Con un vaso de whisky

abril 2, 2010

Semana Santa y sombría

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:35 pm
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            Será esta una de las más sombrías Semanas Santas para la Iglesia. No la primera, ni la última, ni tal vez la más grave, pero sin duda alguna, una de las más dolorosas que yo recuerde. El escándalo no hace más que aumentar. Pronto, parecerá que el de los Estados Unidos no fue sino un lúgubre ensayo general.

            No me gusta comentar estos asuntos cuando están en pleno desarrollo. Por fuerza, no se dispone de la mayor parte de la información y, además, los ánimos tienden a estar calientes. Estos asuntos siempre hay que abordarlos con la cabeza fría. Así pues, no pretendo ponerme yo aquí a dar recetas concretas e infalibles, ni presumir de andar con la verdad total. Pero me parece que, en este momento, hay datos suficientes para hacer algunas observaciones. En especial, señalar líneas de debate que deberían abrirse y tentaciones en las que no hay que caer.

            El primer y más urgente debate no corresponde, en realidad, a la Iglesia como tal. La cuestión de qué hacer con los sacerdotes pedófilos han de resolverla los psicólogos, psiquiatras, demás expertos médicos y, en última instancia, los tribunales. Prestando mucha atención éstos a lo que dicen aquellos.

            Por lo que se refiere a las víctimas, los menores a quienes se violó y de los cuales se abusó física, mental y espiritualmente (sean hoy día o no menores), merecen compensaciones y, sobre todo, asistencia psiscológica, anímica, si es que ello es aún posible. Y de esa asistencia debería encargarse, directa o indirectamente, la Iglesia. Digo indirectamente, porque tal vez no sea lo más adecuado para una víctima de abusos ser atendido por un clérigo. O sí. Eso debe verse caso por caso y ser decidido por los especialistas, escuchando a las propias víctimas, la cuales, pese a esos abusos, o a causa de los mismos, pueden desear una asistencia estrictamente religiosa, junto a la psicológica..

            El problema de estas reparaciones, a estas alturas, es que podrán sonar forzadas, insinceras. Lo cual les restará mucho valor simbólico, moral y terapéutico. Claro que haber estado décadas cruzados de brazos tampoco es la mejor excusa para seguir en idéntica posición.

            En relación con los depredadores sexuales, convendría andarse con cuidado. Cualquier acusado tiene el derecho a un juicio, ante un tribunal imparcial. Sea seglar o eclesiástico. Y ese tribunal debe determinar su nivel de responsabilidad. No soy ni psicólogo ni psiquiatra. Pero si la medicina cataloga a los pederastas como enfermos, como tales habrán de ser tratados. Esto no implica, desde luego, dejarles sueltos y rodeados de niños. Un enfermo puede ser peligroso. Respetando sus derechos (que, esto nunca debe olvidarse, los tiene), el Estado debe minimizar el riesgo que suponga.

            Dos grandes tentaciones amenazan en estos aspectos.

            La primera (ya ronda por algunos artículos que he leído) es la de trazar una línea directa entre pedofilia y homosexualidad. Tal línea debe ser rechazada con toda contundencia. Estemos o no de acuerdo con el actual Magisterio acerca de la homosexualidad, es inaceptable igualar las relaciones sexuales consentidas entre dos adultos del mismo sexo y los abusos que un adulto con considerable influencia y poder comete sobre un niño. Inaceptable e infamante.

            Del mismo modo, el gratuito salto entre homosexualidad y pedofilia debe rechazarse. El argumento que coloca a todos los varones homosexuales como potenciales o seguros pederastas tiene la misma consistencia que considerar a todos los varones heterosexuales como potenciales o seguros violadores de mujeres. Por ahora, estas afirmaciones vergonzosas parecen marginales. Esperemos que sigan siéndolo o que dejen de ser por completo.

            La segunda tentación es más complicada de resistir. Consiste en mezclar el debate anterior y los siguientes que veremos con el debate sobre la obligatoriedad del celibato. Hay voces, y no de las menos autorizadas –por ejemplo, la del cardenal Martini- que han vuelto sobre éste en el contexto actual.

