Con un vaso de whisky

septiembre 4, 2009

VIII. La tumba de la Reina Perdida

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:26 pm

            EL GOBERNADOR HORST MALDECIRÍA durante largo tiempo su decisión de acoger como huéspedes al Juez Errante Lukas y a su ayudante. Y se revolvería más aún por su determinación de humillarlos, con la intención de afianzar su no indiscutida autoridad en la ciudad de Nicolia. Porque el condenado joven había hecho largo uso de sus poderes, negándose a compartir con él la información que, tal vez sí, tal vez no, había extraído del prisionero; peor aún, había abandonado Nicolia, con el viejo rastreador y el lamentable preso, justificándose con la excusa de la “seguridad del Estado”. El Gobernador Horst tomó buena nota de todo ello y dedicó parte de los días siguientes a acrecentar su rencor hacia el Juez que había dañado su imagen y, por tanto, su poderío.

            Esa reacción era temida por Dougal, quien no dejaba de hacer cábalas sobre la actuación de Edmund. Sin duda, la información que había sacado al cocinero era de una importancia tal que merecía ser verificada. Para la República la existencia de una posible heredera al Trono no era baladí. Ahora bien, ¿por qué no la habían compartido con el Gobernador, el máximo representante del Estado? ¿Por qué no habían solicitado su ayuda? ¿Por qué el Juez Errante llevaba aquel asunto en secreto? En la primera aldea que habían visto, Edmund se había dirigido al palomar y enviado un impersonal mensaje a Izur, al Consejo, advirtiéndole de que estaba llevando a cabo una misión de especial relevancia, pero sin mencionar el objeto de la misma. Cuando Horst leyera esa nota se quedaría igual que estaba.

            ¿Es que Edmund temía que si el Gobernador militar se enteraba de la existencia de la tal Ailin dirigiría en persona la búsqueda, ansioso de colgarse la medalla? ¿Y qué? En todo caso, el interés de la República se habría protegido y, al menos en teoría, un Juez Errante no aspiraba a la gloria personal. ¿O pensaba quizás que esa probable intromisión de Horst pondría en peligro la cacería? ¿O era, simplemente, la antipatía que existía entre Juez y Gobernador la causa última? Dougal no se decidía, pero tampoco se atrevía a interrogar a Lukas. Desde que abandonaran Nicolia el joven llevaba puesta una máscara que el rastreador conocía bien: para todo aquel con un poco de sentido común, Edmund estaba gritando “dejadme en paz”.

            Cabalgaban en silencio, porque tampoco Oras era un tertuliano muy apetecible. Se limitaba a indicar por dónde debían ir y a temblar a intervalos regulares. De cuando en cuando, le entraban al viejo sirviente unos confusos remordimientos, la sensación amorfa de que no estaba actuando del modo correcto guiando a unos rojinegros hasta el lugar donde reposaban los restos de los Reyes. Lanzaba entonces miradas temerosas al Juez y si éste las sorprendía (lo que ocurría casi siempre) la expresión de ave de presa atravesaba la máscara y el reluctante guía olvidaba toda impresión, que no idea, de arrepentimiento.

            Lo cual no pasaba desapercibida para Dougal. El rastreador perfilaba mejor la situación. Oras podía tener vagas sensaciones; Dougal sabía que, aunque había logrado los datos que quería con el simple terror y la dialéctica, al Juez Errante no le habría temblado la mano para aplicar el tormento a aquel desgraciado. Le constaba que Edmund había extraído placer del interrogatorio, había resuelto el desafío que le habían presentado. Eran medios para un fin, igual que la tortura, medios que no le proporcionaban regocijo ni repulsa. Al menos, no parecía que disfrutara o sufriera con ellos. Lo que pasaba por la cabeza del Juez en esos momentos nunca estaba muy claro. Dougal sabía muy bien esto. Y se alegraba por Oras.

            – Aquello es una torre de vigías.- dijo Edmund; era la frase más larga que pronunciaba desde Nicolia.

            – La frontera no puede estar muy lejana.- comentó Dougal- ¿Es que esa fortaleza se encuentra fuera de la República?

            – No lo sé.- respondió Oras.

            – Es normal.- asintió Dougal- Las fronteras no están muy bien definidas en estas regiones.

            – Hay que subir y bajar esas colinas.- indicó Oras, con gesto impreciso- La fortaleza está detrás, en otra.

            – Fuera de la República, desde luego.

            – Da igual- replicó Edmund- Iremos allí.

