Con un vaso de whisky

septiembre 25, 2009

X. Tres servidores de la República

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:55 pm

            EN TANTO NO RECIBIERA RESPUESTA A SU QUEJA, al Gobernador Horst no le quedaba más remedio que rechinar los dientes y dar acomodo al Juez Errante Lukas y al capitán Dougal. Aparte de las palabras de mera formalidad que intercambiaban cuando se encontraban, apenas sí tenían contacto directo: el coronel trataba por todos los medios de evitar la compañía de sus invitados; éstos no podían estar más conformes con semejante actuación.

            Frank Horst, además, estaba muy ocupado. Administrar una provincia es tarea pesada. Cuando la provincia es fronteriza con territorios hostiles, la tarea es agotadora; si además se espera una inminente llegada de fuerzas armadas, hasta la mente más disciplinada empieza a resentirse. Así que Horst no pensaba malgastar ni un segundo de su tiempo siendo cortés con aquel insolente jovenzuelo.

            Aquel día, el Gobernador debía atender las peticiones de Gur Salis y el resto de la Junta de Comerciantes. Para tratar de fortalecer su posición, Horst había dispuesto que la reunión se llevara a cabo en el amplio salón de audiencias. Sentado en su sitial, el supremo representante de la República en Nicolia espera que sus ciudadanos recordaran el lugar que cada uno ocupaba. Por la leve sonrisa de Salis al entrar, este objetivo no se había cumplido.

            Con creciente impaciencia, el Gobernador escuchó las largas listas de quejas y temores de los delegados de los mercaderes, fabricantes y artesanos. A su modo de ver, la llegada de tres legiones de soldados –quizás más- a Nicolia venía a significar la hecatombe económica de la región. ¿Dónde se encontraría comida y bebida suficientes para la estancia de los militares? ¿Quién pagaría el avituallamiento preciso para cuando empezara la campaña? ¿Estarían limitados los soldados a la zona de barracones recién construida o podrían pasearse con libertad por la ciudad y sus alrededores? En este caso, ¿podía garantizar Su Excelencia el Gobernador que el orden público no se vería alterado? ¿Podrían los ciudadanos dedicarse con normalidad a sus asuntos, sin temor a sufrir excesos por parte de la soldadesca?

            – Los soldados de la República,- replicó Horst con tirantez- han sido siempre la primera línea de defensa contra los bárbaros y extranjeros. Si pueden comerciar con tranquilidad es gracias a ellos. ¿A qué viene, entonces, tanto miedo? Esos valientes guerreros van a arriesgar sus vidas, van a sufrir penalidades para asegurar la tranquilidad y la seguridad de las gentes de la República.

            – No lo ponemos en duda, Excelencia.- dijo Salis, quien se hizo con el cargo de portavoz oficioso- Jamás cuestionaríamos los sacrificios de nuestros ejércitos, ni su valía. Ahora bien, nos guste o no, hay inevitables consecuencias cuando se acantona una cantidad grande de guerreros en una ciudad. Como Gobernador, es vuestro deber proteger los intereses de Nicolia.

            – Conozco mis deberes perfectamente, señor Salis. Soy tanto Gobernador de Nicolia como responsable ante la Gran Asamblea y el Consejo de las operaciones militares. Puede que en los próximos tiempos sean necesarias cierta austeridad, cierta renuncia a derechos legítimos por parte de los ciudadanos de Nicolia. Pero ninguno que no resulte razonable, ni no indemnizable. Además, señores, piensen en lo que espera tras la guerra: nuevos territorios vírgenes para el comercio y la economía. Es una recompensa que bien merece un pequeño sufrimiento.

            Este discurso no terminó de convencer a los representantes. Horst tuvo que dedicar dos horas más hasta lograr un voto de confianza muy desconfiado por parte de la Junta de Comerciantes. En su interior, el coronel esperaba ardientemente que la próxima guerra arruinara a algunos de aquellos pomposos buitres, aquellas sanguijuelas que recogían los beneficios del trabajo y los pesares de mejores hombres que ellos. Tal vez, pensó mientras observaba la irritante sonrisita de Gur Salis, la campaña reclamaría expropiaciones en aras de la patria.

            Al caer la noche, el Gobernador, salvo que tuviera algún acto social de relevancia, se retiraba a sus habitaciones privadas; no a descansar. Era el momento de estudiar los informes de sus espías, de entrevistarse con sus agentes y de despachar los asuntos que no pueden ser llevados a cabo a plena luz del día, los que mantienen a un hombre de estado en su puesto.

 

            Dougal recordaría aquellos días en Nicolia con estima. Se encontró con una inusual cantidad de tiempo libre entre manos y decidió sacarle provecho. Horst no había estado al frente de la administración tiempo bastante para derribar la obra de su predecesor. Y había que reconocer que el depuesto Gobernador Rinaud había logrado embellecer Nicolia de un modo inteligente, sin lastrar la vida cotidiana. Había trazado calles rectas y amplias, había modernizado el alcantarillado, había establecido jardines y agradables paseos. El mercado se había extendido desde su vieja plaza; para el capitán fue un placer pasar horas curioseando entre los puestos, tiendas y tenderetes. Vestido con ropas corrientes, a fin de no llamar la atención, regresaba al palacio con varios objetos y chucherías que mostraba a Lukas entusiasmado, logrando como recompensa, a lo sumo, alguna observación mordaz.

            A Dougal no le molestaba la aspereza del Juez. Seguía disfrutando de aquel período vacacional. Podía consagrar la tarde a saborear una fragante taza de té tras otra o una copa de buen vino de tanto en tanto.

            O jugaba unas partidas del quintacolumna, un enrevesado juego de piezas, el cual aunaba estrategia, cálculo, lógica, paciencia y unas gotas de azar, en el que era un consumado maestro. Dougal gustaba de repetir que sólo a aquellos que lo dominasen debería permitírseles llegar a general. Cuando, en el mercado, se topó con un juego completo, con fichas bellamente talladas y pintadas, que costaba más de lo que un artesano medio ganaba en todo un año, no pudo resistir la tentación: lo compró, cargando la cuenta al mismísimo Gobernador. Edmund puso el grito en el cielo y el rastreador, contrito, devolvió su adquisición. El vendedor, que amaba el quintacolumna tanto como el capitán y había compartido varias partidas con él, le ofreció una considerable rebaja si lograba derrotarlo tres veces consecutivas. Dougal lo logró. Como el vendedor había cometido un par de torpezas inimaginables en sendos momentos clave, le invitó a comer y se separaron como los mejores amigos del mundo.

            Otras ocasiones iba a sentarse en un banco de los parques, examinando las flores que Rinaud, se decía, había encargado personalmente, para asegurarse de que, en cualquier estación, hubiera colorido. Daba conversación a cualquiera que la buscara, pero se guardaba mucho de imponer su presencia a quienes preferían estar solos.

            Sentado, una tarde como otras, en un banco como tantos otros, en el jardín más grande de la ciudad, su entrenado oído percibió un rumor peculiar por encima de él: ruido de hojas y ramas, el ruido leve que haría un animal de buen tamaño, muy ágil y discreto, moviéndose por la copa de un árbol. El rastreador torció la cabeza, escrutando los árboles cercanos. En el más próximo lo vio: era un niño, de unos diez años, delgado, de grandes ojos oscuros. Vestía de manera extraña, con una túnica corta y unos pantalones que le llegaban a las rodillas, que parecían trenzados con hierbas, hojas y pieles: ningún sastre de la República ni de los señores bárbaros había tejido semejante atavío. A la espalda llevaba un bastón de madera, de la altura de su dueño, que nunca había pasado por las manos de un carpintero. Iba descalzo; usaba las manos y los pies para moverse por el árbol como una ardilla.

            – ¡Buen día!- saludó Dougal.

            El niño saltó desde las ramas, aterrizando sin problemas justo delante del capitán. No había nadie por las cercanías.

            – Buen día.- contestó el niño.

            – Ya que has dejado tu árbol por mi culpa,- dijo Dougal- lo menos que puedo hacer es ofrecerte mi banco. ¿Quieres sentarte?

            – Gracias, prefiero estar de pie.

            – Como gustes. ¿Eres de por aquí?- Dougal sabía que no, pero no le importaba hacer preguntas cuyas respuestas conocía o intuía si eso le permitía formular otras para las cuales no tenía respuesta, ni intuida ni conocida.

            – No.- contestó el niño: no una contestación seca, acerba en su brevedad, sino de simple naturalidad.

            – ¿De otra parte de la República, entonces?

            – Quizás. No tengo muy claras esas fronteras.

            – En esta zona del mundo, las fronteras nunca están muy claras.

            – ¿Tú eres de por aquí?

            – No, soy un forastero, que está pasando unos días en esta hermosa ciudad.

            – ¿De otra parte de la República, entonces?- el niño reproducía incluso los ademanes de Dougal, como si pensara que aquella conversación era un preciso ritual.

            – En efecto. Nací y crecí en Izur, la capital, aunque hace unos años la dejé y, desde entonces, he recorrido toda la República.

            – ¿Estás solo?

            Dougal se tomó unos momentos antes de replicar.

            – No, no estoy solo. ¿Y tú?

            – Nunca estoy solo.

            – Tal vez hablemos de soledades diferentes. ¿Tienes algún compañero o amigo que esté contigo, alguna persona que viaje a tu lado?

            – No, ya no. Mi maestro me dijo que debía continuar por mi cuenta, hasta encontrar nuevos compañeros.

            Dougal se decidió a hacer una pregunta que rabiaba por formular desde el principio.

            – ¿Eres un Hombre Verdadero?

            – Soy un Hermano.- contestó humildemente el niño.

            Dougal, como casi todo el mundo, había oído hablar de los Hermanos, aunque, como casi todo el mundo, jamás se había encontrado con uno. En la República muchos los llamaban los Hombres Salvajes, gentes aún menos civilizadas que los bárbaros más allá de las fronteras; entre los Señores el término era ése también. Pero en el Viejo Reino se les había denominado los Hombres Verdaderos, los únicos que no deseaban separarse de la Naturaleza, que vivían en armonía con ella, que acataban sus leyes y no buscaban imponerle las suyas.

            Los Hombres Salvajes o Verdaderos se referían ellos mismos como los Hermanos, hermanos de las plantas, de los animales, de los demás hombres. Se decía que los Hermanos conocían el lenguaje de las bestias y los árboles, que podían pedirles favores o darles órdenes. Algunas leyendas hablaban de Hermanos de gran poder que controlaban parte o todos los elementos del mundo. Los Hombres Verdaderos afirmaban servir a los dioses y a la Providencia sirviendo a la Creación pero los sacerdotes de los diversos templos, al menos los que tenían el capillismo en el tuétano, mantenían hacia aquellos extraños una actitud que iba de la suspicacia a la franca animadversión.

            – ¿Y cómo es que un Hermano ha terminado en una ciudad?

            Los Hermanos solían evitar las poblaciones; cuanto más grandes, más las evitaban, pues allí sus poderes eran débiles, al haberse roto los lazos con la Naturaleza. Al menos, eso se afirmaba en las historias.

            – Busco compañeros, como me dijo mi maestro. Debemos encontrar compañeros, antes de decidir si debemos seguir nuestro camino en compañía de otros hombres o sin ella.

            – Entiendo.

            – ¿Serás tú mi compañero?- no era una súplica, ni una petición: el niño exponía el asunto como si no dependiera de sus voluntades. Dougal podía elegir ser el compañero del niño tanto como un jilguero podía elegir ser jilguero.

            – No lo creo, Hermano. Tengo ya uno del que encargarme. Él es mi compañero y me necesita.

            El niño asintió.

            – Continuaré mi camino.

            – Ha sido un placer conocerte, Hermano. ¿Tienes un nombre?

            – Río de Viento es mi nombre ahora. ¿Tienes un nombre?

            – Dougal, antes y ahora.

            – Adiós, Dougal.

            – Adiós, Hermano Río de Viento.

            El niño echó a correr y se perdió entre los árboles del jardín. Dougal asimiló aquel peculiar encuentro; luego de un rato meditabundo, se levantó y abandonó el parque, en dirección a la biblioteca, donde estaría, probablemente, Edmund Lukas.

 

            Las capitales de provincia de la República, sin apenas excepciones, tenían en su haber las Academias, donde los hijos privilegiados de la sociedad estudiaban y se formaban para poder ocupar un día los puestos principales de la Administración, el Ejército o para dirigir los Gremios y Juntas de Comerciantes. A estas Academias acudían no sólo los jóvenes ricos y de familias destacadas, sino aquellos que, en opinión de los Seleccionadores, tenían potencial.

            Rinaud, en su campaña por convertir a Nicolia en la joya de la República, había dado gran importancia a las Academias, invirtiendo considerables sumas de dinero público. Suya había sido la idea de construir una biblioteca común para todas las Academias, donde se concentrara el saber, donde los estudiantes pudieran acudir para consultar obras, pergaminos antiguos, viejos libros o esos novedosos volúmenes impresos, que habían abierto un nuevo mundo en el campo del saber.

            Los estudiantes compartían las estancias de lectura y consulta con todos aquellos ciudadanos que lo desearan, que no eran muchos, la verdad. La mayor parte eran varones, pero algunas muchachas también acudían. No alcanzarían altos puestos, pero una joven cultivada era cada vez mejor vista en la sociedad republicana, siempre y cuando su erudición o talento quedara en recatada privacidad.

            Aprovechando la oportunidad, el Juez Errante Lukas acudía cada día a la biblioteca. Edmund se había impuesto un estricto horario: los días del joven consistían en practicar sus ejercicios físicos, sus movimientos de esgrima (porque un Juez Errante debe estar en forma y con la espada afilada) y, el tiempo que le sobraba después de hacer esto, lo consagraba a pensar y a estudiar. Dougal se le unía en ocasiones, al término de la jornada, y ambos leían en silencio.

            Sólo había un momento en el que ni el cuerpo ni la cabeza del Juez estaban alerta: el breve ritual del afeitado. Dougal había aprendido, con jovial sorpresa, que su superior era un virtuoso de la navaja. Tenía una hermosa cuchilla barbera y cada jornada se rasuraba el pálido rostro. Lukas parecía un poco avergonzado de esa manía suya, como si fuera consciente de que las manías eran propias de los seres humanos.

            – Si algún día pierdes el puesto de Juez Errante, Edmund,- había comentado Stephen, con tono ligero- no me preocuparé por tu futuro: te ganarás la vida perfectamente.

            El Juez le había fulminado con la mirada más amenazadora de su repertorio; Dougal no repitió jamás la broma.

            Edmund, desde sus días en la Escuela, era un lector ávido. Tratados de historia, geografía y ciencias naturales, poemas y cantares, leyendas, compilaciones de leyes y sentencias, todo lo devoraba, todo lo asimilaba, todo lo analizaba. Ahora bien, el estudioso nunca se sobreponía al investigador. Una vez, mientras estaba enfrascado en una árida disertación sobre los derechos de los labradores frente al dueño de la finca labrantía, al pasar una hoja, se encontró con un documento traspapelado: era una relación, escrita de manera abreviada, de entradas y salidas de agentes del Gobernador.

            Los Gobernadores tenían la obligación de llevar un exacto control de las misiones de sus agentes e informadores. Debían redactar las misiones encomendadas y sus resultados para que cualquier autoridad legítima pudiera examinarlas, si fuera necesario. ¿Qué hacía, ahí, perdida, una hoja de control? Tras comprobar que en la biblioteca no había ningún volumen que reuniera tales registros, Edmund se interesó sobre ella: el bibliotecario jefe se puso lívido, dijo que era un error sin importancia, un documento viejo, sin valor y se lo arrebató al Juez Errante, quien decidió ser cauto y no insistir más. Pero esa hoja no desapareció de su mente con tanta facilidad como de la biblioteca.

            Edmund había tenido mala suerte en Nicolia. Se acercaba la época de exámenes en las Academias y la biblioteca estaba llena de críos aplicados o no en sus libros. El ambiente distaba mucho de la tranquilidad solitaria que a Edmund le complacía cuando de leer se trataba. Las largas mesas estaban repletas; no había más remedio que encajonarse entre grupos de bachilleres que, en el mejor de los casos, memorizaban datos, pasaban las hojas, mascullaban por lo bajo maldiciones y llenaban las habitaciones de un rumor confuso y fastidioso. En el peor, se dedicaba a charlar, cuchicheando en voz baja.

            Lukas estaba en una ocasión sentado cerca de unos estudiantes pertenecientes al segundo grupo. Les había lanzado, primero, miradas molestas, luego, miradas severas y, por último, miradas irritadas. Desde luego, el joven ocultaba su colgante: si aquellos chavales hubieran sospechado que estaban enfadando a un Juez Errante, hubieran tenido que volar a cambiarse los pantalones. Si Edmund se hubiera empleado a fondo, ni siquiera hubiera necesitado el colgante.

            Apareció entonces un anciano, alto, desgarbado, con una barba blanca un tanto descuidada, cargado de libros. Como había un sitio al lado de los muchachos a los que Edmund estaba imaginando en el potro, tomó posesión del mismo. La chavalería seguía a lo suyo. El anciano comenzó a observarles de vez en cuando, también; contrarrestando, quizás, las miradas de Lukas, las del viejo eran benévolas, afectuosas. Esto no se escapó a la atención del Juez Errante.

            – Perdonadme,- dijo de repente el anciano, con un tono demasiado alto para una biblioteca- pero es que me alegráis.

            Los bachilleres interrumpidos lanzaron una atónita mirada al viejo, igual que Lukas.