            En primer lugar, la mayoría de estas voces llevan años pidiendo (y realizando, de manera oficiosa) el debate sobre este controvertido punto. En realidad, la Iglesia lleva discutiéndolo oficiosamente desde que se impuso, hace unos diez siglos, el celibato obligatorio a todos los sacerdotes. Asunto distinto es que las autoridades suelan negarse a admitir un tal debate o que le den carpetazo una y otra vez.

            En segundo lugar, no me opongo a ese debate. Todo lo contrario. Pero no me parece correcto relacionarlo con los casos de pedofilia. Un célibe no es, por el mero hecho de su celibato, más propenso a la pederastia. O, al menos, eso aseguran bastantes expertos estos días, en medios de toda índole y sesgo ideológico. Por lo tanto, flaco favor hacen a su causa los que aprovechan estos momentos para insistir. Lo entiendo. Tras tantas peticiones de discusión serena e inteligente sistemáticamente rechazadas, es comprensible que se termine, como último recurso, por sacar el asunto a colación con un escándalo de los que no pueden obviarse. Es una tentación lógica, pero, como toda tentación, debe desecharse o nos llevaría a cometer un grave error.

            La gran cuestión que hay que plantear, sin embargo, es mucho más seria. A fin de cuentas, que haya curas pederastas no es escandaloso. Es un problema terrible, que debe afrontarse y resolverse con inteligencia, misericordia, transparencia y firmeza. Es decir, justo lo contrario que se ha hecho. El escándalo está en la política oficial. Está en el encubrimiento. En que la Iglesia como institución lo haya ocultado y no haya actuado a favor de las víctimas y en colaboración con la justicia y las instituciones sanitarias. Lo escandaloso del caso está en la política que la jerarquía católica ha desarrollado.

            Existen, a mi entender, dos posibilidades, ninguna buena. O bien esa política de encubrimiento sistemático, de silencio cómplice y de reubicación bajo mano se realizaba en contra, al margen o usando de lagunas en la normativa canónica y las directrices vaticanas o bien era un riguroso cumplimiento de las órdenes recibidas desde puesto de autoridad, en cumplimiento de tal normativa y dichas directrices.

            Si estamos ante la primera posibilidad, el sistema necesita una reforma profunda. Desde luego, todos los responsables eclesiásticos implicados deberían ser apartados de puestos de responsabilidad y entregados a las autoridades del Estado. Deben revisarse los mecanismos de supervisión y control de la Iglesia. Debe examinarse cuidadosamente qué vaguedades o silencios en el Derecho Canónico permitieron realizar tales acciones, durante tantos años.

            Si estamos ante la segunda posibilidad, entonces lo necesario es un cambio aún más radical. Habría que reformar todas las leyes canónicas, todas las órdenes, todos los decretos que establecen el encubrimiento. Cuando el sacerdote sancionado es el que denuncia, en vez del que abusa o encubre, algo marcha espectacularmente mal. Si este escándalo es el resultado de la aplicación de la política de la institución, entonces hay que cambiar esa política. Y pedir cuentas a sus responsables. No puede haber perdón sin arrepentimiento y propósito de enmienda.

            Es imprescindible que se plantee esta pregunta, que sea sinceramente respondida y que se tomen las medidas pertinentes. Porque, de lo contrario, es muy posible que este escándalo sea el preludio de algo aún peor. Nada institucional es inmodificable.

            La tentación relacionada con este aspecto también anda rondando por algunos artículos y noticias. Consiste en culpar al Concilio Vaticano II. En considerar que el Concilio introdujo una nefasta flexibilidad, que los obispos y fieles se rindieron al progresismo (eso he leído) y de esa manera hemos terminado como hemos terminado. Que hay que volver a la rigidez, a la moral severa, legalista.

