Con un vaso de whisky

febrero 5, 2010

V. Rehenes

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:03 pm

            LOS TETRARCAS DE LAS ISLAS ROJAS sabían bien que la fuente de su prosperidad estaba en el mar. Eran el comercio naval y la pesca en sus ricos caladeros los que llenaban sus arcas. También sabían que, precisamente por eso, eran un objetivo de los piratas. Que desde los islotes cercanos, las calas secretas, incluso desde el mismo continente, desde aquellas zonas de los Señoríos en que la autoridad era débil o negligente, los navíos piratas cazarían a los mercantes.

            Ante estos dos factores, unos gobernantes mediocres hubieran empleado la mano dura. Hubieran enviado sus propios barcos para perseguir y colgar a los bucaneros. Los Tetrarcas demostraron ser gobernantes sagaces. No consideraron a la piratería como un peligro para su riqueza, sino como un medio para hacerla aún mayor. Pactaron discretamente con los capitanes piratas. De cada botín que era arrancado en alta mar, una parte iba a parar a manos de los recaudadores de impuestos. Las tripulaciones de los mercantes tenían derecho a defenderse, desde luego, pero los barcos militares de las Islas nunca perseguían con celo a los asaltantes.

            Como la mayor parte de los barcos asaltados eran originarios de las mismas Islas o de reinos demasiado lejanos o débiles para suponer una amenaza, el pacto permitía a piratas y Tetrarcas vivir con bastante comodidad, siempre que los primeros mantuvieran su codicia dentro de lo razonable. Sólo había una línea roja en el acuerdo: la República de Izur.

            Desde que el Consejo de los Nueve y la Gran Asamblea firmaron el tratado de alianza con los Tetrarcas, sus barcos pasaron a ser intocables. Porque la República estaba próxima a las Islas Rojas y tenía poder bastante como para devastarlas. Cualquier bajel pirata que abordara un barco republicano sería perseguido sin piedad y todos sus tripulantes ejecutados de manera singularmente desagradable. Y casi todos los piratas acataban esta norma.

 

            Si hubieran conocido estos datos, Ailin, Willer, Asuran y Río de Viento se habrían encomendado a todas las divinidades conocidas o desconocidas. Sólo unos piratas temerarios, sin nada que perder, se atreverían a quebrantar el pacto con los Tetrarcas, provocando su ira y la de la República. Como los cuatro prisioneros nada sabían, observaban su captura con menos preocupación de la debida.

            En cambio, una vez desembarcados, arrojados a una gruta, guarida de los piratas, cada cuál dejó ver una faceta de su naturaleza. Ailin se mostraba calladamente irritada; Asuran, sombrío, cansado, deprimido; Río de Viento, con una indiferencia aliviada por su aire inocente; y Willer, por último, se limitó a protestar por la falta de comida y bebida. No por ser prisionero, tenía uno menos hambre. O sed.

            El resultado fue el mismo: los piratas se reunieron en conciliábulo, sin prestar atención a sus prisioneros, salvo por el pirata calvo, que comprobaba sus ataduras. Por las voces que les llegaban, Silvela estaba en medio de un duelo con Graf. Desde su posición, podían verle la cara: no era de las que discutían con frialdad.

            – Ya no estamos en un abordaje.- dijo Graf- Tus decisiones se pueden discutir, ahora.

            – Tampoco estamos navegando.- replicó agitadamente su camarada- No me parece que tengas más autoridad.

            – ¿Quién decide, entonces?- preguntó otro pirata.

            – La verdad, no sé si habíamos previsto algo así.- gruñó Graf- Tomar prisioneros ha sido una verdadera innovación de Silvela.

            – Ha sido una decisión tomada durante un abordaje, debería ser la misma persona la que decida sobre los rehenes.

            – Es decir, tú misma.

            – ¿Tienes algo en contra, Graf?

            – A mí me suena bien.- comentó otro pirata más.

            – Menuda sorpresa, Colomer. Una jodida sorpresa. Has dicho que son rehenes, Silvela. Por los rehenes se pagan rescates. No sé si de estos sacaremos mucho.

            El pirata calvo, tras ocuparse de Asuran, estaba palpando las sogas de Ailin. Aprovechó para palpar algo más. Ni el bardo ni el caballero se dieron cuenta de nada; Río de Viento seguía abstraído. Ailin aguantaba en silencio, sabiendo que un grito, una queja, podía hacer saltar a sus compañeros, indefensos, contra una tripulación bien armada.

            Entonces oyó un golpe seco y el calvo se llevó las manos a la cara, lanzando cagamentos. Silvela le había visto; sin parar el debate había cogido una piedra del suelo y había demostrado tener tan buena puntería como Willer.

            – ¡Fuera de ahí!- le gritó al calvo- ¡Si te vuelvo a ver a dos pasos de los rehenes, te corto la mano! ¿Has entendido, tocón de mierda?

            Willer y Asuran asesinaron con la mirada al calvo. Los compañeros de éste se reían. Unos, porque les gustaba ver fracasar a uno que estaba haciendo lo que les hubiese gustado hacer a ellos; otros, porque el calvo había sido un idiota al no haberse guardado de la mirada de Silvela. Por último, había quien se reía porque ver a un hombre recibir una pedrada siempre es divertido.

            – A los rehenes se les tratará con respeto, ¿me oís?- Silvela puso los brazos en jarras- ¡No recibirán ningún maltrato, de ninguna clase! ¿Ha quedado claro?

            – ¿Que nos matéis de hambre y de sed no es un maltrato?- preguntó en voz alta Willer.

            – Por el amor del cielo, Willer, ¡calla!- le susurró Asuran- ¡Vas a hacer que nos maten de verdad!