            – Es territorio extranjero: no tenemos autoridad.

            Edmund alzó, impaciente, una ceja.

            Con una facilidad preocupante, eludieron a los centinelas de la torre, que habrían formulado preguntas incómodas si hubieran descubierto a un Juez Errante, a su asistente y a un dubitativo prisionero, guía a la sazón, escurriéndose por la frontera.

            – ¡Qué vergüenza!- masculló Dougal- Este sector es un coladero para espías. Espero que los demás estén mejor vigilados.

            – No los atrapan a los agentes de lord Helmut.- dijo Oras- Pero se vuelven deprisa, con miedo por los controles, sin saber nada.

            – Es un consuelo.

            Tal como había afirmado el cocinero, tras las colinas, en la cima de una algo más escarpada, en medio de un bosque de abetos, se erigía lo que quedaba del antiguo refugio de los Reyes Perdidos. La torre del homenaje estaba casi intacta, pero las murallas aparecían como una mandíbula desdentada. El sol declinaba y los débiles rayos daban un aire melancólico a aquella ruina. Un ruiseñor cantó desde algún lugar, mientras una bandada de estorninos taladraba el aire.

            – Será mejor que dejemos los caballos atados a un árbol cercano a las ruinas- sugirió Dougal- Los cascos harían mucho ruido contra las piedras del patio. Si hay alguien ahí dentro nos oiría.

            Seguido el consejo del rastreador, Lukas agarró por el brazo a Oras.

            – Vas a entrar con nosotros. Si Ailin está dentro, no hables con ella. Déjanos hacer a nosotros.

            – Es la Reina. No le puedes dar órdenes.

            – No daré ninguna orden a la Reina. ¿Vienes, Dougal?

            – Estoy preparado.- aseguró el veterano soldado, cubriendo con su capa una ballesta de mano que había sacado de su bolsa.

            Cautamente, atravesaron la derruida entrada principal. En el patio de armas no había un alma. El abandono, la decrepitud, se encarnaba en las malas hierbas que crecían entre las baldosas, las podridas puertas, el silencio que se volvía más perceptible por los ruidos del bosque.

            – Un buen lugar para la realeza.- ironizó en voz baja Dougal.

            – ¿Dónde está enterrada la Reina Calen?- preguntó Edmund.

            – Abajo,- respondió Oras- bajo la torre, en una cámara de difuntos. Lord Helmut dijo que por lo menos descansaría entre señores, aunque fueran señores olvidados.

            – Tienes una memoria muy exacta para ciertas cosas.- dijo Dougal, a medio camino entre el cumplido y el simple interés.

            – Vamos a esa cámara.

            – No llevamos nada que ofrecer a la difunta Reina.- objetó Oras- No está bien, no está bien.

            – Puedes arrancar esos hierbajos y hacer un ramillete, si quieres.- replicó Edmund- Vamos de una vez.

            Una expresión hostil cruzó por el rostro del siervo, pero el miedo y la confusión fueron más poderosos: echó a andar hacia la torre.

            Cada paso que el Juez y sus acompañantes daban era más sigiloso que el anterior. Y Oras empezaba a preguntarse por qué había que ser tan silencioso. Tal vez como señal de respeto, aunque a los rojinegros no les había preocupado el no llevar ofrenda.

            Pese a los años transcurridos, el cocinero recordaba al detalle aquella fortaleza y encontró el camino más rápido hasta la cámara mortuoria. Cuando llegaron al piso correspondiente, el caminar sin hacer apenas sonido pareció volverse una obsesión para los rojinegros.

            – ¿Este pasillo lleva hasta la cámara?- susurró Dougal.

            – Todo recto, sí.

            – Me adelantaré.- anunció el viejo y se deslizó con la suavidad de un zorro por el corredor. Oras se fijó por primera vez en la ballesta de mano. No pudo dedicar mucho tiempo al descubrimiento: Lukas le dio un pequeño empujón para que avanzara, aunque ahora a un ritmo menor.

            El pasillo terminaba en una puerta discreta, algo mejor conservada que las de la superficie, entornada. Dougal oteó desde la misma, con buen cuidado de que si alguien estaba al otro lado no le viera, e hizo señales a Edmund y Oras.

            La cámara de difuntos no era de espectaculares dimensiones, pero las diez tumbas que había en su interior entraban cómodamente. Había cuatro en las paredes, cuatro sarcófagos con tapas esculpidas, representando dormidos a sus ocupantes. Las demás eran sencillos sepulcros, tapados por lápidas, a ras de suelo. Pero una de esas lápidas era algo mayor que las demás y había tres personas junto a ella.

