Con un vaso de whisky

marzo 22, 2010

¿Amor? ¡Arte! (VII): El villano de hielo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:57 pm
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            Yago, como hemos visto, comprende muy bien la naturaleza del amor y de los celos. Sabe emplearlos para manipular a Otelo, de manera magistral. Es todo un genio del mal, pero no un monstruo sin sentimientos. Es un monstruo con sentimientos: siente mucho, siente un inmenso orgullo por sus cada vez más refinadas habilidades de manipulador asesino y una hilaridad demoníaca por sus triunfos. La carencia total de sentimientos pertenece al otro gran héroe-villano de Shakespeare, Edmund.

            No voy a tratar de esbozar siquiera la densidad y la genialidad de El rey Lear. Esta tragedia es complejísima, capital para estudiar el amor paterno-filial (doloroso, como todo amor), pero no el de pareja, que está casi desaparecido. Lo único cercano al mismo son las relaciones que Edmund mantiene con Regan y Goneril.

            Glóster usa del sexo y el matrimonio para su ascenso al poder y lo mismo hace Edmund. Pero éste es superior al jorobado y mucho más extraño. El rencor, la amargura por su deformidad y el autodeleite por su vileza, esenciales en Ricardo, no existen en Edmund. En una obra donde todos aman u odian demasiado, Edmund es enigmáticamente glacial. Bloom lo relaciona con su igual en maldad: “Yago es libre de reinventarse a sí mismo a cada minuto, pero tiene fuertes pasiones, por negativas que sean. Edmund no tiene ninguna clase de pasiones; nunca ha amado a nadie ni lo amará nunca. A este respecto, es el personaje más original de Shakespeare.”

            Atractivo, fascinador, Edmund seduce a las dos hijas malvadas de Lear, buscando, maquiavélico, el trono por senderos retorcidos, tras haberse desembarazado de su padre y (eso cree) de su hermano Edgar, sin sentir nada hacia ellas:

            A estas dos hermanas les he jurado amor;

            Cada una está celosa de la otra, como los mordidos

            Lo están de la serpiente. ¿Cuál de ellas tomaré?

            ¿Ambas? ¿Una? ¿O ninguna? Ninguna puede ser gozada

            Si la otra sigue con vida: tomar a la viuda

            Exaspera, vuelve loca a su hermana Goneril

            Y difícilmente podré llevar a cabo mi interés

            Estando vivo su marido. Veamos, entonces, usaremos

            El crédito de él para la batalla; hecho lo cual,

            Que la que desea deshacerse de él trame

            Cómo despacharlo pronto. En cuanto a la misericordia

            Que planea para con Lear y Cordelia,

            Hecha la batalla, y ellos en nuestro poder,

            Nunca verán su perdón; pues mi Estado

            Cuenta conmigo para la defensa, no para el debate.

            ¿Cómo puede ser tan frío, tan espléndidamente frío, Edmund? La misma pregunta que me hice sobre Glóster y sobre Stevens me la hago con este bastardo (literalmente). ¿Es por naturaleza o por elección? Edmund me fascina más que Glóster y que Stevens, porque no es un amargado ni un doliente. Edmund no queda, al contrario que el mayordomo, arrasado por su incapacidad de amar, porque no hay nada que arrasar. La tragedia de Stevens es ser capaz de amar, pero no de salir de sí mismo. Edmund se hubiera reído.

            Es inútil tratar de buscar el origen del mal que es Edmund en sus raíces. Gloucester, su padre biológico, es un hombre bastante decente, que ha acogido a su ilegítimo hijo, al cual trata con la misma deferencia que a Edgar. En verdad, Gloucester nunca duda de la buena fe de Edmund y por eso cae de cabeza en sus hábiles trampas. La explicación medieval astrológica (cada cual debemos nuestra naturaleza y nuestro destino a la estrella bajo cuya influencia nacemos) es rechazada jovialmente por el mismo villano: Habría sido lo que soy si la más virginal estrella del firmamento hubiera parpadeado ante mi bastardía. Y creo que, de igual manera, debemos rechazar las demás explicaciones morales, sociológicas o psicológicas.

            Es un detalle astutamente señalado por Bloom que en esta tragedia convulsa, Lear, el más pasional de todos los personajes de Shakespeare, y Edmund, el más frío, no intercambian ni una sola palabra. Están juntos en el escenario sólo dos veces, al principio y al final de la obra. “¿Qué puede decirnos sobre Edmund, y también sobre Lear, el que Shakespeare no encontrara nada que pudieran decirse el uno al otro?”, se pregunta el viejo crítico. Dejo la pregunta abierta.

            Edmund es para mí un misterio más fascinante incluso que Yago, porque a Yago lo comprendo, puedo seguir el proceso de formación de este “improvisador del mal”, mientras que Edmund, “más estratega que improvisador” (Bloom), se presenta ante mí ya formado y sin explicación ninguna de cómo acabó siendo como es, un ser humano libre totalmente de cualquier vínculo afectivo, de cualquier clase de empatía, servido por una voluntad implacable y por una inteligencia fulgurante.

            Pero el asombro llega hasta el extremo cuando está a punto de morir, herido por Edgar, y se traen al escenario los cadáveres de Goneril y Regan, muertas por el amor que (ellas sí) sentían por él. Y entonces, por vez primera en su vida, parece que Edmund se emociona, perdiendo, como apunta Bloom, soberbiamente perplejo, su propia identidad:

            Sin embargo, Edmund fue amado:

            La una envenenó a la otra por mí,

            Y después se mató.

            Cedo la palabra a Bloom: “No dice que le importara ninguna de las dos, ni nadie más, y sin embargo esa evidencia de un nexo le conmueve. En contexto, su fuerza mimética es enorme. Un intelecto tan frío, fuerte y triunfante como el de Yago de pronto se estremece al escucharse a sí mismo, y la voluntad de cambiar domina a Edmund. […] No sabemos quién es Edmund al morir, y tampoco él lo sabe.”

 Nota, imagen usada: portada de la versión de “El Rey Lear”, de Trevor Nunn

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