Con un vaso de whisky

noviembre 30, 2009

¿Amor? ¡Arte! (I)

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:14 pm
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[1]Touchstone: No en verdad; pues la poesía más verdadera es la más fingida, y los Amantes son dados a la Poesía, y lo que juran en Poesía, puede decirse que los Amantes lo fingen.

William Shakespeare, Como gustéis.

            Casi ningún pensador, filósofo, teólogo, poeta o novelista ha pasado por la vida sin reflexionar sobre uno de los temas centrales de la vida humana, cual es el amor. La verdad, uno podría empezar a preguntarse si el amor es realmente tan importante, per se, o han sido esos augustos individuos los que nos han convencido de ello, cuando, objetivamente, no tiene más interés que un circo de pulgas falso. Sea dicho con respeto a los circos de pulgas verdaderos.

            Resistiendo al sofismo que me devora, presupongamos que la respuesta correcta es la primera: en efecto, el amor pertenece a la casta Temas Inmortales de la Humanidad. Claro que es un concepto ambiguo, lleno de matices y con muchas caras, algo que le honra. Porque, cuando hablamos de amor conviene especificar a qué clase de amor estamos haciendo referencia. Como dijo el Doctor Julius Hibbert: ¿Se refiere al amor de un marido por su esposa o al amor que siente un hombre hacia un buen habano? Diferencia, ya hay.

            Expulsemos de estas páginas, por tanto, a los amores filiares y paternales, a los amores de los estetas por la belleza, al amor al arte en todas sus manifestaciones, al amor a las ciudades, y a la Naturaleza, el amor a o de Dios, con Su permiso de caballero, con el de los creyentes y no creyentes; a no ser que en algún momento nos sean de utilidad y declaremos una amnistía. Centremos la mirada en el amor tópico, en el amor de pareja. Y vayamos bien armados de ironía, que es esencial para estos estudios.

 

            Llevo bastante tiempo planteándome escribir sobre este asunto. Al fin y al cabo, nada como escribir para analizar una cuestión. Pero se me planteaban ciertos problemas en contra de un tal análisis.

            Veamos. Es imposible que una reflexión, por mucho que el autor de la misma se esfuerce, sea objetiva. Como lo objetivo es absoluto, una meditación es siempre subjetiva. Más o menos, se admiten muchas graduaciones, pero siempre será subjetiva. Y en este tema en concreto, el subjetivismo inevitable puede convertirse a toda velocidad en algo espantoso: el egocentrismo, la autocompasión, el quejiquismo. Hay muchas poesías (la mayor parte infames) y novelas, y relatos, y artículos que adolecen de este pecado mortal. La autocompasión es implacable e impide contemplar con tolerancia la obra en la que se ha infiltrado.

            El temor a caer en el subjetivismo patético (es un riesgo teórico para todos) me ha mantenido alejado mucho tiempo. Porque semejante escrito sería una pérdida de tiempo para un servidor y para los lectores, que tendrían que leer y hasta es posible que se planteasen replicar y contradecir o secundar las opiniones. A una persona se le puede pedir que dedique una porción de su vida a escuchar a otra persona y a dialogar con ella bajo ciertas condiciones. La autocompasión impide hacer esa petición.

            Creo que he encontrado un medio de sortear el escollo: la ironía y el arte. Son dos baterías formidables. La ironía corroe la autocompasión y usar a los grandes de la literatura o el cine permite descentrar al autor, evita que el propio pensador se coloque en medio de la pista.

            Con esto espero haber allanado el camino lo más posible. Claro que queda otro enemigo: el tema es tan complejo, incluso restringiéndolo como he hecho, que se corre el riesgo de divagar o alargarse de manera excesiva sin llegar a ninguna parte y sin haber logrado nada de interés por el camino.

            Teniendo todo lo anterior en cuenta, puedo comenzar, amenazado por todos lados. Veremos si merece la pena.

 

            Probablemente, Shakespeare vaya a ser el autor en el que más me apoye. Después de todo, Harold Bloom (que también estará muy presente) afirma que fue él quien, en buena medida, inventó lo humano en la literatura y hasta en la propia vida y que, escuchando a los personajes shakesperianos, que no son arquetipos ni Virtudes o Pecados encarnados, sino auténticos seres humanos, nos entendemos e interpretamos mejor a nosotros mismos. Es posible que ellos, con otros que les siguieron, sean los que nos han formado y, así, somos hijos de criaturas de ficción, al mismo tiempo muy reales. Hay mucha verdad en esta afirmación. Además, la hace Bloom. Y la Palabra de Bloom la discuten sólo otros gigantes.

            En Shakespeare encontramos un estudio muy hondo y complejo del amor en muchas de sus manifestaciones y, desde luego, también del amor de pareja. Si quitamos el amor (y el sexo) de su obra, buena parte de ella se va volando por la ventana o queda mutilada de forma irrecuperable. Valga de ejemplo y comienzo una de sus piezas más conocidas.

 

            Romeo y Julieta es una de las obras malditas por su celebridad. Los titiriteros de la adolescencia la han esgrimido desde hace largo tiempo para engatusar a la chavalería, que no se entera de lo que lee o ve. Sólo se fijan en dos muchachos de amor desgraciado que, por la enemistad entre sus familias no eran capaces de vivir felices y comer perdices y, de hecho, acaban muertos. Se llora un poco, se suspira por un Romeo o una Julieta y se pasa a otro culebrón.

