Con un vaso de whisky

julio 13, 2010

Ingenio y Absurdo (III): Spain is not so different

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:43 pm
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            El lector agudo habrá notado que, por el momento, sólo he citado bromistas ingleses. Dejando a un lado mi confesa anglofilia, esto plantea otra línea de debate que debe ser resuelta antes de poner a Eh, Tío! y a su autor bajo el microscopio. Chesterton (hace un siglo, año arriba, año abajo) dijo que el absurdo es en gran parte, o casi enteramente, una contribución inglesa, tan así que, según Émile Cammaerts, escritor belga a quien cita el mismo Chesterton, al principio carece de sentido para los extranjeros. Sin perjuicio de los ingenios de las Islas.

            Hay bastante verdad en ello. El humour es muy suyo, pero, o ésa es al menos mi impresión, tanto cuando es singular humor absurdo como cuando es sátira. Ahora bien, admito que la sátira, afilada con alegría en el mundo entero, tiene rasgos muy comunes, a salvo particularismos nacionales, regionales y personales. Y que el absurdo es más nebuloso. Y que el absurdo anglosajón (no sólo inglés: Oscar Wilde era irlandés; claro que Wilde podía ser el más alto absurdo y el más alto ingenio) tiene un aire inconfundible.

            ¿Quiere decir esto que debemos condenar a Morán a la sátira, porque tuvo la desdicha de no nacer inglés o, cuanto menos, escocés? Pues no. En España ha habido y hay escritores humorísticos. Y satíricos. E incluso ambas cosas.

            Así, verbigracia, La venganza de Don Mendo, gentileza de Pedro Muñoz Seca, es una farsa. Cierto, es una parodia de los dramas románticos de inspiración histórica, pero igual que Los caballeros de la mesa cuadrada es una parodia de los libros medievales de Chrétien de Troyes. El envoltorio es de sátira, pero el contenido es humorístico.

            En la España actual, quizás nadie haya metido el humor en la tripa de la sátira mejor que Ibáñez, con Mortadelo y Filemón. Porque, vamos a ver, el mismo nombre de la T.I.A. (o de su gran rival, la A.B.U.E.L.A.) es satírico; la secretaria Ofelia es una parodia hasta la punta de la bota; y las introducciones a los sucesivos álbumes en honor a las Olimpiadas (las partes más divertidas de los mismos), pues qué voy a contar.

            Y, en cambio, por norma general, lo que hay dentro de las tramas paródicas, de las misiones de los agentes secretos, no es en absoluto ejemplo de ingenio duro. Es humor. Es el humor de los cortos maravillosos de Charlot y del cine mudo. Son dos ridículos, recibiendo tortazos, tramando planes que se volverán contra ellos mismos, metiendo la pata, trampeando y haciéndonos reír. Es el payaso del circo con un perrito que le muerde los talones. O el culo.

            De un modo aún más puro, Ibáñez llena sus viñetas, a veces casi hasta el exceso, de gotas absurdas. Una berenjena brota de un techo. Un perro con bombín y monóculo se pasea por el fondo. Un gondolero canta en medio de un atasco. La locura por la locura. A nadie se le ocurre diseccionar eso. Lo mataría.

     

       Pero, claro, los españoles tenemos, y a raudales, sátira en la sangre. Quevedo deja en calzoncillos a casi cualquier satírico actual, con sus sonetos sardónicos o sus amargos Sueños. Valle-Inclán se alza en la cima de la Sátira Universal, con esa tragedia española que no es una tragedia, sino el esperpento. Una mirada burlona, cruel, desengañada, terrible que caricaturiza una realidad tan monstruosa y deforme como sus reflejos. Goya, a pinceladas, apuñala la España de su época, sí, pero, mucho más allá, desgarra la existencia misma, la cosmovisión occidental hasta ese instante, con una sátira que va más allá de la risa, que llega al horror, destrozando la lógica, la racionalidad, la fe y la esperanza.

            Más cercanos, más respirables, los guionistas y dibujantes de El Jueves, con “Para ti que eres joven” al frente de unas cuantas secciones, supervivientes de una sobresaturación de desnudos integrales grotescos e hiperrealistas. El Jueves es una revista exclusivamente satírica. Es ingeniosa y acreedora, en varias ocasiones, de las palabras de Chesterton: el ingenio es más bien el intelecto humano ejerciendo toda su fuerza, pese a que en ocasiones lo haga a propósito de una menudencia.

            El supuesto objeto de este artículo, Morán y sus criaturas, tuvieron su presencia en esta revista hace más bien poco. Ha vuelto en colaboraciones puntuales; hasta lograr una sección propia, que ya ha sido objeto de publicidad, con pompa y circunstancia, en otro artículo.

            La primera sección que el Ínclito Genio guionizó, “Extraviados”, era satírica. Cada semana caían el dibujante y él sobre una ciudad de Europa y en seis viñetas la ridiculizaban, le daban la vuelta y se marchaban dejando tras de sí ruinas humeantes. En fin, tal vez no sea para tanto. Satirizaban las ciudades, pero también a los turistas. Ja, aquí tenemos una posible duda. Si los turistas tampoco se libraban de la burla, ¿podemos definir “Extraviados” como más humorístico que satírico, dado que los autores en algún momento de sus vidas, ejercieron de turistas? No.

            Porque en “Extraviados” los satíricos han dado un paso atrás, han salido de la foto y, desde el exterior, observan, describen y evalúan. Con una lupa enorme y de lente deformante. Ellos no se exponen. No empatizan con el objeto de su análisis ni, ya puestos, con el lector. Ni esperan que el lector empatice con los desgraciados que se retuercen en las viñetas. No hay lazos afectivos, sino intelectuales y cubiertos de mala baba.

            No ocurre igual, en cambio, en la breve primera etapa de Eh, Tío![1]. Ésa es, salvo alguna tira aislada (como la de posibles papables), humorística. El autor no podía exponerse más, porque narraba anécdotas de su vida (reales o imaginarias, eso tanto da), rodeado de sus amigos. El autor era el personaje, era el gag, era el objeto y el causante de las risas. Invitaba a la gente que se riera de él y con él. Con él de él, ojo. Las más altas cotas del humor, las más finas y sutiles participan de esa naturaleza: el humorista se expone y se ríe de sus propias debilidades e incoherencias, aunque no sea tan directo.

            ¿Y después? Cuando Sergio Morán decide sacarse de la manga (previa ejecución de los anteriores) nuevos personajes, principales, secundarios y terciarios, ¿deriva hacia el ingenio satírico, se mantiene en el humor, se lanza de cabeza al absurdo? ¿Le sirven esos personajes de escudo? ¡Como si tuviera mucho que proteger! ¡Se estaba haciendo el interesante! Por el nivel de seguidores, la trampa le ha salido bien.

            Es más: colocando criaturas entre el lector y él, ¿puede un creador ser humorístico? ¿O le resulta imposible mantener el núcleo del humor en el sentido chestertoniano, de meterse él mismo en la broma, sometiéndose a ella? Meditaremos sobre tan grave cuestión la semana que viene.

 

            Imágenes: “Mortadelo y Filemón”, de Francisco Ibáñez; “Dos viejos comiendo sopa”, de Francisco de Goya y Lucientes; Genara, personaje de Eh, Tío!, por Morán.

 


[1] Si el fanático moranista está gritando “¡Al fin!”, que pierda la esperanza. Eh, Tío! quedará cubierto, sepultado y desplazado cada dos por tres. Pero, por un segundo, ha tenido esa esperanza. Las falsas esperanzas son la nata del Infierno.

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