Con un vaso de whisky

abril 12, 2010

¿Amor? ¡Arte! (y VIII): La balanza

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:01 pm
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            Siguiendo sobre todo a Shakespeare, hemos examinado buena parte del amor erótico. Hemos visto evolucionar a las heroínas amantes, desde la pasión elevada de una adolescente como Julieta hasta la inteligencia irónica y tierna de Rosalinda, pasando por la guerra de ingenios de Beatriz contra Benedicto. Hemos visto al Mal en el matrimonio amante, tétrico y devastado de los Macbeth. Hemos indagado en la raíz del Mal que es el Amor y el Deseo frustrados, estudiando a Ricardo III, Stevens y Dom Claude Frollo. Hemos sido testigos de cómo el Amor y los Celos resultan armas mortíferas en manos de ese manipulador nihilista y genial que es Yago. Y muy cerca de él, hemos comprobado que la absoluta falta de Amor puede ser otra de las caras del Mal, encarnada en el glacial Edmund.

            Para terminar, me gustaría contrastar una teoría –la tesis de la balanza– con una obra. La tesis de la balanza defiende la existencia del cálculo en toda relación humana, incluida la de pareja. Si los beneficios superan a los sacrificios, o eso creemos, mantenemos la misma. De lo contrario, la damos por terminada. Aun en relaciones que sólo nos producen sufrimiento, siempre y cuando consideremos que el no mantener esa relación va a producirnos sufrimientos mayores. Esta tesis encuentra su corolario en la falibilidad de los seres humanos y en su capacidad asombrosa para meter la pata. Además, se complementa de maravilla con la historia de la rama de Stendhal, demasiado conocida como para repetirla aquí y cuya conclusión es: en la etapa del enamoramiento no somos capaces de calibrar bien a la otra persona. Por eso, el enamorado es el menos capacitado para amar.

            Como nos consta tras todas las obras comentadas (la lista podría continuar), varias parejas no se han elegido muy bien. Terminan, o podemos suponer que terminarán, mal. La cartuja de Parma es casi el manual de las relaciones equivocadas y de los amoríos no correspondidos, con lo que nadie es feliz. Algo parecido ocurre en Bien está lo que bien acaba, de Shakespeare, que se muestra irónico desde el título.

              Helena, el personaje positivo más voluntarioso de William, maquina para lograr casarse y consumar su matrimonio con Beltrán (quien no merece ni las balas) con la misma astucia con la que Ricardo III trata de alcanzar la corona, aunque sin matar a nadie. A cambio, engaña y manipula a varios. El destino de Beltrán nos indignaría si el personaje no fuera tan desagradable, lo cual demuestra lo tristes jueces que somos, arrastrados por el subjetivismo y las simpatías. Legiones de críticos y lectores se han preguntado cómo puede Helena amar a Beltrán, quien no tiene casi virtud alguna. Bueno, yo no creo que lo ame, creo que está enamorada de él, pese a la repugnancia que él siente por ella y que el matrimonio (eso no es opinión mía, es deducción evidente de la obra) será completamente infeliz.

               Helena se ha equivocado a la hora de entregarse. Se me puede oponer que muchas veces, la misma Helena por ejemplo, los amantes saben que su amado les va a traer muchos problemas, que van a pasar muchos sinsabores y que si fueran gente razonable, dejarían esa relación inmediatamente. Yo no digo que eso no pase, es más afirmo que ocurre. Y no me limito al error de cálculo para explicarlo. La balanza del amor tiene pesas y medidas casi siempre muy personales. Se puede inclinar el platillo hacia el lado del amor, trayendo ese pesaje como consecuencia la muerte y el dolor.

                Cuando el individuo es sagaz, ese juicio determina el tipo de relación recomendable. Supongamos que alguien despierta en otro un deseo físico extremo. Si el deseoso mantiene suficiente cordura, irá a por el objeto del deseo para saciarlo, y nada más. La situación ideal en este caso es que la otra persona albergue idéntica intención. Si cualquiera de los dos quiere otra cosa, si su juicio da o llega a dar un saldo distinto, entonces hay problemas. Supongo que la clave de la relación será ir conciliando las dos balanzas lo mejor posible, lo cual, por supuesto, puede incluir la seducción, el engaño y el chantaje emocional, si el otro es menos astuto.

                 Enamorarse no es lo mismo que amar y amar no es una garantía de felicidad. Pero sí es un apasionante objeto de estudio y discusión. Eso, al menos, creo que ha quedado claro.

            Un último apunte: las citas y referencias que hago a Bloom provienen todas de su monumental trabajo Shakespeare, la invención de lo humano, de lectura obligatoria junto a las obras del susodicho. Y si alguien desea tener una perspectiva histórica del amor, le aconsejo con entusiasmo el capítulo “El amor a través de las edades”, de Memorias de un amante sarnoso, por Groucho Marx.

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