Con un vaso de whisky

noviembre 13, 2009

Parte Segunda: Las Islas Rojas

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 6:51 pm

Tras el primer silencio, el hombre bajo dijo al otro:

– ¿Dónde oculta un hombre astuto un guijarro?

Y el hombre alto respondió en voz baja:

– En la playa.

El hombre bajo asintió y tras un corto silencio dijo:

– ¿Dónde esconde un hombre astuto una hoja?

Y el otro respondió:

– En el bosque

 

Gilbert Keith Chesterton, La muestra de la espada rota

 

I. Travesía

            Con buen tiempo, un barco mercante podía llegar desde Lossar al puerto más cercano de las Islas Rojas en tres días. Para exasperación de su tripulación y angustia de su pasaje, las dos primeras jornadas del viaje del Vieja Madre transcurrieron bajo una espantosa tormenta. En los camarotes de primera, unos pocos privilegiados eran dolorosamente conscientes de que el mar tiene tantos miramientos con los ricos como con los pobres. En las zonas destinadas a los pasajeros humildes, estos se apretujaban unos a otros, rogando por que los marinos supieran hacer su trabajo.

            Esas esperanzas no eran infundadas: cuando el tercer día amaneció resplandeciente, el barco no sólo seguía a flote, sino que no había sufrido desperfectos de importancia. Eso sí, apenas habían recorrido la mitad del trayecto, pero, como comentó filosóficamente el capitán, mientras regalaba a sus subordinados dos tragos de grog, en recompensa, y a sus pasajeros uno, en compensación, mejor llegar tarde y mojados que ahogarse. Nadie pudo rebatir tal afirmación.

            Ailin, Willer y Asuran pasaron el resto del viaje en cubierta, por varias razones. En primer lugar, porque tras tanto tiempo hacinados en las entrañas de la embarcación, hubiera hecho falta una yunta de bueyes para arrastrarles de nuevo abajo. En segundo lugar, para tener algo más de intimidad: era más sencillo conversar sin ser oído en una esquina de la cubierta que en los camarotes comunales. En tercer lugar, bajo el sol las ropas secan más deprisa que en la sombra.

            Tras pedir permiso al contramaestre, los tres compañeros tendieron sus atavíos en una cuerda, librándose al fin de la humedad que arrastraban desde que saltaron al río. Ailin y De Kern habían agarrado un resfriado bien respetable y se pasaban las horas muertas compitiendo en un concurso de estornudos y maldiciones. Willer encontraba muy divertido que, siendo el peor nadador del trío, fuera el único sano. Sus compañeros no participaron del jolgorio.

            Cuando Ailin se reunió en el río con su Protector y el bardo, éste mantenía la cabeza del primero por encima de la superficie. La chica había aprendido a nadar muy pronto, por placer y por orden de lord Helmut, quien seguía la máxima “la Reina tiene que saber cosas”. Sir Willer, en cambio, jamás había planeado acercarse a más agua que a la de una bañera caliente de cuando en cuando.

            Empapados como ratas de agua habían alcanzado el puerto; en su huida fluvial, se habían perdido la malla de Shephard, buena parte de su dinero y equipaje, pero conservaban sus armas, Asuran su laúd y, lo que era más importante, los pasajes, húmedos, aunque legibles y válidos. Sin embargo, el contramaestre, un zorro viejo, al ver a tres individuos con prisa por embarcar, que no miraban más que al suelo cuando el oficial del puerto se acercaba a menos de cuatro metros, se olió un buen negocio. Los billetes eran de primera. Ordenó a un marino que los llevara a la zona de clase baja; luego, fue corriendo a advertir en la oficina del puerto que en el Vieja Madre quedaban tres puestos de primera, que fueron vendidos. El contramaestre, que cobraba una cuota de los beneficios, sentía un vivo aprecio por sus tres víctimas, las cuales no habían abierto la boca para protestar ni una vez.

            Así, en tanto Willer afilaba las espadas y dagas, Asuran afinaba su laúd, Ailin hacía las veces de cerebro del grupo, planeando el siguiente paso.

            – Desembarcaremos dentro de dos días, a lo sumo. Orchar es la mayor de las Islas Rojas, ¿verdad?

            – Sí,- contestó Asuran, reprimiendo un estornudo- la mayor y la más importante. Casi todas las ciudades dignas de ese nombre están en Orchar y es donde se concentran los puertos mercantiles.

            – Cierto, maese bardo.- asintió Willer- Pero sería bastante tonto despreciar las tres islas menores: están fortificadas hasta los dientes y son el retiro de los gobernantes del archipiélago. Si alguien quiere conquistar las Islas Rojas y se limita a invadir Orchar, verá a sus tropas atacadas por el Oeste, el Norte y el Sur al mismo tiempo.

