Con un vaso de whisky

julio 2, 2010

XXII. Retorno al Viejo Reino

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:39 pm

            RÍO DE VIENTO, SUBIDO A LO MÁS ALTO DE UN MÁSTIL, dejaba que el aire salado le golpeara la cara. El mar se extendía ante él. La sensación de libertad infinita que había experimentado la primera vez que había estado en un barco, en ruta hacia las Islas, le embargó de nuevo. No tan apabullante en esta segunda ocasión, a cambio, la sabía saborear mejor.

            Se pasó arriba casi todo el día. Al ir atardeciendo dejó de cerrar los ojos o de mirar al océano para observar a los tripulantes que se afanaban, debajo de él, en cubierta o entre las velas y cuerdas. Comenzó a descender. Entonces vio a Silvela, apoyada cerca de proa. Asuran de Kern paseaba de forma calculadamente errática, aproximándose a ella, hasta que no tuvo más remedio que detenerse a su lado. Río de Viento, a aquella distancia, podía escuchar cuanto decían y entrever sus caras. Como se le había enseñado que sin conocer a tus compañeros no puedes ayudarles y el mutuo auxilio es la esencia de una compañía, escuchó.

            – Bonita noche.- dijo De Kern.

            – Aún no es de noche.

            – Pero será de noche y será una noche bonita.

            – Es posible que se tuerza. Esas nubes de ahí no me gustan.

            – Bueno, tú sabes de estas cosas más que yo.

            – Sí.

            Silvela no había mirado ni una vez al bardo; su tono desganado estaba a la altura de su indiferencia física.

            – Yo… quería darte las gracias, en nombre de los demás. Quiero decir, nos sacaste de la aldea después de la pelea de la taberna. Y gracias a ti estamos en este barco. Es una suerte que el capitán se prestara a llevarnos hasta el continente, a una playa discreta, sin preguntas.- Río de Viento decidió que De Kern había hecho bien en dar las gracias y se admiró de su sensibilidad, al remediar un olvido imperdonable por parte del grupo.

            – Es buena cosa tener quien te deba favores.

            – Tienes razón. ¿No echarás de menos las Islas?

            – Las Islas son sólo un lugar. Echaré de menos a los míos.

            – Ya, lo supongo.

            – ¿Pues para qué preguntas?

            – Bueno, ahora los tuyos somos nosotros. Lo digo en serio, deberías confiar en nosotros. Eres de los nuestros.

            – Qué bien. Dile a Willer que retire el juramento, entonces. Si somos tan amigos, no necesitamos juramentos.

            – Si somos amigos, ¿qué más da que hayamos jurado?

            Silvela miró al fin directamente a De Kern.

            – Si ahora mismo no estuviera atada por ese juramento, saltaría por la borda y volvería con mis auténticos compañeros. Los que aún viven. Puchta, al menos, está muerto. Por vosotros lo mataron. Era un calvo cabrón, pero era un camarada. Y por vosotros lo mataron.

            Asuran no supo qué contestar.

            – Tal vez deberías venir conmigo, si lo hiciera. Cuando sepan lo tuyo, igual no les hace gracia.

            – ¿Se lo has contado?- preguntó el bardo, agitado.

            – No. ¿Por qué tú tampoco?

            – A su tiempo. Cuando no tengan ni la menor duda sobre mí. Cuando sepan que estoy con ellos hasta el fin.

            – ¡Qué serio te has puesto! Igual que en la taberna.

            Asuran extendió el brazo hacia la cintura de Silvela; ésta abortó el movimiento, riendo.

            – No creas que aquello fue más de lo que fue. Pero sigues estando mejor sin bigote. Buenas noches, Asuran.

            Silvela dejó atrás a un bardo muy quieto. Río de Viento se deslizó hacia su camarote. Un buen compañero sabe cuándo debe dejar a los suyos tranquilo.

 

            EN EL CAMAROTE QUE COMPARTÍA CON AILIN,  Willer, apoyado en la pared, con la pierna doblada en un ángulo recto, observaba a la adolescente. Ésta, sentada ante una pequeña mesa, con la cabeza gacha, le preocupaba más de lo habitual.

            – Ya está bien de silencios dramáticos.- protestó el caballero- No has abierto la boca más que lo imprescindible desde que dejamos La Conquista del Rey. Estamos solos, así que no puedes repetir la excusa de la seguridad. Venga, suéltalo de una vez. ¿Qué te ocurre?

            Ailin no habló. Se limitó a sacar de entre sus ropas el Corazón Negro. La joya repiqueteó suavemente en la madera. Willer dejó caer la pierna al suelo; tuvo que apoyar las palmas en la mesa para no perder el equilibrio.

            – La madre que me parió en gloria esté.- masculló, reverente- ¿Es lo que creo que es?

            Ailin asintió.

            – ¿Estaba en la taberna? Estuviste a solas únicamente con Johann. ¿Él te lo dio?

            Ella asintió de nuevo.

            – Pero ¿cómo es que lo tenía?

            Ailin se echó el pelo hacia atrás.

            – Johann lo tenía porque mi padre se lo entregó. Eso me dijo. Se lo confió, después de que Johann lo acogiera y lo protegiera. Prometió custodiarlo hasta que alguien con derecho lo reclamase. No tenía que buscar a ese alguien, sino esperarlo. Las promesas de los criminales tienen sus limitaciones. Me reconoció, por un retrato de mi madre que mi padre llevaba consigo.

            La voz monocorde de Ailin estremeció a Willer.

            – Entonces, vuestro padre…

            – Ha muerto, Willer.- las lágrimas corrieron por las mejillas, sin que la voz se alterara- Ya no soy la Heredera del Trono.

            El caballero se sentó junto a su protegida, pero no la abrazó.

            – Nuestra búsqueda ha concluido. Lord Helmut podrá presentarme ante el Concilio de Iguales con la prueba irrefutable de mi derecho a la corona.

            Shephard estaba lejos de compartir esa seguridad.

            – ¿Por qué no se lo habéis contado a Asuran o a Río de Viento? Son vuestros compañeros, merecen saberlo.

            – Tú debías saberlo el primero. A ellos se lo diré cuando estemos de nuevo en el Viejo Reino. Entonces también lo sabrá Silvela. Si se lo digo ahora, ella se enterará y se lo dirá a los marineros del barco. Y no me fío de ellos.

            – Silvela está juramentada. Ya os lo he dicho.- Willer notó que Ailin tardaba en rechazar el tratamiento deferente que, en otras ocasiones, le había reprochado.

            – No quiero discutir otra vez cómo conseguí el… como lo conseguí. No tan pronto.

            El caballero se maldijo por su falta de delicadeza.

            – Como digáis. ¿Queréis estar a solas?

            Ailin se agarró al brazo del Protector.

            – Por los dioses, Willer,- murmuró- ¿no te he dicho siempre que me tutees?

            Shephard la rodeó con el brazo.

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