajado, tranquilo.

            – Comprobé que usted no tenía esa impresión sobre mí, maestro Werner.

            – ¿Desea conocer las razones de mi voto?

            – Sé bien que no está obligado a dármelas.

            – Y aún así, me las pide.

            – Se las solicito.

            – ¿Por qué?

            – Porque es usted uno de los Miembros más respetados de la Asamblea. Porque su opinión es tenida en cuenta por los miembros de su partido e incluso de los que no pertenecen al mismo. Porque es usted uno de los pocos grandes hombres de la Asamblea. Me gustaría saber qué razones tiene un tal hombre para votar en mi contra.

            – Me da jabón del mejor, ¿eh?

            – Le digo la verdad.

            – Si tan influyente soy en la Asamblea, ¿cómo es que mi oposición no ha tenido un reflejo mayor en el sufragio?

            – Porque no se dirigió usted a la cámara. Votó en contra, pero votó en silencio. Si hubiera hablado, tal vez hoy seguiría siendo Gobernador de Nicolia y nada más. Es respetado en Izur, maestro Werner.

            “Sería agradable creer que ese tono tan franco lo es de veras. Este hombre es mayor de lo que yo pensaba.”

            – Pues bien, señor Mariscal, me sinceraré con usted. Espero que no se ofenda por lo que voy a decirle.

            – Si quisiera escuchar a un lameculos, no habría venido a verle. Y disculpe la expresión.

            – Está disculpado. ¿Sabe hace cuánto que la Asamblea no nombra a un Gran Mariscal?

            – El último fue Oswald Ritter, si no recuerdo mal.

            – Exacto. La Gran Asamblea le dio el título de Gran Mariscal del Norte. Para evitar que ciertas provincias consumaran una secesión. Es decir, le dieron ese cargo para dirigir una guerra civil. Plenos poderes. Sólo la Gran Asamblea podía quitarle la autoridad que le había concedido.

            – Sé bien que esa potestad es una de las armas que tiene la Asamblea frente al Consejo. No me hace mucha ilusión ser un espantajo con el que asustar a los Nueve, si es que ése es el caso.

            – No, señor Mariscal. No estoy diciendo que sea el caso. Y no crea que los Nueve estarían sin armas legales. Lo que digo es que siempre que se nombra a un Gran Mariscal es para conducir a esta República a la guerra. Por eso he votado en contra. Porque no quiero esa guerra.

            – ¿Cree que yo sí?

            La voz de Aldous se endureció.

            – Es usted un militar. Alcanzó el rango de coronel por sus servicios en campaña. Fue nombrado Gobernador de una provincia fronteriza con los bárbaros. Y ahora es Gran Mariscal para entrar a sangre y fuego en el Viejo Reino. Su carrera está indisolublemente unida a la guerra, Horst. Si no desea la guerra, su vida es un chiste de mal gusto.

            – Maestro Werner, sé que estas vacaciones que se está tomando pueden ser el inicio de un retiro definitivo. ¿Me permite preguntarle por qué desea abandonar la Asamblea?

            El viejo político hizo un gesto ambiguo por toda respuesta.

            – Le diré lo que opino: está usted cansado. Cansado de vivir en la capital, cansado de los debates, de las negociaciones, de los compromisos, cansado de apoyar decisiones con las que no está de acuerdo, sólo porque la alternativa es peor. Está cansado de todo eso. Lleva cansado años, supongo. Pero durante ese tiempo de cansancio, continuó desempeñando su papel. ¿Sabe por qué?

            “¿Por el dinero? ¿Por aburrimiento? ¿Porque llevaba demasiado tiempo pensando en mí como en legislador y ya no sabía mirarme de otro modo? ¿Por las fiestas?”

            – No renunció porque, a pesar de todo, en lo más profundo de usted, sigue siendo un buen republicano. Y sabe que la vida puede ser desagradable. Que Izur exige servicios costosos. Que los honores y las prebendas de los dirigentes son una compensación bien pobre por la horrorosa carga que llevamos sobre los hombros. Sin embargo, la llevamos. Aunque no nos plazca. Porque es preciso. Sí, yo soy un militar. La guerra es mi elemento. No porque me plazca, sino porque a Izur le conviene. Somos servidores de la República, maestro Werner. Usted y yo. No unos arribistas. No unos oportunistas. Usted es un auténtico político. Yo soy un auténtico militar. Cumplimos, aunque no queramos.

