Con un vaso de whisky

septiembre 13, 2009

Tarta y café

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 10:11 pm

          twin peaks1  Como joven objetivo y razonable, Andrew Dennings no ponía excesivos reparos a la cafetería en la que se encontraba. Quizás la camarera era un poco más rolliza de lo deseable y el café que servía no fuera el que uno esperaría en el Florian de Venecia, pero ni Andrew había tenido la fortuna de visitar la Serenísima ni estaba interesado en conocer bíblicamente a la camarera. El ambiente era poco alegre e incluso lúgubre. Las mesas, mal iluminadas, se encontraban vacías en su mayor parte. Unos clientes dispersos se concentraban en el contenido de sus respectivos vasos. Era la atmósfera adecuada para aquella escena; el señor Dennings albergaba la sospecha de que algún geniecillo ocioso se había encargado de prepararla.

            En un acto reflejo, sorbió un poco de café. Su estómago presentó una protesta formal por acto hostil gratuito y el cerebro dictaminó, por siete votos contra cuatro y una abstención, que la protesta tenía fundamento. El joven paseó una mano nerviosa por el cuello de la camisa, el nudo escurrido de la corbata, las solapas de su americana, hasta llegar de nuevo a la taza, que se reencontró con los labios. El estómago, indignado, reaccionó, y la otra mano acercó con precipitación un pañuelo a la boca, conteniendo por poco la respuesta.

            En una mesa circular, unos metros detrás de la adosada donde Andrew no se molestaba en recuperar la dignidad, un hombre, con un traje tan aburrido que clamaba ante el mundo entero su condición de burócrata, lanzó una nada disimulada mirada a su reloj y una muy amenazadora mirada hacia Dennings. Otro bebedor, que bien podía ser el que acabamos de describir, si éste hubiese corrido hasta una mesa más adelante en un momento de distracción, realizó los mismos gestos en orden inverso.

            – ¿Más café, encanto?- preguntó la camarera, agitando seductoramente la cafetera ante los ojos de Dennings.

            – No, gracias. ¿Tendría algo de comer? Un trozo de tarta o lo que fuera.

            – Tenemos tarta de manzana, tarta de frambuesa, tarta de cerezas, tarta especial y tarta de zucamayo.

            Dennings se sintió intrigado ante la tarta de cerezas. La tarta especial y la de zucamayo eran trampas para incautos, que, atraídos por sus enigmáticos nombres, pagarían más de lo debido a cambio de un poco de masa, crema pastelera en un grado avanzado de descomposición y medio bote de pintura con plomo para alegrar la vista.

            – Tomaré una porción de la de cerezas, por favor.

            – Ahora mismo.

            Mientras la tarta llegaba, perteneciendo aún al mundo de las presunciones de inocencia, Andrew se entregó a sus pensamientos, sombríos y autocompasivos. En el Club, la idea de cambiar la botella de Blue Label del Decano Paddintong por una mezcla consistente en tres cuartas partes de JB y una cuarta parte de codeína, había despertado simpatías. Algunos socios hasta habían asegurado que bien podría competir por el Premio Mensual de Ingeniosas Perpetraciones, en la categoría de Prima Perpetratio. Por desgracia, el joven Dennings se regía por el calendario gregoriano, mientras que el Decano, firme adalid de las tradiciones, seguía usando el juliano, de modo y manera que atrapó al infractor con las manos en la masa, cuando, según los cálculos de éste, debía encontrarse aún explicando a sus alumnos la degeneración introducida en la poesía por los Salmos del Rey David, ejemplo palmario de lascivia desordenada.

            El Decano Paddintong era bondadoso por naturaleza y, como además estaba bien relacionado, consintió en trocar el justo castigo de Andrew por los servicios del mismo a cualesquiera autoridades pertinentes. Así, el señor Dennings había conocido a mucha más gente de la que hubiese deseado y se había encontrado en muchos lugares a los que jamás se hubiera acercado. Así, en última instancia, había acabado en aquella cafetería.