            – La estrategia militar no es lo que más me preocupa ahora.- repuso Ailin- Si mi padre viajó hasta las Islas, lo más probable es que se dirigiera a Orchar, al menos, en un principio.

            – Aunque eso tampoco es garantía de nada. Las Islas Rojas son un lugar de paso común. En sus puertos hay barcos de todas las naciones y reinos, aun de los más lejanos. A pesar de los piratas, el tráfico de gente es constante y en sus ciudades te puedes encontrar de todo. Será difícil hallar pistas.

            – Maese De Kern, sois el pesimismo con perilla.- aseveró Willer- Orchar es más fácil de registrar que todo el Viejo Reino. ¡Tengamos fe! No tenerla da el mismo resultado, pero estás de peor humor mientras éste llega.

 

            El cuarto día, el Vieja Madre aprovechó unos vientos que le ayudarían a navegar con rapidez, a cambio de desviarse un tanto de la ruta original. Esto provocó una seria discusión entre capitán y contramaestre, porque el último, cauto por naturaleza, prefería evitar cualquier cambio, cualquier desviación del plan previsto; las rutas habituales no estaban exentas de riesgos, pero abandonarlas suponía, según él, una invitación en toda regla al desastre; el capitán se impuso. Tenía bien vigilados los puntos en los cuales existían escollos o corrientes traicioneras y, en lo referente a los piratas, se limitó a encogerse de hombros, con una sonrisa llena de confianza.

            Pasajeros y tripulantes vieron pasearse al contramaestre por cubierta, descargando su irritación contra cualquier inferior que no realizara su trabajo de manera impecable. Al cabo, se cansó de recorrer el barco de babor a estribor y apoyó la espalda en la pared del castillo, oteando con ojos tenebrosos. Ailin le vigilaba a su vez, preocupada por lo que aquel individuo trapacero podía hacerles, mientras siguieran a bordo. De pronto, el contramaestre ladeó la cabeza, igual que una gaviota que ha descubierto una presa. Siguiendo su mirada, la muchacha vio a un niño delgado y ágil, vestido de forma extraña, con un largo bastón a la espalda, encaramado entre las velas. Parecía una ardilla entre los árboles.

            La gaviota emprendió la caza de la ardilla. Discretamente, habló con cuatro marineros: dos de ellos treparon por los mástiles, el otro par se colocaron justo debajo del crío. Willer y Asuran tomaron conciencia de la situación.

            – ¿Qué le molesta ese niño?- murmuró Ailin.

            – Ahora veremos.- contestó De Kern.

            El caballero no dijo nada: estaba demasiado ocupado estudiando al chaval; masculló una exclamación de asombro. Ailin le interrogó mudamente, pero en aquel instante, la gaviota se lanzó en picado.

            – ¡Tú!- chilló el contramaestre- ¡Tú, el de arriba! ¿No me oyes, criajo? ¡Te hablo a ti, el del palo!

            El niño miró hacia abajo y saludó alegremente con la mano al contramaestre.

            – ¡Baja aquí ahora mismo!

            Los marineros que habían ascendido estaban listos para interceptar al niño si éste trataba de escapar; en cambio, descendió con una facilidad pasmosa, sin mostrar la menor inquietud y se plantó delante del contramaestre. Un pequeño círculo de curiosos se había formado ya.

            – Bueno, bueno.- comenzó el oficial, con una mueca amenazadora- No te había visto hasta ahora. Supongo que durante la tormenta estarías abajo, en los camarotes comunales, ¿eh? Ahí podías pasar desapercibido, pero el sol y el aire limpio te gustan demasiado, ¿verdad? No podías quedarte escondido. Creías que estaríamos ocupados y que nadie repararía en ti, ¿eh?

            – Me gustan el sol y el aire salado y el mar, sí. Nunca antes lo había visto tan de cerca.- el niño sonreía de oreja a oreja; habría desarmado a un torturador, pero tenía que enfrentare a un empresario.

            – Pues yo querría ver tu pasaje. Tampoco lo he visto nunca y algo me dice que nunca lo veré.

            El niño se rascó la despeinada cabeza.

            – Bueno, es que no tengo.- confesó- En el puerto le pregunté a una mujer si habría sitio para mí en el barco y ella me dijo que seguro, que era un barco enorme. Así que subí. Todo el mundo estaba haciendo cosas. No quería molestar, así que me fui a donde iba la mayoría.

            – ¡Vaya! ¡Qué considerado por tu parte! ¿No se te ocurrió pensar que para viajar en un barco, antes hay que pagarse un billete?

