Con un vaso de whisky

agosto 28, 2009

VII. Mazmorras

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 11:04 am

           DOUGAL ALCANZÓ DE UN BRINCO A SU SUPERIOR, que caminaba a toda prisa.

            – Ha sido un tanto brusco.- murmuró el rastreador- Desde luego, has humillado al Gobernador delante de la elite social de Nicolia. ¿Merece la pena por un prisionero? ¿O lo has hecho para divertirte?

            – Los dos motivos son buenos. En realidad, lo que más quería era salir de ese maldito banquete. Habría estado mentalmente muerto en una hora, de haberme quedado.

            – No ha habido tanta charla sin sentido como parecería a primera vista.

            Edmund hizo un gesto desdeñoso.

            – ¿Por qué no les dijiste a esos estirados que fuiste mi maestro en la Escuela? Se habrían mostrado más respetuosos.

            – Si no son corteses conmigo porque soy un capitán, no me interesa su respeto.

            Guiados por el lacayo, habían descendido a los niveles inferiores de la mansión, las mazmorras. Ante una puerta de madera reforzada con metal esperaban varios guardias.

            – Tenemos aquí al prisionero, Señoría.- informó el lacayo.

            – Es un viejo enclenque- comentó uno de los guardias, entregando al Juez el informe recién escrito- Si no deja de temblar, se le saldrán los huesos.

            – Podéis retiraros. Entraremos sólo nosotros dos.

            – ¿No deseáis que vigilemos?

            – No.- y Edmund cerró la puerta tras de sí.

            El calabozo que servía como sala de interrogatorios era amplio, iluminado vagamente por antorchas que colgaban de las bastas paredes de mampostería y de las columnas. Formando un círculo macabro, las distintas máquinas de tormento rodeaban una mesa central, desde la que el preso podía contemplar aquellas obras del genio humano. El preso en cuestión, el viejo huesudo y tembloroso que había descrito el guardia con justicia, llevaba ya un buen rato dedicado a esta contemplación.

            Mientras Dougal se apoyaba en una columna, Lukas anduvo con deliberada lentitud hasta la mesa, se sentó, sin mirar al prisionero, y ojeó el informe. Luego, clavó los ojos, como garfios, en el viejo.

            Dougal fue testigo, y no era la primera vez, de la transformación que sufría el Juez cuando realizaba un interrogatorio. Su rostro experimentaba pequeños cambios que, sin ser significativos por sí solos, le daban un aire que iba de lo inquietante a lo aterrador. Los ojos verdes perdían toda sombra de ironía, se congelaban, con una fría llama en medio, que taladraba la piel, la carne, los huesos del interrogado, hasta alcanzar el mismo tuétano. Al entrar en la estancia, Edmund parecía una estatua; cuando había llegado a la mesa, era una descarnada ave de presa, lista para despedazar.

            – Has sido capturado rondando las fronteras de la República.- comenzó; las palabras retallaron en la mazmorra, el viejo se encogió- En compañía de hombres armados. ¿Qué hacíais tan cerca de nuestras tierras?

            – Yo no digo nada, no, señor, no digo nada, nunca digo nada.- murmuró el viejo.

            – Dirás. Cuánto tardes o lo doloroso que sea, depende de ti, pero dirás. ¿Por qué estabais tan cerca de la República?

            La mirada del viejo recorrió extraviada el potro, la dama de hierro, los flagelos, la silla de dolor, los aceros candentes y los ojos de Edmund.

            – Sólo soy un cocinero, señor, sólo eso, sólo un cocinero, un cocinero sólo.

            – ¿Y para quién cocinas, cocinero?

            – Para lord Klaus Helmut, señor, si sabéis. Lord Klaus Helmut.

            – Un señor de la guerra.

            – Yo no hago nada malo, sólo soy cocinero, siempre lo he sido, el viejo Oras, siempre, cuando servía a los Reyes, antes de servir a lord Helmut.

            La llama se inflamó en un incendio.

            – ¿Has servido a los Reyes?

            Oras se retorcía en su silla.

            – No puedo decir nada, señor, no puedo. Estoy juramentado, juramentado, no puedo decir nada.

