Con un vaso de whisky

febrero 12, 2010

VI. Evasión

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:34 pm

           CUANDO TODO EL BOTÍN ESTUVO A BUEN RECAUDO EN LA GRUTA, los piratas decidieron que se merecían una pequeña fiesta. Sacaron de sus almacenes unos cuantos barriles de cerveza de trigo y vino tinto, así como carne en salazón para aquellos que la necesitaran para aguantar la bebida. Algunos, con ínfulas musicales, agarraron tambores, flautas y violines. Cada cual cantó, bailó, bebió a su gusto. Menos Silvela.

            Aunque dos de sus compañeros intentaron convencerla para que se uniera al jolgorio, la joven isleña había relevado a Colomer (quien había accedido al cambio de mil amores) en su puesto; sólo aceptó una jarra llena de vino y un par de tiras de carne para hacer menos austera su misión.

            Entre trago y trago, lanzaba una mirada desdeñosa a sus prisioneros. ¡Ni siquiera trataban de escapar! Asuran seguía con la cabeza el ritmo de la música. Ailin rivalizaba con Silvela en ojeadas fulminantes. Río de Viento parecía muy interesado en la danza que vislumbraba a lo lejos. Willer también miraba en aquella dirección; aunque él, con cierta envidia, a los barriles cada vez menos llenos.

            – Si no nos dais de comer algo, no voy a poder ponerte ningún nombre ingenioso.- suspiró el caballero, pasando su ojos de los barriles a la jarra de Silvela. Ésta no le hizo ni caso.

            – Tampoco darte la satisfacción de un duelo.- añadió- Y me parece que ésa era una de las razones por las que nos trajiste de invitados a este retiro tan lujoso.

            – Os hemos dado de comer ya.- replicó la pirata.

            – ¡Vaya comida! Un poco de pescado hervido y agua. Eso es un insulto, no una comida.

            Silvela apuró la jarra, se levantó, dio un paso hacia los prisioneros y la tiró delante de Willer.

            – Igual tienes suerte y quedan un par de gotas.

            – Mal movimiento.- murmuró Ailin.

            Silvela no supo nunca muy bien lo que sucedió a continuación. Visto desde fuera, Asuran la cogió por las piernas, Willer la aferró por el tronco, al tiempo que le tapaba la boca y Ailin, de un salto, ocupó la piedra que hasta hacía un segundo servía de asiento a la centinela.

            Con presteza, Río de Viento ató con una de las cuerdas las manos de Silvela, quien trataba de zafarse de los brazos del caballero y el bardo. Una vez reducida, Ailin le dijo en voz baja:

            – Estate quieta y no te haremos daño. Como grites o creamos que vas a gritar, Willer hará algo más que taparte la boca. ¿Me entiendes?

            Silvela, con una mirada que dejaba muy atrás cuantas miradas asesinas se han lanzado en el mundo, asintió. El caballero apartó la mano.

            – Has sido muy amable al no morderme.- reconoció- Esto compensa el agua.

            – Sois unos idiotas.- masculló la pirata- Basta con que uno de mis camaradas mire hacia aquí y os destriparán como a cerdos.

            Río de Viento se llevó las manos a la barriga instintivamente. De Kern meneó la cabeza, tranquilizador.

            – No te preocupes. Si alguno de esos es capaz de levantarse todavía, verá a cuatro personas en el suelo y a una joven en la piedra. Que es lo que se supone que tiene que ver.

            – ¿Creéis que la confundirán conmigo?- se burló Silvela.

            – ¿A esta distancia? ¿Con la que llevan encima?- Ailin sonrió- Me parece que sí.

            – Lo que proponemos es razonable, querida Silvela.- dijo Willer- Ahora vas a ponerte en pie y a gritar a alguno de tus amigos de allá que venga para acá. Ten en cuenta que en esta gruta hay piedras. Estoy viendo una afilada, en la mano del Hermano Río de Viento. Él dice que tiene buena puntería y yo creo ciegamente en la palabra de este muchacho. Así que si tratas de dar la señal de alarma… en fin, te va a doler la cabeza. Cuando llegue tu compadre, lo atamos y lo retenemos. Entonces, vas hasta donde estén nuestras cosas, las traes sin dar explicaciones a nadie, tampoco creo que te las pidan, y vuelves aquí. Si haces eso, no le tocaremos a tu amigo ni un pelo de la nariz.

            – ¿Y luego?

            – Eso ya te lo diremos.- respondió Ailin- ¿Lo has comprendido?

            Silvela se incorporó. Río de Viento la había liberado. Ailin volvió con sus compañeros, mientras la pirata se subía a la piedra y gritaba:

            – ¡Ehe, Puchta! ¡Puchta! ¡Sí, tú! ¿Quién va a ser? ¡Ven aquí cagando leches!

