Con un vaso de whisky

julio 9, 2010

XXIII: Retorno a la República

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:00 pm

            EL CAPITÁN STEPHEN DOUGAL ESTRECHÓ LA MANO que le tendía el Juez Errante Lukas. Primero, estudió el rostro pálido del joven. Luego, a los tripulantes, con uniformes isleños, que se alejaban en el velero. Edmund saludó al capitán del navío republicano con una seca aunque inusual cortesía, indicándole que pusiera rumbo hacia Lossar.

            – Señoría, ¿qué ha ocurrido?- preguntó Dougal- ¿Dejamos sin más las Islas?

            – Hablemos en privado.

            El rastreador siguió a su superior hasta el pequeño camarote de éste. Edmund se sentó en su catre, suspiró y cruzó los brazos sobre el pecho.

            – Bien, ¿qué ha sucedido? En el puerto de la Isla del Este entregué el mensaje de la Tetrarca. Y, desde luego, se transmitió a Orchar. Todo iba como al seda, hasta que traté de volver al palacio.

            – ¿Te retuvieron?- el Juez empleaba una entonación interrogativa por mera retórica.

            – Con mucha educación y firmeza. Me dieron toda clase de excusas. Que si debían revisar mi documentación de nuevo, que si se había traspapelado mi permiso de visita… ¡Si ni siquiera tenía un permiso de visita! ¿Eso existe en las Islas?

            – No tengo ni idea.

            Dougal carraspeó.

            – Si no querían que fuera al palacio, por algo sería. ¿Qué ha ocurrido allí estos días?

            – Algo parecido al banquete de Nicolia. La Tetrarca trató de manejarme. Pensaría que si estaba a solas, sería más fácil.

            – ¿Para conseguir información?

            – Supongo.

            – ¿Y…?

            – Cuando me fui la Tetrarca no sabía más de nuestra caza que cuando entramos en su residencia.

            – ¿Te separaste de ella en términos amigables?

            Edmund meneó la cabeza, en gesto dubitativo.

            – Por la divina Providencia. Te escapaste, ¿verdad? Esos marineros llevarían libreas de la Tetrarca pero no eran isleños. Ah, cielos.- Dougal se atragantó- ¿No serían ellos? ¿Has robado un barco de la Tetrarca? ¿Y has ordenado que dejen maniatados a sus servidores? ¿O aún peor? ¿Sabes hasta dónde gritará Su Alteza Elspeth Voe por semejante actuación? ¡Llegará al Consejo!

            – Nada de eso. Sería admitir ante el mundo entero que un invitado se burló de ella ante sus propias narices. Jamás lo hará. Ni se vengará de mí. No arriesgará su amistad con la República por una mera venganza personal.

            – Pareces muy seguro de lo que hará o dejará de hacer.

            Edmund medio sonrió.

            – En una semana se puede llegar a conocer a una persona.

            Dougal frunció el ceño. No entendía lo que estaba sucediendo y sabía que no lo entendía.

            – ¿Y por qué volvemos a Lossar? ¿Es que nuestros fugitivos han abandonado las Islas?

            – Es lo más probable. Mis cazadores han fallado. Por lo que me han dicho, es casi seguro que Ailin esté ahora mismo en un barco, rumbo al continente. Sé para qué viajaron hasta las Islas.

            Dougal se inclinó, con interés.

            – Ailin buscaba una joya familiar, una joya real. Una joya dada por perdida para siempre.

            – El Corazón Negro…- Dougal poseía conocimientos en Historia superiores a la de la mitad de Izur junta.

            – Justamente.

            – ¿Lo ha conseguido en las Islas?

            – Tengo razones para creerlo.

            El viejo republicano se mesó los cabellos.

            – Nos estamos luciendo en esta misión.

            Edmund se echó a reír. Fue una reacción tan inesperada que Dougal olvidó por un momento estar preocupado por las posibles consecuencias de una Heredera del Viejo Reino con pruebas de su linaje.

            – Sin duda alguna. Pero no tiene sentido fustigarnos. Ya lo hará el Consejo, si no logramos convencerles de que lo hicimos lo mejor posible. Dejaremos que el coronel Horst siga acumulando tropas en su provincia, sin saber lo que le espera al otro lado de la frontera.

            – ¿Ni siquiera ahora vas a decírselo?

            – No hay motivo. Es una información demasiado delicada. En Nicolia puede haber espías de los bárbaros. No, es mucho más prudente reservar la buena noticia para los Nueve.

            – Entonces, regresamos a Izur.

            – Después de devolver este navío y sus tripulantes a sus legítimos dueños.

            El resto del viaje, Edmund se negó a discutir de nuevo el asunto. Cuanto más inquieto estaba Dougal por lo sucedido en las Islas y por lo que ocurriría en la República, más indiferente se mostraba el Juez.

            Arribaron al puerto de Lossar. Las normas administrativas exigían que el capitán del navío entrante se presentara ante el comandante para dejar constancia de la llegada, de las mercancías y de los viajeros a bordo. Entre tanto, nadie podía desembarcar. En cubierta, Dougal y Lukas observaban el trajín del puerto. El primero vio al capitán del barco regresar, acompañado por una docena de guardias.

            – ¿Qué es eso?

            Edmund aguzó la vista.

            – ¿No es ése el capitán Lester en persona?

            En efecto, el jefe de la guarnición encabezaba el grupo, que se detuvo cerca de la rampa de descenso. Dougal saludó a su homólogo con educación, disimulando a la perfección su ansiedad. Edmund parecía aburrido.

            – ¿Se encuentra a bordo el Juez Errante Edmund Lukas?- preguntó con una solemnidad oficial Lester.

            – ¡Qué desgracia!- murmuró Lukas con tedio; levantó la mano y dijo en voz alta- Aquí se encuentra.

            – Señor Juez, os ruego que desembarquéis.

            – Con una banda de música, este recibimiento hubiera quedado mejor.- le dijo Edmund a Dougal, quien sospechaba a qué obedecía todo aquello, por inconcebible que le pareciera.

            Al tener a Lukas frente a frente, el capitán Lester le puso una mano en el hombro.

            – Juez Errante Edmund Lukas, os detengo en nombre de Su Excelencia, el Gran Mariscal de la República Frank Horst.

            – Ay, cielos.- gimió Dougal.

            Edmund parpadeó; pero, recobrándose, sonrió levemente.

            – Éste, capitán,- dijo con un tranquilo desprecio- es sin duda el día más feliz de su vida. Disfrútelo.

            Un guardia colocó unos grilletes en las muñecas de Edmund. Los soldados formaron a su alrededor y, con un exultante Ferdinand Lester al frente, iniciaron la marcha.

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