            La tarta de cerezas no dejaba en ridículo al café. Una facción sediciosa del cerebro filtró el informe de los ojos al estómago y éste anunció que, como aquella monstruosidad tocara la punta de la lengua, segregaría jugos gástricos suficientes para provocar una peritonitis. Sabiendo que trataban con un gourmet extremista y fanático, las neuronas dieron instrucciones terminantes de no tocar el tenedor bajo ningún concepto.

            Precaución innecesaria: ojos, neuronas e incluso el egocéntrico estómago olvidaron la tarta ante el personaje que entró, igual que un huracán, en la cafetería.

            El recién llegado parecía una enorme nube negra, envuelto como estaba por una amplia capa española, la cabeza cubierta por un sombrero de ala ancha. Pero fue girar sobre sí mismo, con la agilidad de un bailarín, y revelarse: una melena y una barba pelirrojas, enmarcando un ancho rostro rubicundo; un traje verde laurel, un chaleco naranja, una pajarita irisada y un bastón de cedro, con empuñadura de marfil. Era un gigante orondo, estratosférico, luminoso, una mezcla entre león y elefante, capaz de sonreír.

            – ¡Por Júpiter, que la noche es fría!- exclamó con un vozarrón mayestático, un rugido alegre- ¡Un whisky, un borgoña, un copa de vino caliente de Canarias, por ese orden o por el que Dios le dé a entender!

            – Ahora mismo, señor Oldcastle.

            La camarera, sin dar muestras de asombro, sirvió las bebidas. Los demás clientes tampoco habían mostrado sorpresa alguna, aunque sí habían reaccionado: ya no estaban encorvados sobre sus tazas, sino que habían erguido la columna e, incluso, un par de ellos esbozaban algo parecido a una sonrisa.

            El Burócrata Número Uno miró al Burócrata Número Dos (o tal vez fuera el Burócrata Número Dos quien miró al Burócrata Número Uno) y ambos miraron al señor Dennings, el cual, aplastado por la perplejidad y el miedo, trasegó el contenido de la taza al estómago. Lo único que logró así fue doblarse sobre sí mismo. Cuando pudo incorporarse, otro hombre estaba sentado frente a él.

            El aparecido era enjuto, pálido, de manos largas y huesudas. Vestía un traje parecido al de Oldcastle, si bien el chaleco era de un morado casi negro y el traje de un escarlata casi morado. Además, llevaba una corbata a juego con el chaleco. Pulcramente doblado junto a él, un largo abrigo ciruela, debajo de una chistera de terciopelo, pero ningún bastón. También el caballero delgado sonreía, aunque aquel rasgo era más una diferencia que una semejanza. La sonrisa de Oldcastle era regocijante, cordial, agresiva. La del compañero de mesa de Andrew resultaba inquietantemente cortés y cortésmente inquietante, todo ello al mismo tiempo y sin los límites muy claros.

            – Buenas noches.- saludó el caballero delgado, una voz suave, educada, distante.

            Los gemelos burócratas ahora, pasaban sus grises miradas del gigante al espectro y del espectro al gigante.

            – Sus perros guardianes no parecen saber muy bien a qué carta quedarse.- observó el caballero huesudo sin apartar sus sombríos ojos de Andrew- Llevan ustedes días vigilando este local, preparando el gran día. Y cuando llega éste, en lugar de aparecer un invitado, se presentan dos. ¡Qué desconcertante!

            – ¿Es usted el que me citó aquí hace unas semanas?

            – Eso es querer saber demasiado, demasiado pronto. Lleva usted un tiempo preguntando, buscando, tratando de descubrir algo de cierta organización. No por voluntad propia, ya lo sé. Aunque eso carece de importancia, desde cierto punto de vista al menos.

