Con un vaso de whisky

noviembre 23, 2009

Grandes series: Malditos médicos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:01 pm
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            Si en películas los abogados les dan una paliza sin contemplaciones a los médicos, en series de televisión la cosa anda repartida en el número. En calidad, ganan ellos. Urgencias es el buque insignia de Medicina contra Derecho en televisión. Quince temporadas. Eso son muchos enfermos. Por desgracia, el County General ha cerrado sus puertas.

            Por ese hospital de Chicago han pasado tantos médicos y enfermeras que es casi imposible acordarse de todos ellos. Y la serie se resentía poco. Incluso cuando se fueron personajes que parecían intocables. El Doctor Green murió tras larga y dolorosa enfermedad, el Doctor Ross y la enfermera Hathaway se largaron a vivir su vida por ahí, el Doctor Bentom se marchó a otra clínica, al Doctor Romano le aplastó un helicóptero… y el hospital siguió en pie, impertérrito. El servicio de urgencias fagocitaba a los protagonistas y sus vidas, pero el río de pacientes no cesaba nunca.

            La verdad es que sólo así se puede mantener tanto tiempo una serie: reciclando. De los primeros personajes ya no quedaba ni uno al clausurarse la serie. Los novatos cuando la pillé se convirtieron en veteranos. Y cuando éstos se fueron y lo que eran los nuevos novatos también se convirtieron en veteranos, entrando gente aún más nueva, empecé a sentirme viejo. Los nuevos espectadores se pueden sumar sin problemas, pero los que llevábamos años en el County echábamos de menos a nuestros médicos de toda la vida.

            Acierto grande, el de los guionistas, el cortar sin piedad conversaciones y momentos personales importantísimos de los personajes con una avalancha de heridos. Asistía entonces a diez minutos de órdenes vociferadas, de tecnicismos, de discusiones médicas a toda prisa, sin enterarme de nada, pero sin perderme una palabra. Luego, evitando siempre encasillarse, nos regalaban capítulos sin medicina cada medio segundo.

            Pocas veces he visto una serie que perfilara y ahondara tanto en tantos personajes diferentes. El capítulo en el que varios miembros del personal, encerrados en un aula, interactúan y se van conociendo, con lo bueno y lo malo, merece recuerdo. O la relación del Doctor Kovac con el Arzobispo. O el Doctor Bentom practicando la medicina en el Sur profundo. O la temporada en África de Kovac y Carter…

            Malditos médicos.

 

            ¿Es House M.D. una serie de médicos? Pienso que no. Es una serie donde aparecen médicos, pero ni la medicina es lo importante, ni la forma de plantearse las enfermedades es realista, ni a nadie le importa que no lo sea. Más que ninguna otra serie que conozca, House M.D. descansa en un único personaje y en un único actor, Hugh Laurie, que lo borda, eso sí, bien secundado por tres o cuatro personajes y actores.

            Chase y Cameron son bastante prescindibles, aunque tampoco estorban, igual que Kutner, Taub o Trece. En fin, Cameron y Trece estorban más bien poco. Y si estuvieran juntas no estorbarían nada. Pero son Wilson, Cuddy y Foreman los que logran que la serie no se convierta en un monólogo constante, peligro que nunca está lejos (ni siquiera con Vogler, Tritter o la Zorra Implacable dando guerra).

            Aunque es un monólogo muy seductor, al menos, para mí ¿Los enfermos? Bueno, salvo raras excepciones, donde el tratamiento presenta un interesante problema moral, son meras excusas para diálogos sarcásticos y humillaciones verbales. Y nada tengo en contra de eso.

            El gran problema de esta serie es que se encajona en una estructura rígida, repetitiva, que se termina haciendo monótona. Cierto, House tiene carisma de sobra para soportar esa rigidez. Las escenas en las consultas o las conversaciones con Wilson y las extorsiones racionales a Cuddy suelen estar entre lo divertido y lo genial.

            Sin embargo, los capítulos que rompen la estructura son recordados con justicia, porque, además, resultan tener unos guiones más que apreciables. Así que, metiendo más personajes o centrándose directamente en los ya conocidos, los guionistas tratan de compensar el esqueleto establecido. No siempre lo consiguen. A ver si flexibilizan. Con humillaciones se llega lejos, pero no tanto. Claro que sin humillaciones no se llega a ninguna parte. Miedo me está dando la sexta temporada: o bien rompen un tabú y hacen evolucionar a House hasta convertirlo en una persona medio sano (y acaban la serie) o le devuelven la bilis. Las medias tintas son para los tibios. Y ya sabemos lo que les pasa a los tibios en el Apocalipsis.

