Con un vaso de whisky

junio 4, 2010

XVIII. Los Segadores

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:17 pm

            EDMUND LUKAS HABÍA DICHO LA VERDAD: la primera vez que escuchó hablar de los Segadores fue en su época de estudiante. Pero de un modo no oficial. Porque Stephen Dougal estaba en lo cierto: los Segadores habían sido proscritos por el Consejo. Aunque hubo un tiempo en que fueron la voluntad hecha carne de los Nueve.

            Cuando la República comenzó a expandirse, mientras la Gran Asamblea se ocupaba de legislar y gestionar la vida diaria, los Nueve trazaban los planes de dominación, tanto al exterior como al interior. La Asamblea, en el futuro, sería más activa que el Consejo, pero dentro de los esquemas diseñados por éste. Fue en estos inicios cuando los Nueve crearon el cuerpo de los Jueces Errantes, para llevar la justicia republicana a los territorios en disputa. Y también cuando decidieron que el ejército y los administradores, por sí solos, no serían capaces de conquistar y mantener lo conquistado.

            Reclutaron, pues, a los mejores guerreros, espías y asesinos, los disciplinaron, los convirtieron en una casta, en un grupo cerrado, sigiloso, al margen de la sociedad. Expertos en la noche, en el secreto, en el terror, en la muerte. Un Juez Errante imponía el miedo al Estado por su presencia. Un Segador, por su sombra. Jefes extranjeros, generales enemigos, siervos renegados, oficiales demasiado ambiciosos, cualquiera que fuera una amenaza a la que no interesaba someter a la investigación de un Juez Errante, recibía una visita de los Segadores.

            Con el paso de los años, sin embargo, el mismo Consejo se puso nervioso: los Segadores habían empezado a regirse a ellos mismos, mostrando un desprecio cada vez mayor hacia las leyes civiles. Temerosos de que, más temprano que tarde, sus hábiles asesinos se transformaran en una sociedad con objetivos propios, los Nueve arrestaron a sus líderes y los ejecutaron tras un proceso sumario y convenientemente discreto; por decreto excepcional, sin necesidad de ser ratificado por la Gran Asamblea, declararon la disolución de los Segadores. Los Jueces Errantes recibieron el encargo de perseguir y acabar con cualquier resistente.

            Ahora bien, Jueces Errantes y Segadores habían convivido demasiado tiempo. Parte de los ahora únicos perros guardianes de la República siempre habían mirado con cierto desdén a sus sigilosos compañeros. Estos cumplieron las instrucciones del Consejo con celo. Otros, en cambio, mantuvieron vivos los lazos.

            Si un aspirante a Juez Errante era considerado adecuado, los escasos maestros que sabían cómo comunicarse con los Segadores dejaban un rastro de indicios a lo largo del aprendizaje. Así, unos pocos Jueces, al recibir el cargo, recibían también la información necesaria para convocar a los Segadores. Y éstos acudían: porque se habían ido transformando en una suerte de secta no religiosa, en un grupo de asesinos que buscaban bien el puro lucro, bien la perfección de sus habilidades. Ningún Segador incubaba ambiciones políticas, salvo, los más veteranos, ver reinstaurado su cuerpo y restablecido su estatus.

            ¿Y el Consejo? ¿Sabía que su decreto estaba siendo infringido por sus siervos predilectos? ¿Que sus antiguos asesinos seguían en activo? ¿Permanecía ajeno a esa realidad? ¿O tal vez la había planeado cuidadosamente, logrando que los asesinos siguieran eliminando a los enemigos de la República, sin necesidad de manchar el honor de Izur?

            Edmund Lukas había sido uno de los aprendices a los que se había proporcionado la posibilidad de conocer a los Segadores. Había interpretado correctamente las pistas, falsas y auténticas, de sus maestros; había jurado mantener el secreto. Y había hecho uso con cautela de aquella herramienta. Sólo al verse impotente para resolver de otra manera un caso los llamaba.

            Cuando Ailin Grimwald se cruzó en su camino, en cambio, Lukas avisó de inmediato a los Segadores. En una cacería tan importante, sobre todo al prescindir del apoyo del Gobernador, había que poner en juego las mejores bazas. Los Segadores no llegaron a tiempo para atrapar a Ailin en la vieja fortaleza de los Reyes Perdidos, pero siguieron su rastro hasta Lossar. Al fracasar la emboscada de Edmund, el Juez les ordenó que se trasladaran hasta las Islas Rojas. Una vez allí, cuando tuvo datos suficientes, los soltó de nuevo.

            Entusiasmados por la pieza que podían cobrarse (aunque con órdenes frustrantes de no matarla), los Segadores escudriñaron el sureste de Orchar. Los soldados de los Tetrarcas buscaban con escaso interés a unos fugitivos extranjeros, registrando los escondites más obvios, interrogando a piratas colaboracionistas que sabían poco y decían menos. Los Segadores, en cambio, calcularon, basándose en la información que Lukas había sonsacado al contramaestre del Vieja Madre, la zona de la isla donde plausiblemente se habían refugiado Silvela, sus camaradas y sus prisioneros.

            Encontraron la gruta y a una tripulación pirata revuelta. La huida de Ailin, con el secuestro de una de los suyos incluido, había encolerizado a los piratas. Un grupo fue enviado en misión de rescate- grupo acechado y reducido por los Segadores. El grupo se dirigía hacia La Conquista del Rey, para solicitar la ayuda de Johann el Tuerto. Al no poder lograr de ellos ningún dato relevante más, los desnudaron, les cortaron el cuello y los tiraron por un acantilado. Con sus ropas, pretendían infiltrarse entre la población isleña, cuando llegara el momento.

            Puesto que la Reina sin Trono y los suyos habían iniciado el viaje hacia las Islas Rojas por propia voluntad, era evidente que buscaban algo o a alguien. Era razonable suponer que se dirigirían también a La Conquista del Rey. Tres de los Segadores se instalaron en la taberna, mientras sus compañeros se desplegaban por la aldea y sus aledaños. Avistaron a sus presas, pero, dispersos como estaban, prefirieron no atacar a un grupo de seis, tres de ellos, al menos, guerreros bien entrenados. La taberna, llena de gente, era un escenario mil veces preferible para un golpe de mano.

            Pero al forzar Willer un ataque improvisado con su alboroto, al intervenir un Desmond Grimwald que parecía ser cinco hombres en combate, sus valiosas presas habían logrado huir. Los demás Segadores habían abandonado la vigilancia de las afueras, concentrándose en una pequeña casa que les servía de base de operaciones. Allí recibieron a sus derrotados camaradas, que traían como único consuelo al inconsciente Desmond. Dejando atrás el cadáver del desdichado propietario de la casa, los Segadores salieron a la poco prometedora búsqueda de Ailin, mientras unos cuantos se embarcaban para la Isla del Este. Con un prisionero que usaba un peculiar grito de guerra, para tratar de contentar a Lukas.

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