Con un vaso de whisky

octubre 15, 2009

XII. Ratonera.

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:11 pm

            WILLER HABÍA SALIDO AL BALCÓN huyendo de Asuran y sus baladas. Ailin se había mostrado intolerante, frustrando los intentos del caballero de solicitar unas botellas que alegraran la espera, pero, con absurda parcialidad, no se había opuesto a los quejidos musicales del bardo.

            – Señora, os perdéis.- le había censurado con frialdad fingida- ¿Dónde se ha visto que la voluntad de un trovador se imponga a la de un leal vasallo?

            – Willer, soy una mujer atrevida.- había contestado en idéntico tono la chica- No me importa hacer saltar en pedazos las tradiciones si ello me parece justo. Y Asuran se ha ganado un par de canciones.

            – Entonces, en nombre de la justicia, os solicito licencia para retirarme. Si Asuran se ha ganado ese derecho, yo no merezco tamaño castigo.

            – Sea como decís.

            De Kern no parecía especialmente divertido por aquel intercambio de agudezas, pero no protestó. Así que Willer salió a respirar mientras Asuran cantaba a los cabellos dorados de una doncella bajo un sauce. Estando allí, dejó vagar la mirada; ésta tropezó con un grupo cuadriculado, rojo y negro. Prestó un poco más de atención: un destacamento de guardias republicanos, algo no extraño en una ciudad de la República. Agudizó más aún su mente y percibió cierta lógica en los movimientos de los soldados: lógica preocupante, porque se dirigían directamente hacia la posada. Willer saltó como un resorte, volviendo a la habitación e interrumpiendo un dulce lamento de Asuran.

            – ¡Coged vuestras cosas, rápido!- exclamó- ¡Los rojinegros nos han encontrado!

            Ailin, pálida, no hizo preguntas. De Kern tardó unos segundos en bajar de su nube; cuando reaccionó, lo hizo con presteza.

            – ¡Vamos, vamos! ¡Hay que salir de aquí!

            – ¿Por dónde? ¿Por las salidas del servicio?- sugirió Ailin.

            – Tal vez las tengan vigiladas, pero también es posible que no.- dijo Willer- ¿Listos? ¡Pues vamos allá!

            – Y que los dioses nos protejan- murmuró Ailin.

 

            Edmund se abalanzó sobre Lester.

            – ¡Capitán!- masculló- ¿Qué piensa que está haciendo?

            El jefe de la guardia no contestó sinceramente. Desde que recibiera el mensaje de Horst y hablara con el Juez Errante, había estado meditando. Aunque la misiva del Gobernador sólo le ordenaba investigar, el capitán estaba seguro de que a Su Excelencia le agradaría que uno de sus hombres le ganara por la mano a un Juez Errante, permitiéndole alardear de su éxito ante el Consejo y la Asamblea. Y ese “uno de sus hombres”, sin duda, sería recompensado como merecía. Sabiendo donde se alojaba el Juez y sabiendo, por confesión de éste, a lo que había venido, ató cabos. Pero no podía decirle todo eso a un Lukas excepcionalmente furibundo. La verdad era que, en aquel momento, el capitán Lester sentía incluso, cómo decirlo, incluso cierto miedo.

            – Vengo a efectuar una detención, Señoría. Si en esa posada hay un enemigo de la República, me corresponde a mí llevarlo ante las autoridades legítimas.

            – ¡Imbécil!- Lukas, por una vez, estaba fuera de sí- ¿No entiende que va a estropear toda la operación?

            – Señoría,- Dougal tocó levemente el hombro del joven- vamos a la posada.

            Edmund asintió y echó a correr hacia el edificio, con Dougal y los suyos pisándole los talones.

            – ¡Seguidme!- gritó Lester a sus subordinados, y ellos también se lanzaron de cabeza hacia la fonda.

            Edmund y Dougal entraron como un vendaval, sin hacer caso de los gritos del posadero y sus camareros. Cuando llegaron al pie de la escalera que conducía a los pisos superiores, tres personas bajaban a toda prisa.

