Con un vaso de whisky

noviembre 27, 2009

III. ¡Abordaje!

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:20 pm

           MÁS ADELANTE, EL CONTRAMAESTRE LLEGARÍA A CAPITÁN del Vieja Madre. Más adelante, explicaría, con todo lujo de detalles, a los propietarios del navío, a los mercaderes para los cuales trabajaba, que él siempre se había opuesto al cambio de ruta; que había sido el hasta entonces capitán quien lo había decidido, quien había impuesto su opinión; que había sido él, sólo él, el responsable de haber colocado al Vieja Madre en aguas infestadas de piratas. Más adelante, el viejo capitán acabaría sus días explicando a los parroquianos de las tabernas cómo fue traicionado por su segundo de a bordo, un cabrón miserable y rastrero.

            Pero eso sería más adelante. Entre tanto, capitán y contramaestre, y con ellos todos los pasajeros, marineros o grumetes, estaban demasiado ocupados pensando si seguirían vivos al día siguiente como para culparse mutuamente de su situación.

            El Vieja Madre se encontraba a menos de dos días de su destino, cuando otra vela apareció en el horizonte, frente a ellos. El capitán supuso que sería algún navío de las Islas Rojas. No se equivocaba. El capitán también supuso que sería un barco sin intenciones hostiles. El capitán no podía equivocarse más.

            El bajel pirata se reveló como tal a un par de millas, izando la bandera púrpura; aquella insignia era una advertencia: si el Vieja Madre se resistía al próximo abordaje, habría poca compasión para con los vencidos. El contramaestre opinó que al mercante, más lento, mal equipado para una refriega, con muchos pasajeros indefensos a bordo y unos marineros que serían pobres rivales para los asaltantes, le iría mejor si se rendía. El capitán se mostró de acuerdo.

            Los piratas separaron con rapidez pasaje y tripulación. Por experiencia, sabían que, en barcos como el Vieja Madre, el botín consistía en las pertenencias del primero. Los marineros se relajaron, siendo desde entonces espectadores neutrales y tal vez con cierta simpatía por los bucaneros.

            Estos registraban las personas y los camarotes de los pasajeros sin consideración, aunque con rapidez; un tercer grupo de filibusteros permanecía en medio de la cubierta, listo para entrar en acción si alguien tenía la mala idea de hacerse el héroe. Viendo a dos corpulentos piratas acercarse cada vez más a ella y los suyos, Ailin tuvo esa mala idea, aunque no llegó a materializarla: Willer le puso la mano en el brazo.

            – Más vale capear el temporal.- susurró el caballero.

            Al toparse con unas víctimas tan armadas, uno de los piratas, el cual compensaba su calva con una barba movediza, se dirigió al grupo de vigilancia.

            – ¡Eh, Silvela! Mira esto. ¡Tenemos a unos espadachines entre nosotros!

            Una joven felina, unos años mayor que Ailin, se dirigió hacia ellos. No era demasiado alta, con una rizada melena, negra como sus ojos. Llevaba a la espalda dos espadas de hoja larga y fina. Al verla, Willer silbó por lo bajo y tampoco Asuran quedó indiferente.

            – ¿Qué opinas? Parecen de buena calidad.

            Silvela estudió a los cuatro compañeros con atención.

            – Un bardo con su laúd, un crío con pinta de Hombre Salvaje, un par de amantes con espadas.- enumeró, seca- No creo que les saquemos más que las armas, pero menos da una piedra.

            – ¡No somos amantes!- saltó Ailin con tal furia que Willer se sintió un poco dolido.

            Silvela la miró con vaga sorpresa.

            – ¡Vaya, tenemos una luchadora!- se rió el otro pirata.

            – Lamento haberos ofendido.- dijo burlonamente Silvela- No sois hermanos, a no ser que seáis hijos de mil padres. ¿Simples compañeros? ¿Es el bardo el que te lleva al catre? ¿O el niño? ¿O se te turnan?

            A cada palabra, la mano de Ailin se crispaba un poco más. Asuran y Río de Viento fulminaban a la pirata con la mirada. Willer decidió intervenir.

            – Capitana Silvela, ¿decís eso porque vuestros hombres os han convencido de que es la única forma de relacionaros con ellos o acaso es una costumbre isleña?

            Silvela, que ya se había dado media vuelta, giró sobre sus talones. Sus negros ojos brillaban con una luz peligrosa. Los piratas cercanos rodearon al cuarteto, apartando a empujones a los demás pasajeros, que no se hicieron de rogar.

