Con un vaso de whisky

junio 11, 2010

XIX. Edmund Lukas charla con Johann el Tuerto

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:39 pm

           EDMUND ESTABA SENTADO EN SU HABITACIÓN, perdido en un duermevela. Esa sensación indescriptible que nos advierte de que algo ha cambiado le hizo desperezar con una sacudida. Giró la cabeza hasta su cama; un pequeño trozo de papel había aparecido allí, como por arte de magia. El joven se levantó vivamente, agarró el papel y lo leyó. Luego lo rompió en dos pedazos, lo masticó y tragó; meditó unos instantes, seguidamente sacó de su sitio la baldosa suelta, cogió un pequeño objeto de su interior, se puso su capa de viaje y salió al pasillo.

            La Tetrarca, aquella noche, reposaba en su propia estancia, paladeando lo conseguido y lo esperado. Lukas se cruzó con un par de sirvientes, que se inclinaron con respeto: no había nada extraño en un huésped que paseara por la noche. Con paso controlado, Edmund se dirigió al amplio jardín, internándose en la zona más espesa, donde los sauces formaban una maraña inescrutable. Al cabo de un rato, una figura encapuchada surgió ante él.

            – Buenas noches, Señoría. Casi nos encontráis vos mismo.

            – ¿Dónde lo tenéis?

            – Venid conmigo.

            El Segador guió al Juez hasta una zona aún más tupida. Allí estaban otros dos encapuchados, custodiando a un hombre amordazado, maniatado, sentado de modo miserable en la tierra.

            Edmund frunció el ceño.

            – Ahora, más vale que te expliques.- le dijo a su acompañante.

            El Segador susurró a Lukas cuanto había ocurrido desde que abandonaran Orchar, siguiendo sus órdenes. Durante el relato de la trifulca en la taberna, la mandíbula de Edmund estuvo tan rígida que parecía a punto de dislocarse. Cuando supo, con todo detalle, del furibundo rescate que el prisionero Johann había protagonizado, la mandíbula se relajó. Dirigió una mirada estimatoria a aquel hombre.

            – Quedaos por aquí cerca, pero no escuchéis. Cuando haya terminado con él, os llamaré.

            El Segador hizo una breve reverencia, una señal a los suyos y el Juez quedó a solas con el reo. Edmund le quitó la mordaza, se sentó en una roca cercana, apoyó los brazos en las rodillas.

            – Grimwald. Un curioso grito de guerra.

            El hombre no replicó.

            – Pensaba que, aparte de la chica por la que peleaste tan duramente, sus compañeros y yo, nadie en las Islas comprendía su significado. Porque, ¿qué importancia tiene para los isleños el nombre de una estirpe desahuciada?

            El otro sonrió torcidamente.

            – Tonterías.- dijo- Seguro que tus lacayos también conocían ese apellido. ¿Por qué iban a traerme hasta aquí por él, si no?

            – Saben que fue grande hace tiempo y que ahora no es nada.

            – Pues no quiero imaginarme lo que me hubieran hecho de ser algo.- el hombre esputó un gargajo sanguinolento.

            Edmund se inclinó, mirándole al ojo.

            – ¿Sabes quién soy?

            – No un isleño. Yo diría que vienes del continente. De Izur, igual que esos de las capuchas y los cuchillos. Yo diría que eres un espía rojinegro.

            Edmund sacó su medallón. El hombre inspiró.

            – Vaya. Nada menos.

            – No te has inmutado cuando he despreciado el apellido Grimwald. Y, en cambio, arriesgaste tu vida por una muchacha que lleva ese mismo apellido.

            – ¿Los apellidos importan más que las personas?

            – Para cierta gente, sí. Para esa chica, seguro.

            El hombre no logró ocultar una mueca dolorosa.

            – Tú tampoco eres un isleño.- Edmund buscó en sus ropas el pequeño objeto que sacara del escondrijo en su habitación- Gritaste “Grimwald” porque conoces su significado, porque sabías a quién salvabas, ¿no es cierto?

            El escorpión de oro centelleó ante el prisionero. El ojo único se inflamó.

            – Así que el honor de un apellido no significa gran cosa para ti, pero esta joya es diferente. ¿Eres un Tribiena? ¿Un Tribiena que usa el grito de guerra de sus antiguos amos en una pelea de borrachos? A mí me parece un campo de batalla digno de Ailin Grimwald. Aunque tal vez hubiera sido más adecuada una de las habitaciones de arriba. Aquí sirven para lo mismo que en la República, ¿no?

            El hombre ahogó un rugido y se tambaleó hacia el Juez. Edmund rió por lo bajo.

            – Calma, calma. Si fueras un Tribiena exiliado, te hubiera afectado más el deshonor del apellido Grimwald que este escorpión. Así que no es el símbolo, es el objeto lo que te afecta. Un objeto de calidad. Propio de una reina.

