Con un vaso de whisky

noviembre 2, 2009

Fiscales de película

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:04 pm
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            Después de escribir sobre unos cuantos abogados de cine, me quedó la gana de escribir sobre sus habituales adversarios en la pantalla. Por desgracia, al decidirme a hacerlo, me he encontrado con que si con los abogados tuve que restringirme a sólo tres, porque si no hubiera llenado decenas de páginas, con los fiscales no tengo que limitarme nada. Todo lo contrario. Y es que los fiscales son la fea del baile en los juzgados de la ficción.

            En efecto, al revés que los abogados, los fiscales no suelen ser los protagonistas, sino los antagonistas (y a veces ni eso). En fin, a primera vista, tampoco es tan terrible: hay antagonistas memorables. Incluso hay antagonistas que usurpan el papel de protagonistas. Salvo raras excepciones, los fiscales no llegan tan arriba.

            Y es lástima. Después de todo, los fiscales suelen ser los acusadores. Uno de los significados del nombre Satán es justamente “acusador”. También “enemigo”, pero eso es otra historia. En el Libro de Job, el Satán aparece, cínico y descreído, en la corte celestial para poner verde a la especie humana. En Sin noticias de Dios, en los tribunales del Más Allá, los emisarios del Cielo actúan como defensores y los del Infierno como acusadores. Los fiscales de la ficción deberían ser dignos de semejantes paralelos ultraterrenos. ¿Lo son? La triste respuesta es que no.

 

           law&order La especie más común de fiscal en las películas y series es el implacable vengador del pueblo. La voz de la cólera popular que quiere llevar a la horca al miserable criminal. Estos fiscales son observados como figuras positivas (cuando el acusado es culpable de algún delito atroz), como individuos trágicamente equivocados (cuando el delito sigue siendo atroz, pero el acusado no es culpable) o como inquisidores de una sociedad malvada, racista, fascista y todos los “istas” que uno quiera (cuando el acusado es culpable siendo su delito defender los derechos humanos).

            De estos hay a montones. Los fiscales de Ley y Orden son el paradigma. Jack McCoy y los suyos investigan, acusan y condenan inexorablemente a cuantos asesinos, violadores, ladrones y demás infractores se cruzan en su camino. Sus argumentaciones suelen ser convincentes, pero claro, es que son los “buenos” de la serie, así que, por una de esas reglas de la televisión, tienen que ser mucho mejores que sus rivales. Hombre, siempre hay excepciones, siempre hay algún episodio en el que el defensor es decente y así la intriga del veredicto se mantiene hasta el final.

            Aunque sean juristas de cierta habilidad, y aun gustándome la serie, estos fiscales no me caen nada bien. De hecho, me resultan cansinos. Porque declaman a jurados y jueces como si estuvieran en un púlpito, y no en un púlpito sabio. Tienen unas ínfulas de superioridad moral que me provocan urticaria. Están convencidos de que los criminales son los malos, que ellos son los buenos y que la Espada Flamígera de la Justicia está en sus manos. Se sienten la mar de bien cuando machacan a los acusados. En realidad esta gente sacia su sed de venganza, la de los policías que colaboran con ellos y la de los familiares de las víctimas. Pero no tienen las narices de reconocerlo, empeñados en que ellos hacen justicia, no venganza.

            Cierto, hay ocasiones en que los fiscales de este pelaje tienen que encerrar a auténticos vengadores (habitualmente, el padre o esposo de alguien que se lía a tiros con el asesino/violador de turno). Son esos raros momentos en los que los guionistas permiten que entre los acusadores haya dudas. Unos muestran sus simpatías con el reo, otros dicen que le hubieran dado más balas y, al fin, siempre hay uno (McCoy o su equivalente) que se atiene al más estricto legalismo.

            Particularmente vomitiva es la protagonista del engendro Fiscal Chase (en inglés, Close to home), que participa de la naturaleza de L&O, estando a mil años luz en cuanto a calidad dramática. Cualquier persona de respeto no sólo observa con tolerancia la violencia contra esa mujer sino incluso con desaforado entusiasmo.