            El espíritu del Vaticano II (resumido en una frase que he leído en esos mismos artículos, para atacar frase y espíritu: “Más Evangelio y menos Derecho Canónico”) me parece no sólo nada errado, sino desafortunadamente olvidado. Deslegalizar la religión es siempre sano. Resulta obvio que la Iglesia Católica, desde el punto de vista institucional, precisa de un cuerpo jurídico para funcionar. Pero ese cuerpo jurídico no debe ir en contra de los principios que fundamentan (o eso se intenta) la Iglesia como asamblea de creyentes. Ni tampoco debe contaminarse la espiritualidad, la moral ni el compromiso social con normativas rígidas.

            Una cosa es estar a favor de una perspectiva religiosa más abierta, más cercana a los Evangelios, más compasiva, menos sentenciosa. Otra es ser idiota, irresponsable o perverso y dejar por ahí campando a pedófilos en campamentos para preadolescentes. No, culpar a las reformas del Concilio –aun de modo lejano- es de una ridiculez que llega a la mala fe. No sería ironía menor que este asunto terminara de sepultar al Vaticano II.

            Por último, ¿qué decir del silencio de los fieles de a pie, sacerdotes y laicos? No me refiero a los que hablaron, denunciaron, advirtieron. Hablo de los creyentes que hoy asisten a las noticias, que escuchan una reacción oficial cada vez más defensiva (mala señal; además, eso resta credibilidad cuando se niegan denuncias que son efectivamente falsas o incoherentes, que las ha habido y las habrá, como en todos los casos masivos de corrupción y abusos). Entre los que creen que todo lo que venga del Vaticano es el mal absoluto y los que consideran que cuanto haga el Papa es el bien total, hay un amplio espectro de sensibilidades. La mayoría guarda silencio.

            Sería presuntuoso por mi parte interpretar a la ligera ese silencio. Cada persona es un mundo. Es probable que algunos callen por vergüenza. Otros, por cansancio, o por desolación. Otros, porque crean que hablar no servirá de nada. O que sirva de algo, pero para mal. Quizás haya cristianos que no hablen por temor a que sus críticas se confundan o se usen contra la Iglesia.

            Si tal es el caso, se basa en un error de concepto. El pecado que está en el origen de este escándalo es un pecado personal e institucional. Criticar a la institución por sus fallos, por sus errores y por sus pecados no es atacar a la Iglesia. Es hacerle un servicio. Un obispo alemán, me parece que el titular de Friburgo, decía en un sermón hace unas semanas que no debemos idealizar a la Iglesia, formada por personas. Es cierto. Dudo que los fieles idealicen nada. Pero puede que algunos confundan la Iglesia asamblea y comunidad con la Iglesia institución. Ésta debe estar al servicio de la primera. Y cuando no funciona hay que advertirlo. Los creyentes, se ha hecho pedagogía sobre esto desde hace varios años, aunque nunca es bastante, deben tomar conciencia de que son la Iglesia, tanto como sus obispos. Y que denunciar a un obispo inicuo, corrupto, encubridor, es un servicio a la Iglesia. Sin caer en dramatismos, en histerias, ni en cazas de brujas. Con la cabeza fría.

            No me cabe duda de que muchos sacerdotes en el mundo encaran esta Semana Santa, angustiados, sin saber muy bien si hablar de esto o no a sus comunidades. Desde la óptica cristiana, las víctimas de esta historia son reflejo del crucificado. Los que encubren y guardan silencio, ¿de quién lo son?

Nota; imagen utilizada: “Cristo de San Juan de la Cruz”, de Salvador Dalí

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2 comentarios »

  1. Me gustó, ya te dije lo que opinaba del tema.

    Comentario por Saúl — abril 6, 2010 @ 10:37 pm | Responder

  2. […] en ciertos casos (ahí están, por ejemplo, el escándalo contemporáneo de la Iglesia católica, del que ya hablamos en otra ocasión), por la intimidación psicológica de las víctimas, en muchos y, ahora, dada la reacción social […]

    Pingback por Con un vaso de whisky — mayo 8, 2013 @ 4:05 pm | Responder


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