            La joven heredera del Trono estaba arrodillada, con la capa sin cubrirle el rostro, el aire meditabundo. Sir Willer, de pie, apoyaba su mano sobre el hombro de Ailin, la cabeza gacha. Asuran de Kern tenía bastante juicio para permanecer callado, aunque sus labios se movían imperceptiblemente, en un canto mudo y sus dedos pulsaban de manera refleja las cuerdas de un laúd inexistente.

            – ¡Es la Reina!- murmuró embelesado Oras.

            Edmund y Dougal ya habían llegado a esa conclusión. Ante ellos tenían a dos adversarios bien armados y uno de ellos, Ailin, debía ser capturada viva. Estaban más allá del territorio de la República, así que no había que pensar en un arresto formal. Por consiguiente, la táctica era clara: aprovechando el elemento sorpresa, Dougal dejaría fuera de combate al caballero (se le notaba en el rango de la espada, en las espuelas), tras lo que no sería muy difícil apresar a la heredera. Había una salida en el otro extremo de la cámara, pero podían atraparla antes de que se repusiese de la confusión.

            Todo aquello era tan lógico que Juez y rastreador no tuvieron que intercambiar ni un gesto. Dougal extendió el brazo, apuntando al desprevenido Willer. Y, entonces, craso error por parte de los republicanos, el cocinero intervino. Incluso el confuso Oras fue capaz de darle al movimiento de Dougal su sentido correcto. No comprendía la problemática en su conjunto, pero era obvio que aquellos dos iban a atacar a la Reina y sus acompañantes.

            Oras reaccionó como el sirviente que era: agarró el brazo de Dougal y tiró de él hacia sí, con tan mala suerte que el dardo se enterró en su pecho. No era un estoico; gritó de dolor, un quejido lastimero y agudo. Los tres visitantes de la Reina Calen se volvieron bruscamente y vieron al viejo sirviente, ensangrentado, escurriéndose al suelo desde los brazos de Dougal.

            – ¡Oh, misericordia, misericordia!- se lamentaba el rastreador, espantado.

            – ¡Oras!- exclamó, en el colmo del asombro, Willer.

            Edmund, con la espada desnuda, pasó por encima de su ayudante y del moribundo.

            – ¿Eres tú Ailin, hija de los Reyes Perdidos?- preguntó, con un desdén que quitaba toda solemnidad a sus palabras.

            – Es Ailin del Corazón Negro, soberana del Gran Reino.- contestó Asuran, para desesperación de Willer- ¿Quiénes sois vosotros que perturbáis con violencia este lugar de eterno reposo?

            – ¡Dougal!- llamó el Juez; el rastreador dejó el cadáver del pobre Oras y, sacando la espada, ocupó su puesto.

            – Os ruego no hagáis ni un movimiento.- pidió Edmund con sorna- Si os place, vendréis ahora con las manos en alto y saldréis sin causar problemas.

            – ¿Quién os creéis que sois para dar órdenes a la Reina?- el bardo seguía pomposamente ofendido, demasiado ocupado buscando las palabras adecuadas como para reconocer, al menos por el momento, a sus atacantes.

            – Dos hombres con espadas.- respondió Willer- ¡Y cierra la boca de una vez!

            El caballero se interpuso entre el Juez y Ailin.

            – Ahora escuchadme vosotros: no sé si sois meros salteadores o algo peor. Pero os aconsejo, por vuestro bien, que os echéis atrás.

            Ailin captó enseguida el mensaje que Willer había transmitido con una clave sencillísima y útil: “ahora atrás”. El lenguaje de batalla tenía códigos igual de simples, dependiendo de la situación y de la información que se quería enviar. La joven pegó un salto hacia atrás, desenvainando al tiempo. El brusco movimiento distrajo a los republicanos unos segundos, tiempo suficiente para que Willer sacara sus armas y se pusiera en guardia.

            – ¡Salid de aquí, señora!- gritó- ¡Yo los retendré!

            Maldiciendo, Lukas se había lanzado ya al ataque, secundado por Dougal. Willer se batía de maravilla, manteniéndolos a raya. Ailin no se decidía a intervenir o a escapar.

            – ¡Vamos, señora, poneos a salvo!- suplicó Asuran, tironeando de su capa- ¡Sir Willer no corre peligro!

            – ¡Ailin!- rugió el caballero, despreciando clamorosamente el respeto jerárquico- ¡Obedece!

            La chica, con el juglar detrás de ella, salió a toda prisa de la cripta. Willer empezó entonces a retroceder hacia la salida, parando todas las estocadas de sus adversarios, sin devolverlas. No se podía derramar sangre en una estancia de difuntos, menos aún en la que estaba enterrada una Reina. Willer ni era un perfecto burlón, ni tampoco un perfecto caballero. Contenía, pues, a sus adversarios, sin tratar de herirles.

            Cuando llegó a la salida, lanzó un ataque, obligando a sus contrincantes a replegarse unos pasos, algo que aprovechó para dar media vuelta y correr con toda su alma. Edmund y Dougal le persiguieron a través del pasillo, siempre demasiado lejos del caballero para lanzar un ataque.

            Willer huía fiándose de su instinto: no había sido éste el camino que habían seguido para llegar hasta la cripta, de manera que no tenía ni la menor idea de hacia dónde estaba dirigiéndose. Trataba de subir siempre que le era posible, buscando el patio de armas. Cuando por una de las aspilleras de la pared se filtró algo de luz, luz que se intensificó relativamente al aparecer una puerta medio sacada de quicio, decidió que ya era hora de probar fortuna y embistió contra ella.

            La puerta crujió y se salió de sus goznes, a cambio de un dolor en el hombro que, mucho se temía el caballero, iría a peor en cuanto el músculo se enfriara. El tener que derribar el obstáculo había permitido a sus perseguidores acortar distancias. Y, encima, se encontraba, no el patio de armas, sino en el adarve de una de las murallas. Había subido demasiado. Siguió corriendo, rezando por encontrase con una escalera. Sus plegarias fueron escuchadas por algún genio mordaz: encontró en efecto una escalera, aunque rota a medio camino. Con cuidado, llegaría hasta el suelo sin romperse el cráneo, pero los perseguidores que jadeaban detrás de él podían no mostrarse corteses dándole tregua. Habría que encararles.

            El rastreador y el Juez, en especial el último, no estaban del mejor humor: no había rastro de Ailin (algo que a Willer a medias le preocupaba a medias le consolaba) y capturar o matar a un caballero bárbaro era un consuelo bastante magro. Eso si lograban hacerlo, porque era un hueso duro de roer, incluso arrinconado.

            – ¡Por todos los diablos!- le increpó Lukas- ¡Estás atrapado! ¡Rinde tu espada!

            – Estoy tan atrapado como vosotros. No podéis retroceder sin darme la espalda y convertiros de perseguidores en perseguidos, ni tampoco avanzar sin enfrentaros conmigo. De modo que, ¿por qué no rendís vosotros vuestras espadas?

            – Podemos tratar de razonar, en vez de seguir peleando.- propuso Dougal- La verdad es que nos encontramos en una situación un tanto ridícula. Vos peleáis para defender a vuestra Reina y nosotros para atraparla. Pero esa Reina no se encuentra aquí, por lo que nuestro combate carece de sentido.

            Por la puerta arrancada salieron discretamente Ailin y Asuran, atraídos por los ruidos y los gritos de la persecución. Discreción inútil: el fino oído del rastreador les descubrió.

            – Ahora sí hay una razón para luchar.- admitió.

            – Y otra para no hacerlo.- sonrió Willer- Estáis entre dos fuegos, salteadores. Si yo solo pude haceros frente, ahora ya no tenéis muchas posibilidades.

            – Por algo eres el mejor espadachín de estas tierras.- añadió muy ufana Ailin, amenazando con la espada y la daga a Dougal.

            Edmund, con un esfuerzo, se tragó la frustración, evaluando el escenario. El resultado del duelo no era seguro; sin embargo, la posición de la Reina y sus siervos era más fuerte que la suya.

            – Negociemos.

            – Tirad las espadas.- ordenó Willer- Dejadnos bajar al patio de armas sin perseguirnos. Un solo gesto sospechoso y, aunque esté en medio de la bajada, os atravesaré con mi daga. Soy un tirador bastante aceptable.

            – Si dejamos nuestras espadas, estaremos indefensos.- replicó Edmund- No tenemos garantías de que no aprovecharéis para matarnos.

            – Tenéis la palabra de honor de un caballero y la promesa de la Reina.- dijo el bardo.

            El Juez lanzó una carcajada seca, que no requería mayores explicaciones.