            – ¡Oh, mierda!- exclamó Willer.

            Los fugitivos dieron media vuelta, subiendo los escalones de cuatro en cuatro.

            – ¡Decid a los demás que vengan aquí ahora mismo!- ordenó Edmund a sus soldados, iniciando el ascenso- ¡Los tenemos acorralados!

            Lester, entre tanto, había aparecido en la planta inferior y, no sabiendo muy bien qué hacer, había empezado a registrar la sala común, el comedor y la cocina, gritando a clientes y servicio que se alinearan contra la pared, algo a lo que el dueño del negocio replicó airadamente; la situación devino en un alegre caos de alaridos y empujones.

            Con sus perseguidores a menos de diez pasos, Ailin y Willer, desenvainaron sus espadas.

            – ¿Qué hacemos ahora?- preguntó sin detenerse la heredera.

            – Si no podemos salir por la puerta, usaremos una ventana.

            – ¿Estás loco?- gritó De Kern- ¡No podemos saltar desde un tercer piso!

            – Para algo pusieron los dioses un río debajo de nuestro balcón- respondió Willer.

            Alcanzaron la habitación pero antes de que cerraran la puerta, Edmund dio un salto y penetró, con la espada lista para el combate. Dougal iba detrás. La ruda irrupción del Juez empujó a Ailin, quien derribó la lámpara de aceite que iluminaba el cuarto sobre una de las camas. La paja del colchón ardió con rapidez.

            – ¿Qué hacía esa lámpara prendida?- se quejó a voz en grito la adolescente.

            Willer no se molestó en replicar que no había tenido tiempo de apagar las lámparas, adecentar la habitación y escribir una nota de agradecimiento al posadero por el servicio: tenía demasiado que hacer enfrentándose, de nuevo, a sus adversarios de la fortaleza.

            – Señores,- dijo mientras cruzaban los aceros- algo me dice que no sois los vulgares saqueadores que creí en un principio.

            Edmund respondió con una estocada.

            – ¡A la ventana, vamos!- De Kern había perdido su temor a las alturas, frente a dos enemigos armados a pocos metros de distancia; tiraba del brazo de Ailin, pero ésta se desprendió y corrió en ayuda del caballero.

            – ¡Ailin, vete!

            El fuego había saltado desde la cama al techo y el suelo: la habitación ardería pronto por los cuatro costados; el humo ya empezaba a envolver a los combatientes. Del pasillo llegó el ruido de muchos pies corriendo, que se detenían bruscamente. Los soldados de Lukas vacilaban ante el espeso humo.

            Willer empujó con su espada e hizo retroceder a Dougal, propinándole luego a Edmund un buen puñetazo. Eso les dio un breve respiro.

            – ¡Venid, venid!- Asuran había abierto la puerta del balcón y les hacía señas. El caballero llegó si dificultades, pero no así Ailin: en mitad de su carrera, Edmund la derribó por detrás.

            Los jóvenes pelearon, hechos un lío. Ailin logró desembarazarse del Juez Errante, a cambio de soltar su espada, pero Edmund, con la suya bien agarrada, se puso en pie, dominando a la Reina sin corona.

            – Se acabó.- una sonrisa victoriosa distendió los labios de Lukas.

            Los ojos del Juez, relampagueando por el éxito, se clavaron en Ailin. Algo innominado, repentinamente, desconcertó por un instante a Edmund. Nadie notó esa vacilación. Pero fue bastante.

            Una viga se desprendió con un crujido, a su espalda. Se volvió justo a tiempo de ver a Dougal apartando por poco la cabeza de la trayectoria del madero, el cual, sin embargo, le atrapó la pierna. El viejo rastreador reprimió un grito de dolor.

