Con un vaso de whisky

diciembre 6, 2009

¿Amor? ¡Arte! (II): Las heroínas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:10 pm
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            [1]El amor es también la guerra. De hecho, la guerra, la política y el amor no son más que el mismo juego con diferentes disfraces. Penas de amor perdidas y Mucho ruido y pocas nueces son, seguramente, las dos obras más conocidas de Shakespeare con la guerra de sexos como tema central. La primera es más cruel que la segunda, sin duda, y, tal vez por ello, es ésta la que suele tener mejor acogida entre el público. Dejando a un lado a los lamentables Claudio y Hero, y las intrigas del malo, don Juan, que es un diablillo de cuarta fila comparado con los monstruos que aguardan en otras piezas, Benedicto y Beatriz son los protagonistas, enzarzados en un duelo verbal sin tregua, ni antes de enamorarse, ni durante el enamoramiento ni tras su compromiso.

            Con razón se ha visto la influencia de Benedicto en el profesor Henry Higgins (aunque, personalmente, Higgins me gusta más que Benedicto, en buena medida a causa de Rex Harrison). Las bravatas contra el amor de Benedicto sólo nos dicen que va caer de cabeza en la trampa de la que él tanto se burla. Y eso que se burla con tesón, jurando que me veréis palidecer de cólera, de enfermedad o de hambre, señor; pero no de amor. Su discurso enumerando todas las condiciones que debería reunir una mujer para que se planteara siquiera hacerle la corte es de una cómica arrogancia. Muy parecida a la fanfarrona canción de Higgins Let a woman in your life, exposición de las desdichas que le aguarden al insensato que caiga en las redes femeninas.

            Estos personajes me caen bien, simpatizo con ellos y la verdad es que buena parte del público también. Lo que no tengo tan claro es si simpatizamos con ellos precisamente porque sabemos que van a ser víctimas de sus propias burlas o por sus previas jactancias. Benedicto y Higgins ponen en la picota al solterón pagado de sí mismo, encantado de haberse conocido y que considera al amor el camino directo hacia su destrucción como individuo de respeto. Al estar en el territorio de la comedia, la ironía no es asesina, y nos podemos reír con buen humor, con estos personajes, tanto en sus momentos de supuesto éxito solteril como en su caída ante Beatriz y Elisa, respectivamente. En especial, los últimos intentos de Higgins por recobrar sus misóginos ímpetus, después de que la señorita Doolittle -¡al fin!- haya logrado derrotarlo dialécticamente, cuando es más que obvio que no puede sacarse a Elisa de la cabeza, nos incitarían a la compasión, si no fuera que, para los hombres como Higgins, nada resulta más insultante y de peor gusto que ser objeto de la piedad ajena.

            Cierto que Beatriz alardea ante su tío igual que Benedicto ante el Príncipe. Él dice: Porque no quiero hacerles el agravio de desconfiar de alguna, me haré a mí mismo la justicia de no confiar en ninguna: y el fin es, por el cual puedo hacerme más fino, que viviré soltero. Ella, con más jovialidad que sorna, se imagina llegando hasta las puertas del Infierno: […] y allí estará el Diablo esperándome como un viejo cornudo con astas en la cabeza, y dirá: “Vete al Cielo, Beatriz, vete al Cielo, éste no es un sitio para vosotras las doncellas.” Así que entrego mis monos, y allá voy con San Pedro, hacia los cielos; me enseña dónde están los solteros, y allí vivimos tan alegres como la luz del día.

            Lo estupendo es que, cuando estos dos ingenios hirientes y cómicos terminan enamorándose uno de otro, no pierden ni el ingenio ni la inteligencia. La obra concluye con un intercambio espléndido de agudezas, a medias humorístico, a medias cauteloso y aunque Bloom, con acierto, sugiere que éste, como casi todos los matrimonios en Shakespeare, no tiene por qué ser un “palio bendito”, estos inteligentes amantes, “ninguno de los cuales da viso de quedar ofendido o derrotado, correrán juntos el riesgo.”

 

            Beatriz y Benedicto, por tanto, nos desvelan otra de las verdades de la pareja. Efectivamente, se puede amar y ser inteligente; se puede ser amante y mantener vivo el ingenio. Esto es casi una epifanía apocalíptica, porque destruye uno de los pilares de los solterones de intelecto poderoso: ya no hay que elegir entre amar y pensar, no pierde uno la dignidad, ni la estima, propia y ajena, por amar y ser amado. Bueno, dependiendo de a quién amemos. ¿Es que respetamos menos a Luke por haberse enamorado de Lorelai Gilmore? Más bien no. En todo caso, hasta es posible que le respetemos más.

