Con un vaso de whisky

febrero 19, 2010

VII. Razones

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:15 pm

           AILIN NO DIO TREGUA HASTA QUE ESTUVIERON a media jornada del refugio pirata. La huída había comenzado al atardecer y ahora era noche cerrada. La luna y las estrellas iluminaban lo bastante como para avanzar sin demasiadas dificultades. Un par de veces atravesaron caminos de tierra, en medio de las colinas que había en aquella región. Nunca los siguieron, por temor a algún encuentro desafortunado. Cuando entraron en un pequeño bosque, excepcional por lo que habían visto, Willer expresó la opinión del grupo.

            – Me parece que nuestros secuestradores tendrían una suerte inmensa si fueran capaces de pillarnos aquí.

            Río de Viento se dejó caer con un resoplido de simpatía. Asuran se conformó con doblarse sobre sí mismo. Ailin meneó la cabeza, pero terminó por asentir.

            – Está bien, descansaremos un rato. Creo que por la mañana podremos coger ya alguno de los caminos. Por el día no pareceremos sospechosos.

            – ¿Una mujer maniatada no es sospechosa en las Islas?- preguntó Río de Viento, con ese tono totalmente sincero que a veces parecía una pizca irónico.

            Silvela, que se había acomodado en el suelo, con las piernas cruzadas, se sonrió.

            – Tendréis que liberarme.

            – No creo que haya mucho riesgo, señora.- jadeó De Kern- Durante el día estará rodeada. Por la noche podremos atarla de nuevo.

            Ailin seguía con el gesto serio. Se sentó frente a Silvela, quien le devolvió la mirada, con una mezcla de burla y falta de interés.

            – Tú no sabes quién soy.- comenzó la heredera- Si lo supieras, no estarías tan segura de ti misma.

            – Sé bastante de ti.- contestó Silvela- Eres la hija de algún Señor. Viajabas en un barco de la República, así que seguramente tu padre esté muerto, o lo hayan derrotado en una de vuestras guerras. O puede que te haya expulsado de su castillo. Sí, eso me gusta. Te habrá pillado jugando con el bardo o con el caballero. O con los dos. Así que os expulsa a todos. Así que os venís a las Islas, donde acaban todos los desgraciados, los criminales, los desterrados. Deberías volver a los puertos grandes. Es donde se acumula la escoria. En el interior aún hay gente decente.

            – ¡Vaya, una pirata moralista!- se rió Willer- Es consolador ver que no estás tan endurecida por los saqueos, Silvela Juicio Estricto.

            – Cierra la jodida boca.

            Ailin tenía pensado ser cautelosa. Tenía pensado dar la información poco a poco, midiendo bien las palabras, sopesando las respuestas de Silvela. Tenía pensado mostrarse fría, distante, manejando la situación con reservada dignidad, como había visto mil veces hacer a lady Nadine.

            – Yo- proclamó con tono estentóreo- soy Ailin Grimwald, del Corazón Negro, legítima heredera del Gran Reino, hija de los Reyes Perdidos y tú has cometido un crimen de lesa majestad al ejercer violencia contra mi persona y las personas de mis compañeros.

            Estas palabras lograron coger desprevenidos a sir Willer, Asuran y Río de Viento. Pero Silvela quedó tan tranquila.

            – Suponiendo que eso fuera cierto, ¿a mí qué mas me da?

            – ¿Es que no me has oído bien?

            – Te he oído perfectamente. Eres, tal vez, la futura Reina del País-Que-No-Existe, en tierras extranjeras. Tienes razón. Debería estar temblando.

            El resto del grupo anotó un tanto a favor de Silvela, pero Ailin endureció la voz, aún más.

            – Cuando abandonemos las Islas y regresemos a los Señoríos, descubrirás hasta qué punto deberías estar temblando.

            – ¿Piensas llevarme al continente?

            Ailin alzó una ceja. Le tocaba el turno de sonreír.

            – ¿Para qué?

            – Porque una leal servidora debe estar al lado de su Reina.

            – ¡Servidora? ¿Te has vuelto loca, puta niñata?

            – En los dominios de mi tutor, serías culpable de un crimen castigado con la muerte. Y cuando consiga reunificar el Reino, tu situación no mejorará. Pero si me juras lealtad, sinceramente y sin reservas, si lo pruebas guiándonos por las Islas y de vuelta al continente, todos tus delitos serán olvidados. Serás una más de los nuestros.

            – ¡Qué generosidad! ¿Y si os llevo a la primera guarnición de soldados? Ni os darías cuenta hasta que fuera tarde. A los Tetrarcas les gusta estar a buenas con los republicanos. ¿Sabes lo que te harían, mi Reina?

            – Si tanto les gusta estar a buenas con los republicanos, una pirata que ataca navíos de Izur tampoco lo pasaría muy bien en sus manos.

            Silvela se mordió los labios, rabiosa.

            – Puedo haceros dar vueltas por el centro de Orchar,- espetó- llevaros de nuevo a los acantilados, a las colinas, a cualquier parte, hasta que os muráis de hambre.

            – Buen plan. Te morirás de hambre con nosotros.