            El señor Oldcastle, apuradas sus bebidas lanzó una ojeada radiante a su alrededor. Curiosamente, la mesa donde Andrew conversaba con el caballero de sonrisa inquietante pareció pasársele desapercibida. Sin mediar advertencia o estímulo alguno, hinchó el pecho y empezó a cantar con energía:

Good King Wenceslas looked out, on the Feast of Stephen,

When the snow lay round about, deep and crisp and even;

Brightly shone the moon that night, tho’ the frost was cruel,

When a poor man came in sight, gath’ring winter fuel.[1]

            La camarera se echó a reír y los demás clientes golpearon con sus tazas la mesa, siguiendo el ritmo de la canción. Una jukebox se encendió, resplandeciente, en la esquina, proporcionando la música exacta.

            – Por supuesto, habrá comprendido usted,- continuó, imperturbable, el caballero delgado- que dicha organización le estudió a fondo. Y que, cuando se planteó la posibilidad de responder a sus peticiones, lo hizo con cautela, sin exponer a ninguno de sus miembros. Por eso nunca vio cara a cara a ningún miembro. Por eso vino aquí, esta noche, sin saber quién sería el enlace. Y si usted no lo sabe, tampoco lo saben sus titiriteros.

            – Hombre, con todo lo que me ha dicho ahora… supongo que el enlace será usted.- Andrew lo dijo con cierto encogimiento, con tono humilde, casi disculpándose.

            – ¿De dónde saca eso?

            – Pues, vaya, de que sólo alguien de esa organización sabría todo lo que acaba de decir y sólo el enlace estaría aquí en nombre de la organización.

            – Va muy rápido. Presupone y deduce a una velocidad de vértigo, vaticinando un varapalo vasto a su vocinglería. ¿No se le ha ocurrido pensar que yo puedo ser un investigador independiente? ¿Quizás un secuaz de la autoridad del que nada sabe? ¿O un agente de otra potencia? Tal vez ni siquiera sea real, sino una manifestación de su superego, enfrentado con su ego y con su ello.

            – Trata de confundirme.- gimió Andrew.

            – Sigue presuponiendo.- apuntó su interlocutor, monocorde- Lo que yo quiera, pueda o esté haciendo son cosas diversas y se helará el infierno antes de que sea capaz de adivinar alguna de ellas.

            Dennings parpadeó repetidas veces y calibró la posibilidad de arrojar la taza a la cara del caballero. Pero había recibido una excelente formación en su Club y sabía a la perfección que, si bien arrojar el contenido de una taza a la cara de un adversario puede estar justificado o incluso constituir un imperativo categórico bajo ciertas circunstancias, arrojar el continente era indigno del gorro rojo más brutal.

            – Por tanto, se encuentra en un auténtico brete. No sabe a quién señalar como presa a sus amos. Sabe que, si no les ofrece una, habrá fracasado. Y adivina las consecuencias de su fallo.

            – Podría señalarle a usted y todos contentos.

            – Usted no haría eso.

            – Le metería en una celda y tiraría la llave, sin pensármelo dos veces.

            – Ya, como si no le conociera.

            – ¡Es que no me conoce!- gritó Andrew, frustrado.

            En los ojos del caballero asomó un segundo la ironía. Luego, quedaron vacíos de nuevo.

            – En cualquier caso, conozco a los muchachos de gris. No harán nada fuera del reglamento. Pueden pasar horas hasta que determinen quién de nosotros, si Oldcastle o yo, es su enemigo.

            Andrew giró la cabeza hacia el jovial Oldcastle, que, tras interpretar el viejo villancico dos veces, bailaba al son de In the mood, acompañado por los aplausos de los clientes.

            – Pues yo lo tengo bastante claro.

            – ¿De veras?

            – Si de verdad me conociera tan bien, sabría en qué clase de organización trato de desenmascarar y a qué clase de individuo mandarían.

            – Ilústreme.

            – Son gente peligrosa. Gente que está en contra de la sociedad, que vive al margen de ella.

            – Suena convencional. Podía haberse esforzado un poco más al describírmelos.

            – Usted podría ser uno de ellos.- Andrew había perdido la humildad y se encendía.- ¡Vaya que sí! Tiene mala pinta, amigo. No me extrañaría mucho si me enterase que tiene a su madre momificada en un armario. O que ha enterrado en su jardín a la mitad de sus vecinos.

            – ¿Por mi aspecto, debo ser un asesino en serie? Al menos, juzga usted según las apariencias. Eso es un punto a su favor. Y, créame, no anda muy desencaminado en lo que a mí se refiere. Aunque ninguno de sus ejemplos sea correcto.

            Andrew perdió el vigor, después de la humildad. Alguna zona de su carácter debía tener un gran agujero.

            – Pero por eso, precisamente,- continuó, sin dejar de sonreír, el caballero- debería dirigir sus sospechas contra el viejo Oldcastle. ¿Piensa que yo resulto una amenaza superior que él para sus dueños? Me inclino a pensar que no los conoce entonces muy bien.

            Los dos burócratas habían estado celebrando conferencia íntima. Por la manera en que envararon el cuerpo, habían llegado a una conclusión. El Burócrata Número Uno se deslizó discretamente hasta la puerta y de ahí a la barra, rodeando de esa forma al inmenso danzante. El Burócrata Número Dos caminó en línea recta hacia él.

            – Pare.- ordenó.

            En aquel momento terminó la melodía y por eso, sólo por eso, Oldcastle dejó de brincar y de dar palmas.

         jukebox   – ¡Magnífico Glenn Miller!- exclamó- ¡Es capaz de volver juguetón a un subinspector delegado de Hacienda y de poner de buen humor a un psicólogo tras veinte años ininterrumpidos de escuchar adolescentes convencidos de sufrir desgracias wertherianas! ¿Pero alguno imita a ese jovenzuelo? ¡Claro que no! En fin, alguno que otro. Pero si escucharan a Miller, ¡ni uno, estoy convencido! ¡Dejarían tranquilo a su psicólogo, que cerraría la consulta y se convertiría en saltimbanqui, en tertuliano de café o en tragasables diplomado, profesiones todas ellas dignísimas, buenas para cualquier muchacho sano de cuerpo y espíritu y reprobadas por los mayores de amplias calvas y blancas patillas!

            – ¿Puede hacer el favor de mostrarme su documentación?

            La agria voz del Burócrata, más alta esta vez, zarandeó al cuerpo de Oldcastle.

            – ¿Mi documentación? ¿Con qué objeto me formula esa petición, que suena casi a exigencia, y amparándose en qué soberanía?

            El Burócrata sacó una placa, que Andrew no pudo ver con claridad.

            – ¿Y cree que eso le da derecho, compadre? Se tiene en más de lo que es.

            – ¡Sus papeles!

            – Mis papeles son míos. De ahí deducimos que puedo dárselos a quien quiera. Aquí los tiene.

            De un bolsillo interior sacó una cédula doblada varias veces. El Burócrata Número Dos la desplegó con cierta dificultad: era enorme, de papel firme, robusto, escrita sin duda a pluma de ave, con un caligrafía elaborada, de mayúsculas cuatro veces más grandes que las minúsculas.

            – Éste no es ningún documento oficial.- dijo el Burócrata, de forma aún más agria.

            – Ha pedido como un matón mis papeles. Son esos y no otros. Puede refunfuñar, patalear, suspirar y mordisquear todo lo que quiera, pero, por San Patricio, San Jorge y San Andrés, que no logrará nada más de mí. Ha llegado al fondo de mi bolsa.

            El Burócrata Número Dos leyó con detenimiento la cédula. Había algo cuadriculado en su manera de leer, algo seco, desapacible, rígido, formal. Daba la impresión de que el propio acto de lectura se había convertido en un trámite administrativo. El ceño del leedor se fue arrugando hasta que sus cejas constituyeron una línea delgada y severa.

            – Esos documentos son absurdos. No figuran en ellos ni su edad, ni su domicilio, ni su profesión, ni ningún dato relevante de cualquier manera.