            Lukas corrió en su ayuda; Ailin se incorporó, recuperó su espada y alcanzó el balcón. Convencidos de que los seguía, Asuran y Willer ya se habían arrojado al río. Nadaron hasta una de las escalerillas de piedra que conectaban el río con la calle y desaparecieron entre la multitud que, entre curiosa y alarmada, se había congregado en torno al incendio

            En el centro de ese incendio, Edmund se esforzaba por levantar la viga.

            – ¡Vosotros!- gritó a los soldados- ¡Entrad de una vez y ayudadme!

            Entre varios lograron liberar al Dougal. El rastreador se apoyó en el Juez.

            – Mejor será salir de aquí.- dijo tranquilamente

            Descendieron las escaleras lo más deprisa que pudieron. Abajo, Lester intentaba sin éxito organizar una evacuación ordenada. Cuando, a fuerza de empujar, la posada quedó vacía, el jefe de la guardia empezó a dar instrucciones hasta perder la voz: los soldados, incluyendo la escolta de Edmund, formaron una fila hasta el río, junto a los ciudadanos y, equipados con cubos, iniciaron la lucha contra el fuego.

            Lukas libró de ese servicio a dos de los suyos, indicándoles que llevaran a Dougal a sus habitaciones y que buscaran al médico de la guarnición de inmediato. Luego, se encaró a un sudoroso Ferdinand Lester.

            – Mis felicitaciones, capitán.- comenzó- Ha convertido una operación que debería haberse resuelto en unos minutos, de manera discreta y sin dificultades, en una batalla campal y un incendio.

            Lester no acertó a responder.

            – Supongo que mi barco sigue anclado en el puerto, por orden suya, pese a que lo solicité hace horas, ¿verdad?- prosiguió Lukas.

            El capitán no se atrevió a admitirlo.

            – Quiero que envíe a todos sus hombres al puerto, capitán y que impidan la salida de cualquier mercante, de cualquier galeón, de cualquier transporte que se disponga a zarpar. Quiero que todos y cada uno de los pasajeros y miembros de las tripulaciones formen en columnas. Los miraré uno por uno, si es necesario, pero pienso enmendar el desastre que ha ocasionado.

            Ferdinand Lester se aclaró la garganta.

            – Eso es imposible.

            Las manos del Juez Errante se crisparon.

            – ¿Qué ha dicho?

            – Que es imposible. No puedo cerrar el puerto, ni detener barcos de particulares de manera masiva, no sin una orden firmada por el propio Gobernador.

            – ¡Es el comandante del puerto! ¡Claro que puede hacer lo que le digo!

            – Mis atribuciones no llegan a tanto.- habiendo pronunciado al primera negativa, a Lester le resultaba cada vez más fácil seguir en sus trece.- Lo lamento, es una medida excepcional, cuya responsabilidad no pienso asumir si no me explicáis con claridad el objeto de vuestra operación, Señoría.

            – ¡Yo asumo la responsabilidad!

            – Lo lamento, pero no me toca a mí decidir si estáis capacitado o no para tomar semejante decisión, sino al Gobernador.

            Durante un instante, la ira derribó las murallas del autocontrol y el joven hizo ademán de abalanzarse sobre el oficial. Por suerte para ambos, logró dominarse.

            – Muy bien, capitán.- dijo, con una aterradora frialdad- Seguro que el Gobernador se sentirá satisfecho cuando se entere de que, por su culpa, las arcas de la provincia tendrán que ocuparse de la reconstrucción de esta posada, de indemnizar a cuantos hayan sufrido daños o perjuicios por el fuego y del tratamiento que necesite mi ayudante. Pero no se preocupe,- añadió, viendo palidecer bajo su capa de hollín a Lester- cualquier recompensa que el coronel Horst decida otorgarle será un minucia comparada con la que le dará el Consejo cuando le informe de que un oficial del Ejército, sin ninguna autorización, quebrantando la Ley, ha interferido en la labor de un Juez Errante y ha facilitado la huida de varios enemigos públicos.

            Edmund Lukas giró sobre sus talones y dejó al desdichado capitán preguntándose si había sido buena idea salir de la posada que se consumía ante él.

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