            El pirata calvo llegó tambaleándose un poco.

            – ¿Qué coño pasa?

            No le dio tiempo a más. Sufrió el mismo trato que Silvela, con mayor rapidez incluso. Asuran le metió un trozo de tela que se había arrancado en la boca, como añadido.

            – Esto marcha bien.- se felicitó Willer- Silvela del Sentido Común, seguid así.

            La pirata se fue a grandes zancadas con cuatro pares de ojos vigilantes clavados en la espalda y un par desconcertado.

            – ¿No hará alguna tontería?- musitó Ailin.

            – Es de las que saltan. Es posible que corra el riesgo y nos delate.

            – Quizás, maese bardo, quizás.- suspiró Willer- Pero algún riesgo teníamos que correr, ¿verdad? Además, la idea ha sido tuya. Si sale mal, te echaremos a ti toda la culpa.

            – ¡Cómo si eso fuera a servir de algo!

            – Ha sido un buen plan, Asuran.- dijo Ailin.

            – Dadas las circunstancias.- De Kern intentó parecer humilde y sólo logró parecer embarazado.

            – ¿Y si nos delata, qué hacemos con éste?- preguntó el bardo a renglón seguido.

            – No le he pensado.- adimitó Ailin.

            – Si nos delata, matar al bueno de Puchta no nos salvaría.- se encogió de hombros Willer- Aunque, eso sí, le curaría sus vicios- añadió, apoyando todo su peso en un codo y ese codo en la espalda del pirata, que gimoteó ahogadamente.

            Silvela regresó al cabo de un rato. Para ser una isleña, de piel tostada, estaba terriblemente pálida. Dejó caer un saco. Algo emitió un tañido lastimero. Asuran de Kern gimió como Puchta.

            – Bien, ahora hay que moverse con rapidez.- Ailin pasó el saco a Willer, que distribuyó el contenido entre el resto- Puchta se queda aquí; más tarde o más temprano vuestros amigos le encontrarán. Tú te vienes con nosotros.

            Silvela sólo enarcó una ceja. Fue signo suficiente.

            – No estalles ahora, Silvela, no estalles ahora.- le apremió Willer- Sería una lástima, después de lo bien que te has controlado.

            – Vendrás con nosotros.- repitió Ailin- No te haremos ningún daño, como prometí, pero te necesitamos para salir de esta gruta.

            – Estamos todos listos, ¿verdad?- preguntó Asuran.

            – Pues vamos- concluyó Río de Viento.

            Willer cogió a Silvela de un brazo y la obligó a caminar. Los demás les siguieron. Ailin, como quien no quiere la cosa, pisó al desdichado Puchta.

            El sentido común parecía haber tomado el control de Silvela, una vez más. Sin hacer el más mínimo intento de frustrar aquella huída, guió a sus captores lejos de la cala, lejos del campamento, lejos de los piratas, hasta una de las salidas que aquella gruta tenía. El viento salado les golpeó en la cara. Un empinado camino, casi impracticable, subía hasta un terraplén.

            – Por aquí.- indicó la pirata entre dientes- Allí arriba podréis ir a donde queráis en Orchar.

            – Yo subiré primero.- dijo Río de Viento y unió el acto a la palabra.

            – Vas detrás, Silvela.- ordenó Ailin, mientras contemplaba al pequeño Hermano subir con su agilidad característica.

            – ¿Qué?- barbotó la otra.

            – ¿No pensarás que vamos a dejarte libre ahora, para que vayas a avisar a todos esos borrachos de la cueva?

            – Más respeto a los bebedores, Ailin.- se ofendió Willer- Adelante, Silvela de los Mares y las Cuevas, iré justo detrás de ti. Si tropiezo, me asiré con fuerza.

            – Tus apodos no tienen gracia.- le dijo Asuran.

            Después de la airada Sílbela y de Willer, fueron Ailin y, cerrando la marcha, Asuran. Río de Viento había llegado al final del camino cuando ellos aún estaban por la mitad. Por fin, todos ya en el terraplén, con el mar delante y Orchar a sus espaldas, se tomaron un instante de respiro.

            – No nos durmamos.- les apremió Ailin en seguida- Cuanto más lejos estemos de aquí en menos tiempo, mejor.

            – En el castillo de su tutor mandaba menos.- le confió Willer a Río de Viento, en tanto invitaba a Silvela a ponerse en marcha- Era una chiquilla encantadora, agradable, divertida. Este viaje me la está estropeando.

            – Pues aún está lejos de terminar, ¿no es así?

            – ¡A quién se lo dices, Hermano! ¡A quién se lo dices!

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