            – En ese bendito trozo de papel está todo cuanto hace falta saber.- el gigante se lo arrebató a su inquisidor, lo agitó un par de veces para alisarlo y declamó su contenido:

            “En nombre de Su Graciosa Majestad, a quien Dios guarde muchos años para felicidad de Su Augusta Persona, hacemos saber a todos los que prestaren su atención y entendieren, que por esta cédula que extendemos damos existencia, forma y libre albedrío al Muy Honorable Gilbert Oldcastle y le concedemos los siguientes privilegios y prerrogativas:

            “One, que el Muy Honorable Gilbert Oldcastle posee libertad de pensamiento, de palabra y de ingesta, hasta que llegue el día en que sus palabras no puedan expresar sus pensamientos y sus intestinos no puedan digerir un volumen de viandas equivalente al volumen de su ingenio.

            “Deux, que el Muy Honorable Gilbert Oldcastle goza de autoridad para la alegría y para transmitirla a cuantos quisiere o por bien tuviere, en mucho o en poco, sin que otro derecho pueda prevalecer sobre éste.

            “Drei, que en los territorios señalados al margen, el Muy Honorable tendrá supremacía absoluta, incluso sobre el Gobierno de Su Graciosa Majestad, a quien Dios guarde muchos años para murmuración de sus sirvientes.

            “Cuatro, que el Muy Honorable no está constreñido en vida más que por los límites de su ingenio, de su lenguaje y de su hambre, siendo este documento papel mojado en el preciso instante que el Muy Honorable así lo determine.

            “Así lo ordeno, mando, instruyo, estampo y redoblo, en nombre de Su Graciosa Majestad, a quien Dios guarde muchos años para regocijo de los enemigos del Reino,

Henry Bolingbroke-Blackstone, Pinche Mayor y Jefe de Basureros.”

            Y el señor Oldcastle se guardó la cédula con un gracioso ademán, entre los aplausos de los clientes.

            – Espero,- dijo, tras saludar a sus fieles, dirigiéndose al Burócrata Número Dos- que comprenda ahora lo infinitesimal de su posición ante mí.

            Los dos burócratas mostraban una expresión inusual en ellos: podríamos incluso arriesgarnos, sugiriendo que era síntoma de una emoción humana. Su retrato indicaba indignación, santa cólera, conciencia de haber sido testigos de la vejación de algo sagrado. Ahora bien, tales sentimientos, si en verdad bullían por sus almas, en el caso de que las tuviesen, ¿eran realmente de los burócratas? ¿Se sentían, en verdad, indignados? ¿Notaban, en sus carnes, el gusto áspero, desquiciante de la exasperación frustrada? ¿Odiaban al Muy Honorable Oldcastle con sincera, humana, personal pasión?

            ¿O tal vez sólo exteriorizaban la ira de la Autoridad? ¿Era la Autoridad la que se había puesto como un basilisco ante el desprecio del titán por sus poderes? Nuestros dos burócratas, ¿no hacían sino reflejar, como era su deber, los sentimientos de la mente superior a la que servían? Preguntas insondables, hundidas en simas que ni los más monstruosos peces abisales, repletos de bombillas bioluminiscentes, se atreven a visitar en el paseo después de la merienda.

            El Burócrata Número Uno se ajustó la chaqueta en un gesto siniestro que el Burócrata Número Dos interpretó correctamente.

            – Señor Oldcastle, debo pedirle que salga con nosotros de forma pacífica y civilizada.

            – ¡Salir! ¿Salir de la cafetería? ¿Eso me pide? ¿Que salga con ustedes, que atraviese, escoltado por semejantes pajarracos el umbral de este refugio y me adentre en las tinieblas exteriores? Hace falta una gran luz para aventurarse allá afuera, o ser uno mismo una gran oscuridad, ante la cual las sombras se agazapen, llenas de terror. Pero ustedes no son ni una gran luz ni una gran tiniebla. Son seres sin brillo ni espanto, sin pasión ni desdén. ¡Cómo esperan que salga de aquí acompañado por unos seres semejantes! ¿Y mi reputación? Ya se me escapa ella sola cada dos por tres y tengo que hacer graves esfuerzos para encontrarla. ¡De ninguna manera pienso darle paso franco para la huida saliendo de aquí con ustedes dos!

