Con un vaso de whisky

noviembre 6, 2009

Epílogo

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 5:57 pm

         EN UN CLARO NATURAL, rodeados por árboles centenarios, de raíces profundas y ramas gruesas, que soñaban con la primavera, veinte figuras formaban un círculo. Sentadas sobre la buena tierra, silenciosas, los ojos cerrados, veinte pares de labios murmuraban una muda plegaria. Los rezos acabaron de modo simultáneo y veinte pares de ojos, oscuros y claros, videntes y ciegos, todos llenos de experiencia, todos llenos de vida y de muerte, se abrieron.

            – Henos aquí,- empezó una anciana de pelo blanco, alta y delgada- henos aquí, Hermanos. Venimos de los valles y de las montañas, de los bosques y de las llanuras, de cerca y de lejos. La ocasión es solemne.

            – Vayamos al grano, Rama de Sauce.- la interrumpió secamente un hombre calvo- Ya tendremos tiempo para las grandes palabras. Sabemos a qué hemos venido.

            – Los vientos nos lo han dicho, los pájaros lo han cantado.- asintió Rama de Sauce.

            – Se avecinan cambios.- dijo el calvo.

            – Se avecinan cambios.- repitieron los otros.

            – Los Señoríos pueden volver a ser un Reino.- habló otra mujer, más joven, más enérgica- ¿Qué posición tomaremos? ¿Apoyaremos a la Reina sin Trono a recuperar lo que cree que es suyo?

            – En la República hay movimientos.- añadió alguien más- Si los Señoríos se enfrentan a la República, ¿les ayudaremos? ¿O estaremos con los rojinegros? ¿O con ninguno de ellos?

            – Ninguna decisión será buena.- sentenció el calvo- Los Señores, los rojinegros, la Reina, todos ellos pasan ante el bosque y sólo ven leña para el fuego.

            Los demás murmuraron un asentimiento sombrío.

            – Es cierto, Ciervodanzante,- admitió la mujer enérgica- pero la realidad no es amable, ni es considerada. La vida nos ofrece lo que nos ofrece y debemos elegir. Tenemos esa obligación, no el derecho de saber si nuestra elección es correcta.

            – ¿Y a quién apoyar?- se preguntó Rama de Sauce

            – A la Reina.- dijo un ciego, de rasgos ascéticos y astutos- A la Reina sin Trono.

            – ¿Por qué? ¿Qué bien hará eso al mundo?- Ciervodanzante fruncía el ceño.

            – Se avecinan cambios. La guerra es el más cruel de los cambios. Los Señores pueden resistir a la República o la República puede vencer a los Señores.

            – En cualquier caso, la tierra sangrará.- comentó Rama de Sauce.

            – Así es, Hermana. Y en cualquier caso, ninguno de los bandos nos necesitará, ni contará con nosotros. Los Señores tienen su autoridad asentada en las espadas de sus caballeros y vasallos. La República… ha surgido de la nada y ha crecido contra viento y marea.

            – La República devorará los bosques y los ríos.- dijo la mujer enérgica- Quiere pastos para el ganado, quiere rutas para sus comerciantes, quiere campos para sus labradores.

            – También los Señores.- apuntó Ciervodanzante.

            – Los Señores no son tan voraces.

            – No lo han sido aún.

            – He dicho que deberíamos apoyar a la Reina- el ciego recuperó la palabra-, no a los Señores ni a la República, Luna sin Rostro. La Reina necesita sostenes, aliados. Debe convencer a los Señores de que ella es y puede ser la Señora de Señores. Que lo consiga gracias a nosotros. Que deba el Trono del Corazón Negro a los Hermanos. Y asegurémonos de que paga su deuda, cuando llegue el momento.

            – Eres un ingenuo, Brumayniebla.- se burló Ciervodanzante- Cuando la Reina tenga su trono, se olvidará de nosotros.

            – Ya nos ha sucedido antes.

            – Hemos confiado demasiadas veces en promesas falsas, en palabras huecas.

            – No debemos dejarnos engañar de nuevo.

            Brumayniebla esbozó una sonrisa extraña, mezcla de agrado y desolación.

            – Sí, cuando la Reina esté en su trono puede darnos la espalda. A no ser que detrás del trono esté uno de los nuestros.

            Hubo un silencio.

            – No nos mezclamos en los juegos de poder, Brumayniebla.- dijo severamente Rama de Sauce.

            – Tendremos que hacerlo. Tendremos que colocar un valedor junto a la Reina, para que no nos olvide. Tendremos a uno de los nuestros en el círculo de Ailin Grimwald.

            – En los hornos oscuros se forjan las cadenas fuertes, dicen los Señores.- murmuró Luna sin Rostro- ¿En eso piensas?

            – Si un Hermano se une a la hija de los Reyes Perdidos y está a su lado ahora, que no es nadie, cuando sea quien quiere ser, habremos conseguido nuestro valedor.

            – Que primero el Hermano se haga amigo de la huérfana y que luego nos traiga a la heredera, para convertirla en Señora de Señores. Es una idea.- reconoció Rama de Sauce.

            – ¿Y quién será?- quiso saber Ciervodanzante

            – No somos titiriteros, Hermanos. Hemos tomado nuestra decisión y ahora compete a la Providencia mostrarnos si era acertada o equivocada.

            – La Providencia tampoco nos usa como muñecos, Brumayniebla; pero tú no tomas una decisión sin indicios de que puede ser la verdadera.- replicó otro Hombre Verdadero- ¿A quién has vigilado?

            – Hay un Hermano cerca de la Reina, sin que yo haya hecho nada para que así fuera; me he limitado a observar a Ailin Grimwald. Viajan en el mismo barco, hacia las Islas Rojas.

            – Hemos de mandar un mensaje a nuestro Hermano.- dijo Luna sin Rostro

            – A su debido tiempo. Primero, veamos si se conocen, si se convierten en eslabones de la misma cadena. Y si en efecto así sucede, actuaremos.

            Los veinte Hermanos asintieron. Sus ojos se cerraron de nuevo y sus labios se movieron una vez más, sin pedir ni imponer nada a los dioses que escuchaban. Llegaban cambios. Habían cumplido su deber. La Providencia no les podía exigir más. Los rezos se mezclaron con los vientos.

 

FIN DE LA PARTE PRIMERA

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