Con un vaso de whisky

octubre 5, 2009

Ejercicio de imaginación

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:05 pm
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         amarcord   Hay en Amarcord una escena en la cual un grupo de chavales va a confesarse. Tras asegurar a su párroco que no han cometido ningún pecado carnal (o que sí, pero, por Dios santo, no les gustó nada y jamás volverán a cometerlo), corren a un viejo coche donde se dedican a la práctica del onanismo. Mientras están ahí, a lo suyo, dos de ellos discuten a grito pelado porque ambos tienen en mente a la misma chica del pueblo. Y ni quieren cederla ni formar un trío.

            Esta pelea puede ser una parodia de un triángulo amoroso, o una desaforada escena felliniana. Pero se apoya en una realidad, documentada en libros, películas y testimonios. Quien se dedica a consolarse en la soledad, suele tener una imagen en el cerebro. El asunto parece bastante patético, pero es, o es posible que sea, independientemente de todo otro juicio, un poderoso ejercicio de la imaginación.

            El tópico y triste adolescente, a falta de un dúo material, se fabrica uno inmaterial. No se las denomina fantasías sexuales por darles un aire exótico. Se llama a filas a actores, actrices, modelos de lencería (comestible, tal vez), compañeros de clase y de trabajo y a la vecina de enfrente. La memoria se pone al servicio de la imaginación.

            Ahora bien, cuando nuestro solitario logra finalizar la etapa de monólogos, ese ejercicio de la imaginación no tiene por qué desaparecer. Puede, sencillamente, transformarse. Y que le ocurra al amante lo que a Marge Simpson, quien se lanza a por su marido tras pensar en Mel Gibson.

            Tengo la certidumbre de que muchas y pésimas series y películas sirven sólo de tienda de imágenes, para que los potenciales amantes se armen de cuerpos; luego, con ese arsenal, se van a la cama o al asiento de atrás. Muchas carreras (afortunadamente breves) de muchos actorzuelos son, en esencia, pornográficas. No voy a decir eróticas, que el erotismo tiene su dignidad, su clase. Están ahí para calentar al personal. Y como el personal no puede conocer bíblicamente al causante del calentón, se apaña con la pareja que en aquel momento tenga.

            Esto no quiere decir que no haya grandes películas que provoquen los mismos efectos. Hay buenas películas de erotismo declarado. Hay películas en las que el erotismo no es explícito y que son incluso más sugerentes. Match Point no es una película erótica, pero tiene escenas, explícitas y tácitas, que hacen hervir la sangre de los espectadores.matchpoint

            Claro que como el sexo pone en marcha los cinco sentidos, los amantes imaginativos se ven sometidos a una dura prueba. Su mente tiene que ser capaz de convertir las señales que oído, gusto, tacto, olfato y vista le envían para que la fantasía no se derrumbe estrepitosamente. Es cierto que la vista puede anularse con relativa facilidad, pero los otros cuatro son enemigos más serios.

            El poder de la imaginación es capaz de derrotar al poder del conocimiento. Porque usted, lector, sabe que no está retozando con Monica Belucci, ni con Ava Gardner. Pero, si es un soñador poderoso, puede que ese conocimiento no le moleste lo más mínimo. A no ser que empiece a vociferar “¡Monica, Monica!” y a quien tenga de interlocutora se llame, por ejemplo, Lorena. Si Lorena tiene una hermana llamada Mónica, la situación merece vivirse. Para que se rían los amigos, al menos.

            Ese mismo ejercicio de imaginación se da para otros menesteres. Si de películas, series, libros y comics se sacan escenas para las fantasías carnales, de las mismas fuentes se sacan ideas y perfiles para otras ensoñaciones. No es raro que, tras leer los libros de Andrzej Sapkowski uno camine por la calle con la ilusión de ir vestido de malla y con una brillante espada al costado, listo para una aventura o una intriga palaciega. No es extraordinario que tras devorar cuatro capítulos seguidos de Carnivale deseemos con todas nuestras fuerzas mezclarnos con los feriantes de Samson o, si uno es ambicioso, sustituir en sus discursos al mismísimo Hermano Justin.

            Un filósofo severo podría decir que eso es un síntoma de una grave enfermedad del espíritu, el apetito faústico. No le faltaría razón. Igual que el viejo Doctor, sentimos nuestras vidas poco satisfactorias, comparadas con otras, reales o ficticias. Por eso, al no tener a Mefistófeles a mano, buscamos otros remedios. Vemos otra película u otro capítulo. Compramos un nuevo libro. Nos apuntamos a clase de teatro, con la esperanza de representar un papel, con la esperanza de ser otro durante unas horas. O jugamos una partida de rol, esto es, celebramos una obra de teatro improvisada.