            – Compórtese.- el Burócrata Numero Uno habló aceradamente. ¡Albricias! Podemos distinguirlos por sus voces: agria, la del Número Dos, acerada, la del Número Uno.

            – Estamos tratando de asuntos serios.- añadió el Número Dos.

            – Sin duda: de zapatos y de reyes, de lacre y alquitrán. ¡Ah, por Guinness, que alguien nos sirva una ración de ostras y pan a discreción!

            – No nos deja opción, señor.

            El Burócrata Número Uno aferró los brazos de Oldcastle, doblándolos hacia atrás, mientras que el Burócrata Número Dos sacaba unas esposas.

            – Ya se lo dije.- sonrió el caballero delgado, una sonrisa indiferente, ni triste ni alegre- han tardado mucho menos de lo que yo me esperaba, pero los perros han olfateado al zorro adecuado.

            – ¿Él es el enlace? Apenas puedo creerlo.

            – No he dicho nada de ningún enlace. Pero los enviados de la Autoridad han visto claro quién de los dos era más peligroso para ellos.

            Los Burócratas habían logrado esposar a Oldcastle. Le echaron por encima la capa española y el Número Uno recogió el bastón y el sombrero.

            – Permanezcan todos sentados en sus sitios respectivos.- ordenó- Dentro de siete minutos y catorce segundos podrán realizar sus actividades habituales. Entre tanto, no interfieran con la operación en curso.

            La camarera y los clientes observaron, acongojados, al increíble gigante salir detenido de la cafetería, la melena y la barba erizadas y los ojos lanzando chispas. En cuanto la puerta se cerró tras él, se fueron el calor y la alegría. Pero tampoco volvió la atmósfera decrépita que reinaba antes de su aparición. Otra poder se entronizaba: un aire frío, tenebroso, lleno de susurrante malevolencia. Los clientes se marchitaron y aferraron con manos trémulas las tazas. El caballero huesudo se desperezó y su sonrisa se hizo más amplia, menos distante: a cada segundo se volvía más diabólica, una mueca de pérfida jovialidad, de crueldad risueña. Dennings no tuvo ánimos ni para encogerse.

            ¡Y entonces! Se oyeron ruidos de pelea más allá de la puerta, en las tinieblas exteriores. Reglamentarias amenazas de uso adecuado de la fuerza, respondidas por carcajadas. Al cabo de unos segundos, volvió el silencio. Se abrió la puerta. El señor Oldcastle regresaba libérrimo, con el bastón roto en una mano, la capa enrollada en la otra y el sombrero ladeado en la cabeza.

            – ¡Vino de Canarias que la noche es fría! ¡Por todos los Nibelungos, que nunca adivinarían lo que acaba de sucederme!

            – Usted dirá, encanto.- le animó la camarera, escanciando. Los clientes, devueltos a la vida, miraban al gran hombre con ansia.

            – ¡Emboscada!- vociferó Oldcastle- ¡Emboscada traicionera! Regresaba aquí después de salvar al Reino de la ruina, por un perverso complot de facciosos sediciosos en inteligencia con arribistas internacionales. ¡De pronto, de la nada, aparecen unos villanos de la peor estofa, con los más espantosos trajes que he visto nunca! Se veía a la legua que no eran hombres de respeto. Uno de ellos me habla con voz de chacal: “Danos tus papeles”.

            – ¿Qué hizo Vuestra Merced?- uno de los clientes no pudo controlarse.

            – Pues bien, soy hombre de honor y aunque me asedien una docena de bandidos, no retrocedo. Por supuesto, no iba a entregarles por las buenas mis papeles, que me entregó en mano el más alto servidor del Reino y de Su Graciosa Majestad. Así que alzo mi bastón y le digo: “Vete por donde has venido si sabes lo que te conviene, porque podría acabar con diez veces vuestro número y hay aquí cerca fieles amigos que acudirán en mi ayuda si grito una sola palabra”.

