Con un vaso de whisky

abril 30, 2010

XIV. Ailin Grimwald charla con Johann el Tuerto

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:11 pm

            AILIN SE PRECIPITÓ EN EL DESPACHO DE JOHANN con sólo unos segundos de ventaja respecto a su perseguidor. Éste entró desplegando un amplio repertorio de maldiciones, que se cortó en seco al hablar el jefe.

            – Strhum, no grites. Creí haber dado orden de no dejar entrar a nadie.

            Ailin no estudió la habitación, la voz rasposa del hombre atrajo todo su interés. Detrás de una mesa sencilla, sentado en una silla de brazos sin respaldo, estaba Johann. Una lámpara de aceite le iluminaba lo suficiente para examinarle. A Ailin le recordó vagamente a Helmut. Más alto, algo menos corpulento, con el traje habitual de los isleños, de corte largo y mejor calidad. Una melena le llegaba a los hombros, tan hirsuta y entrecana como la barba. El rostro curtido, la nariz prominente, rota, dos cejas sombrías, encima de un ojo atento y un parche que no ocultaba del todo una vieja herida. Willer se hubiera lamentado de que el Tuerto lo fuera, pero ante un semblante tan adusto, Ailin no se sintió con fuerzas para bromear. Ni siquiera para mostrarse mayestática.

            – Lo siento de veras, jefe,- se disculpaba Strhum- Le había dicho a ésta que no podía pasar. Leira se lo había dicho antes. No sé cómo me ha esquivado, jefe. Ahora me la llevaré. No le molestará más, se lo garantizo.

            – Strhum, cállate.- el ojo estaba fijo en Ailin; relampagueó tan rápido que la muchacha ni siquiera se dio cuenta: fue cosa de un momento ser de nuevo frío, escrutador.

            Johann indicó con un gesto de mano a su subordinado que desapareciera. Strhum obedeció, temblando de cólera hacia Ailin, de temor hacia Johann y de indignación hacia sí mismo.

            – Bien, jovencita, puesto que tienes tanto interés en hablar conmigo, di lo que tengas que decir.

            Ni le despedía ni le ofrecía asiento. Tenía una posibilidad.

            – Me han dicho que recopiláis información, que nada ocurre en las Islas sin vuestro conocimiento.

            – Ahórrate el trato deferente. Ve al grano.

            – Quiero que me des una información de un hombre en concreto. Un hombre que desembarcó en las Islas Rojas hace trece años.

            – Muchos hombres vinieron a las Islas hace trece años.- dijo Johann, objetando lo mismo que el viejo Kuln.

            – Si concreto más mi petición, ¿me ayudarás?

            – Eso depende. Te han informado bien, sé prácticamente cuanto sucede o ha sucedido en las Islas. Pero lo que no parecen haberte dicho es lo que hago con esa información. Conozco secretos de los criminales, de los burgomaestres, de los mercaderes, de los artesanos e incluso de los Tetrarcas. Si alguno quiere saber algo de otro, siempre acude a mí… no tiene más remedio.- Johann sonrió oscuramente- Que venga no quiere decir que se vaya con lo que vino a buscar.

            – Tiene que pagar, entiendo.- Ailin logró eliminar cualquier rastro de desdén, aunque no de nerviosismo, en su tono.

            – No, chica, no. No es tan sencillo. Conmigo nadie se mete. Las facciones siempre me han respetado. No me ofenden. Me rinden un tributo de cada operación. Y, dependiendo de su respeto hacia mí, sus secretos están más o menos a salvo. Por eso, tendrás que decirme a quién afecta esa información que me pides. Porque si esa persona ha sido respetuosa conmigo, yo lo seré con ella.

            – Y también necesitas saberlo para decirme cuánto me costaría ser más respetable que ella.

            – Así es.

            Ailin se pasó la mano por el pelo, titubeando. Decir una palabra más de la cuenta la descubriría en un territorio hostil, ante un hombre que podía advertir a las autoridades, que podía retenerla hasta que los Tetrarcas o los mismos rojinegros se la llevaran. Pero para tener alguna posibilidad, en verdad, no quedaba otra alternativa que confesarlo todo. En su confusión, no se dio cuenta que, por muy indiferente que se mostrara Johann, también él estaba inquieto. Respiraba casi con agitación, su mano se aferraba al brazo de la silla. Y el ojo no se separaba del rostro de Ailin.