            – ¡Bah! Si nos fueran a matar por tan poca cosa ya te habrían destripado, maese bardo. Olvidas lo insultantes que son tus bigotes.

            – Son rehenes, Graf.- continuó Silvela- Míralos bien. Esa chica tiene aire de haberse pasado la vida mandando. Y le acompañan un bardo, un niño y un luchador.

            – ¿Y qué?

            – Un bardo para entretenerla. Un niño para hacer de criado o más bien de rastreador, por la pinta. Un luchador para protegerla. Un luchador que combate como un caballero de los Señoríos.

            Los piratas empezaron a entrever hacia dónde quería ir Silvela. Un par más avispados daban muestras de haber llegado ya. Graf era de estos.

            – ¿Seguro?

            – Sé algo de esgrima.- replicó Silvela con el tono de un joyero que acaba de tasar un diamante.

            – Todo un puñetero séquito.- sonrió Colomer, el pirata que antes había apoyado a Silvela, un hombrón de patillas erizadas.

            – Quizás. Pero en el caso de que tengas razón, ¿cómo sabremos quién es? Sin saberlo, no hay forma de pedir rescate.

            – Lo sabremos.- afirmó Silvela.

            Los demás asintieron, convencidos por aquella seguridad.

            Graf cambió de enfoque.

            – Siendo así, los rehenes equivalen a un rescate, que equivale a un botín. Y de gestionar el botín no te encargas tú, Silvela, se encarga Puchta.

            El calvo se acercó al oír su nombre. Por la cara le caía un hilillo de sangre. Graf observaba a Silvela con gesto victorioso. Los demás piratas parecían bastante impresionados por aquella vuelta de tuerca.

            – Ahora sí que estamos perdidos.- murmuró Asuran- Ése nunca apoyará a Silvela.

            – Muy cierto, maese bardo.- replicó Willer- Hubiera sido preferible dejar que siguiera a lo suyo, ¿verdad?

            Asuran enrojeció.

            – No era eso lo que yo…

            – Que apoye a Silvela o no da igual.- le interrumpió Ailin con tono plano- No he oído decir nada a Silvela a favor de nuestra libertad.

            – Al menos, no permitiría que nos hagan daño.- dijo Asuran.

            – Quién sabe.- Willer apuntó con la nariz a los piratas- Tal vez no lo permita.

            Puchta aún no había tomado ninguna decisión. Con la mano derecha tapando su herida, miraba alternativamente a Graf, a Silvela, a sus botas y a un agujero del suelo. Silvela no apartaba los ojos.

            – ¿Qué propones hacer tú con los rehenes, Graf?- preguntó, mirando aún a Puchta- ¿Matarlos, echar sus cuerpos al mar? ¿Dejarlos en libertad?

            – No creo que saquemos de ellos ni una pieza de bronce, ya lo he dicho.- Graf tampoco dejó de mirar a Puchta- Si los dejamos libres, tendremos que cambiar de refugio. No podemos arriesgarnos a que hablen con los Tetrarcas. Pero si, en cambio, los matamos, se sabrá. Y los barcos que asaltemos sabrán que no tenemos compasión con los prisioneros. Preferirán luchar a rendirse, como hasta ahora.

            – Eso no son propuestas.

            – No, son certezas. Nos has colocado en una posición jodida, Silvela. Muy jodida.

            – Pero si sacamos de ellos un rescate, si lo recibimos y los soltamos, cambiando de escondite, lograremos unos beneficios que compensarán las molestias.

            – Si logramos ese rescate, tú lo has dicho.

            Silvela salió de su inmovilidad: caminó hasta los prisioneros y se acuclilló ante Ailin.

            – ¿Has oído, bonita? Graf no lo ha dicho, pero en el fondo cree que es menos malo mataros que soltaros. Yo creo que es mejor sacar un botín de esto y luego soltaros. Sólo me apoyará si piensa que podéis pagar un rescate. ¿Qué dices? ¿Puedes convencerle de eso?

            Ailin abrió los labios contraídos lo justo para mascullar:

            – Somos simples viajeros. No somos ricos. No tenemos amigos ricos.

            Graf resopló. Silvela volvió con los suyos. Miró de nuevo a Puchta.

            – Miente.

            El calvo se pasó la mano por la cara. Lanzó una mirada a los rehenes. Se mordió los carrillos.

            – Esperemos un poco más. Esperemos a ver si Silvela puede sacarles la verdad.

            – Si es que no la han dicho ya.- gruñó Graf.

            – No la han dicho.

            – Bueno, pero ahora no.- bostezó Colomer- Hay que ocuparse del barco, contar lo que hemos sacado del mercante y preparar algo para cenar. Ya nos encargaremos de esos luego.

            Los piratas se mostraron de acuerdo. El grupo se dispersó, cada cual fue a encargarse de sus obligaciones.

            – Colomer, échales un vistazo de cuando en cuando.- dijo Silvela, antes de ir al barco.

            El hombretón se sentó en una piedra plana, con un cuchillo en la mano y una botella que pidió a gritos en la otra.

            – No ha ido tan mal.- opinó Willer- Ese Puchta tiene alma de prestamista. Deja las injurias de lado cuando hay oro en la balanza.

            – Ha sido una suerte.- contestó con aspereza Ailin.

            – Claro que eso no me va a impedir cortarle las manos, la lengua y la polla en cuanto se descuide.- continuó su Protector, apaciblemente.

            – Y estemos libres.- sonrió irónicamente De Kern.

            – Lo de estar libres es cosa mía.

            Los otros tres miraron a Río de Viento. Una mirada breve, fugaz. Bastó. El niño había estado callado, ausente, abstraído, por una buena razón. Para deshacer nudos marineros, incluso un Hombre Verdadero requiere concentración.

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: