Con un vaso de whisky

septiembre 27, 2009

Mister Harry Potter

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:23 pm

       harrypotter     Soy incapaz de esgrimir una razón realmente convincente para este artículo. Pero se me ocurren algunas excusas. La “pottermanía” (cansina y digna de desprecio, como casi todas las manías de su clase) ha remitido, así que se puede hacer una crítica tranquila sobre la obra que convirtió a J. K. Rowling en una de las mujeres más ricas de Gran Bretaña.

            Por otro lado, las aventuras del niño mago y sus alegres compañeros son responsables en buena medida de la avalancha renovada de literatura fantástica de ínfima calidad que estamos viviendo. Como devoto admirador de la literatura fantástica y amante de los cuentos de hadas, me entran ganas de crucificar a Harry Potter y a sus camaradas.

            Para concluir con las excusas, las novelas de Rowling han estado perseguidas (ja, perseguidas) por la controversia y la polémica. Esto es lo más divertido de las mismas y voy a detenerme unos instantes.

            Cuando el éxito editorial de Harry Potter era ya un hecho científico, padres, educadores y polemistas profesionales se pusieron a discurrir en voz alta los beneficios y perjuicios de dejar a los críos leer estos libros. Una facción clamaba que los niños deberían leer La Odisea, a Dickens y a Chaucer (y tenían toda la razón), exigiendo la quema pública de esas novelas bobas. Una reacción exagerada, la última. No sé si por estúpidos prejuicios hacia los cuentos de hadas o por envidia ante los millones de libras esterlinas en los que se bañaba la madre de la criatura.

            Otros observaban a Harry Potter como un mal menor y aun como un instrumento para que la juventud acabara leyendo más y mejor, esperanza tristemente defraudada por la realidad. Y por último, los defensores a ultranza de Rowling veían en Harry Potter una maravilla de maravillas, saludando el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia (ideaza) como un sustituto del Premio Nobel. Unos poquitos, en medio del barullo, se atrevieron a sugerir que el debate se estaba sacando de quicio y que tampoco había que armar tanto revuelo por unos libros ni mejores ni peores que otros muchos publicados, pero que habían tenido más suerte a la hora de su venta. Afortunadamente, el sentido común de los últimos tardó en imponerse y pudimos ver más discusiones la mar de cómicas.

            Porque, al igual que con ese engendro de Dan Brown, El Código Da Vinci, se metió a la Iglesia en el debate. Algunos teólogos ultramontanos, dentro del catolicismo, y varios predicadores enloquecidos, entre los protestantes, llegaron a la conclusión de que los libros de Harry Potter eran manuales encubiertos de magia negra; corrompían a la juventud y les alejaban de los senderos del Señor. Para sorpresa universal y deleite de varios medios de prensa, el Vaticano emitió una nota (tampoco muy entusiasta, todo sea dicho) en la que venía a sugerir que si esto era así, habría que evitar que los niños leyeran semejantes escritos. Dicha nota provocó hilaridad, cansancio y exasperación a partes iguales, dentro y fuera de la Iglesia.

            Pero es que, además, de modo muy parecido a lo ocurrido con la novela infame de Brown, aparecieron multitud de publicaciones explicando las claves secretas de los libros de Harry Potter, exponiendo, al parecer, las bases de una nueva espiritualidad que barrería definitivamente al caduco cristianismo y, si a eso íbamos, a todas las demás religiones conocidas o desconocidas.

            Como no podía ser de otra forma, también hubo quien examinó Harry Potter a la luz de los Evangelios, demostrando que Rowling no había hecho sino coger el mensaje de Jesús y presentarlo bajo otra forma, seguramente mucho mejor que la original. En fin, no voy a detenerme a explicar la superioridad estética, formal, literaria (menos aún voy a entrar en el plano religioso o espiritual) de los Evangelios sobre Harry Potter. Eso sí, me reí mucho ojeando esos libros. Creo que andan por las secciones de autoayuda y esoterismo de las librerías. Merecen cinco minutos.

 

            Leí Harry Potter por recomendación de una amiga cuando tenía unos quince años. Lo acogí con frío escepticismo. Me parecía, de entrada, un libro fantástico más, sin demasiadas virtudes formales. Ese juicio primero es el que sigo manteniendo hoy día. Me he leído toda la saga. Por eso puedo subirme al púlpito y sermonear un poco.

            Ahora concreto; empecemos con una opinión general: Harry Potter es una entretenida serie de aventuras que se convierte en novela río y que hacia la mitad de los siete volúmenes empieza una degeneración galopante que termina en una caída en picado. Sobre un campo de cactus.

            Empieza el asunto, en efecto, como una serie de aventuras. Las tres primeras entregas son tres aventuras completamente independientes. Están escritas de manera que se puedan leer sin muchos problemas de forma desconectada, sin necesidad de haber leído las partes previas. Cada vez que aparece un personaje relevante se nos explica quién es (una vez más). Se mencionan sucesos ocurridos anteriormente con una breve explicación para el lector novato. Igual que en las historias de Shelock Holmes hay personajes recurrentes, como Watson, Lestrade, Mycroft, Moriarty; del mismo modo, Holmes y su viejo amigo y cronista comentan casos pasados que el lector puede conocer o no.

            La primera novela es una especie de “novela piloto”. Tiene que presentar a todos los personajes importantes y dar a la serie sus notas características. Lo hace. Su estructura se repite sin cambios hasta el final de la cuarta entrega: Harry Potter vive con sus mezquinos tíos, Harry Potter comienza el curso en la escuela de magia Hogwarts, Harry Potter y sus amigos descubren una malévola trama, la investigan y la resuelven. En medio, Rowling mete escenas, diálogos y situaciones, cada vez más para aumentar el grosor de los libros, pero que, en parte, dan datos sobre el trasfondo, sobre el mundo mágico en el que se mueven los personajes.

 

            En cuanto a este mundo, nada nuevo bajo el sol. Y no lo digo con tono áspero. En el mundo de la fantasía es muy difícil ser original y muchas veces lo más inteligente es utilizar arquetipos, criaturas y personajes que vienen directamente del folklore y de los relatos populares que son, al fin y al cabo, los grandes cuentos de hadas de donde vienen todas las historias maravillosas (o espantosas).

            Así pues, Rowling saca del sombrero (estaba a huevo, qué le vamos a hacer) una sociedad y una realidad que conviven secretamente con el mundo corriente. Los magos y demás seres se guardan muy mucho de ser descubiertos por los humanos no mágicos (muggles, en la jerga que, como autora de libros fantásticos, tiene que inventarse Rowling). La interacción, cuando ocurre, es usada de forma cómica. A veces se consigue. Otras, en fin, mejor lo dejamos correr.

            Porque Rowling, en la espléndida tradición anglosajona, se esforzaba al principio por incluir el humor, el absurdo y el ingenio en sus narraciones. No alcanzaba cotas elevadas, pero igual que las primeras novelas eran las más entretenidas, eran también las más divertidas. Tiraba de sus personajes secundarios y terciarios para los gags humorísticos o los movía como caricaturas satíricas. Los Dursley, antes de la deriva pseudo-trágica que luego destriparé con gusto, pertenecían a la ilustre familia de los parientes insoportables que casi todo buen protagonista debe tener. Los padres de Ron, uno de los amigos de Harry, los funcionarios del Ministerio de Magia, el guardabosques Hagrid… al principio eran agradables secundarios sin pretensiones.

            No es ninguna sorpresa que los personajes que con más gusto se lean sean los secundarios adultos. Ni tampoco que lo que salve a las adaptaciones cinematográficas sean las interpretaciones de actores británicos consagrados. Tal vez tengan deudas o disfruten en una especie de juego con ropas talares y palabrería rebuscada. Yo me lo pasaría tan bien como Maggie Smith, Alan Rickman, el difunto Richard Harris, sustituido por Michael Gambon, o Emma Thompson.

            Los tres personajes más inteligentes de toda la saga, el director Dumbledore y los profesores Snape y McGonagall, gozan de mejor salud en los primeros volúmenes. Es un buen momento para ocuparme de ellos.

            Dumbledore es, en mi opinión, un personaje tratado con gran injusticia al finalizar la saga. Al principio, cubría el hueco de viejo maestro, sabio, inteligente, un tanto loco y excéntrico. Y lo cubría con dignidad. Tenía, eso sí, la tendencia a predicar de todos estos personajes cuando no los pone en juego un genio, usados por los autores como portavoces de sus propias opiniones políticas y sociales. Sin embargo, Rowling supo otorgarle sentido del humor y utilizarlo con bastante acierto en muchas ocasiones. Es decir, que Dumbledore, el arquetipo, tenía su dignidad y a todo el mundo caía bien.

            También la Profesora McGonagall estaba en el hueco de los maestros sabios, eclipsada por su superior. Una especie de tía solterona dickensiana, dura, justa y que protege a sus sobrinos ante los malvados nada más mandarlos a la cama sin cenar. Era otro personaje popular entre los lectores (bueno, entre los que conozco que leían estos libros). Craso error de Rowling, en los últimos volúmenes pierde toda relevancia y aparece sólo de cuando en cuando, entre los cientos de páginas sobrantes, casi de casualidad.

            Con todo, es mejor eso que lo que le pasa a Dumbledore, quien pierde cualquier atisbo de comicidad, de ingenio y de gracia, transformado en los dos últimos volúmenes en un pseudo-oráculo, mago ante el Gran Mal, una suerte del Gandalf de Tolkien (el único personaje que mantenía el tipo en El Señor de los Anillos). Un horror. Peor: un horror pesado. Además, Rowling dejó escapar, como de pasada (ja, una vez más), que era homosexual. Pues vaya. Qué bien. El público la ovacionó. Yo me imaginé lo que hubiera comentado Oscar Wilde.