            – No soy la capitana de nada.- repuso fríamente- Y mis compañeros valen más despiezados que todos tus antepasados juntos.

            – Oh, sobre eso, no estoy seguro de que llevéis razón. Mis antepasados forman una colección de bandidos, salteadores de caminos y miserables del calibre mediocre. ¡Con deciros que yo soy quien más alto ha llegado en la vida! Pienso que mis ancestros y vuestros compañeros simpatizarían a primera vista.

            – Muy bien, jodido bocazas.- la pirata desenvainó con fluidez sus armas- Vas a servir de ejemplo por si hay aquí alguien más con la lengua larga.

            – ¡No sabes la que te espera, compadre!- se rió el bucanero de las barbas casi vivas- ¡Silvela Dos Hojas no ha perdido nunca un combate!

            – ¿Silvela Dos Hojas? Como sea tan aguda como quien la nombró así, no tengo nada que temer. ¡Por todos los peces saltarines, menudo mote!

            – ¿Se te ocurre alguno mejor, compadre?

            – Es imposible que no sea así. Ningún apodo sería más obvio, aburrido y vulgar que el que le habéis puesto. ¿O se lo ha concedido ella misma? En ese caso, tal vez sea con ánimo de mortificar su orgullo y, entonces, merece mi respeto, aunque nunca mi aprobación.

            – Basta de charla.- restalló Silvela- ¡En guardia!

            Rodeados por un círculo de abordantes y abordados –cada uno más entusiasmado por el duelo que el anterior-, los contendientes se prepararon. Silvela extendió el brazo derecho y la espada correspondiente hacia Willer, mientras el izquierdo formaba un ángulo recto sobre su cabeza, la punta del arma paralela a su hermana. El caballero, por su parte, con el cuerpo bien erguido, colocó frente a él su espada, en posición diagonal, protegiendo el tronco; la mano izquierda sostenía con aparente indolencia la daga.

            Ambos duelistas se estudiaron, esperando que el otro iniciara el ataque, debilitando su posición; pero si Silvela aguardaba en un mutismo absoluto, Willer no dejaba de parlotear.

            – Veamos, veamos. Silvela Mar Agitado. No es tampoco muy original. Como sois pirata, debéis tener al mar en vuestro nombre. ¡Menuda chispa! Por lo mismo rechazamos Silvela Dama de las Olas. Notad que he dicho “Dama”. Hacedme saber si me he equivocado y debería considerar Doncella de las Olas.

            La corsario saltó hacia delante, la hoja derecha hacia el brazo de Willer, la izquierda hacia su pecho; el caballero, rechazó ambos golpes con una contra de su arma y con el mismo movimiento trazó un arco que obligó a Silvela a brincar a un lado.

            – Silvela Serpiente Marina. Sois tan rápida como uno de esos bichos. Por seguir en la misma línea, podemos llamaros Anguila o Morena, aunque reconoced que esos animalejos, si bien ejemplifican vuestra agilidad, no hacen justicia a vuestro atractivo. No me extraña que vuestros compañeros os hayan engañado tan vilmente: el premio lo disculpa.

            Silvela acometió de nuevo, y otra vez y otra, con precisión, sin un movimiento extemporáneo, demostrando un más que aceptable juego de muñecas, un gran habilidad en los giros sobre sí misma y una endiablada agilidad. Sin embargo, Willer no tuvo la menor dificultad en detener sus ataques. De hecho, si hubiese querido, podría haber apuñalado a su joven adversaria dos veces.

            Y ella era consciente: advertía sus pocos errores, las ocasiones que su rival había tenido para finalizar el combate. Esto, sumado a que estaba combatiendo en el mar, en su elemento, y la charla incesante de Willer, empezaba a ser demasiado. Pese a saber muy bien que un esgrimista airado tiene el combate perdido, Silvela incubaba una explosión de cólera.

            Entonces, al tirarse Silvela a fondo, concentrando todas sus energías en la espada derecha, Willer giró sobre sus talones, colocándose, por culpa del impulso de la pirata, a sus espaldas, enlazó el brazo izquierdo de la pirata con el derecho y colocó la daga en su garganta.

            – Silvela la Impetuosa os pega mal, pero, carajo, esto ha sido impetuoso, querida. E injusto, os merecéis otra oportunidad.