            – Si no crees en la palabra de la Reina y su caballero, es que no tienes honor, villano.- sentenció Asuran.

            – Prefiero no tener honor y asegurar mi vida que ser el más honorable hombre sobre la faz del mundo, atravesado como un cerdo.

            – Conservad vuestras espadas.- dijo Ailin- Y dejadnos marchar. Con espadas o sin ellas, sir Willer puede mataros a distancia.

            El Juez interrogó a su ayudante, quien asintió con gesto resignado.

            – De acuerdo.

            Se hicieron a un lado y retrocedieron hasta la puerta, mientras Ailin y los suyos descendían, vigilando al tiempo la traicionera escalera y a sus adversarios. Cuando estaban cerca del patio, Willer hizo una bocina con las manos y les gritó:

            – Por vuestra culpa hay un muerto insepulto en una cripta consagrada. Enterradlo vosotros mismos o que las maldiciones de los espíritus y los dioses os persigan hasta la muerte.

            – ¿Crees que estaremos malditos si no lo hacemos, Dougal?- preguntó con ironía el Juez- ¿Más que por perseguir a la Reina, soberana del Gran Reino por voluntad divina?

            – Quizás a la voluntad divina le ofenda más el desprecio hacia un pobre siervo que hacia una Reina.- contestó el viejo, observando a sus presas correr hacia las puertas principales de la fortaleza- Pero sin duda le debemos a Oras un entierro digno.

 

            Encontrar de nuevo la cripta, sacar el cuerpo sin vida del cocinero, hallar el recinto de tierra consagrada dedicada a los plebeyos, al aire libre, al contrario que los aristócratas, cavar la tumba, depositar el cadáver y cubrirlo les llevó el resto de la jornada. Para sorpresa de Dougal, el Juez Errante no se opuso, ni se quejó, ni urgió a su ayudante a dejar a un lado la piadosa tarea, para poder salir de inmediato en persecución de la Reina Ailin. Es más, cuando terminaron, dijo que lo mejor sería recoger los caballos y pasar la noche en la fortaleza.

            – Estamos demasiado cansados para perseguirlos; podemos pasar por alto alguna pista.

            A Dougal le ofendió un poco esa falta de fe en sus habilidades, pero no tenía nada que objetar a una noche de descanso.

            Acamparon en el propio patio de armas. Después de todo, estarían igual de cómodos que en cualquiera de las habitaciones de la fortaleza, pero tendrían margen de maniobra. Si una bestia los atrapaba en una habitación, estarían en una ratonera. Edmund decidió hacer el primer turno de guardia, algo que el rastreador tampoco encontró susceptible de crítica. Dougal se durmió como un bendito, mientras el Juez se paseaba torvamente por el patio.

            Le despertó ese no sé qué que todo buen rastreador debe poseer. Sin moverse apenas, escudriñó el patio, descubriendo dos figuras conversando. Una, alta, envuelta en la capa de viaje, era Edmund. La otra, acuclillada, sin capa, pero también encapuchada, estaba hablando en aquel instante. Dougal se esforzó por distinguir las palabras.

            – Una lástima que les hayas perdido, Juez. Una lástima que tu mensaje no llegase antes.

            – Culpa de Horst. Sin su maldito sistema de supervisión del correo, podría haberlo enviado con facilidad. Además, no quería que mi asistente se enterara. Aun así, el encontrarla aquí fue una casualidad afortunada; no contaba con ello cuando fijé este punto de encuentro.

            – ¿Por qué no te pusiste en contacto con nosotros por los medios usuales?

            – Era arriesgado.

            – Un exceso de cautela y un exceso de arrojo. Cuidas las comunicaciones, pero te adentras en el terreno de los bárbaros. Dudo que el Consejo te reprenda por tu actuación hoy, pero ¿quién soy yo para opinar sobre ese asunto?

            – No necesito que me tranquilices a ese respecto.

            – Por supuesto. Nos pondremos en contacto contigo.

            La figura acuclillada se alejó con la agilidad de un mono, en tanto el joven, envuelto en su manto, reanudaba sus paseos.

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2 comentarios »

  1. Me está gustando bastante, esta historia. Ya tienes mi curiosidad, y empiezo a esperar con ganas los próximos capítulos…

    Comentario por Naezel — septiembre 8, 2009 @ 1:00 pm | Responder

    • Muy amable. Espero que el interés se vea justificado.

      Comentario por conunvasodewhisky — septiembre 8, 2009 @ 2:07 pm | Responder


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