Con un vaso de whisky

abril 16, 2010

XII. La Conquista del Rey

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:13 pm

       LA PLAZA MAYOR DE LA ALDEA ESTABA DELIMITADA POR TRES EDIFICIOS: la casa consistorial, el templo y la taberna. En ésta se tomaban decisiones más importantes que en la primera y estaba más concurrida que el segundo. Siguiendo a Silvela, el grupo cruzó la plaza y se quedó un momento contemplando aquel edificio de planta cuadrada: tres pisos, el bajo de piedra, los dos superiores de madera; un solo tejado, de dos aguas. Las paredes llenas de ventanas, algunas iluminadas, otras a oscuras, las más amplias en el tercer piso. La puerta principal, en la pared este, era de roble, maciza, abierta de par en par. Del umbral salía luz, calor, música y marejada de muchas voces a grito pelado.

            Sobre la puerta colgaba el letrero, con el nombre del establecimiento: La Conquista del Rey. Ilustraba al nombre un colorista dibujo de un rey coronado, en cuclillas ante una mujer de piernas tan abiertas como la puerta. Silvela observó las reacciones del resto. Río de Viento pasó sin darle importancia; Asuran parecía confuso, como si no supiera si reír o escandalizarse; Ailin enrojeció, de vergüenza o de indignación, o de ambas cosas; Willer se limitó a un escueto “¡Carajo!”, sin variar el gesto.

            Una vez en el recibidor, una empleada llena de virtudes se interesó por sus intenciones. ¿Deseaban una o varias habitaciones? ¿Una cena caliente? ¿O venían a por un trago tras un largo día? Tras breve discusión prevaleció la cena, siempre que viniera acompañada por los tragos.

            Les acomodaron en una mesa redonda, en una esquina del amplio salón que constituía la pieza principal de la planta baja. Muchos de los parroquianos dieron muestras de conocer a Silvela. Varios la saludaron con familiaridad; otras palabras estaban cargadas de malicia.

            – Tus paisanos no se ponen de acuerdo, ¿eh?- comentó Willer- Eres signo de contradicción, Silvela.

            – Hay aquí escoria que paga a los Tetrarcas.- respondió la antigua pirata- Así consiguen que los guardias hagan la vista gorda. Pero parte de nosotros nos negamos. Somos los pocos libres que quedan en las Islas.

            – ¿Los Tetrarcas están de acuerdo con los piratas?- Ailin bufó- ¡Dignos aliados de la República! El nombre de este lugar no me extraña.

            – Es lógico que los isleños pongan nombres así para estar a bien con los republicanos.- asintió Asuran.

            – Yo creía que en las Islas también había reyes.- dijo Río de Viento.

            – Un tetrarca no es un rey.- dijo De Kern.

            – Desde luego, no se merecerían semejante título- murmuró Ailin.

            – Verás, Hermano,- le explicó Willer frotándose las manos ante la cena que veía llegar- a un tetrarca sólo una cosa le pone más nervioso que otro tetrarca: un rey.

            – ¿Y eso?

            – Pues porque un rey impide que haya tetrarcas. Así que si tienes a varios gobernantes en un país, ante la posibilidad de que otro les quite el trabajo a todos, dejarán sus diferencias a un lado. Todos renuncian al sueño del poder total para no correr el riesgo de la pérdida de empleo.

            – Entiendo.

            Ailin no estaba muy satisfecha con la explicación de Willer y le aclaró a Río de Viento que un rey, un rey legítimo, está atado por severos juramentos, obligado por nacimiento a defender los derechos de sus súbditos, a velar por ellos y a regirse por el honor, mientras que los tetrarcas, o eso se veía en las Islas Rojas, eran simples aprovechados que se aferraban a sus privilegios.

            – Es decir- resumió Silvela- los tetrarcas hacen lo que un rey, pero entre varios.

            Grimwald le dirigió una mirada llena de colérica majestad.

            – Mal lenguaje para una espada juramentada.- le espetó en un susurro; Silvela puso los ojos en blanco.

