Con un vaso de whisky

septiembre 18, 2009

IX. Juegos de villanos

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:17 pm

            AILIN, WILLER Y ASURAN cabalgaron durante mucho rato luego de abandonar la fortaleza. No sabían si sus atacantes cumplirían el deber que tenían contraído con el difunto Oras, ni si, caso de que así lo hicieran, eso les daría tiempo para poner suficiente tierra de por medio. Pero en algún momento tenían que parar; en plena noche, se toparon con una pequeña cueva natural.

            – Éste es tan buen sitio como otro cualquiera para descansar unas horas.- opinó Ailin.

            Descabalgaron y recogieron leña de las cercanías. A la entrada de la cueva encendieron una hoguera y Willer, con una rama ardiendo en una mano y la espada en la otra, inspeccionó la gruta.

            – Vacía.- informó- Ningún animal la está usando, así que nadie nos puede considerar intrusos en casa ajena.

            – Tengo hambre.- dijo Ailin- ¿Hay algo de comer?

            – Psé, nos quedan algunas provisiones.- respondió Willer mirando en las alforjas- Fue inteligente cazar de cuando en cuando. Tampoco es que nos vayamos a dar un festín, pero saldremos del paso.

            Asuran resistió la tentación de suspirar.

            Los tres compartieron la escasa comida, en silencio. De Kern parecía abstraído, Ailin, meditabunda y Willer, preocupado. El caballero lanzó un par de miradas a sus compañeros; al ver que no reaccionaban, dio una palmada y desarrugó el ceño, sonriendo jovial.

            – ¡Vamos, vamos! ¡Que os dormís! Dentro de nada os dejaré, tranquilos. Antes, si no os parece un desatino, me gustaría que discutiésemos un par de cosas.

            – ¿Cómo quiénes eran los que nos asaltaron en la fortaleza?

            – Bueno, yo pensaba más bien si podríamos resolver de una vez si un árbol hace ruido al caer en medio de un bosque, sin nadie que lo oiga. Aunque vuestro tema, mi señora, es incluso más atractivo.

            – Willer, ¿no estábamos de acuerdo en que me tutearas?- se quejó Ailin, medio en broma.

            – No sé si a maese Asuran de Kern le parecerá un trato demasiado confiado.- se encogió de hombros Willer.

            – Pues que me trate de vos él, si le hace gracia.- cortó Ailin, antes de que el bardo pudiera contestar- Los asaltantes sabían quién era yo.

            – Porque maese Asuran se lo contó con todo lujo de detalles. ¿Podríais explicar vuestros motivos, señor trovador? Reconozco que a mí se me escapan. Debe ser que los caballeros no gozamos de una mente tan aguda como la de los bardos.

            – Lo sabían antes.- objetó Ailin, impidiendo de nuevo que Asuran, esta vez irritado, replicara a Sir Willer- El alto me preguntó por mi identidad como si ya la conociera. Y tenían a Oras.

            – Eso es lo primero que deberíamos considerar. ¿Qué hacía el cocinero de tu tutor con dos bandidos?

            – No eran bandidos.- Asuran había logrado intervenir en la conversación.

            – ¿Y cómo lo sabéis, maese Asuran de Kern?

            El trovador se puso mohíno.

            – No hace falta que seas sarcástico, caballero.

            El gesto de Willer indicaba a las claras que la necesidad era el último motivo del sarcasmo.

            – Nos habíamos encontrado en otra ocasión. Desde que logramos derrotarlos- Willer sonrió, pero no dijo nada- y pude pensar con calma, me preguntaba de qué me sonaban sus caras. Viajamos juntos un trecho del camino, en territorio de la República.

            – ¿Qué hacías tú en la República?- preguntó Ailin, extrañada.

            – Soy un juglar trotamundos.- contestó evasivamente Asuran- Cruzo la frontera muchas veces.

            – Los rojinegros vigilan la frontera.- dijo Willer- Es raro que logres viajar por la República sin ser republicano.

            – Hasta ahora, he tenido suerte.

            – Has nacido con una flor en el culo, como se dice.- asintió, risueño, el caballero, sin que sus ojos perdieran un ápice de suspicacia.

            – Será eso. El caso es que pasaron la noche en la misma posada que yo, viajaban sin ningún problema y no parecían tener problemas con nadie. Los bandidos no van a cara descubierta a una posada.

            – Bueno, yo no estoy tan seguro. Hay muchas tabernas en las que sólo entran bandidos.

