Con un vaso de whisky

abril 23, 2010

XIII. Silvela charla con Asuran de Kern

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:38 pm

           TERMINARON DE CENAR. Willer se unió a un grupo que empalmaba una botella tras otra, al mismo tiempo que hilaba una canción tras otra. Río de Viento, quien no necesitaba botella alguna para cantar y bailar como el que más, le secundó. Asuran, retrepado en su asiento, bebía con aire melancólico. Silvela le miraba sin disimulo, hasta lograr ponerlo nervioso.

            – ¿Qué pasa?

            – Eres el bardo más silencioso que he visto en mi vida. Creía que irías a tocar el laúd y a pegar gritos, como esos de ahí.

            – Canto para ganarme la vida. Gratis canto para mí o para mis amigos. Y yo creía que a los piratas les gustaba emborracharse y cantar más que a los caballeros.

            – Seremos las excepciones de las reglas.

            Un silencio después, Silvela volvió a hablar.

            – Es un buen laúd. Hubiéramos sacad un pico por él.

            – Es un buen laúd.- reconoció Asuran- De los mejores.

            – ¿Te lo regaló Ailin?

            – No, ni hablar. Era de mi padre.

            – Tuvo que ser un bardo excepcional.

            Asuran, incómodo, echó un trago y no contestó.

            – Porque sólo un bardo muy bueno pudo ganar suficiente dinero como para hacerse semejante instrumento. ¿O es que lo robó?

            – No, no lo robó.

            – Lo que yo decía, te viene el talento de familia.

            – Este talento no me viene de la familia. Mi padre coleccionaba instrumentos, ¿de acuerdo?

            – ¿Tu padre coleccionaba instrumentos? La de cosas que aprendo. En los Señoríos hay amantes de la música con dinero a manos llenas. ¿Se arruinó y por eso te has convertido en bardo? Porque si tu padre era tan rico, no entiendo que tengas que cantar para comer.

            Asuran dio un puñetazo en la mesa.

            – ¡Yo no dependo de mi padre!

            – Oh, así que es eso. Te peleaste con tu papaíto y te fuiste a recorrer los caminos del Reino, dejando el castillo familiar. ¿Eras el hijo segundo?

            – ¡Mi padre no es ningún Señor! ¡Es consejero de la Junta de Comerciantes de Izur! ¿Satisfecha?

            Silvela se lo quedó mirando.

            – ¿Eres un niño rico republicano?

            – No soy nada de eso.- gruñó De Kern, mirando su vino fijamente.

            – Sí lo eres. Eres un niño rico republicano que se ha ido de casa. Muy fuerte tuvo que ser la rabieta con tu padre para que ahora sirvas a la jodida futura Reina.

            – No hubo ninguna rabieta. No hables de lo que no sabes.

            – Pues explícamelo, porque hasta ahora sólo veo a un bardo de pega, que se ha fugado de casa como un adolescente idiota. Bueno, tal vez eras un adolescente idiota cuando te fuiste.

            – Me fui hace un par de años.

            – ¡Un par! Has durado más de lo normal. Vale, vale, lo siento. Sigue.

            – Dicho en voz alta suena estúpido.- el bardo pasó los ojos de la copa a la pirata- Sencillamente, me tenía que ir. Era el hijo de un comerciante de éxito. Tenía que ser un comerciante de éxito, o entrar a servir al Estado, tal vez. Servir a la República. Ser un buen ciudadano, respetar las leyes. Vivir rodeado de cuentas, de balances, de tarifas o de burocracia. ¡Dioses! Yo había leído sobre otra vida, ¿sabes? Una vida con un cielo enorme, un horizonte que nunca se alcanza. Un mundo que no se limitaba a cuatro paredes de un despacho oficial.

            – Y decidiste que esa vida te gustaba más.