            Para acabar, Snape. Snape es, para entendernos, el profesor cabrón. El borde profesional, sardónico y autosuficiente, que no gusta a casi ningún otro personaje. Cuando la trama se complica (y empieza el descenso), es el único que no mengua. Si acaso, crece un poco. Se transforma en el personaje ambiguo, que no se sabe si está con el malo, con los buenos o con ninguno. Y es el único al que Rowling le sigue concediendo sentido del humor. Un humor que usa para fustigar a los protagonistas, razón por la cual me caía muy bien. Pues en fin, este individuo, que, bien usado, podría haber levantado una historia que se derrumbaba, terminó por darle la puntilla, al explicarse sus motivaciones, las más cursis, gazmoñas y vomitivas que he leído en tiempo.

 

            El resto de los personajes no valen nada o valen algo en su papel. Voldemort es el malo, un malo penoso, de esos que se repite mil veces su astucia y su poder, todo el mundo le tiene miedo y en realidad es más sencillo engañarle y vencerle que robarle un caramelo a un niño. Los terciarios son muchos, más o menos afortunados y algunos inexplicables, salvo como excusa para más páginas.

            Los héroes, Harry, Ron y Hermione, no merecen ni las balas. Harry es el Elegido, con marca incluida, con sus dudas, sus temores, sus amores y sus traumas. Nada original. Vale. Nada bien escrito o desarrollado. Ahí está la culpa de Rowling. El protagonista es un fracaso. Tiene la misma personalidad con once años y con diecisiete. Es la excusa para que la trama avance a ninguna parte. Si hubiera resultado que no era su misión acabar con el malísimo, la cosa hubiese tenido más gracia. Pero nada.

            Ron es el payaso del grupo y Hermione, la sabihonda. Acaban liados. Poco más hay que decir de estos dos.

 

            Pese a semejante panorama, sin embargo, los cuatro primeros volúmenes se leían sin disgusto. Sobre todo, el tercero y el cuarto. El primero empezaba de manera decente, con un estilo inglés bastante digno de aventuras para niños, aunque luego la cosa parecía más una guía del mundo de los magos que una novela. El segundo era la repetición del esquema, con más confianza, lo mismo que el tercero, aunque en éste tanto la trama como los personajes (secundarios) y situaciones estaban algo mejor desarrollados.

            En el cuarto la cosa se torció. Era mucho más voluminoso. El éxito empezaba a imponerse y había que vender libros al peso. Había más que un poco de paja. Así y todo, era entretenido. Aún. Pero empezaba la trama complicada: el alzamiento del villano, la guerra entre el Bien y el Mal en el horizonte y todas esas cosas. Fue un punto de inflexión. Hacia el aburrimiento.

            Rowling cometió el error capital de intentar humanizar a sus personajes. Pretendió hacer lo que Shakespeare: convertirlos de arquetipos en personas. Como fracasó estrepitosamente, la saga fracasó estrepitosamente. Aumentó la paja, las escenas que no aportaban nada, salvo tal vez alguna escena generada por ordenador en el cine. Los protagonistas alcanzaron gran protagonismo, para mi desesperación. Sufrían y se enamoraban y lloraban y todo era muy entrañable, tan entrañable como un culebrón de sobremesa aderezado por un argumento que pretendía ser épico y que culminaba en una larga batalla definitiva contra el malvado Voldemort, con muerte y resurrección del héroe incluida, previa visitación de su anciano maestro, también muerto. Al final, lo que derrota al todopoderoso villano es el amor. Santo cielo.

            Así, se pasó de las aventuras de Harry Potter a la Gran Historia Trágica del Fabuloso Harry Potter y de Sus Tristes y Gloriosas Desventuras, dejando al ingenio y al humour, en la medida que Dios le había concedido, por el camino.

            Rowling creía que con soltar de mala manera las viejas historias en forma de novelas, con adolescentes inaguantables en el centro, ya tenía un cuento de hadas. Sólo lo tuvo, en parte, cuando Potter era un niño, cuando las aventuras eran aventuras y cuando los secundarios cumplían su papel. Con tranquila humildad, sin alcanzar grandes cimas, ni de forma ni de fondo. Y lo tiró por la borda. Al menos, logró una fortuna.

 

            Así pues, ¿debería el lector dedicar su tiempo a Harry Potter?

            Si no gusta de la fantasía y de las hadas, en modo alguno. No es algo que defina a una persona. Conozco a gente a la que respeto y aprecio, de gran cultura e inteligencia a la que no despierta mucho entusiasmo el género.

            Si le gusta mucho el género, si aprecia a las hadas y a Faerie, menos aún se lo recomiendo. Si es de sangre caliente tal vez clame por la cabeza de J. K. Rowling.

            Si tiene tiempo, le gustan los magos y sabe qué puede esperar de Potter, pues vaya. Por qué no. Pero sabiendo que hay otros muchos cuentos esperando. Cuentos que de verdad le sumergirán en los otros mundos.

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