            – No era de esas. Había un par de soldados entre los parroquianos, aquella noche. Unos bandoleros no se arriesgarían.

            – Puede que tengas razón, Asuran.- terció Ailin- Además, no nos olvidemos de Oras. Tú mismo lo acabas de decir, Willer: ¿cómo iban unos bandoleros a tener prisionero a Oras?

            – O sea, que consideras que Oras no estaba allí por su propia voluntad.

            – Oras nunca abandonaría a mi tutor sin su permiso y no creo que se lo concediera para ir de paseo con unos rojinegros.

            – Sí, ha sido una observación estúpida. Lord Helmut pudo llevárselo en su revisión de los baluartes. Es la explicación menos absurda que se me ocurre.

            – ¿Y fue capturado?- Ailin se puso pálida.

            – Algunos baluartes están muy cerca de la frontera.- dijo Willer con lentitud- Es posible que hayan sufrido una emboscada y que Oras fuera capturado por los rojinegros. En los últimos tiempos, se han vuelto muy osados.

            La chica se estremeció.

            – Lord Helmut es un luchador veterano y no iría sólo acompañado de Oras.- la consoló Willer- No sufras por él, Ailin, mucho menos si ni siquiera sabemos qué ocurrió en realidad.

            – Y si Oras fue capturado por los rojinegros,- Ailin continuaba el razonamiento, con voz queda, aunque firme- y esos dos son de la República…

            – Y aparecieron justo donde está enterrada la Reina Calen…- añadió Willer.

            – Eso es que Oras les ha hablado de mí. Les guió hasta la fortaleza para capturarme o matarme.

            – ¡El maldito traidor!- Asuran aprovechó para explicitar su presencia.

            – Pudieron torturarle.- contestó Ailin, severamente- Oras era viejo, no lo resistiría. Y perdió la vida tratando de ayudarnos.

            Asuran cerró la boca.

            Willer atizó la hoguera con un palo.

            – Pongámonos en el peor de los casos. Supongamos que la República se ha enterado de tu existencia, Ailin; supongamos que esos no son sino algunos de los sicarios que ha enviado tras de ti. Pues bien, todo ello no hace más que aumentar la urgencia de nuestro viaje. Así que dejemos de especular y centrémonos.

            – Tienes razón.

            – Lord Helmut nos dijo que tu padre había viajado hacia el Oeste. El Oeste es muy grande. Tenemos que encontrar alguna pista más concreta. ¿Hacia dónde se dirigió un caballero errante, hace trece años?

            – ¡Cualquiera sabe!- exclamó Asuran.

            – Cualquiera no, pero me parece que conozco a una persona que tal vez pueda ayudarnos.

            – ¿Quién?- preguntó Ailin, inclinándose hacia Willer.

            – Un viejo que vive en una aldea a un par de jornadas de camino. Tiene la memoria más asombrosa que he visto, más aún teniendo en cuenta que se pasa la vida en una taberna. Se bebería hasta el agua de sus propios ojos, si no tuviera más remedio.

            – Un viejo borracho.- dijo Asuran con desdén- ¿Ésa es tu gran pista?

            – Nunca le he visto borracho. Es extraordinario. Me costará trabajo, pero si hay suerte, saldremos de esa taberna con una idea más clara de hacia dónde dirigirnos. ¡Y, ahora, basta de charla! Dormid un rato. Yo haré la primera guardia.

 

            El viaje hasta la aldea no tuvo historia. Willer frustró todos los intentos de Asuran por cantar una tonada, algo que el bardo no dejó pasar sin quejas indignadas, invocando en su defensa a las generaciones futuras.

            – Si las generaciones futuras me recuerdan, cosa que dudo,- había replicado sir Willer- nada me enorgullecería más que fuera por este servicio que les presto.

            Así que De Kern tuvo que conformarse con murmurar insultos. Aunque hubo un momento en que a Willer casi le pareció que se sonreía, como si se burlara de sí mismo. Aquello le desconcertó.

            Llegaron al fin al pequeño pueblo; el caballero guió a sus compañeros hasta la posada sin vacilar.

            – Pareces conocer muy bien el camino, caballero.- comentó, malicioso, Asuran.

            – Reconozco que he venido aquí más veces de lo que el código de la caballería consiente. Claro que, como el código de caballería prohíbe por completo estas visitas, tampoco tiene mucho mérito.

            Asuran torció el gesto.

