Con un vaso de whisky

diciembre 11, 2009

IV. Interrogatorio.

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:24 pm

            EL CONTRAMAESTRE HABÍA GANADO A LAS CARTAS bastante dinero como para emborrachase a conciencia. Guardó la mitad de sus ganancias e invirtió la otra mitad en la cerveza negra, densa, con apenas espuma, especialidad del sureste de las Islas Rojas. Sus compañeros de mesa, cansados de perder, se le unieron. Llevaban un buen rato bebiendo; la atmósfera de la taberna (una de tantas en los puertos de Orchar) no invitaba a la ebriedad festiva, así que los ya no jugadores se encorvaban sobre sus picheles, tratando de pensar lo menos posible. El contramaestre, que había bebido más que nadie y estaba sereno como ninguno, evaluaba los riesgos de aligerarles los bolsillos en un rato.

            Entraron entonces dos hombres en la taberna, un joven alto y delgado y un viejo, envueltos en capas de viaje. Uno de sus camaradas se inclinó vagamente hacia el contramaestre y le masculló:

            – Esos son del continente. Les vi bajar de un barco republicano hace unas horas.

            – Bueno, ¿y qué? ¡Cómo si no hubiera barcos republicanos en el puerto! El mío viene de la República.

            – Ya.- vocalizó el otro.- Pero este es un na-ví-o mi-li-tar.

            – Uh.

            – Ya te digo.

            El contramaestre se retrepó en su silla. Les lanzó una ojeada estimatoria. El viejo parecía pacífico. Había pedido un par de pintas al tabernero. El contramaestre desconfiaba de las personas pacíficas. Uno nunca sabía si eran peligrosas hasta que resultaba demasiado tarde. El joven hablaba con el tabernero, quien, después de cobrar más de lo justo por las cervezas, señalaba hacia su mesa. El joven delgado giró la cabeza, hacia ella. El contramaestre lamentó ser el único con la cabeza levantada. Tuvo la impresión de que los ojos del joven le clavaban al asiento. Calma, coño. Sólo es una mirada.

            Seguido por el viejo y las cervezas, el joven se aproximó. Desde las alturas, se dirigió directamente al él.

            – ¿Es el contramaestre del Vieja Madre?

            – Y qué si lo soy.

            – ¿Le importa que le acompañemos?

            – Lo siento, amigo, pero no hay sitio.

            El joven dejó una pequeña bolsa en la mesa. Su contenido sonó metálico. Los compañeros del contramaestre se irguieron un poco.

            – Dejadme con estos señores.

            – Que me hayas ganado no quiere decir que quedarse decirme lo que hacer.- farfulló uno.

            El que había visto el barco de los recién llegados ya estaba en pie y arrastrando a los demás a una mesa desocupada y alejada.

            – Celso, hazme caso. Vete. Sé buen chico.

            Celso hizo girar la cabeza en gesto negativo; al finalizar el giro, se quedó mirando al joven, que le devolvía la mirada. Celso se fue.

            Coño con las miradas. Mantén la calma.

            El Juez Errante Edmund Lukas se sentó en frente del contramaestre. Dougal ocupó un puesto intermedio. Posó las pintas. A partir de ese momento, dedicó, aparentemente, toda su atención a la suya.

            – ¿Cómo sabe quién soy?

            – El mesonero me lo ha dicho.

            – Ya lo sé, lo he visto.

            – ¿Para qué pregunta, entonces?

            – Le habrá dicho que yo soy el contramaestre del Vieja Madre. O sea, que le ha preguntado por ese contramaestre en concreto. Para hacer esa pregunta, hay que saber que hay un barco llamado así y que tiene un contramaestre que está en esta taberna.

            – No sabía si estaba en esta taberna. Sabía que estaba en alguna taberna del puerto.

            – ¿Han ido taberna por taberna?

            – Sí.

            – Ya puede ser importante.

            – Lo es.

            – ¿Le debo dinero?

            – No.

            – Mejor. ¿Cómo sabía que el Viaje Madre estaba aquí?

            – Porque el comandante del puerto de Lossar me informó de su itinerario.

            – ¿Y por qué le interesa tanto el Vieja Madre?

            – Porque es el único barco que zarpó una noche determinada de Lossar hacia aquí con cuyos oficiales no he hablado.

            – ¿No ha hablado con el capitán?

            – El capitán estaba incapacitado temporalmente para una conversación útil.

            – Ya veo. Así que ha buscado al siguiente en la jerarquía.

            – Así es.

            – En fin, es un sistema como otro cualquiera. ¿Ha venido para preguntarme algo?

            – Sí.

            – Pues hasta ahora, las preguntas las he hecho yo.