            Shephard la liberó, volviendo a su posición de guardia. Respirando agitadamente, por el esfuerzo, el orgullo herido y la exasperación, Silvela le imitó. Pero antes de retomar la lucha, emitió un largo, profundo suspiro. Y con el aire pareció irse la ira, porque la joven se mostraba ahora tan impasible como al comienzo del duelo. Willer aprobó con la cabeza. Le gustaba aquella espadachina.

            Los espectadores asistieron a un nuevo ciclo de baile. En aquella coreografía, el caballero puso en acción su daga, contrarrestando efectivamente las espadas dobles de Silvela. Pese a ser su arma más pesada que las dos finas hojas de la pirata, Willer estaba demostrando su fama de gran combatiente. Al observarles, la preocupación de Ailin cedía ante la admiración: la aprendiza estaba ante un maestro y una hábil profesional.

            Pero no todo el mundo andaba tan embelesado. Un pirata cubierto de cicatrices, al rato de reanudarse el combate, se entrometió.

            – Silvela, ya basta.- ordenó, cortante- No podemos perder el tiempo de esta manera.

            – ¡Estamos en un abordaje!- exclamó la joven, sin bajar la guardia- ¡En un abordaje, soy yo quien da las órdenes!

            – Tú mandas en los abordajes, pero yo en la navegación. Y digo que, si no nos vamos ahora, perderemos la marea favorable.

            – ¿Vamos a dejar sin acabar el duelo?- se quejó Willer- ¡Si ni siquiera le he encontrado un mote adecuado a mi rival!

            – ¡Llevad el botín al barco!- gritó el de las cicatrices- Vamos, Silvela.

            La pirata le destripó con la mirada; luego, volvió los ojos a sir Willer.

            – No creas que hemos terminado.- dijo entre dientes; hizo un gesto imperioso al barbado y a su compañero- ¡Llevadlos a bordo! ¡A los cuatro!

            El de las cicatrices alzó las cejas.

            – No discutas conmigo, Graf. Vienen con nosotros.

            Graf se encogió de hombros. Los piratas desarmaron a Willer, Ailin y Asuran e incluso le quitaron su bastón a Río de Viento, el cual demostró que su habitual tranquilidad no estaba reñida con la resistencia activa; el de la barba lo arrastró hasta la lancha de abordaje cojeando por las patadas recibidas.

            Bien vigilados, los cautivos se estuvieron muy quietos en el corto trayecto hasta el bajel pirata. Sólo Willer se removió una vez, para comentarle a Río de Viento:

            – Me has decepcionado un poco, Hermano. Creía que en cuanto yo empezara a proponer nombres, me secundarías, demostrando tu prodigiosa imaginación. ¿Es que no se os da bien eso de bautizar de nuevo a la gente?

            – El maestro da su nombre al discípulo. Lo siento, yo no soy el maestro de Silvela.

            – ¡Y con esa actitud no lo serás nunca! De acuerdo, me ocuparé en persona de lograr un apodo digno de ella. Claro que, si se te ocurre una genialidad, házmelo saber y fingiré que ha sido idea mía.

            En el Vieja Madre, la vida volvía a la normalidad para tripulación y pasaje; los desocupados observaron alejarse al atacante. Asegurada la vida y la integridad, podían ya sollozar por sus bienes materiales. El contramaestre, cuando tuvo la certeza de no ser observado, se escurrió hasta su camarote; abrió los cuatro fondos de su arcón, encontrando intacto el escorpión de Ailin. Con una sonrisa de satisfacción, retornó la alhaja a su escondite, volvió a cubierta y se unió al coro de lamentaciones.

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2 comentarios »

  1. Vale, ya me he puesto al día. No va mal, esto, aunque me permito decir que el hippy ese se ha infiltrado con demasiada facilidad, y que alguien debería patearle el culo al Juez Errante por organizar algunos de los peores planes de captura de la historia…

    Por cierto, “Shepard” era el nombre de soltero de Willer?

    Comentario por Naezel — noviembre 30, 2009 @ 10:26 am | Responder

  2. Continúas con el vicio de llamar hippy a quien ni toma drogas, ni predica el amor libre, cosas ambas que pasaron a los de los hippies a los yuppies y que, sin embargo, no hace a aninguno de estos grupos más agradables.
    Por lo que respecta a los planes, no se puede ser siempre genial, aunque la mayor parte de la culpa es del capitán Lester.
    Willer se apellida Shepard. ¿Nombre se soltero? No te sigo.

    Comentario por conunvasodewhisky — noviembre 30, 2009 @ 2:04 pm | Responder


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