            Pero Shakespeare aún no nos había regalado a su heroína invencible del amor. De todos sus grandes ingenios, sólo una es verdaderamente amante y amada y, contra la opinión de Ortega (Los hombres más capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido; y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él), tan capaz de amar como de meditar sobre el amor. Rosalinda es la inteligencia amorosa y el amor inteligente por excelencia. Tal vez sea una humana inexistente.

            De acuerdo, Hamlet es más inteligente. Sólo Falstaff, señala Bloom, y estoy de acuerdo, iguala la capacidad intelectual del Príncipe de Dinamarca. Pero Hamlet no ama a nada ni a nadie y Falstaff ama, sí, pero no es amado. De hecho, su relación amorosa con el peligrosísimo Príncipe Hal es ambigua y uno no sabe si colocarla en el terreno del maestro y el discípulo, en clave paterno-filial, o un sentido, digamos, más bien griego. Lo único seguro es que Hal ha dejado de amar, si es que alguna vez amó a Falstaff, en cualquier sentido, y que, tras aprender del Ingenio Máximo todo lo posible, se deshace de él, pues supone un lastre para su carrera en el Poder.

Rosalinda, ama con ingenio y educa a su amado, Orlando, que demuestra ser, si bien no su igual (es muy inferior en grado de brillantez), sí un pupilo capacitado, recto, sin malicia e igualmente amante. Lo hace disfrazada de muchacho, pero varios críticos opinan, y pienso que con mucha razón, que Orlando no se deja engañar y participa en la farsa, que es una auténtica escuela del amor inteligente. Ambos se aman con pasión y con agudeza: hay conexión física e intelectual. En sus diálogos de cortejo, dice Bloom, “Rosalinda funde de manera casi única (incluso en Shakespeare) el auténtico amor con el más alto ingenio”. Veamos si no:

Orlando: ¿Pero hará eso mi Rosalinda?

Rosalinda: Por mi vida, hará como yo

Or.: Ah, pero ella es sensata.

Ros.: Y si no, no tendría el ingenio para hacer esto. Cuanto más sensata, más caprichosa. Ciérrale la puerta al ingenio de una mujer y saldrá por la ventana; cierra ésa y saldrá por el agujero de la cerradura; tapa ése y volará con el humo por la chimenea.

Or.: Un hombre que tuviera una esposa con ese ingenio podría decir: “Ingenio, ¿para qué te las ingenias? (en el original: “wit, whiter wilt?”, esto es, “Ingenio, ¿adónde quieres ir?)

Ros.: No, puedes guardar ese reproche hasta que te encuentres con el ingenio de tu esposa yendo a la cama de tu vecino.

Or.: ¿Y qué ingenio tendría la ingeniosidad de excusar eso?

Ros.: Hombre, diciendo que fue allí a buscarte. Nunca la pescarás falta de respuesta, a menos que la encuentres sin lengua. Oh, la mujer que no pueda hacer de su falta la ocasión de su marido, que nunca críe a su hijo ella misma, porque lo criará como un tonto.

            Lo grandioso de Rosalinda es su capacidad de amar y reírse del amor, ser ella una heroína romántica y desconfiar profundamente de todo romanticismo sentimental. Sus diálogos con Orlando en Como gustéis son lectura obligatoria para toda persona metida en una relación amorosa, o en vías de hacerlo. Ante su discípulo, sonríe con amable burla: Los hombres han muerto de vez en cuando y los gusanos se los han comido, pero no por amor. Shakespeare, que siempre cuidó de ocultarse detrás de su obra, de modo que conociésemos lo menos posible sus opiniones, quizás habla aquí. No, no, Orlando, los hombres son abril cuando hacen la corte, diciembre cuando se casan. Las doncellas son mayo cuando son doncellas, pero el cielo cambia cuando son esposas.

            Las heroínas han ido aumentando en inteligencia y profundidad y Rosalinda es la culminación. Nadie en la obra se le resiste. Sus adversarios, Jaques, un melancólico estirado, pero con un talento satírico nada despreciable (el famoso discurso que comienza Todo el mundo es teatro lo pronuncia Jaques), y el agriamente mordaz Touchstone, no logran hacer temblar ni un segundo a esta mujer maravillosa. Bloom sueña con su personaje predilecto, Falstaff, colándose y debatiendo con Rosalinda y yo sería el primero en apuntarme al espectáculo, porque seguramente sólo Sir John tendría voluntad y capacidad para competir con ella. Tanto dentro de la literatura como en el mundo real. Otra cosa es que nos encontremos a Rosalinda en nuestra realidad.

 

 

 


[1] Lista de imágenes: fotograma de Mucho ruido y pocas nueves, de Kenneth Brannagh; fotograma de My Fair Lady, de George Cukor; portada de Como gustéis.

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