            – Francamente, sir Willer, espero que no todos los caballeros estén hechos según vuestra horma.

            – Oh, estoy casi seguro de ser un caso único.

            – Si conocías esta aldea, ¿por qué no lo dijiste antes?- preguntó Ailin, quien parecía tan escandalizada por la conducta de Willer como el propio caballero.

            – Te respeto demasiado para contestarte. Vamos, Ailin, piensa un poco, esfuérzate. ¿Cómo vas a reunificar un reino sin usar la cabeza?

            – Ah, claro, qué idiota soy.- rió Ailin- Mi tutor.

            – Eso es. ¡No podía confesar delante de él las veces que había viajado hasta aquí, cuando él creía que estaba entrenando en el bosque! ¡Me hubiera despellejado!

            El posadero les recibió con una cortesía que se volvió amabilidad sin límites al saber que la pupila del señor de aquellas tierras había hecho la merced de visitar su humilde establecimiento.

            – Bien, Gustav, necesitamos una habitación para pasar la noche.

            – Sin duda, sir Willer, la mejor del local.

            – Perfecto. Lady Ailin y nuestro bravo amigo, maese Asuran de Kern, subirán ahora mismo. Están agotados. Llévales algo de comer.

            – Al momento.

            – Y dime, ¿está el viejo Kuln por aquí?

            – Oh, desde luego. Lo encontrarás donde siempre.

            – Perfecto. Oh, Gustav, por dejar las cosas claras: si alguien se entera de que lady Ailin ha estado aquí, te destripo. Si oigo que alguien sabe que lady Ailin ha estado aquí, te aso a fuego lento. Si sospecho que alguien sabe que lady Ailin ha estado aquí, te saco los huesos y luego te corto la cabeza.

            – ¡Ay, señor! Os juro que de mi boca no saldrá una palabra. Y si alguno de los míos se llega a enterar y habla, os ruego que, antes de matarme, me permitáis darle una buena paliza.

            – Estupendo. Ya habéis oído,- les dijo a Ailin y Asuran, cuando Gustav se marchó apresuradamente- subid y esperadme arriba. Me temo que tardaré un buen rato, pero nada temáis. ¡Volveré con noticias o el mar se atascará con nuestros cadáveres!

            Si la habitación era la mejor de la posada, el nivel de la misma no podía ser muy elevado. Constaba de tres camas, tres sillas, un par de baúles pequeños y una mesa de madera en la cual habían grabado ingeniosos mensajes y escenas edificantes los cuchillos de muchos huéspedes.

            Comieron lo que les sirvió Gustav –un estofado presentado de manera vulgar, pero con un sabor digno de un rey- y la muchacha decidió descabezar un sueñecito, mientras Asuran pulsaba las cuerdas de su laúd lánguidamente, canturreando en voz baja. El trovador se mostraba un tanto cohibido al estar a solas con la heredera del Trono: por mucho que ella lo intentó durante el tiempo que estuvieron en la habitación, no logró mantener una conversación de verdad, pues De Kern contestaba siempre de manera correcta y breve, con una brevedad que tenía su parte de timidez y su parte de reserva.

            Cuando los tres viajeros llegaron a la posada el mediodía ya había pasado. Al despertar Alin, había llegado el atardecer. Willer no subió hasta que la noche se hubo enseñoreado del mundo. Abrió la puerta con extremo cuidado, cruzó el umbral con paso marcial, se tambaleó, recuperó el equilibrio y se sentó en una silla, en frente de la mesa, sobre la cual posó una botella de vino y tres copas.

            – ¡Bebamos!- exclamó el caballero, escanciando- ¡Por todos los demonios! ¡Hay que celebrar como mandan los cielos una buena batalla!

            – Willer, ¿estás borracho?- preguntó Ailin, alarmada.

            – Podría dar esa impresión, al ojo inexperto.- dijo Willer vaciando su copa de un trago- Pero no se da la circunstancia, mi señora, empeño mi honor en ello.

            – ¡Vaya garantía!- murmuró Asuran.

            – Ah, vamos, maese bardo. No nos peleemos. Acabo de combatir a un adversario temible y estoy cansado de bregar por hoy. Así que bebamos y escuchad el relato de mi heroica gesta.

            – ¿Has visto al anciano? ¿Has descubierto algo sobre mi padre?