            Ojo, no estoy diciendo que las actitudes de Ley y Orden no sean comprensibles. Ni que no reflejen reacciones que se dan en la vida real: todo lo contrario. Tampoco digo que esa apelación a la Ley, fría y estricta, sea estúpida, ni mucho menos (sobre todo en ciertos casos). Lo que me aleja irreductiblemente de estos fiscales (y policías) es su moralismo. Su idea de que la Ley es justa, de que la Ley es correcta y que la Ley sólo está equivocada cuando no es lo bastante dura. Su autoengaño, su empeño en disfrazar de justicia la venganza. Son todos unos idealistas implacables o unos idealistas hipócritas.

            Y ambos idealistas, los puros y los hipócritas, son aburridísimos.

 

            Con todo, hay algún fiscal de estos de duralexsedlex que no es desagradable. El ejemplo más claro, para mí, lo constituye el coronel Lawson (Richard Widmarck), en Vencedores o vencidos. Lawson tiene el moralismo cansino que antes deploraba, aunque con un matiz que lo hace más tragable: su cólera, su indignación ante las atrocidades nazis es tan sincero que no trata de engañarse a sí mismo ni a los demás. Uno de los jueces se lo reprocha: “Su problema es que querría enjuiciar al país entero”.nuremberg

            Lawson es un iusnaturalista, lo que lo aleja aún más de McCoy. Ansía condenar a cuatro jueces alemanes que, por diferentes motivos, aplicaron el ordenamiento jurídico hitleriano. Habida cuenta de la injusticia de tales normas, su conducta es culpable. Les acusa también de quebrantar incluso las propias leyes alemanas en aras del Poder; sin embargo, a nadie se le escapa que el meollo de la acusación es que la legislación nacionalsocialista era perversa, por lo cual los jueces que la aplicaron actuaron perversamente, tan perversamente como los líderes políticos y militares del Tercer Reich.

            El personaje de Lawson tiene brío: interroga con dureza, sus discursos de inicio y conclusión poseen el toque justo de cólera para hacerlos intensos sin perder una estructura argumentativa convincente. Pero Lawson ejemplifica también la derrota dramática de los fiscales frente a los abogados defensores.

            Es Hans Rolfe, el cabeza de la defensa alemana, quien gana todo el protagonismo en las escenas del juicio. Lawson queda en un papel secundario. El espectador asiste con interés a la exposición del coronel, a la presentación de sus testigos y pruebas, pero a quien espera con avidez es a Rolfe. Soberbiamente interpretado por Maximilian Schell, el brillante abogado se muestra a la altura de su trabajo. Hace posible lo imposible: articula una “muy hábil defensa”, en palabras del juez Haywood (Spencer Tracy), de sus clientes.

            Condenando desde el punto de vista político y moral al nazismo, Rolfe se las arregla para razonar la posición de sus defendidos. Como defensor, destroza la pretendida superioridad moral de la acusación y de los Estados o sociedades a las que representa. Además, contraargumeta cada una de las afirmaciones que Lawson presenta como absolutas, proporcionando a los magistrados (al público) otra punto de vista, otra interpretación y otra conclusión posibles. Con una endiablada inteligencia, adapta su defensa a las vicisitudes del caso, mientras que Lawson actúa más como una apisonadora, sin desviarse un ápice del camino marcado.

            Lawson, igual que McCoy, es fiscal antes que político. Inicialmente idealista (como militar que ha defendido, desde su punto de vista, la libertad frente a uno de los regímenes más siniestros de la Historia), se enerva cuando las necesidades de la razón de estado ponen en peligro su caso. Se mantiene, y es digno de mérito, fiel a sus convicciones, sabiendo que su futuro profesional no será, como consecuencia de su acerada independencia, prometedor. Esta faceta es la más respetable de los fiscales de esta índole.

