Con un vaso de whisky

octubre 9, 2009

XI. Jaque a la Reina

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:04 pm

            CUANDO EDMUND COMUNICÓ A DOUGAL que tenía indicios concretos de hacia dónde se dirigían Ailin y sus servidores, el rastreador no se interesó por las fuentes del Juez Errante. No lograría una respuesta clara, molestaría a Lukas y podría darle motivos para sospechar que estaba muy despierto durante la entrevista nocturna con la figura encapuchada.

            Armado con un mapa de la región, Lukas llegó a la conclusión de que la forma más directa de llegar a Lossar era remontar el río Od; Dougal, consultado, se mostró de acuerdo.

            – ¿Planeas ir de incógnito, en algún barco mercante?

            – No. Necesitamos rapidez, no discreción. Usaremos un navío militar. Llevaremos una escolta, unos diez soldados. No se nos volverán a escapar.

            La flota republicana había logrado un notable éxito al fletar gran número de barcos acorazados, de distintos tamaños y potencia, con casco de metal, movidos no por el viento ni por remeros, sino por modernos motores que hacían rotar aspas. Las columnas de humo que vomitaban las chimeneas de esos nuevos ingenios empezaban a convertirse en seña de identidad de Izur en las aguas.

            – Para conseguir un navío militar, incluso uno pequeño, necesitaremos autorización del comandante del puerto. Y éste pedirá permiso a Horst.

            – El comandante del puerto está sometido a las leyes igual que Horst. Y las leyes me dan carta blanca cuando se trata de un asunto que afecta a la seguridad de la República.

            – Estás abusando de esa prerrogativa, Lukas. Sigue así y el Gobernador se convertirá en tu peor enemigo.

            – ¿Qué mas da? Este asunto terminará en Lossar. Frente a la presa que vamos a presentar al Consejo, las pataletas de Horst no significarán nada.

 

            Tal como Dougal había previsto, el comandante tenía la intención de informar al Gobernador sobre la solicitud –aunque, por la forma, se acercaba más a la exigencia- de Edmund. Pero, tal como Lukas había esperado, bastó citar el precepto legal, invocar la autoridad de los Nueve y arroparse en el manto de las actuaciones secretas en bien del Estado, para que el Juez Errante obtuviera un pequeño navío, servido por una tripulación de cinco marineros, un oficial y un capitán, así como diez soldados, uno de ellos sargento, a todos los cuales impuso obligación de silencio.

            Horst supo de estos sucesos en el preciso instante en que el barco abandonaba el puerto fluvial de Nicolia, rumbo a Lossar. El coronel quedó tan intrigado como irritado por la actitud de Edmund. Los viajes misteriosos del Juez alarmaban al Gobernador, quien decidió escribir al jefe de la guarnición de Lossar, ordenándole que descubriera discretamente cuanto pudiese.

            El navío había zarpado al anochecer y no arribó hasta la primera hora de la tarde del día siguiente. Durante el viaje, Lukas se encerró en un camarote, dejando a Dougal la tarea de confraternizar con los hombres; el rastreador supo hacerse pronto con la simpatía de los soldados y de la tripulación.

            En Lossar el comandante del cuerpo se reponía de una enfermedad; entre tanto, su puesto estaba al cargo del jefe de la guarnición, el capitán Ferdinand Lester. La paloma del Gobernador había sido más rápida que el barco. Lester no era un prodigio de ingenio; se mostró hostil, picajoso, empeñado en que Edmund confesara los motivos de su visita. ¿Qué hacían un Juez Errante y su ayudante, al mando de un navío, su tripulación y un grupo de soldados en Lossar? ¿Cómo podía colaborar con las actividades de Su Señoría, si las desconocía?

            – Dejándonos en paz, capitán. No es necesario que conozca los detalles de nuestra misión. Sencillamente, permita que el barco atraque en el puerto, hasta que me sea necesario.

            Lester era tenaz: insistió hasta lograr que Lukas, de muy mala gana, admitiera que estaban persiguiendo a un peligroso enemigo de la República.

            – Señoría, si un enemigo público se encuentra en Lossar, es mi deber tomar las medidas necesarias a fin de proteger a la población, así como comunicárselo de inmediato al Gobernador.

            Lukas apuñaló al oficial con la mirada.

            – Capitán, estando nosotros aquí, la población no tiene nada que temer. Esta operación es secreta y nada de lo que ha visto u oído podrá ser comunicado a ninguna persona, sin mi permiso expreso, salvo por orden del Consejo. ¿Queda claro?

            No, al capitán Lester no le quedaba nada claro, aunque una vez más el medallón de Edmund cerró la discusión. Fue un cierre en falso. Mientras los recién llegados abandonaban el cuartelillo, en dirección al pueblo, el capitán daba instrucciones a sus hombres de no perderlos de vista.

 

            Aunque Edmund y Dougal podían pasar desapercibidos si así lo deseaban, su comitiva de soldados uniformados no. Aprovechando lo tardío de la hora, el Juez y el rastreador llevaron su escolta hasta una casa de cuatro pisos, que se erigía en frente de la mayor posada de Lossar.

            Porque Lossar, aun cuando no fuera una localidad populosa, sí era un enclave muy concurrido por viajeros. Por ello, la zona del puerto, donde se concentraba la actividad económica y social, estaba bien diseñada y rebosante de edificaciones pensadas para albergar a un gran número de personas. Tres posadas y varias casas de habitaciones de alquiler atendían a la mayor parte de los visitantes.