            – Leira,- llamó a una de las sirvientas, que se acercó muy animada.

            – Dime, guapa. Te echábamos de menos.- la sirvienta besó a la Silvela en la mejilla, ignorando las sonrisas capciosas de Willer.

            – Necesitamos ver a Johann. Bueno, esta compañera mía lo necesita.

            Leira meneó la cabeza.

            – ¿Es importante?

            – Es cuestión de vida o muerte.- contestó Ailin.

            El tono de la joven impresionó a Leira.

            – No te puedo prometer nada, Silvela.

            – Sé que harás lo posible.

            – ¿Amiga tuya?- preguntó Río de Viento cuando Leira se marchó.

            – Vengo por aquí cuando puedo. Es el lugar más seguro de las Islas. Nunca hay redadas, nunca hay peleas. Bajo el techo de Johann nadie se mete con nadie.

            – ¿Y le hiciste alguna vez un par de favores a Leira?- sonrió Asuran.

            – Si quieres que te diga como ligártela, bardo, no pienso hacerlo. Búscate la vida. Sólo te habría dicho que te quitaras los bigotes, pero eso ya te lo han hecho.

            – ¡Lo ves!- Willer dio una palmada triunfante- Si es que no paro de mejorar la vida de los que me rodean.

            Ailin oteaba ansiosa a través de la multitud. Seguía con los ojos a Leira, perdiéndola de vista de vez en cuando. La vio conversar con un hombre, tras la barra. El hombre observó su mesa unos momentos, luego fue hasta una puerta que había al fondo, llamó varias veces con respeto y entró. Pasaron pocos minutos. El resto del grupo daba buena cuenta de la comida y la bebida. Ailin tomó un par de bocados, sin apartar la vista de aquella puerta. Cuando se abrió de nuevo, detuvo un trozo de pollo a un palmo de su boca. El hombre de la barra le dijo algo a Leira. La chica se acercó, con una bandeja con tres botellas de vino, que fue dejando en la mesa.

            – Dice que no. Lo siento.

            – ¿Sin explicaciones? ¡Vaya una forma de tratar a la clientela!- masculló Willer.

            – Johann es reservado.- suspiró Silvela- ¿Crees que si le explicamos de qué se trata lo reconsiderará?

            – Ni idea- se encogió de hombros Leira- Aunque mal no os hará.

            – Ya basta.- Ailin se puso en pie- No he llegado hasta aquí para que el dueño de un tugurio me dé con la puerta en las narices.

            – ¿De qué tugurio hablas, bonita?- dijo Leira, irritada.

            – ¡No vayas!- le gritó Silvela a la espalda de Ailin- Joder, ¿es que nadie va a detenerla?

            – Cuando se le mete una idea en la cabeza… Siéntate Asuran, no actúes como si de verdad fueras a hacer algo, por favor. Un poco de dignidad.

            El bardo tomó asiento, molesto.

            – ¿No deberías ir con ella? Eres su Protector.

            – Silvela ha dicho que aquí nadie mueve un dedo contra nadie. Te conviene escuchar, para no decir gilipolleces. Además, si ese tipo levanta la mano, ya sabes lo que puedo hacer con un cuchillo.

            – Nadie hace nada contra nadie,- silabeó Silvela- pero Johann sí puede hacer algo contra quien rompa sus reglas. Y tratar de entrar en su despacho es romper las reglas.

            Willer se sirvió más vino, vigilando a Ailin con un ojo. La heredera al Trono discutía enérgicamente con el hombre de la barra. Aprovechando un descuido, se coló por la puerta. El hombre entró tras ella, blasfemando. Río de Viento y Asuran se levantaron de un brinco. Willer bebía con el ceño fruncido. El hombre de la barra salió, solo, no muy alegre. Cerró la puerta. Regresó a su puesto.

            – Vaya, eso sí que no me lo esperaba.- admitió Silvela.

            – Ésa es mi chica.- murmuró Willer.

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