 

          jfk  Jim Garrison, Kevin Costner en JFK, se parece mucho a Lawson. También él comienza la acción como un idealista. También él se muestra firmemente independiente de las presiones políticas o familiares en su obsesiva investigación. También él tiene ese síndrome de cruzado, que es el lastre inevitable de estos honestos defensores de la ley (cuando son honestos). Sólo que Garrison, dramáticamente, domina de forma total el juicio, en la parte final de la película. Hasta ese momento, Garrison es poco más que un cronista, un paciente recopilador de datos. Son los personajes secundarios, más o menos tenebrosos, los que dan fuerza a la obra. Con astucia, Oliver Stone concedió estos papeles breves, pero capitales, a actores de gran calidad. Joe Pesci, Jack Lemmon, Tommy Lee Jones, Gary Oldman, Walter Matthau, Donald Sutherland o Kevin Bacon son mucho más atractivos en los minutos que aparecen ante las cámaras que Kevin Costner en sus tres horas. Pero es que el personaje de Costner es un corredor de fondo, constante. He de reconocer que Garrison sí me cae bien, aún más a medida que, al avanzar la trama, sus dogmas preconcebidos van siendo derribados, sin que él caiga en el desánimo. Hubiera sido más atractivo verlo convertido en cínico, pero no se puede tener todo en este mundo.

            Lo que hace más simpático a Garrison, a pesar de sus veleidades idealistas y de su familia perfecta, que es la parte más floja de la película, es su inevitable derrota. Tras desplegar toda su fuerza en el proceso, con un ritmo apabullante (salvo en el demasiado largo discurso final), tras hacer gala de su capacidad analítica, deductiva, de su ironía y de un realismo crudo, fruto de las investigaciones que ha ido realizando, Garrison muerde el polvo y es derrotado. El Poder se sale con la suya y el hombre solitario, que se ha dejado la piel en la lucha, se va a casa con las manos vacías, consolado (para que el público no se sienta tan mal) por su esposa y su hijo.

            Un Garrison triunfante hubiese sido no sólo increíble en la realidad, sino intragable en la ficción. Costner también interpretó a Eliott Ness, quien tiene sus puntos de conexión con Garrison, aunque el fiscal me parece más humano, más complejo y más interesante que el agente del Tesoro. Al vencer a Al Capone, Ness se me hace francamente antipático: es el símbolo del vengador del pueblo que, saltándose la Ley (la evolución de Ness consiste en pasar de respetar la legalidad a considerar que el fin justifica los medios, es decir, pasar de defensor de la Ley a justiciero pretendidamente heroico), vence a los villanos. Unos villanos mucho más carismáticos que los héroes, por cierto.

 

            Mucho más simpático es Adam Bonner (Spencer Tracy), el fiscal de La costilla de Adán. En esta espléndida comedia, el iuspositivista que es Adam se enfrenta a la abogada política de su mujer, Amanda (Katharine Hepburn). Siendo justos, Amanda le da cien vueltas a su marido ante el tribunal. Centra el debate donde le interesa y despelleja al pobre Adam, quien va desquiciándose a ojos vista. En sus conclusiones, el habitual sermón sobre el Imperio de la Ley queda reducido a unas inconexas frases hechas que ni siquiera acierta a vocalizar bien

            Pero Adam es digno como ser humano. Y consciente de su dignidad. Por eso, mientras Amanda gana el proceso, el matrimonio se derrumba. Adam lo achaca a la falta de respeto de su mujer a la Ley, pero eso es falso. Lo que teme el fiscal es que su maravillosa esposa le haya perdido el respeto a él, como colega y compañero. Furioso, enlaza el caso con su matrimonio, proclamando la consigna de todos los legalistas del mundo: “¡La Ley es la Ley, sea buena o mala! ¡Si es mala, lo lógico es cambiarla, no menospreciarla o burlarse de ella!”adam´srib

            Estoy de acuerdo con Adam en que una mala Ley debe ser cambiada, pero no en que no podemos burlarnos de ella. Ahora bien, aunque, en la sala de vistas, el fiscal legalista es machacado, una vez termina el proceso, el marido se desquita y de la manera más gloriosa. Hemos visto toda la película a Amanda como superior intelectualmente a su marido, pero los que subestimaban al señor Bonner reciben una lección, primero con la treta de la pistola de regaliz (que reivindica la tesis de Adam y logra una astuta ambigüedad para la obra), y luego con las lágrimas de cocodrilo gracias a las cuales demuestra a su mujer que ambos se quieren como siempre, reconquistando así, de un golpe, todo el terreno marital perdido.

            Pero por muy bien que nos caiga Adam como persona, como fiscal ha sido un fracaso.

 

            Los fiscales tan rectos, o tan hipócritas, al igual que esos otros fiscales que acusan con furor sólo porque sospechan que el clamor popular se lo reclama, estando las elecciones a la vuelta de la esquina, son puestos en su sitio en Boston Legal.