            Con buena lógica, Lukas previó que cuando Ailin y los suyos llegaran se alojarían en alguna de las posadas, más concurridas, en las que resultaría fácil ocultarse entre la multitud. Los posaderos estaban siempre ocupados y no se fijaban muy bien en quién les pagaba por sus servicios; en cambio, las casas de alquiler se sometían a normas estrictas: había que demostrar solvencia, prestar una fianza, y firmar en un registro. Los patrones solían saber a quién tenían de inquilinos, algo de lo que la heredera del Viejo Reino huiría como de la peste.

            Edmund alquiló tres habitaciones, entregó un pagaré legalizado y ordenó al patrón que guardara silencio sobre la presencia de guardias en su establecimiento. Una vez repartidos los soldados en dos de las estancias, ocupó, junto a Dougal, la tercera. Sólo ellos dos saldrían de la casa, para contratar los servicios del ejército de pilluelos que pululaba por la zona portuaria, dispuestos a prestar cualquier servicio a cambio de unas monedas o de un trago de vino.

            Una vez extendida la red de espías, se retiraron. Equipados con un catalejo del barco, se turnaban para vigilar las calles, en tanto sus hombres, muertos de aburrimiento, se jugaban lo que no tenían a las cartas.

 

            Willer había trazado el plan de acción inmediata, eso no se podía negar: embarcar para las Islas Rojas en Lossar. Asuran, en un inesperado ramalazo de pragmatismo, había presentado y resuelto un problema clave: el dinero. En la República la moneda era distinta de las usadas por los Señores. No podrían comprar tres pasajes con el dinero del que disponían y, además, revelarían su origen. Tal era el problema. La solución, los cambistas ambulantes, muy frecuentes en la zona fronteriza. Si uno sabía dónde buscar, los encontraba. De Kern logró un cambio bastante justo de uno de ellos, después de una negociación durante la cual dejó atónitos a sus compañeros: manejaba usos y costumbres mercantiles con mayor facilidad que las cuerdas de su laúd y recitaba listas de tasas y equivalencias con más seguridad que los versos de una balada.

            – Maese Asuran,- dijo Willer- errasteis de profesión.

            El bardo hizo varios comentarios exasperados.

            Los tres se internaron en territorio republicano sin el menor problema, siendo una vez más Asuran el héroe de la jornada: parecía saber exactamente las zonas ciegas, poco o nada patrulladas por los centinelas rojinegros. Esto calmó las suspicacias que había despertado en Ailin la facilidad con la cual el juglar decía pasar del Viejo Reino a la República; las de Willer sólo quedaron en vigilante espera.

            Tal vez para desquitarse, el caballero se hizo con el mando de la expedición al llegar a Lossar. Insistió en pernoctar en la mayor de las posadas, buscando la protección de la masa y cumpliendo así, sin saberlo, las predicciones de Lukas. Lograron una amplia habitación, en la tercera y última planta del edificio, con un balcón que daba tanto al río como a la calle. Luego, guardaron resignadamente cola ante las oficinas de embarque, sufriendo los intentos de una horda de niños mendigos por sacarles alguna moneda; adquirieron tres pases para la salida más próxima, aquella misma noche, y volvieron a la posada, seguidos por unos cuantos pedigüeños, los cuales no se rindieron hasta llegar a la misma puerta. Un par de ellos todavía esperaron un rato más, hasta que Willer, desde el balcón, les gritó que se largaran.

 

            Edmund Lukas apenas era capaz de controlar su impaciencia. Una vez sus andrajosos agentes le hubieron señalado el lugar exacto donde se ocultaban las presas y la hora de su partida (siendo generosamente recompensados por el servicio prestado), el Juez Errante, ayudado por Dougal, había trazado la estrategia.

            Apresarles en el puerto sería un error. Habría una multitud de viajeros embarcando y desembarcando, en la que podrían perderse fácilmente. La posada era el lugar perfecto: una ratonera sin salida. Esperarían al atardecer, cuando la mayor parte de los inquilinos ocuparían ya sus alcobas o la sala común, si no se habían desparramado por las tabernas. Los pasillos y escaleras estarían casi desiertos.

            Ocho de los soldados, al mando del sargento, rodearían la posada, guardando la entrada principal y las dos del servicio. Los restantes guardias acompañarían a Lukas y Dougal, que entrarían en la fonda y apresarían a la heredera y los suyos, en su habitación si había suerte. Para no dejar nada al azar, Edmund había enviado un mensaje a la tripulación del barco, instruyéndoles para que el navío estuviera cerca de la posada en el momento de la operación, por si acaso alguna de las ratas se arriesgaba a una huida fluvial

            Pero el día ya iba de caída y el barco no aparecía; ¿se habría negado Lester a conceder permiso de ruta? Sus hombres habían tomado posición, ocultando los uniformes bajo amplios mantos, requisados del desván del patrón. El ojo de Edmund estaba fijo en el piso de Ailin; pese al catalejo, no era capaz de ver lo que sucedía en el interior. Entonces, el caballero salió al balcón y Edmund se arrodilló, espiando sin exponerse.

            – ¿Aún no ha llegado el barco?- le preguntó a Dougal.

            – No.- respondió el rastreador con un carraspeo- Pero tenemos una compañía inesperada.

            Edmund dejó al caballero para mirar en la dirección que el capitán le señalaba: por la calle, marchando con paso firme hacia la posada, acababa de aparecer una docena de soldados. El joven enfocó el catalejo en el que iba a la cabeza.

            – ¡Lester!- maldijo- ¿Qué está haciendo aquí ese imbécil?

            – Méritos, supongo. Me da que el Gobernador Horst tiene a Lester aquí de perro guardián.

            Con un movimiento brusco, Lukas volvió el catalejo hacia el balcón: el caballero había desaparecido.

            – ¡Vamos!- ordenó, blasfemando por lo bajo- ¡Esos idiotas van a espantarnos la caza!

            Y seguido por Dougal y los dos soldados, se precipitó por las escaleras a la calle.

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