            – Lady Ailin Grimwald, compostura. Las historias se cuentan con orden. Vamos a ello. Encontré a maese Kuln, el anciano del que os hablé. Está como siempre, el muy bandido. Le saludé y él me saludó, como si fuéramos viejos camaradas, y nos pusimos a charlar de la marcha del mundo, de los años que transcurren y de cómo todos nos hacemos viejos menos él, que ya no puede envejecer más. ¡Pero bebed, caramba, este vino es excelente!

            Los otros obedecieron y Willer rellenó las copas.

            – Eso está mejor. Pues bien, Kuln, como os dije, tiene una memoria prodigiosa. “Mi querido Kuln, tengo que hacerte una pregunta importante.” “Me parece bien”, dijo él. “¿Podrías decirme si por esta zona pasó, hace casi trece años, un caballero con aspecto de no estar pasando los mejores días de su vida, empeñado en una búsqueda larga y ardua?” “Muchos caballeros pasan por aquí y la mayoría se pasa la vida buscando cosas”, me respondió el muy canalla. “Lo sé, pero éste que te digo estaba dispuesto a abandonar a su querida esposa, a su amada hija, a sus amigos, a su hogar, para encontrar lo que buscaba, tan importante era.” “Puede que recuerde algo”. ¡Fijaos! “Puede que recuerde algo.” ¡Lo recordaba todo! ¡Sabía muy bien de quién estaba hablando!

            – ¿Después de tanto tiempo?- se asombró Asuran- ¿Cómo es posible?

            – Kuln es muy viejo, para él trece años es antes de ayer. ¡Y basta de interrumpirme con preguntas que no vienen a cuento, joder! Lo lamento, eso no estaba justificado. Sigo. El muy perro sabía lo que necesitamos saber. Pero debo deciros algo de Kuln: nunca dice nada gratis, hay que ganarse ese derecho. ¿Y cómo? Jugando. Kuln es un jugador asombroso y le encanta obligar a los demás a apostar dinero o bienes a cambio de información. ¡Lleva ganándose la vida entera gracias a eso! Empezamos a jugar a los dados. Aposté todo nuestro dinero a una jugada.

            – ¡Todo nuestro dinero!- exclamó Ailin.

            – No hubiese aceptado menos. Es un hombre justo: sabe cuánto vale lo que se le pide. Así que lancé los dados. ¡Un ocho nada menos! Por desgracia él me ganó por dos tantos.

            – ¡Willer!

            – Calma, calma. Como es natural, ese revés no iba a desanimarme, de modo que aposté mi caballo. Luego, el caballo de maese De Kern. Luego, el tuyo, Ailin.

            – ¡Por el amor del cielo, Willer! ¿Cómo vamos a viajar sin nuestros caballos?

            – ¿Y a dónde viajaríamos sin más datos? Estás muy excitada, Ailin, toma otro poco de vino.

            – No quiero más vino.

            – Haces mal. En fin, ¿por dónde iba? ¡Oh, sí! Con tu caballo, Ailin, recuperé el de Asuran y con esos dos, recobré el mío y la mitad de nuestro dinero.

            Asuran suspiró, aliviado y Ailin se echó a reír.

            – Creo que sí tomaré ese poco de vino.- exclamó.

            – Ya sabía yo que recapacitarías. Kuln es muy listo. Cuando vio que los dados empezaban a volverse contra él, propuso cambiar de juego. Me retó a los dardos.

            – ¡Pues no es tan listo!- opinó Ailin, encantada- Tienes una puntería impresionante, seguro que le diste una paliza.

            Willer la observó con amable conmiseración por encima de su copa.

            – ¡Ay, señora! Kuln tiene la mano más firme que yo haya visto en mi vida con un dardo entre los dedos. Además, entre los dos habíamos vaciado ya cuatro botellas del mismo vino que estamos bebiendo ahora y, en ese momento, decidió que debía probar un licor de hierbas, al cual siempre me había resistido. Es de muy mala educación rechazar una invitación en mitad de un juego, así que no tuve más remedio que aceptar. Con esto no quiero decir que estuviera borracho ni embriagado… bonita palabra…, claro que Kuln menos todavía.

            – Te emborrachó para que perdieras a los dardos.- Asuran chascó los labios- ¡Vaya trampa más sucia!

            Mirando fijamente al bardo, el caballero desenvainó su daga, apuntó a donde se cruzaban dos vigas al otro lado de la habitación y dijo:

            – Mirad el nudo de la madera.

            La daga se clavó justo en medio del nudo.