            – Pues la mujer no me dijo nada y la última vez que fui en barco, me llevaron de un lado al otro del río sin pedirme nada a cambio, ni a mí ni a mi maestro.

            – ¿Está ese maestro tuyo por aquí?- el contramaestre miró a su alrededor.

            – No, no. Nos separamos. Ya me tocaba.

            – Así que te han abandonado y te metes de polizón en un barco, ¿eh? Para ver mundo y todas esas cosas.

            – Tengo que encontrar compañeros.- informó el niño, amablemente- Igual aquí lo consigo.

            – Eso lo dudo mucho.- el rostro del contramaestre se volvió feroz- Tienes dos opciones, muchachito. Como polizón, careces de derecho a estar en el barco. Por lógica, debería arrojarte por la borda.

            Algunos pasajeros lanzaron exclamaciones ahogadas de repulsa, aunque ninguno parecía dispuesto a impedirlo; el crío era un polizón, al fin y al cabo.

            – Si no te gusta esa opción, te acomodaremos en un camarote especial; otros antes que tú lo han probado. No verás el mar ni el sol, es cierto, pero estarás bien guardado hasta que lleguemos a Orchar y te entreguemos a las autoridades. Porque ir de polizón en un barco, pequeño mío, va contra las leyes del mar.

            – Que cuando la marea tiene que subir, baje, es ir contra las leyes del mar. No sabía que el mar nos obligara a pagar por cruzarlo.

            – Las leyes del mar son las leyes de los navegantes, chaval.- el contramaestre subió el tono- No te pases de listo.

            El niño sonrió, con un gesto de disculpa tan humilde que Ailin no pudo soportarlo más.

            – Pagaré su billete.

            Partes y espectadores se volvieron hacia ella.

            – En buen momento le ha salido el instinto maternal.- musitó Willer; por una vez, Asuran estaba de acuerdo con él.

            – ¿Qué es eso de que pagarás su billete?- el contramaestre no se amilanó ante su nueva adversaria.

            – Decís que este niño es un polizón por no haber pagado su billete. Pues bien, os propongo hacerme cargo de su deuda, señor contramaestre. Así será un pasajero más y no tendréis ni que encerrarlo ni que entregarlo.

            Sin dejarse impresionar, el contramaestre contraatacó.

            – No es tan sencillo: el crío ha quebrantado las leyes; no puede irse de rositas sencillamente porque te hayas apiadado de él. Es preciso dar ejemplo.

            – De acuerdo. Entonces, además del precio del billete, imponedle una multa. Me comprometo a satisfacerla.

            El contramaestre era un hombre sensato. Arrestar a un niño y entregarlo a las autoridades de las Islas Rojas, si bien legítimo, podría ser perjudicial. Era obvio que, entre los pasajeros, semejante medida no resultaba muy popular. Aunque no interferirían en su ejecución, lo comentarían, y la indignación moral de la gente, sobre todo cuando manifestarla no supone riesgo alguno, es un enemigo temible: las naves de su compañía podían sufrir un descenso de encargos a raíz de aquel incidente.

            Por otro lado, la multa era un castigo proporcionado, que a todos satisfaría y que le permitiría aumentar los beneficios del viaje y, por ende, los suyos propios. Habiendo reflexionado de tal modo, operación que le llevó apenas un instante, el contramaestre asintió.

            – Me parece razonable.- los pasajeros intercambiaron comentarios aprobadores- Bien, teniendo en cuenta el valor del pasaje común y la multa justa… yo diría que ese broche cubrirá tus obligaciones, muchacha.

            Ailin se llevó la mano al escorpión, en un gesto reflejo. Frunció el ceño y se lo desabrochó, entregándoselo al contramaestre, quien se fue con su botín, más alegre que unas pascuas. Ni Asuran ni Willer se atrevieron a decir una palabra. El niño, libre ya, se les acercó.

            – Muchas gracias.- se inclinó, extendiendo los dos brazos con las palmas hacia arriba- Soy deudor tuyo.

            – No tiene importancia.- contestó Ailin, mirando al contramaestre con ira contenida.

            – Sí, la tiene. Has salvado a un desconocido y has sacrificado algo tuyo, algo valioso.

            – ¿Cómo sabes que era algo valioso?- le preguntó De Kern, alzando una ceja.

            – Lo protegiste con la mano. Después aceptaste entregarlo, pero primero querías protegerlo.

            Ailin dirigió su mirada al niño, cambiando la ira por la sorpresa.

            – Eres muy observador. ¿Cómo te llamas?

            – Río de Viento es mi nombre.

            Al oír esto, Willer chasqueó los dedos, en un gesto de satisfacción.