            Esta serie, a medias dramática, a medias cómica, tiene su principal atractivo en la pareja formada por Alan Shore y Denny Crane (James Spader y William Shaftner), a salvo ciertos secundarios. Los fiscales que se enfrentan a Shore (es quien lleva la voz cantante en los pleitos) son siempre legalistas sin imaginación ni garra o politicastros que hacen de la seguridad ciudadana su bandera para la reelección. Sus casos son siempre sencillos, siempre lineales, siempre blancos o negros. Sus conclusiones, tediosas y monótonas: la ley es la ley. Denny Crane sirve para mofarse de ellos y de sus parientes serios: “¿Por qué la fiscalía siempre acaba tan pronto?” Frente a ellos, los soliloquios de Shore (siempre interesantes, muchas veces divertidos, en ocasiones brillantes) ganan un caso tras otro. Esto es un error de guión, porque termina siendo previsible, a no ser que las situaciones sean estrafalarias y los razonamientos de estos abogados cínicos, aunque cada uno con un peculiar sentido de la moral, extravagantemente cómicos.

            La verdad, pienso que los juicios de Shore y Crane deben ser lo menos dramáticos posibles. O, por lo menos, deben ser enfocados de la manera menos seria. Incluso los juicios por asesinato deberían mostrarse como farsas (sobre todo los juicios por asesinato). Nada desarma más la figura del fiscal legalista, creyente o hipócrita, que un juicio por una infracción nimia, desquiciado y exagerado por la acusación. Ahí está el juicio por tráfico de grasa.

 

            Mientras que la calidad humana de los abogados defensores es extraordinariamente variada, pudiendo ser todos personajes excepcionales, los fiscales no salen nunca de su papel rígido o político barato (¿dónde están los políticos inteligentes?). Y es lástima. Llevo tiempo esperando, por ejemplo, al fiscal inteligente, cínico, que observa con más que escepticismo la justicia de las leyes, que se enfrenta a sus casos, por el placer de resolver el acertijo, no por la peligrosa palabrería de la Justicia ni por las plañideras quejas de las víctimas. Es decir, un fiscal que sea a la abogacía lo que Holmes es a la criminalística o House a la medicina. Un fiscal que sepa poner en su sitio a sus aburridos colegas. Pero nada.

            Se nos prometió algo así con Shark, una de las series más decepcionantes, tediosas y lamentables que he visto en tiempo. ¡Desaprovechar a James Woods! ¡Tiene delito la cosa! La idea del célebre abogado defensor que de repente tiene un súbito ataque de conciencia y se pasa a la fiscalía ya me puso en guardia. La tesis que había detrás era la tópica: los defensores salvan delincuentes, los fiscales los encierran. Es una visión tan reduccionista y necia como la de “los abogados defensores son buenos y los fiscales malos”.

            Sin embargo, había posibilidades. Si el nuevo fiscal traía sus trapacerías, sus habilidades, sus astucias y, sobre todo, su visión descarnada de la práctica profesional, la cosa podía salvarse. Si actuaba con el mismo desapego con respecto a las víctimas como lo había hecho con respecto a sus clientes, podía tener gracia. Podía ser una eficaz burla de Ley y Orden. Se convirtió en una copia de mala calidad.

            Con el cuento de que Sebastian Stark se encargaba ahora de su hija adolescente y maduraba emocionalmente (santo cielo), el supuesto jurista endurecido se convirtió en un cruzado más, sólo que con pecados que expiar. Así se interpreta la serie: como un camino de salvación desde las oscuras tierras del dinero corrupto a las luminosas alturas de la Verdad y la Justicia. Un espanto. Los comentarios mordaces, los quebrantamientos de las reglas procesales o las insubordinaciones ante sus superiores (mmmh, ¿lo harán cojo en próximas temporadas?) no salvan a una serie floja en guiones, nula en secundarios y deprimente en la evolución de su protagonista.

 

            ¿Dónde están los fiscales? Los abogados y los jueces, en las películas y series, son doce veces más interesantes, divertidos, complejos o inquietantes que los fiscales. Pues vaya. Habrá que hacer una huelga. Por una Fiscalía digna. No justa. Al diablo la justicia.

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