            – Al hablar me pongo en tus manos.

            – Es una confianza que tendré en cuenta.

            – Busco,- contestó ella, lanzándose al abismo- el rastro del Heredero del Gran Reino que arribó a estas costas en la búsqueda del Corazón Negro, la joya que demostraría su legitimidad como Heredero del Trono.

            Las cejas de Johann casi ocultaron su ojo.

            – ¿Buscas al hombre o a la gema?

            – Al hombre, si está vivo, antes.- ¡Vivo! Ésa era una esperanza hacía tiempo abandonada.

            – Pero también a la gema.

            – Sí.

            Johann quedó en silencio. Entrelazó las manos, en un gesto que nada tenía de plácido. Era uno de esas señas que revelan un terremoto interno. El ojo reapareció, brillante. Con brusquedad, Johann se arrancó de la silla y llegó a un gran armario que tenía sus espaldas. Estaba lleno de cajones cerrados bajo llave. Abrió uno, en el extremo inferior, casi invisible en los claroscuros de la estancia. De él sacó un pequeño cofre, sin adornos. Dejó el cofre en la mesa, apretó con fuerza en determinados puntos y lo abrió.

            – Aquí tienes la gema.

            Las piernas de Ailin le fallaron. Dio un traspié y se apoyó en la mesa, la boca abierta, mirando la piedra preciosa, negra y resplandeciente. La piedra que tantas implicaciones tenía. Y una de ellas sobresalía en aquella situación.

            – ¿Es ésa de veras? ¿Por qué la tienes? ¿Cómo la conseguiste?- barbotó.

            – Por mano de Desmond Grimwald, Heredero del Gran Reino.

            Ailin se enderezó. Si Johann conocía ese nombre, estaba ante el auténtico Corazón Negro.

            – ¿Que te la dio? ¿Que él la tenía y te la dio?- un chillido agudo le arañaba la garganta- ¿Se estaba muriendo? ¿Estaba muriéndose? ¿Y te la confió a ti? ¿Para que la guardaras? ¿En vez de enviarla a Bosquedesnudo, donde sabía que le esperaban? ¿En vez de enviarla junto a su amigo? ¿Junto a su esposa? ¿Junto a su hija?

            El chillido salió al fin, en medio de las preguntas.

            – ¿O es que le mataste? ¿Le apuñalaste, le robaste? ¿Y ahora me mientes sobre él?

            – Si le hubiera apuñalado para quedarme con esta piedra, ¿por qué mostrarla? Me hubiera bastado decir que no tenía ni idea de lo que preguntabas.

            – Entonces está muerto.- murmuró Ailin, mientras las lágrimas le llenaban los ojos, irritados, enrojecidos. La esperanza habría sido abandonada, pero tener un indicio tan directo de aquel hecho asumido no era más agradable por eso.

            – ¿Muerto? ¿Y por qué crees que lo está?

            – No habría dejado el Corazón en manos de otro si le hubiera quedado un aliento en el cuerpo.- replicó Ailin con voz ahogada.

            – ¿De veras?- Johann rió por lo bajo, una risa sin alegría- ¿No lo conociste y sabes lo que habría hecho o dejado de hacer?

            – Sí, lo sé. ¡Lo sé porque era mi padre!- gritó ella.

            Johann suspiró.

            – No te pareces nada a él. Eres igual que tu madre.

            Las lágrimas se le secaron a Ailin.

            – ¿Cómo sabes qué aspecto tenía mi madre? ¿Te dejó algún retrato suyo?

            – Oh, no, no. Pero sé cómo era tu madre, igual que sé mejor que tú cómo era tu padre, Ailin.

            Una garra férrea estranguló la garganta de la joven.

            – Nunca me has visto, ni te he dicho mi nombre. ¿Te lo dijo él?