            Los clientes prorrumpieron en vítores.

            – Eso los acobardó, pero eran, ya les digo, el centenar de desgraciados más vil que he visto en mi vida. Me rodean. La mitad de ellos salta sobre mí y los otros cien tratan de encadenarme. Pero me zafo y lucho con ellos, con todos a la vez. Mi bastón les mide el lomo y mientras combato, me río y les increpo. Por fin, los supervivientes, que no eran más de tres docenas, dejan a sus camaradas caídos en el suelo, una legión entera, y huyen con el rabo entre las piernas. Para tan poca cosa, no merecía la pena interrumpirles a todos ustedes.

            El relato fue recompensado con otra ronda y más y más aplausos. Los clientes comentaban entre sí la épica aventura. Andrew, estupefacto, comió maquinalmente media tarta de cerezas. El estómago ni se dio cuenta.

            – Otra noche que se libra.- el caballero huesudo se encogió de hombros- Debería usted irse a casa. Sus superiores no tienen nada que reprocharle.

            – ¿Desde dónde puedo llamar a un taxi?

            – Ningún taxi llega hasta aquí. Le recomiendo que vaya andando. Venga conmigo. Yo me voy. Esta noche nada puedo hacer aquí, es evidente, y quedarme para ver si cambian los vientos sería una estúpida pérdida de tiempo. Ya veremos mañana.

            Andrew Dennings contempló a su interlocutor, el abrigo puesta, la chistera entre las manos.

            – No se ofenda, pero un paseo por la noche con usted no es algo que me llame mucho.

            – Juzgar por las apariencias es sensato, pero le conviene venir conmigo. ¿No? En fin, tal vez nos veamos en otra ocasión. Que usted lo pase bien.

            El caballero se caló la chistera y abandonó la cafetería sin dirigir a nadie más ni una palabra ni una mirada. Al marcharse, la alegría del local aumentó. Las ventanas ya no estaban sucias y las mesas relucían. Hasta las lámparas daban una luz más viva y cálida. El señor Oldcastle bailaba con la camarera una polka.

            Nuestro desconcertado joven se aflojó la corbata, se reclinó en su asiento y cerró los ojos. El sonido de la puerta al abrirse le hizo abrir uno. El ambiente había cambiado de nuevo. El jolgorio se mezclaba con una sutil elegancia, con una voluptuosidad aterciopelada. Una mujer hermosísima, de piel blanca como la leche y cabellos negros, en un vestido de noche rojo andaba sobre tacones. Andrew se puso recto. La mujer se sentó frente a él y clavó sus ojos claros en los del muchacho.

            Los labios rojos se abrieron y una voz ronroneante le acarició los oídos.

            – Buenas noches, señor Dennings. Al fin nos conocemos. Me alegra que haya venido solo, como acordamos.

            Andrew Dennings, joven sensato e inteligente, decidió dar vacaciones indefinidas a la cordura. Se ajustó la corbata, sonrió a su vez y respondió a la mujer. Era la única forma de tener una conversación con ella.

 


[1] Primera estrofa de un villancico basado en una antigua leyenda sobre la vida de San Wenceslaus I, Duque de Bohemia (907-935). La letra inglesa es obra de John Mason Neale, aunque hay quien opina que es una traducción de un poema de Václav Alois Svoboda. La melodía es de una canción primaveral del siglo XIII, “Tempus Adest Floridum”.

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3 comentarios »

  1. ????

    Comentario por Naezel — septiembre 14, 2009 @ 9:53 am | Responder

  2. Por cierto, muy grande la canción

    Comentario por Naezel — septiembre 14, 2009 @ 9:55 am | Responder

    • No entiendo las dudas. Y sí, es una canción grande.

      Comentario por conunvasodewhisky — septiembre 14, 2009 @ 2:00 pm | Responder


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