Con un vaso de whisky

marzo 5, 2010

VIII. La Tetrarca del Este

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:06 pm

          EDMUND Y DOUGAL RECIBIERON EN EL NAVÍO una citación para comparecer ante el comandante del puerto. Éste les comunicó el deseo de Su Alteza Elspeth Voe de recibirlos en la Isla del Este, donde estaba sito su palacete. Su Alteza consideraba la posibilidad de acceder a las peticiones del Juez Errante, pero prefería discutir los pormenores sin intermediarios. Los republicanos indicaron al comandante que transmitiera su agradecimiento a la Tetrarca y accedieron al traslado. El comandante les solicitó que estuvieran dispuestos al atardecer del día siguiente.

            Dougal estuvo tentado de hacer varias observaciones ingeniosas sobre la situación. Suponía que Edmund estaría lanzando chispas por aquel retraso y pincharle un poco le ayudaría a descargar. Luego, podría obligarle a reconocer que un Juez Errante maduro no pierde los nervios con tanta facilidad ante el primer contratiempo. Pero Lukas estuvo impasible durante el regreso al barco. Se fue a su camarote, pidiendo no ser molestado; salió casi al anochecer, dijo que iba a dar un paseo – “a solas”- y regresó un par de horas después. Calmado, indiferente, casi relajado. Incluso hizo un par de bromas secas durante la cena.

            Por la mañana Dougal le invitó a dar una vuelta por la ciudad, pero el Juez dijo que ya había paseado bastante la noche anterior. Mantuvo su habitual reserva, sin dirigir la palabra más de lo imprescindible a la tripulación. Ordenó al capitán que se atuviera estrictamente a las órdenes del comandante del puerto. Pero que no levara anclas salvo por una orden directa suya o de Dougal.

            Cuando el día ya declinaba, se presentó una delegación de funcionarios isleños. Venían a escoltar al Juez y a su ayudante hasta el barco que les llevaría a la Isla de Este, como se había acordado. Dougal se puso su uniforme de campaña, más presentable que las ropas civiles. Edmund limitó el protocolo a colgarse de nuevo el collar de su cargo. El comandante les esperaba al pie de un velero. Tras el ritual intercambio de cortesías, los republicanos embarcaron al fin y el pequeño barco zarpó.

            – El tiempo perfecto para navegar, ¿verdad?- comentó Dougal a nadie en particular- ¡Mucho mejor que con esa tormenta de hace unos días!

            Los tripulantes no respondieron. El rastreador dejó correr el silencio; al cabo de un rato, volvió a intentarlo.

            – ¿Habéis oído hablar de Su Alteza, la Tetrarca del Este, Señoría?

            – No soy un experto en la política de las Islas.

            – ¡Ah, pero no es necesario! Si uno sabe a quién escuchar, la fama de los Tetrarcas surge sola. De los cuatro he oído contar admirables cosas. Aunque nuestra generosa anfitriona, en mi humilde opinión, supera al resto.

            Los tripulantes siguieron sin reaccionar.

            – Una gran dama, Señoría. Una gran dama y una gran gobernante. Y si ya es raro encontrar una cosa o la otra, hallarlas en una misma persona es prácticamente un regalo de los dioses.

            Nada. Dougal desistió.

            – ¡Mala peste de marinos!- masculló acercándose a su superior- ¿Serán sordomudos?

            – Es la única explicación para que no les haya seducido tu interesantísima charla.- se burló Lukas.

            – Según mi experiencia, cuando estás con un marino y hablas del tiempo, tienes charla para medio viaje. Y si luego alabas a su amo y señor, tienes ocupada la otra mitad.

            – Para alabarlo más. O para criticarlo a escondidas. Los viajes por mar son muy subversivos.

            – Estás de muy buen humor, estos días.

            – ¿Por qué no iba a estarlo? Tenemos casi el apoyo de la Tetrarca para nuestra misión. Seguro que con darle algunos detalles colaborará encantada.