            – No, alguien que os conocía a los dos.- Johann se acercó, se inclinó sobre ella y una mano áspera le apartó unos cabellos de la frente.

            – Eres en verdad el vivo retrato de Calen, cundo tenía tu edad. ¡Ay, dioses!- aquel hombre lanzó un quejido que salía de sus entrañas, removiendo su mismo ser- ¡Ay, dioses! ¿Por qué has venido? ¿Por qué has tenido que venir?

            Una idea tan terrible como sólo puede ser una idea simple se le ocurrió a Ailin. Miró aquel rostro herido, brusco, con una incredulidad nacida de una certeza irracional. Se llevó las manos a la boca. Johann se derrumbó en su silla.

            Padre e hija se miraron.

            Ailin no pertenecía a esa clase de personas capaz de nombrar, matándolos, los sentimientos que se retorcían en ella, en el mismo instante. Algo indefinido, doloroso, duro, triste la dominaba. Desmond Grimwald, tras la máscara de Johann, tampoco experimentaba alegría alguna, sino una angustia, mezclada por un cariño que creía olvidado, por aquella hija a la que nunca había visto. Descubría ahora que ver a Ailin y que Ailin no supiera quién era le resultaba intolerable.

            – No esperaba que te arrojaras a mis brazos,- dijo- pero te ruego que no te quedes callada.

            – ¿A tus brazos?- contestó ella, ronca- ¿A tus brazos? Sólo me arrojaría a ti con la espada en la mano.

            Desmond cerró el ojo, cansado.

            – Vas a echarme en cara que me fuera.

            – Lo hiciste.- el chillido nacía de nuevo- Eras el último. La última esperanza del Reino. Juraste encontrar el Corazón y regresar como Rey legítimo. Reinstaurar el Trono.

            – Encontré el Corazón.

            – ¡Te burlas! ¡Te burlas de lo que me ha mantenido en pie toda mi vida! ¿Cuándo encontraste el Corazón?

            – Ah, tanto da. Lo encontré algún tiempo después de marcharme. Es una historia larga, aburrida. Hay alguna muerte y mucha miseria. Prefiero pasar sin ella.

            El chillido no llegó a nacer. Ailin miró a su padre como se mira a un engendro.

            – ¿Y no lo enviaste? ¿Dejaste que todos creyeran que la búsqueda continuaba? ¿Qué todos creyéramos que estabas muerto? ¿Le mentiste a Helmut? ¿Les mentiste a todos? ¿Incluso a mi madre?

            – No hubiera tenido sentido mentir sólo a algunos, ¿verdad?

            – ¡Ella murió murmurando tu nombre! ¡Y el mío! ¡Y tú la habías abandonado! ¡A las dos!

            – Sí, seguro que tu madre murmuraba mi nombre antes de morir. Seguro que decía “Desmond Rey, Desmond Rey”. Nunca hubiera dicho “Desmond”.

            – ¡Calla! ¿Cómo te atreves? ¡La dejaste para que muriera! ¡Dejaste a tu Reina! ¡Dejaste a tu Reino! ¡Dejaste a tu hija!

            – Te pones en último lugar, ¿eh? Primero el Reino y luego mi hija. Sí, te pareces mucho a tu madre.

            – ¡Eso espero! ¡Porque me mataría si me pareciera a ti! ¡Traicionaste tus juramentos, tu deber! ¡Eres un traidor!

            – Sí, lo soy. Le di la espalda al Trono del Gran Reino. Y, por los dioses, volvería a hacerlo mil veces. Ahora calla un segundo y escucha. ¿Crees que, de haber podido hacerlo, no me hubiera quedado con mi esposa y con mi hija? ¿Crees que no he pasado noches y noches en vela, pensando en ti, en cómo serías, en tu cara, en tu voz, en tu risa? ¿Crees que no hubiera vendido mi alma por pasar un día contigo, como tu padre?

            – ¡Podrías haberlo hecho! ¡Podrías haber estado conmigo desde el principio! ¡Todos estos años!

            – Sí, como tu Rey. No como tu padre.

            – ¡Es que debías ser el Rey!