            – ¡Eso me parecía! ¡Un Hombre Verdadero! Mis respetos, Hermano Río de Viento. Éste de aquí es Asuran de Kern, aunque deberíamos rebautizarle. Laúd-con-más-cuerdas-de-las-necesarias, por ejemplo, sería digno de él. También valdría Bigotes Atildados, porque, en verdad, en verdad os digo, Hermano Río de Viento, que nadie cuida su mostacho como maese De Kern. En las Islas deberíais deshaceros de él. Gustan de barbas y perillas y los rostros afeitados no despiertan hostilidad, pero unos bigotes excesivos desesperan, rechinan, justifican la violencia contra su poseedor, algo que nadie de los presentes querríamos ver.

            – ¿Pues cómo os llamaríais vos?- replicó agitadamente el bardo- Sir Odre de Vino, caballero Copa sin Honor, Willer del Licor y las Posadas, serían sobrenombres dignos de vos.

            – ¡No está mal, no está mal! Una copa rebosante de vino, flanqueada por dos mozas, con una posada de fondo. ¡Sería un bonito escudo de armas! Mucho más digno, desde luego, que el de varios hermanos míos de batalla, que, o bien no les hacen justicia, o bien se la hacen demasiada. Hermano Río de Viento, si alguna vez sufro una transmutación interior tal que me convierta en un Hombre Verdadero, seré Odre Siempre Lleno. ¡A vino nuevo, odres nuevos, se dice! Pues bien, espero ser para el mundo un receptáculo nunca vacío de vino nuevo, dulce, fuerte, fresco, alejado de las garras del vinagre.

            Río de Viento miraba al caballero y al bardo con ojos como platos. Luego, empezó a reír.

            – ¡Asuran y Willer, espero aprender de vosotros lo que queráis enseñarme, si somos compañeros!

            – Según qué cosas, será mejor que no te las enseñen.- opinó Ailin, rodeando los hombros del niño con su brazo- Tal vez ellos puedan aprender un poco de ti.

            Le tocó a Asuran el turno de reír.

            – ¿De un niño de diez años?

            – De un Niño Verdadero, perdón, de un Hombre Verdadero.- le corrigió Willer.

            Ailin se acuclilló, hizo girar a Río de Viento hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura y le preguntó:

            – ¿Quieres de verdad ser nuestro compañero?

            – Creo que lo soy.- respondió el otro- Les he preguntado a algunos si lo éramos. Muchos no querían o no podían o no sabían lo que significaba eso. Un hombre viejo lo entendió, pero ya tenía un compañero del que ocuparse, al que enseñar y del que aprender. Ninguno de ellos eran mis compañeros. Creo que vosotros lo sois.- y Río de Viento desplegó de nuevo su amplia, sincera sonrisa.

            – No puedes decidir sin saber quiénes somos.- Ailin estaba mortalmente seria.

            – Conozco los nombres de Willer y Asuran y un poco de ellos mismos. Sé un poco de ti, pero no tu nombre.

            – Yo,- comenzó la chica, bajando la voz hasta que sólo fue un susurro que se deslizaba en el oído del niño- soy Ailin Grimwald, heredera del Gran Reino. Willer Shephard es mi caballero Protector y Asuran de Kern, el bardo, ha jurado fidelidad a mi Casa y a mi causa. Viajamos en secreto, para restaurar el Trono, en busca de la Corona del Corazón Negro. Si quieres ser nuestro compañero, tu vida no será fácil hasta que el Reino se unifique de nuevo.

            Río de Viento miró a la heredera.

            – Yo,- contestó en un susurro idéntico- soy el compañero de Ailin Grimwald, Willer Shephard y Asuran de Kern. Ellos son mis compañeros. Y soy el deudor de Ailin.

            – No. Un compañero nunca es un deudor. Si vienes con nosotros, que no sea por una deuda.

            El niño meditó un instante; al cabo, meneó la cabeza, en señal de acuerdo, y se inclinó ante Ailin, quien hizo lo propio.

            – ¡Estupendo!- exclamó Willer- Finalizado el protocolo, vamos a celebrarlo como mandan los cánones. Seguro que puedo convencer al capitán para que nos dé un poco de grog. Y si el compañero Río de Viento declina el trago, será un honor aceptarlo, como un regalo, de sus manos.

            El caballero se fue en busca de la bebida; Río de Vida, quien parecía encantado de tener un nuevo amigo tan parlanchín, fue con él.

            – Mi señora,- dijo Asuran- os habéis ganado la fidelidad de un Hermano con una mirada. No sé qué más pruebas hacen falta para demostrar que sois la Reina.

            Ailin no respondió.

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