 

            Urgencias era un drama médico –no un culebrón, eso, creo, es en estos momentos Anatomía de Grey; y digo creo porque jamás he visto un capítulo-. House M.D. mezcla una estructura dramática con escenas cómicas. Scrubs, a primera vista, es la comedia médica sin rival por la corona.

            Para empezar, sus episodios duran veinte minutos, el tiempo establecido para las sitcoms. Cierto, fue de las primeras en eliminar las risas enlatadas, un detalle que se agradece mucho. Además, posee los personajes adecuados para una comedia ligera, de los que ahora me ocuparé. Pero no es una comedia pura, al estilo de Friends y las demás que ya hemos comentado. Scrubs intenta servir a dos señores, a la comedia y al drama. No hay capítulos sin rastro de humor, pero en muchos la mitad del protagonismo se lo lleva el drama, en especial los finales. Sin broma de compensación. Qué quieren, disfruto mucho más de la parte cómica. Aunque el esfuerzo por separarse o parodiar los tópicos de las sitcoms, no siempre exitoso, merece respeto.

            Hay personajes principales y secundarios: al igual que en otras series, al paso del tiempo los secundarios casi usurpan el lugar de los principales. Y, como casi siempre, damos a gracias a Dios, a Vishnú y a Gran A´Tuin por ello. El cuarteto protagonista (John, “J.D.” Dorian, Elliot Reid, Crish Turk y Carla Espinosa) tardó mucho en caerme bien. Y, la verdad, siguen sin gustarme del todo. Carla es un ser desprovisto de todo humor, que podría desaparecer de la serie sin que nadie se diese ni cuenta. Turk sólo tiene a su favor su infinita variedad de bailes para cualquier circunstancia de la vida. Eliott es encantadoramente neurótica, enloquecida y, depende del episodio, humillable, hasta que deja de ser encantadora y se convierte en irritante- luego vuelve a ser encantadora y vuelta a empezar. Dorian es la mayor parte del tiempo exasperante: de cada trees veces, dos pienso dónde he puesto mi martillo y el cd con Las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

            Bueno, seamos justos. Dorian es también el principal vehículo del absurdo en la serie y el absurdo tiene mucho que decir en Scrubs. Las ensoñaciones sin sentido y las fantasías excéntricas de “J.D.” le salvan de la hoguera. Lo malo es que después se empeña en hablar y en tener largos monólogos interiores. Monólogos que hacen las veces de hilo conductor a través del capítulo pero que son mil veces mejores cuando el monologuista resulta ser otro personaje.

            Porque son los otros, los secundarios, los que me hicieron disfrutar de esta serie (esperemos que siga así). Fueron Ted, el patético abogado del Sagrado Corazón, Todd, el cirujano salido, y sobre todo, el otro cuarteto.

            El Doctor Kelso, el pérfido director médico y, durante buena parte de la serie, firme candidato a Segundo Anciano Más Malvado de la Televisión (el primero siempre será Charles Montgomery Burns). El Doctor Perry Cox, involuntario mentor de “JD”, especialista en discursos mordaces y humillaciones varias (se parece, pero no es igual a House: a Cox le importan los pacientes honradamente, como seres humanos, por molestos, estúpidos e insufribles que sean) y su ex-mujer Jordan, digna de él e incluso superior cuando de torturas psicológicas se trata. Y el Conserje, el enorme, el todopoderoso Conserje, el más loco e inquietante del hospital, capaz de convertir un mínimo gesto en una ofensa merecedora de castigo abrumador y cualquier situación en una trampa mortal. Que atormente sobre todo a Dorian dice mucho de él y todo bueno.

            Pese a ellos, los últimos minutos de la, por ahora, última temporada son terribles de ver. Ponérselos a un diabético es, como poco, un intento de asesinato (hay claro ensañamiento). Pasas por ellos, esperas que, en el ultimísimo segundo, un bromazo lo justifique. Pues no. Dios mío. Más les vale volver con una temporada llena de risas, crueles o locas.

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