            Y claro, el amor que aparece en Romeo y Julieta no es el de un culebrón de sobremesa. Porque Julieta, a la cual desprecié, víctima de la lectura estúpida de la obra, durante mucho tiempo, es una abanderada del amor heroico e inocente. Tendrá catorce años (de hace unos cinco siglos), pero incluso un malvado como yo se muestra cierto respeto ante alguien capaz de hablar como ella habla:

Sólo para ser liberal y volvértelo a dar;

Y sin embargo sólo deseo aquello que tengo.

Mi botín es tan ilimitado como el mar,

Mi amor igual de profundo: cuanto más te lo doy

Más tengo, pues ambos son infinitos.

            Sin duda, de estar dentro de la obra (y gozar la elocuencia precisa), se me hubiesen ocurrido muchas respuestas y apartes malévolos. Esta declaración de amor de Julieta a Romeo es el paradigma hecho verso del enamoramiento, con todo lo que de desquiciado tiene esta etapa, pero también de un deseo de amor que no es posible. Los monólogos de Julieta y los diálogos de la pareja serían los estandartes del movimiento del Amor Absoluto. Romeo aprende (el hombre aprende de la mujer en materia sentimental en casi todas las obras de Shakespeare) de su amada y deja de ser el figurín que era.

            Frente a ellos, Mercurcio es uno de los primeros personajes de Shakespeare que ataca con un sarcasmo terrible al amor. Mercucio va a la vanguardia de aquellos que identifican de manera absoluta sexo y amor, que califican al amor de eufemismo tramposo para ocultar la única realidad: un ardiente deseo sexual, puro y simple. Por supuesto, ni Romeo ni Julieta son tan necios como para considerar al amor sin sexo, pero Mercucio es arrolladoramente absoluto. Sus bromas y procaces juegos de palabras, brillantes, son un contrapunto espléndido. Quizás demasiado: Bloom considera que Shakespeare se ve obligado a matarlo para que no devore la obra. E, ironista temible, mata a Mercucio como mártir involuntario del amor entre Romeo y Julieta, lo cual es el destino más espantoso para cualquier enemigo jurado del amor heroico.

            Claro que las ironías de Shakespeare no acaban ahí y su sabio ingenio es consciente de que un amor heroico como el de sus superdotados adolescentes sólo tiene dos salidas. No puede convertirse en otra de las clases de amor que desplegará en otras obras suyas. Así que, o bien acaba en catástrofe sangrienta o bien se transforma en una realidad decepcionante. Muchos escritores satíricos han imaginado a un Romeo y a una Julieta, vivitos y coleando, tras un tiempo de convivencia. Sólo queda la muerte.  

          El amor y la muerte, siniestramente unidos, no es una invención del Romanticismo, como vemos. Al no dedicarse Shakesperae a dar sermones, gracias a Dios, tampoco es una prueba de lo pecaminoso de las pasiones, que son fatalmente castigadas. Pero Shakespeare es consciente de la enorme fuerza del amor y de lo peligroso que puede ser. El enamoramiento, que es, según Ortega y Gasset, un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza, puede ser la etapa más crítica, porque es en la que se cometen las mayores estupideces, estando la capacidad de calibrar muy disminuida.

          Julieta, pese a todo, no es ni mucho menos la gran heroína del amor en Shakespeare. Muchas otras obras atacan el tema, desde muy distintos puntos de vista (por ejemplo, la cruel y nihilista Medida por medida). Pero de entre esas mujeres dos son mis favoritas: la ingeniosa Beatriz y la casi perfecta Rosalinda. De ellas nos ocuparemos la próxima semana.

             


[1] Lista de imágenes, por su orden: portada de los Sonetos de William Shakespeare; Harold Bloom; fotograma de Romeo y Julieta, de Franco Zeffirelli;

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6 comentarios »

  1. Tronco, en serio, ya estás cortando este artículo y publicándolo en un mínimo de 3 veces. Esto no hay quien se lo lea!

    Comentario por Naezel — noviembre 30, 2009 @ 6:11 pm | Responder

  2. Sí, tal vez fuera demasiado largo. Dividido queda.

    Comentario por conunvasodewhisky — noviembre 30, 2009 @ 6:40 pm | Responder

  3. Real como la vida misma.
    Ya tengo tu enlace.

    Comentario por SJ — diciembre 1, 2009 @ 4:36 pm | Responder

    • Espléndido. No me parece que la vida llegue al nivel de Shakespeare; eres un optimista. Ya veremos cómo seguimos las próximas semanas.

      Comentario por conunvasodewhisky — diciembre 1, 2009 @ 10:48 pm | Responder

  4. Ahora ya me lo he leído. Mejor. Ya me quedo con más ganas de que sigas.

    Un ía deberías hablar sobre esa adoración por Bloom: a mi me empieza a resultar un poco cansino, el tío. Pero la reflexión sobre Mercucio me parece soberbia, eso es verdad. No lo había pensado nunca, pero tiene mucho sentido.

    Comentario por Naezel — diciembre 1, 2009 @ 6:47 pm | Responder

    • Bloom tiene el problema de estar encantado de haberse conocido, es cierto. Pero, en primer lugar, sabe más y mejor de cualquier literatura de cualquier parte del mundo de lo que yo sabré o captaré nunca. Y, en segundo lugar, incluso cuando no estoy de acuerdo con él, me encanta la seguridad indestructible con la que pone las cosas encima de la mesa.

      Comentario por conunvasodewhisky — diciembre 1, 2009 @ 10:54 pm | Responder


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