            – Bueno, por ser breve, le gané dos partidas y el me ganó otras dos. Por aquel entonces, en mi haber estaban nuestros caballos, nuestro dinero y el broche.

            – ¿Mi broche?- Ailin le arrebató la botella a su Protector, derramando parte del contenido; Willer lanzó un quejido.

            – Eso trae buena suerte, dicen.- comentó Asuran.

            – ¿Derramar un estupendo vino del Valle de Adron, buena suerte? ¡Jamás oí estupidez mayor!

            – ¿Mi broche?

            – Tuve que ponerlo encima de la mesa, en sentido figurado, o no habría recuperado todo el dinero.- el caballero recuperó la botella con delicadeza.

            – ¡Este broche era de mi madre, Willer! ¡El dinero me da igual!

            – No grites, Ailin, por la bendita Providencia y los infiernos. Compréndelo: para conseguir la información, antes tenía que recuperar cuanto me hubiera ganado Kuln, para que fuera él el que estuviera en deuda conmigo.

            Ailin hizo un gesto de aquiescencia nada convencido.

            – Pero entonces, ya habías ganado.- observó Asuran- Kuln estaba limpio.

            – En fin, casi. Tenía algo nuestro en su poder. El laúd.

            – ¡¿Qué?!

            – Lo tuve que apostar también y esa partida la perdí. Kuln es un gran aficionado a la música, así que, cuando le describí lo hermoso que era, de forma y de sonido, ese laúd, lo aceptó como apuesta.

            – No tenías ningún derecho…- barbotó De Kern.

            – Lo hecho, hecho está. ¡Respira, bardo! Lo recuperé en la siguiente tirada. Ahora sí que tenía a Kuln en mis manos, de manera que le dije: “Maese Kuln, ya no tienes nada que apostar y ese laúd no cubre tus pérdidas. Vas a tener que hablar” Como es un jugador de respeto, cumplió con sus obligaciones.

            – ¡Al fin!- la heredera al Trono había tomado posesión de Ailin- ¿Qué sabía?

            – Recordaba a tu padre. Había bebido con él. Al parecer, tu padre estaba deseoso de conversar con alguien y le contó casi toda su historia a Kuln, sin decir en ningún momento que era el Rey. Pero Kuln no es tonto y cubrió las lagunas con el tiempo.

            – ¿A dónde iba mi padre?

            – Según Kuln, tenía la intención de tomar un barco y navegar hasta las Islas Rojas. Es lo que sabía. Encaja con lo que le dijo a lord Helmut. Las Islas están al Noroeste.

            – ¿Dónde podemos conseguir un barco?

            – Calma, calma. Las cosas son más complicadas. La situación ha cambiado mucho en estos trece años. Los rojinegros controlan el mar y es muy complicado adentrarse en él sin topar con su flota. Las Islas no les pertenecen, pero mantienen buenas relaciones con sus gobernantes. La manera más segura de llegar hasta allá es un barco de la República.

            – ¿Te has olvidado de nuestros amigos de la fortaleza? La República sabe quién soy.

            – La República no es un monstruo de mil ojos, Ailin. Que algunos agentes suyos te conozcan no quiere decir que todos los soldados de Izur tengan tu retrato metido en la cabeza. Si nos movemos rápida y discretamente, podemos lograrlo. Iremos a Lossar, una pequeña ciudad con puerto fluvial. El río Od es navegable y desemboca en el mar. Varios barcos que van hasta las Islas Rojas parten de Lossar.

            – Va a ser peligroso.- murmuró Asuran.

            – Maese De Kern, citadme un cantar de gesta en el que los protagonistas lo tuvieran sencillo. La verdad es que es un asco protagonizar un cantar, pero qué le vamos a hacer. Terminemos esta botella y a la cama. Mañana hay que despertar al gallo. ¡Salud!

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2 comentarios »

  1. WordPress me ha estado toreando. Ayer intenté colgar este capítulo tres veces sin éxito. Tras borrarlo por última vez y dejarlo descansar, em encuentro hoy con una entrada en teoría eliminada, sin contenido y con un ingenioso comentario de Naezel. Ahora ya está todo en orden. Puede comentar de nuevo, Naezel. Gracias.

    Comentario por conunvasodewhisky — septiembre 18, 2009 @ 1:20 pm | Responder

  2. Vale. Ha sido un buen capítulo. Casi ha valido la pena el vacile previo con la entrada…

    Comentario por Naezel — septiembre 18, 2009 @ 1:55 pm | Responder


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