Con un vaso de whisky

noviembre 19, 2009

II. Planificación

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 11:09 pm

           EL MÉDICO DE LA GUARNICIÓN DICTAMINÓ un día de reposo absoluto a Dougal. Pero de madrugada, una calentura se apoderó del rastreador, dejándolo postrado. El viejo la sufrió entre un duermevela borroso y un sopor profundo. Stephen Dougal no se dejaba derrotar por tan poca cosa: salió del trance.

            El capitán recobró el pleno conocimiento en la cama donde los guardias le habían acomodado, donde el médico le había examinado. Abrió primero un ojo e inspeccionó la sobria estancia: cuatro paredes de madera, las ventanas, a través de las cuales se podía ver la posada, menos ruinosa de lo que esperaba, la otra cama, un mesa con jofaina y una silla, puesta a los pies de su lecho, donde Edmund Lukas estaba dormido.

            El joven Juez Errante tenía todo el aspecto de haber cedido al sueño mientras velaba al enfermo: los brazos cruzados, la pierna derecha flexionada sobre la izquierda, la cabeza derrumbada sobre el pecho. Dougal abrió el segundo ojo y enfocó a su superior. Calculó el rastreador que llevaría en cama unos dos días. El indicio clave fue la sombra de barba de Edmund. El viejo sonrió, conmovido ante lo que interpretó como prueba silenciosa de la preocupación de Lukas. Y, con sensatez, se propuso no hacer mención de ello jamás.

            Cerró los párpados, se removió en la cama, gruñó, se agitó y cuando notó que Edmund había despertado, los abrió de nuevo.

            – Buenos días, Dougal. Nos has hecho tomar unas vacaciones inesperadas.

            – Buenos días.- bostezó el capitán- Lo siento de veras, ha sido un retraso lamentable.

            – Ya, bueno.- Edmund se pasó la mano por el rostro, desperezándose; se demoró un segundo más de la cuenta en su mejillas- Voy a por algo para que desayunes.

            Tras un rato, reapareció, con una bandeja de madera en la que había un plato con un huevo cocido, pan, algo de jamón y un tazón humeante. Su rostro estaba ahora perfectamente afeitado. Dougal reprimió una sonrisa divertida.

            – ¿Té?- husmeó esperanzado.

            – No.- Edmund le pasó la bandeja con una mueca burlona- Una tisana. La beberás dos veces al día durante cuatro días, de acuerdo con las instrucciones del médico. No quiero tener que cargar contigo a la espalda.

            Dougal observó con desconfianza el brebaje verdoso, torció el gesto ante su olor, sorbió un poco y puso una cara de antología.

            – ¡Santo cielo! ¿Cómo puede una infusión saber así? ¡Es un crimen contra la Humanidad!

            – Déjate de cuentos. Al contrario que las mil clases de té y todas esas aguas con hierbas que tanto te gustan, esto lo necesitas. Bebe.

            – ¡Aguas con hierbas!- masculló, indignado, Dougal, tomando unos sorbos más- Tendríamos mucho que discutir acerca del concepto “necesario”.

            – Mientras estabas durmiendo,- continuó Edmund- he estado pensando qué hacer a continuación. Si estás lo bastante recuperado como para ponerte en pie, zarparemos hacia las Islas Rojas.

            – ¿Ahí es donde crees que han ido? Es razonable. ¿Para qué habrían venido hasta Lossar y comprado unos pasajes, si no?

            – Eso mismo opino yo.

            – Pero las Islas Rojas son una nación independiente. Tal vez no reciban con entusiasmo la llegada de un navío militar republicano.

            – Los barcos de la República atracan con habitualidad en sus puertos. Si nos presentamos ante las autoridades y solicitamos permiso de entrada, dudo que nos lo nieguen.

            – Yo dudo que nos dejen pasearnos por sus tierras al frente de un grupo de soldados.-

            – Si no hay más remedio, iremos tú y yo a solas.

            – Será toda una novedad verte discutir con unos oficiales sin restregarles tu cargo por las narices.- comentó Dougal devorando el huevo en dos bocados- En cuanto a nuestros oficiales, ¿qué le vas a decir a Lester para que nos deje abandonar las aguas de Izur?

            – Lester está demasiado asustado por lo que pueda decir de él al Consejo como para suponer un obstáculo. Ya sé, informará a Horst.- se adelantó al ver que Dougal alzaba un dedo- No tengo modo de evitarlo. Tampoco me parece muy preocupante.

            – Edmund, tienes mejor cabeza que eso. ¿Qué harías tú si fueras el Gobernador y un Juez Errante interrogase a tus espaldas a un prisionero, se lo llevara, sin dar explicaciones, hacia quién sabe dónde, regresara sin él y con una excusa no muy original para su ausencia, se trasladase a otra ciudad, donde tratara de arrestar a unos fugitivos anónimos, prendiendo fuego, de paso, a un mesón y, para rematar la jugada, embarcase hacia las Islas Rojas? ¿Te quedarías cruzado de brazos?

            Lukas hizo un gesto de rechazo con la mano.

            – No voy a rendirme ahora. Atraparé a Ailin Grimwald.

