Con un vaso de whisky

abril 8, 2010

XI. Satisfacción

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:04 pm

            ASURAN DE KERN SE DESPERTÓ sin medio bigote. Tras un segundo de incomprensión, unos momentos de indignación y varias carcajadas del culpable (un sir Willer Shephard de excelente humor, quien aseguraba haber obrado así para protegerle –“os he dicho varias veces que los bigotes caen mal en las Islas, maese bardo”-), De Kern se afeitó la otra mitad, en un arroyo cercano.

            Mientras su Protector y el bardo se entretenían así, bajo la mirada divertida de Río de Viento, Ailin se entendía con Silvela. Habiendo desvelado su identidad, era bastante absurdo tener a la pirata a oscuras en lo referente a su itinerario. Sobre todo teniendo en cuenta que era Silvela la que debía guiarles por dicho itinerario.

            – ¿Esperas que me ponga a cuatro patas y empiece a olisquear por ahí, a ver si encuentro un rastro de tu padre? ¿Tienes unos calzones suyos?

            – Espero que sepas de alguien que pueda tener noticias de mi padre. Si nosotros encontramos en el Viejo Reino a quien había hablado con él hace tanto tiempo, en estas Islas seguro que existe una persona así.

            – Quizás. Pero en las Islas siempre hay movimiento. Pocos echan raíces.- Silvela arrugó el ceño- Hay un tipo. Johann el Tuerto. Dirige una taberna en un pueblo que no está muy lejos de aquí.

            – Siempre acabamos en tabernas.- suspiró Ailin.

            – La taberna es la tapadera, Majestad.- dijo la pirata con desdén- Johann es una especie de suministrador. Sabe casi todo de todos y lo que no sabe lo averigua o lo adivina. A cambio de no delatar a nadie y de ayudar a todos, se lleva un porcentaje de los negocios de Orchar, legales o ilegales.

            – Supongo que será de esa gente decente de la que hablabas anoche.

            – La gente decente tiene que comer.

            Ailin no tenía ganas de discutir.

            – Vamos a ver al Tuerto.

            Tras meter a traición la cabeza de Willer bajo el arroyo, Asuran dijo estar preparado para seguir viaje. El caballero salpicó a Río de Viento, por abstencionista.

 

            LLEGAR HASTA LA ALDEA LES LLEVÓ algo más de una jornada de camino. Durante ese tiempo, Willer manifestó que quien hubiera puesto el mote a Johann el Tuerto seguramente sería el mismo que había cargado sobre los hombros de Silvela el sobrenombre de Dos Hojas. Y que si no lo era, casi seguro lo conocía. Abogó por ir en su busca en cuanto terminasen los asuntos de la taberna.

            – Retorcerle el pescuezo sería un crimen mucho menor que destripar soldados republicanos, que, después de todo, sencillamente están en el peor lugar en el peor momento.

            Para replicar al caballero, Ailin estaba demasiado tensa, Asuran demasiado irritado, Río de Viento demasiado ocupado curioseando hasta la última brizna de hierba del camino y Silvela demasiado harta de su cautiverio. Así que Willer, impermeable, siguió haciendo agudos comentarios para su coleto.

            Cuando la aldea estuvo a la vista, Silvela se plantó.

            – Exijo mi duelo.

            – ¿De qué hablas?- dijo Asuran- Quedamos en que el duelo se celebraría después de que nos guiaras por las Islas.

            – Os he guiado. Exijo mi duelo.

            – Hasta que embarquemos para los Señoríos, no. Tal era nuestro acuerdo.- zanjó Ailin, con aire principesco.

            Willer, ante ese talante, tuvo que intervenir.

            – En realidad, con perdón, nunca dijimos cuándo debía celebrarse el duelo. Éste es tan buen momento como cualquier otro. En cuanto lo liquidemos, podremos ir hasta esa taberna y bebernos un par de picheles sin resentimientos, ¿eh?

            – ¿Te haces el tonto?- le susurró Ailin- ¿Y si te hiere?

            – Bah, la posibilidad es demasiado remota como para tomarla en serio. Y si se cumplen tus agoreras predicciones, ¿qué mejor lugar para reponerme que una taberna?

            – ¡No tenemos tiempo para recuperaciones! De un duelo puede salir una herida seria, Willer.- por la voz de Ailin, la preocupación por el retraso era algo menor que por la integridad del caballero.

            – Pero lo prometido es deuda y a Silvela le he prometido un duelo. Vamos, Ailin, préstale tus armas.

