Con un vaso de whisky

febrero 16, 2010

El deporte envilece a la persona

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:43 pm
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            Ya me gustaría ser el responsable de semejante declaración. Es un aforismo de libro: inesperado, conciso, desdeñoso y, si se dice como debe ser, tremebundamente demoledor. Por desgracia, no llegué a conocer a su autor de primera mano. Era un amigo de un amigo. Eso no ha impedido que, en los últimos años, la haya usado con gran alegría. Se convirtió en una de esas frases que usamos para rematar una conversación, para dar la estocada final al enemigo o para repeler sus ataques. Cada vez que algún amigo mío mentaba siquiera la posibilidad de hacer deporte, se la lanzaba a la cabeza.

            Pero, ¿es verdad? ¿Todo deporte envilece a la persona? Tras mucho reflexionar, he tenido que aceptarlo: no, no todo deporte envilece a la persona. O, al menos, no toda forma de practicarlo. Admitamos que el ideal humano sería desterrar el deporte de la civilización. Es una utopía, desde luego, aunque si la ciencia sigue avanzando una barbaridad, puede que unos pocos escogidos lo vean, mientras billones de seres humanos de las castas bajas siguen sudando la gota gorda.

            Si hay filósofos o filólogos leyendo esto, presentarán una cuestión de orden. Antes de lanzarme a despotricar, debería definir qué entiendo yo como deporte. ¿Meto al baloncesto en el mismo saco que al snooker? Pues no, por Dios. Los practicantes del snooker llevan pajarita y chaleco. Son gente de bien. ¿Son los dardos lo mismo que el fútbol? Jamás. Los dardos se practican al lado de una pinta de cerveza. ¿O acaso el atletismo es equivalente a la esgrima? Ni hablar: la esgrima es una destreza, que, si no fuésemos tan tiquismiquis, haría correr la sangre.

            Pero si la esgrima es una disciplina olímpica, dirán algunos. ¿Y? También el judo, que es un arte marcial, no un deporte al uso occidental. En Occidente hay dos grandes razones aceptadas socialmente para practicar el deporte: por la industria del juego y el espectáculo y por diversión. Que el COI diga misa: que incluya o deje de incluir algo en las Olimpiadas me da exactamente igual. Y sí, sé que no he definido lo que es el deporte. Me refugio, por una vez, en la definición subconsciente que tenemos en este ámbito cultural.

            Desde luego, aquellos que practican el deporte por puro y duro recreo son seres viles. ¡Por recreo! ¡Por diversión! ¿En qué cabeza medio arreglada cabe semejante animalada? El cuerpo, parece ser, sabe que en ninguna: por eso cada vez que hacemos ejercicio nos mete un chute. Si hacemos ejercicio con regularidad, acabamos enganchados. Así que ya ven. Nuestro propio cuerpo hace de camello. No hay dónde meterse.

            Es difícil decidir quién es más repelente, dentro de este grupo de masoquistas adictos: los que disfrutan en solitario de su vicio (por ejemplo, corriendo, posiblemente el ejercicio físico más aburrido, si no se está persiguiendo a alguien para destriparlo con saña, a no ser que estemos escapando para evitar precisamente eso) o los que lo practican en comandita. Los primeros ponen la excusa de los horarios de la vida moderna, o su deseo de concentrarse en el mismo deporte. O apelan a su naturaleza solitaria. Rechacemos esas excusas: un solitario coge un libro, no va a escupir los pulmones. En cuanto a los otros, esgrimen la amistad y el compañerismo, la alegría del equipo. Rechacémoslo igualmente: un grupo de amigos cafetea, discute, sale a cometer actos de locura vandálica.

            No hay nada más deprimente que ver a un grupo de jóvenes llenos de posibilidades perdiendo la vida alrededor de un balón. Lo admito, mis relaciones con los balones nunca han sido amistosas. ¿Recuerdan aquella serie, “Oliver y Benjí”? ¿Ésa de la que tanto nos burlamos, con razón, por repetitiva, monótona, contraria a las leyes de la física, pero que tragábamos religiosamente semana tras semana en nuestra infancia? Pues el dogma de la serie (“el balón es mi amigo”) jamás se correspondió con mi realidad. Los balones, grandes y pequeños, siempre me humillaron, corriendo al lado contrario al ordenado, mirándome por encima del hombro, en su esférica perfección. Capullos. No hay rencor, sin embargo. Ahora ya sé que dar patadas al balón es demasiado aburrido como para detestarlos cordialmente.

