Con un vaso de whisky

febrero 2, 2010

¿Amor? ¡Arte! (III): El matrimonio perfecto

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:29 pm
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            Hemos ido viendo en otros artículo algunas de las grandes heroínas de Shakespeare, heroínas también en el campo del amor. No deja de ser reconfortante que, cuanto más grande es el personaje, con más inteligencia y amabilidad se burla de los tópicos amorosos.

            Pero Shakespeare es demasiado inteligente para dejar al amor en el terreno de sus personajes positivos. Es absurdo (aunque en las historias infantiles, neciamente, se perpetra esta infamia) pretender que sólo los personajes y las personas que podríamos calificar de moralmente bondadosas conocen y practican el amor. Y el Mal y el Amor en el arte siempre han ido muy cerca el uno del otro.

 

            Dijimos ya que Bloom observa a los matrimonios de Shakespeare y nunca afirma su futura felicidad. Antes al contrario. Satisfaciendo su vena maliciosa, repite a lo largo de su obra que, en su opinión, no hay en el mundo shakesperiano pareja más bien avenida, más compenetrada y más perfecta que el matrimonio Macbeth. Macbeth y Lady Macbeth están hechos el uno para el otro.

            Macbeth posee una extraordinaria imaginación proléptica, pero carece de voluntad pragmática y es Lady Macbeth, que es voluntad con forma de mujer, la que le empuja hacia el abismo en el que ambos caen y que ambos sufren de manera agónica, con idéntica intensidad en sus triunfos y en su desgracia.

            Aun cuando tras el asesinato de Duncan el matrimonio se quiebra, con Macbeth rehuyendo a su esposa y ambos sumiéndose en un torbellino distinto, de locura ella y de terror él, están bien emparejados, lo cual es una ironía cruel por parte del bueno de William.

            Antes del regicidio, Lady Macbeth, por así decir, llevaba los pantalones en el castillo. Desde luego, es una figura poderosa, ante la cual el marido se siente siempre, hasta que ella ya ha perdido la razón, en inferioridad. Ni siquiera cuando Macbeth trama en secreto la muerte de Banquo se muestra arrogante con su mujer. A mí casi me da la sensación de un alumno que prepara con discreción el trabajo final que presentará a su profesor.

            Y eso que las imprecaciones de Lady Macbeth contra la virilidad de su esposo son terribles. Macbeth, es extraordinario guerrero, como se nos dice al comienzo de la obra:

Pues el bravo Macbeth (bien merece ese nombre),

Despreciando a la Fortuna, con su acero blandiendo,

Que humeaba de sangrientas ejecuciones,

 Como favorito del valor, se abría paso,

Hasta que se enfrentó al esclavo;

Al que nunca tendió la mano, ni se despidió de él,

Hasta que lo rajó del ombligo a la quijada,

Y clavó su cabeza sobre nuestras almenas.

            Pues bien, semejante salvajismo, que le coloca entre los grandes del reino, y del que más tarde usará, en el terror que impondrá, tanto a los demás como a sí mismo, tiene su origen, en parte al menos, al decir de la crítica, apoyándose fundadamente en la obra, en una temida o comprobada impotencia.

            Se nos sugiere que Lady Macbeth tuvo un hijo, de un marido anterior, pero no hay niños, no hay herederos en el matrimonio. La sombra del hijo persigue a la pareja y muchas de los acerbos comentarios que Macbeth recibe de su esposa pueden leerse en un sentido netamente sexual.

            Los Macbeth siempre me han recordado a otra pareja terrible, George y Martha, en ¿Quién teme a Virginia Woolf?, otra obra nocturna, otro matrimonio aterrador, pero amante, en medio del miedo y del odio mutuo, con el hijo ausente siempre planeando. George y Martha manipulan a sus compañeros de fiesta, un matrimonio mucho más joven, y traman auténticas maldades, en un duelo espantoso. Si los Macbeth no tuviesen tantos enemigos externos, es posible que hubieran acabado sus días así, unidos por un amor amargo.

            Claro que, en la práctica, Macbeth es mucho más destructivo que George, pero percibo en ambos un mismo fondo: la nada. Dicen los expertos que Macbeth nunca desea realmente nada de lo que hace, que sufre su maldad, que carece de verdadera voluntad. No así Lady Macbeth, pero ella se derrumba por completo, mientras su marido permanece, cada vez más vacío.

            Los Macbeth, otra de las ironías de Shakespeare, se lanzan sobre la corona de una forma lasciva, deseando su gloria tal vez para escapar de la vacuidad ontológica que los persigue y cuando han consumado el atroz asesinato, se encuentran con una nada aún más fuerte. Así se explica la reacción del atormentado y atormentador tirano cuando recibe la noticia del suicidio de su amada esposa:

            Debió morir más adelante:

            Hubiera habido tiempo para semejante palabra.

            Mañana, y mañana, y mañana,

            Se arrastra con ese pasito de día en día,

            Hasta la última sílaba del tiempo conocido;

            Y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos

            El camino hacia la polvorienta muerte. ¡Apágate, apágate, breve cirio!

            La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor,

            Que se pavonea y se agita una hora en el escenario,

            Y después no vuelve a saberse de él: es un cuento

            Contado por un idiota, lleno de ruido y de furia,

            Que no significa nada.

 

            En el caso de los Macbeth el amor no es el causante del horror, sino un elemento más del mismo. Pero el amor puede ser germen del mal, cuando el deseo (y el amor se compone un alto porcentaje de deseo) incita a usar cualquier medio para satisfacerlo y, de manera incluso más destructiva, cuando la realidad se muestra infranqueable y no es posible lograr el objeto del deseo. Para verlo, empezaremos la semana que viene con una de las obras más famosas de William: Ricardo III.

 

Nota: imágenes usadas, por su orden, fotograma de “Macbeth” de Roman Polanski; fotograma de “Macbeth”, de Orson Welles; fotograma de “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, de Mike Nichols; fotograma de “Macbeth”, de Orson Welles.

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