            – ¿A una líder extranjera le vas a contar lo que has ocultado a un Gobernador republicano?

            Lukas cambió de tema.

            – Lo que has dicho sobre la Tetrarca, ¿son rumores que has oído o te lo has inventado para sonsacarles algo?

            – Cualquier gobernante hace correr rumores acerca de su grandeza, como dama, como caballero, como asesino o como anfitrión. Pero una cosa sí he oído alguna vez: que lo demás Tetrarcas nunca están a solas con ella.

            Edmund alzó las cejas en un gesto irónico de sorpresa.

            – No creo que nos aburramos.- murmuró el rastreador.

 

            La Isla del Este era una mole rocosa, inaccesible –según aseguraban las cartas- salvo por dos puntos. Uno de ellos, el puerto oficial, en el cual Edmund y Dougal fueron apeados. El segundo, la salida de emergencia (y secreta) de la Tetrarca, donde siempre había un velero, dispuesto a soltar amarras en un instante.

            Desde el puerto oficial ascendía un camino, a cuya derecha e izquierda se veían los barracones de la guardia. En pocas horas, un ejército perfectamente equipado podía desembarcar en Orchar. El resto de Tetrarcas mantenían fuerzas similares en sus respectivas islas, como había dicho Willer. Llegado a un cierto punto, el camino se estrechaba, convirtiéndose en un sendero tortuoso por el cual no podían avanzar los caballos. Recorriéndolo, se llegaba a un baluarte, protegido por una guarnición de guerreros tan impasibles como los marineros.

            Al cruzarlo, se entraba en otro mundo. El suelo pedregoso, del que sólo brotaban arbustos, daba paso a un jardín. Hermosas fuentes canturreaban seductoramente, el viento mecía las copas de cipreses. Aquella isla parecía tener un clima propio, distinto del más frío de Orchar. El visitante nocturno, después de un viaje fatigoso, tenía la sensación de haberse perdido en un mundo de ensueño.

            Atravesando el jardín, llegaba a un palacio de fachada sobria, con una columnata blanca soportando un frontón sin adornos. Más guardias mudos comprobaban las credenciales del recién llegado. Una vez dentro, un patio interior de suelo de mármol, bellamente decorado con cariátides, con una pequeña piscina de aguas claras en medio. Sirvientes de ambos sexos se apresuraban a acoger al visitante y a mostrarle sus habitaciones, donde podría refrescarse y cambiar sus ropas. No se presentaba uno ante la Tetrarca con el polvo del camino.

            Ni Dougal ni Edmund tenían elección. El capitán abandonó su uniforme y el Juez sus descuidadas ropas de viaje, que, de todos modos, eran demasiado pesadas para la agradable temperatura de aquella extraña isla. Una vez ataviados con trajes ligeros, parecidos a los de los sirvientes, aunque de mayor calidad, los republicanos pudieron, por fin, acceder a la sala de audiencias.

            O eso creían ellos, porque los mudos sirvientes (nadie les había dirigido una sola palabra desde que abandonaran Orchar) les condujeron a un jardín interior. Varios sauces se combaban, ocultando en parte una fuente central, con cuatro figuras masculinas en actitud majestuosa, de cuyas manos y bocas brotaba el agua. Un camino de piedras pulidas recorría el jardín. Junto a la fuente había una mesa de mármol, con una jarrita de un líquido incoloro y una pequeña copa de plata, y dos sillas de piedra, suavizadas por cojines. Sentada en uno de ellas, esperaba una dama.

            La Tetrarca Elspeth Voe era una de esas mujeres de edad indescifrable. A los quince años parecen tener veinte y a los treinta y cinco, veintiuno. Era alta, más alta que la media de los isleños. También su piel era mucho más clara, casi blanca. Un vestido sin mangas, turquesa pálido, ocultaba parte de un cuerpo por el que muchos habrían matado o muerto con igual entusiasmo. Un chal blanco, traslúcido, cubría sus hombros y sobre él caía una melena lisa, oscura. El rostro era atractivo, de labios voluptuosos, curvados en una cortés sonrisa, nariz recta, cejas delineadas, ojos negros. A escasos pasos de distancia, Dougal tuvo que recurrir a toda su caballerosidad para mantenerse correctamente formal. Edmund, durante un instante, alzó las cejas, esta vez sin rastro de ironía.

            – Sed bien venidos a la Isla del Este, mis buenos señores.- una voz peculiar, casi clara, pero con un sutil toque ronco- Os agradezco que hayáis soportado las molestias del viaje.

            Al no responder Lukas, el capitán reaccionó de inmediato.

            – Alteza, ser recibidos en semejante oasis justificaría una travesía de siete días en medio de una tempestad.

            – Sois muy amable, capitán Dougal. Veo que vuestras alabanzas en mi navío no agotaban vuestra gentileza.

            Dougal, pillado por sorpresa, acertó a sonreír, algo perplejo.

            – Alteza, os agradecemos que sacrifiquéis vuestro tiempo en recibirnos.- Edmund había recuperado el habla, el gesto impasible y el tono frío.

            – Somos aliados, Señoría. ¿Qué puede hacer la Tetrarca del Este por la República de Izur?

            – Unos fugitivos han logrado infiltrarse en las Islas Rojas, Alteza. Como expuse ante el comandante del puerto en el que desembarcamos, me propongo detenerlos y llevarlos ante la justicia. Sin embargo, como se encuentran en territorio soberano de las Islas, solicito vuestro permiso y auxilio.

            – Os concedo mi permiso y contáis con mi auxilio, desde luego. Daré las instrucciones pertinentes. Los enemigos de Izur son enemigos de las Islas. Nuestras tierras no pueden ser el refugio de criminales.

            Juez y capitán evitaron con éxito sonreír ante tal aseveración. Ambos se inclinaron en señal de respeto.

            La Tetrarca ladeó ligeramente la cabeza, en un gesto inquisitivo.

            – ¿Pensáis regresar a Orchar, Señoría?

            – Es mi deber continuar las pesquisas.

            – Vuestra devoción al deber es admirable. No obstante, si me lo permitís, con las guarniciones de Orchar en alerta, ¿considerarías que vuestra presencia sería esencial?

            – Alteza, tengo indicios de peso para creer que mis fugitivos fueron apresados por piratas antes de pisar las Islas. Cuantos más efectivos busquen a esos piratas, mejor. El tiempo apremia.

            Elspeth Voe tamborileó, pensativa, sobre la mesa.

            – Los piratas están estrechamente vigilados en las Islas. Si vuestras sospechas son ciertas, Señoría, mis soldados no tardarán en descubrir su refugio y capturarlos.

            “Si es que siguen vivos”, se dijo Dougal.

            – Por tanto, ese dato ha de ser motivo de menor preocupación. Carezco de autoridad sobre vos, señor Juez. Podéis hacer lo que os plazca. Mas me sentiría enormemente dichosa si decidierais coordinar la caza desde mi morada. Tendréis todas las comodidades para llevar a cabo vuestra misión. Y cuando, siguiendo vuestras instrucciones, esos delincuentes sean apresados, mi bajel más veloz os llevará a ellos.

            Stephen Dougal comparó en un segundo la perspectiva de reposar unos días en aquel bello palacio, bajo la tutela de una anfitriona tan complaciente, con la visión de una caza ininterrumpida, por los acantilados, por las colinas, por los pueblos. Se resignó a lo inevitable, a la seca negativa del Juez Errante.

            – Alteza,- dijo el joven, con un titubeo que ni su frialdad pudo encubrir- acepto con gratitud vuestra hospitalidad, para mi ayudante y para mi persona.

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