Con un vaso de whisky

junio 17, 2010

XX. Noche

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 9:56 pm

           LA TETRARCA PASÓ EL DÍA SIGUIENTE a su victoria evitando elegantemente al Juez Lukas. Convencida de que el joven estaría ansioso por disfrutar de nuevo de su persona, le negó la oportunidad. A través de sus sirvientes, supo que su invitado parecía taciturno, encerrado en sí mismo; que daba largos paseos por el palacio, que se quedaba mirando al baluarte de la guardia, o en mitad de un pasillo, como si no supiera muy bien por dónde iba. Incluso que había rondado un par de veces cerca de las habitaciones privadas de Su Alteza. En todo el día, no pisó ni una vez la biblioteca.

            Elspeth se deleitaba en semejantes nuevas. Edmund no gimoteaba por las esquinas, pero, era obvio, el deseo le roía, le hacía intolerable cualquier actividad. Sólo atinaba a deambular, esperando que Voe tuviera a bien darle un momento más de placer.

            En la cena, primer momento de la jornada en que se encontraron, ella apareció vestida con su habitual distinción sugerente. Trató a Edmund como a un viejo amigo, con encantador desapego. Le dio la impresión de que aquel pobre muchacho contenía a duras penas el impulso de aferrarla y besarla. Eso, que antes era un obstáculo, se había vuelto un signo de triunfo: el Juez reconocía el dominio de la Tetrarca. Ella se retiró, dejando que él mascara la nada.

            En cuanto la Tetrarca desapareció y los sirvientes se retiraron, Edmund Lukas se liberó en parte de su severo control. Y sonrió no su habitual media sonrisa: una sonrisa extraña, amplia, inhumana.

 

            EL BALUARTE QUE CONTROLABA la entrada al palacio de Elspeth Voe consistía, básicamente, en un torreón de planta cuadrangular. Era lo bastante grande como para albergar a una treintena de soldados. El torreón estaba rematado por un campanario, donde siempre había un centinela. En cuanto éste observaba algo sospechoso, hacía sonar la alarma, repicando la campana. Había una sola puerta de salida y varias ventanas estrechas abiertas en la pared de roca.

            Cuatro sombras estaban al pie del torreón aquella noche. Dos de ellas treparon con la ayuda de garfios y cuerdas. Se movían en absoluto silencio. Al llegar al campanario, uno de los Segadores desenvainó una espada curva, casi una hoz y, con un movimiento limpio, seccionó la yugular del centinela, atacando por la espalda. Ambos llevaban unas pequeñas bolsas a la espalda; su compañero, extrajo de la suya varias herramientas; con la precisión de un experto, desmontó la campana, dejando las inútiles piezas en el suelo de piedra.

            Luego, sacaron de sus respectivas bolsas unas redomas envueltas en algodón y trapos. Retirada la protección, se descolgaron por las cuerdas, arrojando por cada ventana las redomas. Al romperse, el líquido de su interior estallaba en llamas. El mobiliario, el suelo y las escaleras de los distintos pisos eran de madera. Pronto, un incendio incontrolable consumía desde dentro el torreón.

            Los guardias que estaban durmiendo se despertaron bruscamente por el humo y los gritos de sus compañeros. Confusos, tosían y se empujaban los unos a los otros. En el piso superior, un par logró llegar hasta el campanario, buscando aire limpio. Uno de ellos, además, conservaba la suficiente sangre fría como para entender que sufrían un ataque. Al encontrarse la campana inhabilitada, la golpeó con frustración. El otro había descubierto los garfios y estaba a punto de descolgarse por una de las sogas; pero los Segadores ya habían llegado a tierra: con un movimiento hábil, desengancharon los garfios, dejando atrapados a los guardias.

            Entre tanto, la guarnición atrapada en los pisos inferiores se había dirigido, razonablemente, a la salida. Los dos Segadores que habían quedado a pie del torreón les reservaban una pequeña sorpresa: habían trabado la puerta. Los desesperados guardias aporreaban, chillaban, se aplastaban contra ella. Hasta que alguien trajo un hacha y, tras apartar a empujones o con el filo a los que se interponían en su camino, comenzó a derribarla.

            En cuanto hubo un hueco suficiente, los soldados intentaron salir atropelladamente. Cuatro hoces afiladas les esperaban. Los gritos de los degollados competían con los de sus camaradas, asfixiados o abrasados, en las estancias superiores. Ni un solo guardia escapó de su baluarte.

            En el palacio, el humo había sido visto por los sirvientes. Por algunos. Otros yacían ya en su propia sangre. Más Segadores rondaban por el edifico y su jardín. Un criado se quedaba mirando, estúpidamente, el incendio: una hoja le acuchillaba por detrás. Otro corría en busca de su señora: al girar la esquina la hoz caía sobre él. O huía con sus escasas pertenencias: unas manos fuertes le rompían el cuello.

 

             ELSPETH VOE ESTABA EN UNO DE SUS SALONES, bebiendo una copa de vino, mientras leía un pequeño volumen de poesía republicana, de la última tendencia, que había abandonado la sobriedad formal por la belleza sonora. No oyó los gritos hasta bien avanzado el ataque, cuando la guarnición estaba medio muerta. Dejó la copa en una mesilla de alabastro. Salió fuera de la sala, a tiempo para ver a un Segador destripando a su copero favorito, un bello adolescente de piel morena.

            Voe no se dejó llevar por el pánico. Cerró la puerta de la sala y echó a correr; aquella pieza estaba comunicada con una habitación que daba a otro corredor. Sabía muy bien a dónde se dirigía: a la habitación de su fiel mano derecha, la cual, a buen seguro, ya se había ocupado de Tolia. Juntas le llevarían hasta el puerto secreto. Una vez a salvo, en el mar, navegarían hasta el puerto oficial.

            Sin duda, las guarniciones de la Isla, alertadas por el humo, ya habrían enviado patrullas al palacio, donde los cobardes asesinos serían reducidos. Confesarían quién les enviaba, tal vez alguno de los Tetrarcas, tal vez algún pirata con más ambición que cerebro. Luego, su castigo les haría soñar con su interrogatorio.

            Elspeth encontró a su vieja servidora muerta: un corte limpio. Ahora sí, notó el pánico en su estómago, en sus pulmones. Con un susurro desgarrado –“¡Tolia!”- corrió hasta el dormitorio de su hijito, la zona más oculta de su palacio. Estaba vacío. La Tetrarca se dobló sobre sí misma. Gimió roncamente. Se tambaleó por el corredor, hasta llegar a la piscina del patio de recepciones. Allí todo seguía igual. Y, entonces, lo oyó: un niño lloraba. El llanto venía del primer piso. Se lanzó escaleras arriba; corría como una ciega, guiada sólo por aquel sonido, lleno de esperanza y espanto para la madre. Un sonido que procedía de su habitación.

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