            – ¿Quién te hizo jurar silencio? ¿Puedes contestar a eso?

            Oras tembló un poco menos: el terror que el joven del colgante transmitía era ahora menor.

            – Lord Helmut, señor, cuando pasé a su servicio. Todos pasamos a su servicio e hicimos el juramento.

            – ¿Fue decisión tuya pasar a su servicio?

            – No, señor.

            – ¿Tenía algún derecho sobre ti o sobre los demás?

            – No, señor, nunca había tenido ningún derecho. Nosotros nunca le habíamos servido a él.

            – Porque vosotros servíais a los Reyes.

            – Estoy juramentado, señor, estoy juramentado.

            – No, no lo estás.

            – ¿No?

            – No. Si lord Helmut no tenía derecho sobre ti, no podía hacerte su siervo, ni obligarte a prestar juramentos. Ese voto tuyo no significa nada. Eres un hombre libre y puedes decir lo que te plazca.

            – Nunca he sido un hombre libre. Siempre he servido a los Reyes del Corazón Negro, incluso cuando ya no lo tenían.

            – Pero los Reyes no están aquí, ni te han obligado a guardar silencio. Sólo lord Helmut. Y a él ya no le sirves.

            – Íbamos a supervisar, señor, los baluartes, señor, los baluartes defensivos. Para comprobar que los rojinegros no podrían tomarlos, señor.

            – ¿Y podrían?

            – Harían falta muchos soldados, señor, muchos soldados.

            – ¿Llevabas mucho tiempo sirviendo a lord Helmut?

            – Desde que murió la Reina, señor, desde que la Reina murió sirvo a lord Helmut.

            – Ya no lo sirves, Oras. ¿Cuándo murió la Reina?

            – Trece años, señor, hace trece años que la Reina Calen murió.

            – ¿Y el Rey?

            – Desapareció, se fue, como su padre, señor, y sus hermanos, a buscar la Corona, a buscar el Corazón Negro. Dejó a su mujer, regresó y la volvió a dejar, a ella y a su hija.

            – ¿Los Reyes tenían una hija?

            – Se la llevó lord Helmut. La pequeña Ailin. Le gustan mucho mis pastelillos de mora.

            – ¿Vive con lord Helmut?

            – Se fue, señor, también se fue, igual que su padre, a buscar el Corazón Negro. Yo oigo y pienso más de lo que lord Helmut cree. No es el Rey y se cree que sí y da órdenes a la hija del Rey. No tenía derecho a hacernos jurar, ni a mandarnos nada.

            – No, no lo tenía.

            – Y me ha mandado durante trece años. Trece años, sí, señor.

            – ¿Lord Helmut vivía con los Reyes?

            – No, vaya, no, señor. Los Reyes vivían en una pequeña fortaleza, más pequeña que la de lord Helmut; la abandonamos y nos fuimos al castillo de lord Helmut.

            – ¿Sabes dónde está esa fortaleza?

            – Sí, señor, sí lo sé, lo recuerdo bien. ¿Puedo irme ya, señor? Estoy cansado y tengo hambre y decís que soy un hombre libre.

            – Lo eres, y si me ayudas ya no tendrás que temer nunca más a lord Helmut.

            – ¿Ayudar?

            – Tienes que llevarme hasta esa fortaleza.

            – ¿Por qué, señor, por qué? ¿Por qué, si no hay nadie?

            – Porque quiero encontrar a Ailin, la hija del Rey.

            – ¡No!- aulló Oras- ¡No! ¡Los rojinegros odian a la hija del Rey!

            – Yo no la odio, Oras. Pero debes ayudarme, si quieres ser libre para siempre. Y Ailin será también libre, cuando la encuentre. Lord Helmut ya no le dará más órdenes.

            – Es la hija del Rey. No debería darle órdenes.

            – Ayúdame y no se las dará.

            – La hija del Rey será Reina, sí, cuando encuentre el Corazón Negro. Y nadie le dará órdenes.

            – Nadie se las dará, Oras.

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1 comentario »

  1. Thanks in support of sharing such a good opinion, post is
    good, thats why i have read it entirely

    Comentario por Black Wedding Hair — noviembre 26, 2014 @ 11:11 am | Responder


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