            – Soy libre, ¿te enteras, reinita? Mis compañeros y yo no tenemos amo. Ni siquiera capitán. Cada cual da las órdenes en aquel campo donde ha demostrado ser el mejor. Porque eso es lo que conviene al grupo. Pero nadie es más que nadie. No me arrodillo ante los Tetrarcas. No me arrodillo ante la República. Ni me arrodillo ante ningún rey.

            – Bueno, lo que Ailin Grimwald pide es que te arrodilles ante una reina.- apuntó Willer.

            – ¡Cállate, lacayo! ¿Qué eres, el puñetero bufón de la corte? No sabía que hubiera caballeros que fuesen bufones.

            – Pocos. No tienen seso suficiente.

            – Hablas mucho, pero eres un siervo. Te arrodillas ante una criaja. ¿Por qué? Si de verdad fueras tan libre como quieres hacer creer, no te arrodillarías ante ella.

            – Me arrodillé ante Ailin una vez. Hoy volvería a hacerlo. Soy el Protector juramentado de la Reina.

            – Palabrería.

            – Probablemente. Pero soy algo más que una espada juramentada. Soy Willer Shepard. He visto crecer a esta dama guerrera. La he protegido desde el primer día. Y si mañana o pasado o al otro no fuera más que Ailin, ella misma, sin títulos ni privilegios, seguiría dando mi vida por su seguridad.

            La Reina sin Trono tuvo que recordarse lo mal que casan las lágrimas con la dignidad. Asuran miraba con honesta simpatía al caballero. Silvela misma parecía algo impresionada.

            – ¿Por honor?- preguntó con acento desdeñoso.

            – No recuerdo haber dicho nada del honor.- se encogió de hombros el caballero- El honor es como un barril sin vino. ¿A quién le interesa?

            – ¡Ah, dioses!- suspiró De Kern- No podía durar mucho.

            – ¿Y tú, bardo?- le disparó la pirata, cortante- ¿Por qué les sigues? ¿Te ha enviado el tutor de la gran reina para que empieces a mentir sobre su reinado antes de que comience?

            – Oh, no.- contestó Willer- La idea del cantar de gesta es de maese Asuran de Kern, entera y verdadera.

            – Yo,- dijo Asuran, sin lograr librarse del todo de aquella afectación que daba a las declaraciones importantes- debo la vida a Ailin Grimwald, del Corazón Negro. ¿No es así, sir Willer?

            – Se la ha salvado cada día.

            – Pero te digo esto, pirata.- continuó el bardo- Hoy seguiría al lado de la Reina Ailin aunque no le debiera mi vida más que a ti.

            – Pues se la seguirías debiendo.- se mofó Silvela- En la gruta os salvé el pellejo.

            Asuran frunció el ceño, mientras Willer reía.

            – No te preocupes, maese bardo.- le palmeó la espalda- Te hemos entendido perfectamente.

            – Ya lo ves, Silvela.- Ailin retomó la palabra, los ojos centelleando de orgullo- Mis servidores, mis protectores, son, sobre todo, mis amigos.

            – Tú los has dicho. Son tus servidores y, además, tus amigos. No me interesa ninguna de las dos cosas.

            – Perdón. No todos somos servidores.

            Río de Viento se convirtió en centro de las miradas, a cual más sorprendida.

            – Espero que ninguno seamos servidores. Los Hermanos no somos siervos. Somos compañeros. Y yo soy compañero de Ailin Grimwald, de Willer Shephard y de Asuran de Kern. Así es.

            Una levísima sonrisa de comprensión bailó por los labios de Willer. Ailin también había entendido. Se dirigió a Río de Viento y lo abrazó. Tenía los hombros tensos.

            – Lo demás sobra.- le murmuró el niño.

            Nadie veía la oscura expresión de Ailin.

            – Nada de lo que habéis dicho me ha hecho cambiar de opinión.- dijo Silvela con indiferencia.

            – Pues nada, cambiemos el enfoque.- dijo festivamente el caballero- A esto dirás que sí, no me cabe duda. Si nos orientas honradamente por las Islas, te ofrezco ese duelo de revancha por el cual nos dejaste salva la vida. Ahora no estás en posición de exigirlo, por si no te has dado cuenta.

            La pirata esbozó una mueca de satisfacción.

            – Conforme. Luego me iré. Sin ataduras.

            – Si ganas, desde luego. ¡Bien! Pues todo arreglado. El Hermano Río de Viento y yo vigilaremos en la primera guardia a nuestra guía. Seguro que entre los dos le conseguimos por fin el sobrenombre que merece.

            Ailin y Asuran se acostaron para descansar. Silvela se apoyó en un tronco caído y tardó un rato largo en cerrar los ojos, que apuñalaban a sus captores. Willer y su pequeño acompañante se acomodaron lo mejor posible. El caballero vio el rostro cansado, serio, tal vez triste de Ailin. Se dio cuenta de que el Hermano la estaba mirando, de que sin duda también lo había visto. Willer bostezó.

            – Te toca, Río de Viento, chaval. A ver qué se te ocurre.

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