            Aldous había desviado la mirada hacía rato hacia los niños. Los ojos de Horst estaban clavados en él, urgiéndole para que le mirara de nuevo. Los sentía, duros, ardientes. Aquellos ojos y aquella voz, con un timbre de verdad que no había oído en años. ¿Habría juzgado mal a aquel hombre?

            – Usted no quiere la guerra. Teme por Izur. No ama el derramamiento de sangre. Tal vez tema por esos pequeños suyos. No querría verlos muertos o mutilados, en el campo de batalla. Pero esta guerra se nos ha impuesto. Mirando hacia otro lado sólo empeoraremos las cosas. Precisamente por eso, porque usted no ama la guerra, su apoyo es más importante que el de tres cuartos de la Asamblea.

            – Sí, no amo la guerra. Pero hay algo que me preocupa más que la guerra.

            – ¿Qué?

            Werner vaciló. ¿Y si no había juzgado mal a aquel hombre?

            “A la mierda. Si no me he equivocado, soy viejo y pronto estaré retirado.”

            – Temo lo que vendría después de la guerra. Temo lo mismo que ocurrió con Ritter.

            – Con los dioses por testigos,- dijo solemnemente Horst- le juro que yo no reclamaré los territorios bárbaros como propiedad, ni trataré de convertirme en soberano, al margen de Izur.

            “Y yo lo creo. No es lo que más temo.”

            – ¿Tiene algún otro temor que pueda aplacar?

            Los dos hombres se miraron, una vez más.

            – No, Excelencia.

            – Entonces, ¿cuento con su apoyo?

            – No puedo enmendar mi voto.

            – Lo sé. Pero, ¿puedo considerarle mi amigo? ¿Puedo contra con su consejo, con su opinión?

            – No soy un experto en cuestiones militares.

            – Es un experto en otras materias. Somos servidores auténticos de la República, más allá de esta guerra, de este cargo. Los hombres auténticos, aun cuando no siempre estemos de acuerdo, debemos apoyarnos. De lo contrario, el Estado queda en manos de los arribistas. ¿Cuento con su apoyo, maestro Werner?

            “Sí. Basta decir que sí y estoy a salvo. Basta decir que sí, sin comprometerme. Basta decir que sí y me da igual lo que ocurra en esta campaña, que triunfes, que seas derrotado, que crezcas o te hundas.”

            – No, Excelencia, lo lamento. No podréis contar con mi apoyo. Y os prometo por lo más sagrado que desearía decir que sí.

            Horst frunció el ceño, con aire decepcionado, incluso triste. Se levantó y tendió la mano a su anfitrión, quien se la estrechó.

            – Entonces, adiós, maestro Werner. Debo regresar a Nicolia.

            – Adiós, Excelencia.

            Aldous Werner, arrebujado en su pelliza, cerró los ojos. Escuchó a Horst despedirse de Elda, a los pequeños jugar, al viento susurrar. Un momento después se le ocurrió que si abría los ojos, miraba a su alrededor una vez más y moría de repente, podría estar en paz con la Providencia. Abrió los ojos. Miró a su alrededor. Siguió respirando.

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3 comentarios »

  1. Me está haciendo bastante falta leer Reino y República cada viernes y ya llevamos cinco meses sin poder disfrutarlo, ¿éste es un parón definitivo o sólo estás preparando los nuevos capítulos?

    Comentario por Tommy — diciembre 13, 2010 @ 7:40 am | Responder

    • Francamente, no estoy en posición de responder. Sigo escribiendo (y reescribiendo) Reino y República, cuando tengo algo de tiempo. Pero su futuro inmediato sigue siendo el estado actual de pausa. Lo lamento, aunque, por otro lado, agradezco que haya quien lo eche en falta. Un saludo.

      Comentario por conunvasodewhisky — diciembre 13, 2010 @ 12:49 pm | Responder

      • Bueno, ya cumplidos tres años desde mi comentario no queda más que pensar que es un parón definitivo, aunque igual pasaré dentro de tres años a ver cómo va todo, Felices fiestas.

        Comentario por Tommy — diciembre 23, 2013 @ 5:56 am


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