            – Cogí algo de dinero, algo de ropa, mi daga y éste laúd. Mi padre me lo regaló en un cumpleaños. Como broma. De niño fingía que era un bardo que cantaba gestas, que vivía aventuras y luego componía baladas sobre ellas. Incluso aprendí solfeo, armonía y canto. Ya no quería fingir más. Quería serlo. No sé por qué me acordé de ese juego mío cuando me preparé para marcharme. He estado este tiempo viajando por la frontera, de la República a los Señoríos y vuelta. Hasta que, por fin, encontré mi aventura, con Ailin, con Río de Viento, hasta con Willer. Y ahora, contigo.

            – Ya veo.- Silvela cogió el pelo de Asuran con una mano, casi con delicadeza- Veo que aún eres el crío idiota que se fue de casa. ¿Aventura? ¿De qué hablas? ¿Crees que esto es una canción? ¿Es que dos años de vivir en posadas de camino o en el descampado no te han enseñado que la vida no tiene nada que ver con las putas canciones?

            – Estos dos años no han tenido nada que ver con las canciones. Pero al menos era libre, hacía lo que quería hacer.

            – Sí, dejar una vida segura, una vida tranquila, por sobrevivir mal de cantar mal. Muy listo. Gracias a todos los dioses que no jugabas a ser pirata o bandolero. Te habrían destripado al tercer día. ¡Joder! A la gente como tú es a la que habría que colgar, no a mis camaradas. ¿Crees que hay muchos piratas por diversión? ¡Dioses, los ricos! Sois un puñado de imbéciles. Si os quedáis en vuestra casa, malos, pero si salís de ella, peores.

            – Estoy con la futura Reina, tú lo has dicho. Esto no es sobrevivir. Esto es luchar por algo. Y es mil veces mejor que estar delante de una mesa, leyendo informes.

            – Un republicano monárquico que vive en una balada.- Silvela se rió- Menudo estás hecho.

            – Izur no es tan maravillosa. Y los Señoríos están siempre en guerra. Ailin es mejor que lo que hay ahora. Y me salvó la vida.

            Silvela volvió a reír. Era una risa burlona, aunque triste, incluso afectuosa. Meneó la cabeza, mientras pasaba un dedo por la barbilla de Asuran.

            – Y te dejó seguir cantando. Cántame algo.

            Asuran parpadeó. Luego, obedeció, con voz queda:

            Ya cantan los gallos,

            Amor mío y vete;

            Cata que amanece.

            Vete, alma mía,

            Más tarde no esperes,

            No descubra el día

            Los nuestros placeres.

            Cata que los gallos,

            Según me parece,

            Dicen que amanece.[1]

            De Kern calló, un tanto perplejo. ¿Por qué diablos había recordado esa canción?

            – En voz baja, no te mereces lo que Willer dice de ti- el bardo frunció el ceño-Qué mono te pones serio. Willer te hizo un favor, estás mejor sin bigote. Aunque una perilla no te caería mal.

            Asuran carraspeó. No sabía muy bien qué estaba sucediendo. Silvela le seguía sonriendo. Con fluidez, con naturalidad, le besó. Y otra vez. El vino había hecho su efecto: los brazos de Asuran enlazaron a Silvela.

            – No tengo ganas de que nos vea Willer. Ni el resto de la taberna.- la joven se deshizo del abrazo, dejando a De Kern boquiabierto de frustración. Silvela se levantó, se aproximó a Leira y le murmuró algo. La camarera rió y le entregó una llave. Silvela la agitó en la mano y se fue del salón, rumbo a las escaleras. Asuran tragó de un golpe el vino que le quedaba y trotó tras ella.

            Shephard había visto esto último con detalle, sin tener que dejar de cantar a coro por eso. No era el único. Un hombre de jubón escarlata siguió con la vista a la huidiza pareja. Dejó su mesa y se sentó en otra, vacía, cercana a la puerta por donde se había colado Ailin.

            – No mires, Hermano Río de Viento.- le murmuró en un breve receso para remojar las gargantas- Creo que en esta sala hay gente que nos conoce. Hay que andarse con ojo, o no tendremos más remedio que conocerlos nosotros.

            – ¿Y si es así?

            – Pues habrá que bailar un rato con ellos, como gente civilizada. ¡Otra ronda, aquí! ¡Que no decaiga, por mi vida!

 


[1] Alba castellana anónima del siglo XV.

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