            Hay escritores, estoy seguro, que urden sus novelas por ese mismo apetito. Pueden ser historias fantásticas o realistas o incluso obras históricas. Al encontrarnos con la biografía de una personalidad atractiva, interesante o carismática, fantaseamos con un encuentro con ella. Así que escribimos sobre ella, siendo ella. O uno de sus allegados. Durante el tiempo que escribimos o leemos esa historia, salimos de nosotros mismos.

            También aquí tropezamos con los sentidos. Dependemos, de nuevo, de nuestra imaginación, de nuestra capacidad de abstracción. Hay quien en el ambiente más ruidoso puede zambullirse en un libro, ajeno a cuanto sucede a su alrededor. El familiarizado con la contemplación ignaciana, tendrá un excelente instrumento a su servicio. Aunque los objetivos de ese método de oración no son, precisamente, acallar el apetito fáustico.

            La escasa diferencia esencial entre las fantasías sexuales y las narrativas pueden reducirse aún más. Si una pareja está retozando, cada uno de sus miembros imaginando que la otra parte es quien no es, lo mismo puede suceder en, digamos una conversación entre amigos. Igual que en el teatro o en el rol.

        montañamágica    Pongamos que acaba usted de cerrar por hoy esa maravilla titulada La montaña mágica. Pongamos que un amigo suyo está en la misma situación, o la ha cerrado definitivamente hace poco. Y van a tomar un café, como caballeros. Hay un hormigueo en el cerebro de ambos. Entonces, uno de ustedes empieza a hablar como el gran Settembrini. A lo cual, el segundo replica con la feroz dialéctica de Naphta. Mientras un tercero (tal vez el más sutil) escucha con toda la inteligencia de Castorp. Eso sería un triunfo de la imaginación. Un triunfo homérico.

            Sin embargo, en este caso existiría una dificultad añadida. Aunque su pareja de usted no tenga el cuerpo de Scarlett Johansson (¿lo tiene? Entonces, ¿para qué imaginar?) un ensoñador entrenado tiene posibilidades de éxito. En cambio, si deseamos pasar por Naphta, por Falstaff, por Yago, más nos vale saber hablar. Más nos vale tener una mente rápida, brillante, ingeniosa. Más nos vale haber leído mucho, haber discutido mucho. Más nos vale haber llevado el cerebro al gimnasio.

            Así que hay una diferencia entre la fantasía sexual y la dramática. Para que la fantasía sexual no sea un fracaso total hay que resistir los ataques de la realidad. Para que una fantasía narrativa tenga cierto éxito, hay que doblegar la realidad. Para que ninguna de las dos nos devore, hay que saber siempre cómo regresar a la realidad. Y cómo quedarnos en ella. El apetito fáustico puede espolear nuestra creatividad, pero el autor tiene que separar su obra de su vida. Otra cosa es que haga de su vida una obra que otros deseen representar.

            El ansia por doblegar la realidad puede meterse también en la fantasía sexual, aunque estaríamos ya ante casos casi patológicos: el amante sustituye no sólo a su pareja, sino también a su propia, persona, imaginando que es otro; o sólo se sustituye a sí mismo. Los psicólogos se frotan las garras. Claro que si en la imaginación teatral el actor tiene que convencer, sobre todo, a los demás que es quien finge ser, en esta otra el sujeto tiene que convencerse a sí mismo; que convenza a su interlocutor es, o puede ser, secundario. Por tanto, no le resulta necesario disciplinarse como el actor, porque no un tercero objetivo que vaya a evaluar si ha estado o no a la altura de su personaje: es su propia conciencia quien decide. Éstas son aguas cenagosas, que pueden muy bien derivar en una alegre obsesión destructiva que es, como sabe todo el mundo, la mejor clase de obsesión.

            Por cierto, ¿cómo es que a ningún picapleitos se le ha ocurrido usar las fantasías sexuales? Al fin y al cabo, cada vez que alguien tiene a Paul Newman o a Grace Kelly en su cama, sin su consentimiento, está cometiendo una violación. O practicando la necrofilia, incluso. De un modo no físico, desde luego, pero sí moral. Es raro que nadie lo haya probado aún. ¡Abuso deshonesto de cuerpo astral/imaginario ajeno! Podrían lograrse millones en daños y perjuicios. Habrá que estudiarlo.

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1 comentario »

  1. Me he quedado acojonado. No tengo muy claro de qué hablas aquí…

    Comentario por Naezel — octubre 6, 2009 @ 9:06 am | Responder


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