            A toda esta gente, por tanto, podemos aplicarles la sentencia: el deporte les envilece. Ahora bien, no representan a la totalidad de los deportistas. Dejemos a un lado a los profesionales. Son un sector difícil. Por un lado, hacer carrera de algo tan sospechoso como el deporte no incita a mirarlos con simpatía, ni a los multimillonarios de la Liga ni a los humildes y sufridos regatistas. Por otro, si tienen un talento, ejercitado y disciplinado, tal vez hagan bien en aprovecharlo. O tal vez no. ¿Hay algo más virtuoso que rechazar el propio talento para una actividad innoble?

            Entonces, ¿quién de entre aquellos que hace deporte puede levantar la cabeza y decirlo alto, claro, sin miedo al castigo? ¿Hay alguien? Sí. Siempre y cuando no lo haga con orgullo, sino con tristeza. Son los sufridores. Los que abominan del deporte. Los que desearían estar bebiéndose una buena Franziskaner o un Johnnie Walker. Pero que, aún así, aceptan ese ejercicio como una amarga necesidad.

            No irán ustedes a comparar: de un lado, un corredor, atleta, asiduo a los gimnasios por disfrute personal o por culto al cuerpo (¿para qué inventó el Diablo a los cirujanos plásticos, hombre?). Del otro, un asesino profesional, del crimen organizado, de los servicios secretos o de quien pague. Pues claro que el asesino tiene que estar en forma. Pero el deporte es para él un medio: hay que saber correr muy rápido para escapar de esos malditos rusos. Y hay que ser ágil y flexible para estrangular en la noche a esos malditos yanquis. O chinos. Pensemos lo que pensemos, desde un punto de vista moral, del asesino, desde un punto de vista estético, dónde va a parar.

            Porque esa es otra. Nadie, ni los deportistas obligados, ni los deportistas infames pueden hacer deporte sin perder toda dignidad estética. Los griegos, esos manipuladores, nos engañaron durante siglos con sus esculturas. Advierta el lector astuto que todas sus esculturas de atletas nos presentan a los susodichos justo antes de descargar la adrenalina, o justo después de acabar el juego. No tenemos ninguna estatua del efebo de turno con la cara desfigurada y los brazos descoyuntados mientras da zancadas hacia ninguna parte. Sin entrar en detalles sobre los horrores de la ropa deportiva.

            Bueno y si por la razón que sea, uno no se dedica al venerable oficio de la ejecución, ¿qué hay que argumentar para hacer deporte? Creo, sinceramente, que sólo hay una razón adecuada: la salud. Sí, sí, sé que tampoco hay que endiosarla. Si por la salud fuera, no se podría beber ni fumar en pipa. Admitamos, sin embargo, que objetivamente, hacer ejercicio puede ayudarnos a tener más años de vida. Algo trivial, si pensamos en edades geológicas, aunque enorme, si asumimos la perspectiva de la mosca de la fruta. Y en esos años (mientras no nos atropelle un coche o se declare la octava guerra mundial) podremos beber más, fumar más y ver más películas. Con el extra de se capaces de agacharnos a recoger el puro cuando se nos haya caído y levantarnos por nosotros mismos. Incluso de un salto. Y eso, bien vestidos, esta vez sí.

            Así que, relativicemos el aforismo. No toda práctica del deporte envilece a las personas. Seamos ignacianos. Discernamos los motivos. No todo fin justifica los medios, pero al menos, los atempera.

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2 comentarios »

  1. Si queréis hacer deporte, que sea un deporte noble, un deporte con empaque e historia, un deporte de gentilhombres e hidalgos.Practicad la esgrima antigua, si, si, con espada ropera y daga, nada de esas mariconadas del esgrima olímpico.
    Buscad vuestra sala mas cercana en la Asociación Española de Esgrima Antigua http://www.esgrimaantigua.com/

    Comentario por estocasticom — febrero 17, 2010 @ 10:22 am | Responder

    • Esto, damas y caballeros, es un enlace de los grandes. Dios bendito, acabo de degradar la esgrima olímpica a destreza de consolación. ¡Llevan capas! ¡Y hay espadas de todos los tamaños, formas y colores! Sí, señor, grande.

      Comentario por conunvasodewhisky — febrero 17, 2010 @ 1:59 pm | Responder


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