            El hombre, respirando con agitación, se dejó caer pesadamente.

            – Una Reina Perdida, que perdió un Reino y un Rey. Un Rey que se fue en busca de otra joya. Y que dejó atrás una hija, que sigue los pasos de su padre, ¿me equivoco? Una hija que vino hasta Orchar y se encontró con un tuerto. Un tuerto que luego la salvó y que no soporta oír ni la más broma más inocente sobre ella. ¿Qué conclusiones sacas?

            – Que si la tuvieras no estarías haciéndote el listo delante de un viejo. ¿O es que los criados de la República vienen hasta las Islas para apalear taberneros y luego cansarles los oídos?

            – ¿Encontró lo que vino a buscar, Desmond?

            El hombre miró al joven. Y, por primera vez desde que había recuperado la conciencia, prisionero de unos asesinos, desde que estaba ante un magistrado de la poderosa República, sintió miedo. Pero lo rechazó.

            – ¿Qué sé yo lo que vino a buscar? ¿Por qué me llamas Desmond?

            – No digas estupideces, Desmond. El Corazón… lo tenías tú, ¿eh? Por eso vino hasta aquí. Para buscarte o para buscarlo. Y ahora, ¿lo tiene ella?

            Ni una palabra, ni un gesto.

            – Pero si tú eres quien eres y lo tenías, ¿qué has hecho tantos años en esa taberna, en estas islas? ¿Te has vuelto republicano, Desmond?

            – Escucha, lacayo.- la voz del hombre se volvió orgullosa, dura- Yo no tengo ningún título, ni ningún honor, ni ningún amo. Soy un hombre libre, ¿lo oyes? Por mucho que me golpees o me ates, seguiré siendo libre, libre de ti, libre de la República, libre del Reino.

            El Juez temblaba ligeramente debajo de su capa. Su adversario se sintió poderoso, más fuerte.

            – Yo no soy ningún lacayo.- murmuró Edmund.

            – Ja, por supuesto. Tienes un título más largo, más impresionante. Te llaman “Señoría” y te besan el culo. Sigues siendo un lacayo. ¿Para qué me enseñaste tu medalla? ¿Para asustarme? Creías que me iba a acojonar, ¿verdad? Como otros. Que al ver ese símbolo me cagaría en los pantalones. ¡Porque la República de Izur estaba delante de mí, representada por un chaval que no es nada sin esa baratija!

            Edmund Lukas había agachado la cabeza. El temblor desapareció. Se pasó una mano crispada por el cabello.

            – Un Rey libre de su Reino. Tiene gracia.

            – No soy ningún rey.

            – Pues no le debes nada a la nueva Reina: ni lealtad, ni obediencia, ni silencio. ¿Tiene el Corazón Negro? Si no me dices nada, supondré que sí. Ya tengo a gente buscándola.

            – Entonces, ¿qué más te da?

            – ¿Curiosidad?

            – Pues ya lo descubrirás cuando la encuentres.

            – Cierto.- Edmund hundió la cara entre las manos; estuvieron un poco en silencio, hasta que el joven se irguió en la piedra- ¿Crees que tus empleados mantendrán tu negocio por si reapareces? ¿Que te buscarán? ¿O que asumirán que estás muerto y se quedarán con todo lo que tienes?

            El hombre se sintió confuso.

            – ¿Qué mas te da?

            – Nada. Pero tal vez a ti si te importe. O puede que no. Saber si has cambiado un trono y unos herederos por otros. En fin, tienes razón, qué más da.

            El Juez Errante se levantó, dobló hacia atrás sus brazos hasta hacer crujir la espalda y sonrió. Dio una palmada. Los Segadores reaparecieron. Cogió al cabecilla por el brazo y se lo llevó aparte.

            – Dame lo que tengas para escribir. Manda a uno de tus hombres al puerto, con ése. Que lo suelte allí. Que deje también esta nota donde se aloje el capitán Stephen Dougal. Esos isleños deben de haberlo retenido en el puerto los últimos días. ¿De cuantos hombres dispones?

            – Puedo tener aquí mañana una docena.

            – Perfecto. Que vengan.

            – ¿Y la caza?

            – Deja a algunos en Orchar. Quién sabe, puede que la encuentren aunque luego no sepan qué hacer con ella. Con siete u ocho aquí me las arreglaré.- Edmund meditó un momento- Que siempre haya alguien vigilando a nuestro invitado. No lo perdáis de vista.

            – Señoría, lo sucedido…

            – No me interesa. Cumple tus órdenes.

            La mordaza enmudeció de nuevo a Desmond y un puño bien dirigido le dejó inconsciente; la alta figura del Juez se convirtió en un borrón.

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