            – Sí, es muy bonito veros aquí, en la biblioteca, leyendo, estudiando, formándoos. Es muy bonito ver jóvenes aplicados. Pero, por favor, no dejéis que estas paredes caigan sobre vosotros. ¡Sois muy niños aún! ¡La primavera está al llegar! No os olvidéis de vivir.

            Pasado el primer momento de estupefacción, los estudiantes prestaban atención al viejo con falsas sonrisas de simpatía, mientras algunos se ocultaban detrás de los libros para reírse en silencio, cuando ya no aguantaban más.

            El viejo retomó su lectura con placidez, pero no había pasado mucho cuando volvió a la carga.

            – ¡Sois jóvenes, estáis empezando a vivir! No, estáis en lo mejor, en lo mejor de la vida. Algunos seguro que os habéis enamorado por primera vez o por segunda o por tercera, ¿eh?- el anciano, radiante, dirigía sus ojos pardos a un chico y una chica, que, a juzgar por los arrumacos indisimulados que se habían prodigado mutuamente desde su llegada, eran pareja nada secreta; ella se mordió los labios para no estallar en carcajadas, mientras él golpeaba medio en broma a un compañero que se reía por lo bajo.

            – Sí, en invierno amar es una maravilla. ¡Pero esperad a la primavera, cuando los jardines reluzcan, cuando el sol sea amable, cuando podáis correr por los campos! Estudiar es bueno, pero no olvidéis vivir. ¡Sois tan niños! Se os puede olvidar.

            Edmund había asistido a aquel monólogo, en principio, con enorme malestar. Lo único que le faltaba era un viejo medio chocho que diera a aquella banda de críos motivos para pasar el resto de la tarde riéndose. Lo que decía el viejo no ayudaba para que Lukas le tuviera aprecio. La reacción de los muchachos, aunque le resultaba comprensible, no hacía más que aumentar su exasperación.

            – Hace un poco de frío, aquí, ¿verdad?- el viejo no daba tregua- Quizás debierais pedir a los responsables que encendieran un fuego, con seguridades de que los libros no se prendieran, claro. Un poco de fuego para calentarse no puede hacer daño, ¿verdad? ¿No podéis pedirlo? ¡Sois jóvenes! ¡Sois vosotros los que tenéis que cambiar lo que no funciona! Y eso, sea un fuego que hace falta o una ley que no funciona o lo que sea. ¡Sois tan niños- repitió con piedad- y tenéis que hacer tanto! Perdonadme, pero es que os quiero mucho.

            Los bachilleres casi lloraban del esfuerzo que les costaba no partirse de risa. El Juez, harto de la situación, intervino, con voz cortante.

            – Ya está bien. Si quiere compartir sus profundos pensamientos con estos chicos, lléveselos a alguna fonda, invíteles a vino y todos saldremos ganando.

            El anciano, cogido por sorpresa, miró a Edmund con los ojos de cachorro que hubiera recibido un golpe inmerecido.

            – Pero es que sois tan jóvenes…- musitó.

            – No me ponga en el mismo saco que esos.- la voz de Lukas varió a una entonación burlona, más siniestra que la anterior brusquedad- De mí no lograría nada. Así que, por favor, lléveselos a algún antro, para que puedan emborracharse a gusto, follar a gusto y reírse a gusto de usted y de sus memeces.- de pronto, Edmund se echó a reír, con una risa estremecedora- Tendrá que emborracharles mucho, si lo que quiere hacer algo más que mirar.

            El anciano temblaba igual que una hoja; tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no derramaba ni una. Los bachilleres bajaban la cabeza, mudos, sin atreverse a decir o hacer nada. Alguno miraba con cierta vergüenza al viejo y con una mezcla de miedo y censura a Lukas.

            Con manos torpes, el anciano empezó a recoger los libros. Edmund le observaba fríamente, agotado el momento de arrebato.

            – Déjelo. Me voy yo. Puede seguir iluminando a estos niños que tanto le alegran la vida.

            Cerró de golpe el volumen que estaba leyendo y, sin molestarse en recogerlo, el Juez Errante salió de la estancia, dejando tras de sí un grupo de críos confusos y un anciano derrumbado sobre la mesa, llorando larga y silenciosamente.

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2 comentarios »

  1. Por los Dioses! Dougal ha conocido a un hippy!

    Comentario por Naezel — septiembre 26, 2009 @ 3:06 pm | Responder

    • ¡Misericordia! ¿Un hippy sin drogas ni vida sexual? ¡Eso no existe!

      Comentario por conunvasodewhisky — septiembre 27, 2009 @ 10:15 am | Responder


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