            El contramaestre se rió de su propia gracia. Lukas tenía una expresión curiosa: como si contuviera una sonrisa y una mueca de irritación al tiempo.

            – En fin, pregunte.

            – Entre los pasajeros del Vieja Madre, ¿había una muchacha de unos quince o dieciséis años, acompañada de dos hombres? Uno de ellos fuerte, alto, con aspecto de guerrero; el otro, más joven, rubio, con un laúd.

            – Mmmmh. ¿Podría describirme a la chica?

            – ¿En qué sentido?

            – Pues vaya, lo típico. ¿Era fea? ¿Era guapa? ¿Era alta? ¿Baja? ¿Tenía pelo? Esas cosas.

            – De estatura normal. Pelo castaño oscuro.

            – ¿Corto?

            – La última vez que la vi, en melena.

            – Muchos pasajeros podrían encajar en esa descripción. Lo siento.

            – Qué le vamos a hacer. ¿Podríamos acompañarle hasta el barco?

            – ¿Para qué?

            – Para echar una ojeada. Si los que buscamos han estado en su barco, tal vez se hayan olvidado algo en él.

            – Es un barco grande.

            – Eso es problema nuestro. Estaremos en tierra antes de que deban zarpar.

            – No es muy regular.

            El contramaestre hizo un gesto de impotencia. Ya sabes lo que quiero, hombre.

            – ¿Es usted de las Islas?

            – ¿Yo? No, no. Bueno, un marino es del mar y de los puertos, ¿sabe? Pero yo soy ciudadano de la República.

            El rostro de Edmund cambió. Antes, daba la impresión de que varias partes de sí mismo luchaban por expresarse. Ahora, había consenso. Sonreía. El contramaestre tragó saliva una vez. Ay, dioses. ¿Qué habré dicho?

            – ¿Quiere mirar la bolsa, por favor? Sin que nadie más vea el contenido.

            El contramaestre no movió un músculo.

            – Por favor.

            Con dedos perezosos, entreabrió la bolsa. No había monedas dentro. Había otra cosa. Un colgante. El contramaestre tragó saliva. Otra vez.

            – ¿Cree que podríamos subir a bordo?

            – Supongo que sí.

            – Gracias. Vamos.

            Edmund recogió la bolsa. Dougal dejó su pinta vacía en la mesa. El contramaestre se levantó, envarado, y echó a andar, seguido por el Juez y su ayudante. El resto de la taberna siguió a lo suyo.

            Una vez en el barco, Edmund pidió al contramaestre que le llevara hasta su camarote. Haciéndose el indiferente ante las miradas sorprendidas de la tripulación, el oficial obedeció. Dougal cerró la puerta y se apoyó en ella. Sus ojos escrutaron la cámara. Lukas la inspeccionaba uniendo el movimiento a la vista. El contramaestre se golpeaba un puño contra el otro.

            – Pensaba que querían registrar el barco.

            – Eso hacemos.- replicó Lukas, sin detenerse.

            – ¿Creen que en mi camarote van a descubrir algo? ¡Si ni siquiera saben si esa chica a la que buscan estuvo en el Vieja Madre!

            – Un arcón siempre es interesante.- le comentó Dougal a Lukas.

            – Es demasiado evidente.- replicó el Juez Errante.

            El rastreador hizo un gesto ambiguo; mientras su superior seguía observando las paredes, se arrodilló junto al arcón.

            – ¿Me permite su llave?- le rogó al contramaestre.

            – No tengo nada que ocultar.- repuso el otro, entregándosela.

            Edmund, sin volver la vista, se sonrió mordazmente.

            Dougal abrió el arcón y, con tranquilidad, fue descubriendo cada uno de los falsos fondos. Cuando encontró el primero, el contramaestre masculló una maldición con ánimo de despistar. En el segundo, puso cara de preocupación. Al llegar al tercero, la preocupación fue verdadera. Al cuarto, se tuvo que sentar en su camastro.

            – Buen escondite.- alabó Dougal- Un arcón es demasiado evidente para alguien astuto y cuatro fondos son bastantes incluso para alguien tenaz.

            Edmund reconoció su error con un leve gruñido y se inclinó sobre el arcón. Metió la mano y sacó el escorpión de oro.

            El contramaestre sintió los ojos del joven clavados en él y se vio impelido a levantar la cabeza.

            – ¿Dónde están?

            El marinero hizo un último esfuerzo.

            – Esa joya lleva tiempo ahí dentro. Ya no recuerdo dónde la conseguí.

            Dougal meneó la cabeza. Edmund se colocó a medio palmo del contramaestre.

            – ¿Dónde están?

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