            De mala gana, la muchacha se desprendió de su espada y daga. La pirata las tomó, sopesándolas con cuidado. Acostumbrada a unas espadas más ligeras, sintió un pinchazo de inquietud. Willer estaba ya en guardia.

            A pesar de sus burlas, Willer sabía bien que, incluso el más consumado esgrimista nunca está libre de acabar herido en combate. El golpe afortunado de un novato puede mandar al otro mundo al combatiente más experimentado. Por otra parte, no quería una Silvela muerta o tullida. Además, estaban al descubierto. Un curioso que pasara por allí y la noticia de un duelo se conocería en la población. A saber qué oídos podían escuchar semejante historia.

            No hubo saludos ceremoniales, ni bromas, esta vez. Ambos contenientes combatieron en un silencio severo. La pirata demostró de nuevo ser una espadachín de respeto. Y ella no se contenía como Willer. Pero en un momento dado se tiró a fondo, erró el tiro, dejando la guardia baja. Willer contraatacó con dureza, la acosó y, con un giro exactamente medido de muñeca, la desarmó. Silvela dejó caer la daga. Admitía su derrota.

            – Muy bien, caballero.- masculló- Acaba conmigo, estás en tu derecho.

            – No tengo intención de acabar contigo. Pero, claro, tampoco te vas a ir de rositas. Has sido vencida. Por el honor del duelo, debes aceptar la condición que te imponga por dejarte con vida.

            – Soy pirata.- le recordó con una sonrisa Silvela.

            – ¿Los piratas no reconocen las reglas del duelo? Porque, entonces, no tenías derecho a exigirlo.

            La joven torció el gesto, admitiendo una nueva derrota. Willer se felicitó a sí mismo: había juzgado bien a su rival.

            – Silvela Dos Descalabros, jura aquí y ahora, lealtad a la Reina Ailin Grimwald, del Corazón Negro y levántate como su espada juramentada.

            Hubo un silencio. El bardo y Río de Viento miraban a Silvela, expectantes. Ailin miraba a Willer. La heredera se sentía ahora culpable de haber tratado a su Protector con rudeza. El caballero permanecía tranquilo, con esa calma un tanto divertida tan suya.

            Silvela se había puesto, por orden, verde, pálida, roja y después de nuevo pálida. Tragó saliva. Abrió la boca. La volvió a cerrar. Caminó hasta Ailin, que ya no sabía si estar sorprendida o alarmada. Se arrodilló, brusca, y recitó las palabras que Willer le fue dictando:

            – Juro solemnemente, por la salvación de mi alma, que yo, Silvela, serviré con absoluta lealtad a Ailin Grimwald, Reina del Corazón Negro, a sus descendientes y deudos y que mi espada estará a su disposición, siempre que no deba alzarla en causa injusta o impía.

            Ailin sólo acertó a asentir con nerviosismo. El rostro de Silvela parecía una nube de tormenta.

            – Bueno, ahora que hemos satisfecho las demandas de nuestra compañera de armas, vamos de una vez a la taberna. Las cosas buenas hay que celebrarlas. Y tengo ganas de ver a ese Johann, el Tuerto. Espero, por los dioses del cielo, que no esté tuerto de verdad.

            Mientras abrían la marcha, Ailin le apretó el brazo a Willer.

            – Gracias.

            – No tengo ni la más remota idea de qué hay que agradecer. Una chica temperamental, aunque honorable, esta Silvela. Le cogerás cariño, sin duda. Aunque tendremos que atarla en corto hasta que ella te coja cariño a ti.

            – Me conformaría con una lealtad simple y llana.

            – Ah, vamos. Tú eres incapaz de provocar una simple y llana lealtad. Dale un poco de tiempo y te adorará. Maese De Kern y el Hermano Río de Viento, que te conocen desde hace nada, ya no podrían vivir sin ti.

            – Están a mis pies, ¿eh?- dijo con cierta ironía Ailin.

            – Lo estarán cuando seas Reina. Pero ya oíste a Río de Viento. Él es compañero de Ailin Grimwald. Creo que hasta Asuran está de acuerdo con eso, aunque no sé si… Ah, da igual.

            Ailin esbozó una sonrisa. Willer le lanzó una mirada fugaz. Siguieron caminando, en silencio. Detrás, con Silvela bien vigilada, Río de Viento consolaba a Asuran, exponiéndole las ventajas de un labio superior desnudo.

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