            – Ah, mierda. Sigues sin entenderlo. Tu abuelo quería ser el Rey. Tus tíos querían ser el Rey. Tu madre quería que fuera el Rey. Mis amigos querían que fuera el Rey. ¡Yo no! ¡Nunca quise ser el Rey! Y cuando pensé un poco en lo que significaba ser el Rey, menos aún.

            – Era tu deber.

            – Sabía que Helmut metería esas ideas en tu cabeza. Pero él era la mejor opción. Te cuidaría como a su hija, a pesar de que te criaría en el culto al Trono. No podía esperar a que nacieras y llevarte al exilio. No hubieses sobrevivido. Tampoco podía volver sin el Corazón Negro, decir que la búsqueda no tenía sentido. Me habrían echado por la fuerza, si hubiera sido preciso, para que cumpliera mi juramento. O declarado perjuro. ¡Qué cara habría puesto tu madre! Tal vez parecida a la que tienes ahora.

            Ailin se sintió incapaz de mirar a Desmond.

            – Era tu deber.

            – ¿Por qué? ¿Porque alguien de mi misma sangre se puso un día una corona y el resto le aplaudió? Que yo sea o no el Rey no cambia nada. La gente sería igual de feliz o de infeliz conmigo o sin mí.

            – Si tú hubieras estado, hubiesen tenido un soberano que les protegiera de los Señores tiránicos. Que impusiera las leyes. Que impidiera las invasiones de la República.

            – Claro que sí. En lugar de ser oprimidos por reyezuelos, lo hubieran sido por uno muy grande. ¡Gran mejora! ¿Y por qué no unirse a la República? ¿Qué más le da al pueblo?

            – Te debías a ese pueblo. Debías guardar sus derechos ancestrales. Los republicanos usurpan con sus leyes las verdaderas normas. Tiranizan a quien se les opone. Tú deberías haber estado ahí para protegerlos.

            – Es como escuchar de nuevo a tu abuelo y a Calen.- gruñó Desmond- Las mismas palabras huecas. Lo entendí entonces y lo entiendo ahora hasta mejor. Ser rey es un mal chiste.

            – ¿Y qué eres ahora? Diste la espalda a quienes te amaban, a quienes te necesitaban, para convertirte en un criminal de poca monta en las Islas. Estarás orgulloso de ti.

            – Al menos me lo he ganado a pulso. Sí, no es una buena vida. Puede que sea una basura de vida. Pero no es una vida que pretenda pasar por gloriosa.

            – Por mucho que te repugne ser Rey, al menos deberías haber enviado el Corazón a su legítima dueña.

            – Quizás tengas razón, según las leyes del Reino. Pero preferí ser práctico: mandar el Corazón Negro al Continente era un asunto peliagudo. Ir en persona, ni hablar, me exponía a terminar mis días coronado. ¿Enviar a alguien de confianza? Nadie sabía quién era yo, a nadie podía confesarlo. El riesgo de ponerme en peligro, de poneros a vosotros, a Helmut, a Nadine, a ti, en peligro de muerte…

            – Y te lo quedaste aquí.

            – Sí, aquí. Aquí nadie me ha preguntado por mi sangre, mi linaje ni mi pasado. Estoy rodeado de muchos como yo. ¿Quién va a encontrar a un muerto en vida, a un exiliado, entre tantos? En las Islas te escondes estando a la vista. Por eso las elegí.

            La confusión de sentimientos dentro de Ailin se había ido transformando en una cosa oscura, pesada, gélida.

            – No tenemos nada que decirnos.

            Desmond tenía una expresión desolada, que su rostro azotado hacía aún más triste.

            – Me has reprochado no ser tu Rey, no haber abdicado de ser tu padre. Quizás tengas razón. Quizás debería haber sido tu padre, a riesgo de terminar siendo el Rey.

            – Pero no fuiste ninguna de las dos cosas. Ni lo eres. Ni lo serás.

            Ailin agarró el Corazón y se lo guardó. Giró sobre sus talones, caminó con paso firme hasta la puerta, sintiendo el ojo de Desmond. Se detuvo un momento: escupió al suelo. Luego, abrió de un golpe seco y salió.

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