            – Pero ¿por qué no avisar a Izur sin más? ¿Por qué no decírselo a Horst y reclamar su ayuda?

            – Prefiero ser discreto. Si la noticia de que la Heredera del Viejo Reino está viva y suelta… la gente es impredecible, Dougal. Quién sabe cómo reaccionaría el pueblo de la República, la Gran Asamblea o los bárbaros.

            El capitán apuró el tazón, mirando con suspicacia por encima del borde. No obstante, atacó por otro flanco.

            – Las competencias de un Juez Errante son de índole interna. No eres un diplomático: en las Islas Rojas carecerás de poderes.

            – Salvo por ser un funcionario importante de un Estado aliado. Nos tratarán bien, no te preocupes. No te pusiste tan pesado cuando se trató de cruzar la frontera hacia territorio bárbaro.

            – Eso fue distinto. No íbamos a entrevistarnos con agentes de otra potencia, ni a llevar un barco de guerra bien visible. Se podía hacer en secreto. Esto, no.

            – Cuando Horst empiece a protestar, desde el Consejo se le tranquilizará, se le asegurará que se tomarán medidas. Y cuando capture a Ailin, seremos inatacables.

            – ¡Vaya! ¿El resultado por encima de las leyes? ¡Bonito precedente quieres sentar! Además, y no es por echar sal a la herida, pero eso mismo dijiste cuando vinimos a Lossar. Lo logrado deja bastante que desear.

            – En las Islas no tendré detrás a un oficial idiota intentando hacer méritos que lo desbarate todo.

            – Aún así, es arriesgado. Si Horst quiere hacerte daño, puede usar esto como arma. Teóricamente, abandonar la República sin permiso, en una misión clandestina… en fin, ¿no es una de esas cosas por las que podría presentar una denuncia?

            – Que lo haga. Que me denuncie ante el Consejo. Me dará la oportunidad de interrogarle por otras misiones clandestinas.

            – ¿De qué hablas?

            Edmund se inclinó y bajó la voz.

            – En Nicolia, en la biblioteca, encontré por casualidad algo muy extraño. Era una hoja suelta, una hoja de control que se había traspapelado.

            – ¿Una hoja de control? ¿De agentes del Gobernador?

            – De sus espías, sí; al menos, eso me pareció. Estaba resumida, abreviada, pero me dio la impresión de que se trataba de una relación de misiones cerca de la frontera.

            Dougal se acarició la barba.

            – En el banquete,- rememoró- cuando nos interrumpieron, el soldado informó a Horst de que Oras había sido capturado cerca de la frontera. Y Horst se puso hecho una furia.

            – Asumimos que estaba enfadado por los comentarios de Salis.

            – Y por los tuyos.- apuntó el rastreador- Ya veo por dónde vas…

            – Es posible que Horst esté enviando espías a los territorios bárbaros, sin informar ni al Consejo ni a la Asamblea. Lo que no sé es para qué.

            Subiendo un grado el nivel de preocupación que su lenguaje físico trasmitía, Dougal se mordió el bigote.

            – Especular es arriesgado. ¿No indagaste más en la biblioteca?

            Lukas le dirigió esa mirada que significa: “¿Con quién crees que estás hablando?”

            – En tiempos de Rinaud, los registros eran públicos. Horst cambió eso, por motivos de seguridad, según él. Si hubiera ido acudido, con mi rango, seguramente se me habría consentido examinarlos, pero…

            – Horst lo habría sabido de inmediato.

            – Eso mismo.

            – Sin contar que, si estás en lo cierto, si se trata de misiones clandestinas, dudo mucho que las inscriba en un registro, aunque sea reservado. En todo caso, tendrá anotaciones personales.

            – Sí, la hoja que leí fue una casualidad afortunada. Y un descuido muy grande por parte de alguien.

            – Quizás ese descuido fue el que terminó de convencer a Horst de que no hay nada como unas notas bajo llave en algún lugar sólo conocido por él. Un descuido muy grande, muy extraño.

            – ¿Quién está especulando ahora?

            – Tienes razón.- el rastreador dio buena cuenta del jamón y del pan, se palmeó la barriga y suspiró- En fin, estoy listo. Mis cosas seguirán a bordo, ¿verdad? ¿O has aprovechado para arrojar a la ría cuanto compré en Nicolia?

            Dougal leyó la respuesta en el ceño de Edmund: nada le hubiera gustado más, pero nada más lejos de la realidad.

            – Me llevaré esto.- gruñó el Juez, recogiendo la bandeja- Ve vistiéndote. Te espero abajo.

            – ¿Sabéis, Señoría, que en los puertos de las Islas Rojas se compran, venden y truecan mercaderías de todos los rincones del mundo? Si no encontramos a la joven Ailin, al menos tendremos la ocasión de llevarnos unos recuerdos. ¿Qué le gustará al Gobernador? ¡Igual logramos que hagáis las paces!

            Edmund dio un portazo.

            – ¡Qué paciencia!- suspiró Dougal- Lo que no me atrevería a decir es si la tiene él conmigo o yo con él.

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