Con un vaso de whisky

agosto 21, 2009

VI. Una cena de gala

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:12 pm

            ATENDIDAS TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS, el Juez Errante Lukas se tomó bastante bien la noticia del banquete. Dougal sentía una curiosidad casi morbosa por contemplar la reacción: ¿la balanza se inclinaría del lado del frío o del calor? En un primer instante, el segundo llevó las de ganar, por el brillo iracundo de los ojos, pero el control alzó la voz. Se llegó a un poco agraciado punto medio. Edmund, tras leer la invitación, la hizo pedazos, metódicamente rabioso.

            – En otra persona, éste hubiera sido un atento gesto.- comentó ociosamente Dougal- Pero viniendo del Gobernador Horst…

            Edmund hacía acopio de paciencia.

            – En fin, puesto que ya es irremediable, veamos el lado bueno. Estará presente la flor y nata de Nicolia. Algo puedes sacar de ellos. En estas fiestas, la gente habla más de lo que le conviene, si los escanciadores son generosos.

            – ¿Por qué me ha invitado?- aunque Edmund barajaba varias respuestas, la cólera le impedía decidirse.

            – Eres la única persona en la ciudad sobre la cual no tiene autoridad legal. Ésta puede ser una forma sutil de probar que, al margen de la ley, él se encuentra en un plano superior.

            – He de ir para no contrariar a Su Excelencia.- el joven mordió cada sílaba.

            – Precisamente.

            – Y, al hacer públicos los invitados, se asegura de que Nicolia entera sea testigo. ¡Un Juez Errante se inclina ante nuestro muy noble Gobernador!

            – Será un banquete animado. Una mesa de gala es un campo de batalla, lleno de combatientes experimentados. Podremos ver si el coronel Horst es tan brillante en esta clase de guerra como en la del acero y la sangre.

            – ¿De veras quieres acompañarme? Tú no estás obligado.

            – Señoría, si unos bandidos nos emboscaran y yo huyera, os encargaríais de que fuera atrapado y castigado por traidor. Mi misión es auxiliaros. Y ahora os encontráis ante un peligro mayor que unos cuantos malhechores.

 

            El comedor principal de la mansión mostró aquella noche una estudiada contradicción de estilos. Los ricos tapices, las blancas velas, la fina mantelería y cubertería, la melodía de laúdes, vihuelas, violines y flautas, la espléndida comida, mostraban la rica, próspera, gloriosa República. Pero las escenas bélicas de los tapices, las severas columnas, desnudas, los silenciosos centinelas, el sencillo atuendo de los sirvientes, reflejaban la dura, guerrera, austera República.

            Los comensales complementaban el decorado. Damas de pródigos vestidos sentábanse junto a parcos militares, mercaderes de importancia, al lado de funcionarios. Las mejores galas de unos y de otros formaban dos mitades mal encajadas de un mismo rostro.

            El Gobernador Horst presidía la reunión, siendo el mejor ejemplo de la duplicidad republicana. Pues si bien la cadena de oro, símbolo de su cargo, resplandecía a la luz de los cirios, caía sobre un uniforme de ceremonia, no por elegante menos sobrio. Se le veía satisfecho de su papel, señor del poderío bélico y de la riqueza de la paz. Sin la una, no tendríais la otra y, sin ésta, aquella resultaría imposible, parecía decir a los presentes.

            A Dougal le habían entregado un uniforme de etiqueta, con el emblema de capitán, nuevo y reluciente; en cambio, Lukas sólo accedió a ponerse un traje simple, limpio, bien cortado, sin adornos ni galones. El único complemento que el joven se había permitido no era otro que su colgante; complemento político y no estético; nadie podía ignorar que un Juez Errante se sentaba en la mesa. Pero una cosa era saberlo y otra distinta tener el temido símbolo de la espada y el libro cerrado ante los ojos. Aquello era una declaración: el Juez había aceptado la invitación del Gobernador, pero no estaba dispuesto a renunciar a su estatus. Sin embargo, aquel colgante tan poderoso parecía rebatir la sobria humildad de su traje de fiesta; los invitados quedaron desconcertados.

            La velada comenzó con un período de vagabundeo en una sala contigua al comedor, donde los convidados podían deambular, deleitándose con las golosinas que los servidores ofrecían en pulidas bandejas. El ruido frívolo de la conversación palaciega velaba miradas escrutadoras, vagas alusiones, estocadas de prueba: las vanguardias de los ejércitos se inspeccionaban mutuamente, tratando de discernir a los aliados de los adversarios.

            En aquel tiempo de escaramuzas, Edmund se mantuvo dentro de su campamento, encerrado en un silencio áspero. Dougal, como subordinado suyo, se mantuvo lealmente a su lado, callado también, pero suavizando el mutismo con una sonrisa educada y saludando correctamente.

            Un corpulento magistrado, reconocible por su collar, del que pendía un libro abierto, revestido por una rica hopalanda, se acercó, encabezando a un grupo de caballeros y damas, listos para asaltar al sombrío joven.

            – Señoría, celebro poder saludar a un compañero. Soy el Presidente del Tribunal de Peticiones, Uber de Dressau.- siguió una cascada de nombres, títulos y oficios, a los que Edmund prestó tan poca atención como el mismo Dressau- Parece que nosotros representamos a la judicatura en sus dos manifestaciones, ¿verdad? Usted, un Juez Errante, y yo, un Juez Ordinario.

            – Oh, vamos,- protestó una matrona, que había sido designada como esposa del magistrado- mi señor es más que un Juez Ordinario. No hay rango judicial superior al vuestro en esta provincia.

            – Salvo el Gobernador,- replicó fríamente Lukas- que es el máximo dignatario de la República en asuntos administrativos y, en caso de estado de alarma, también en materia judicial.

            – Perfectamente expuesto.- felicitó Dressau, encubriendo con una sonrisa jovial la incomodidad de sus acompañantes- Mi mujer nunca ha comprendido muy bien la jerarquía de la República, Señoría. ¡Le parece absurdo que haya alguien por encima de su marido, incluso excepcionalmente!- y besó la mano de su señora, entre las afectuosas risas de los demás, excepción hecha de Lukas, quien se limitó a esbozar una leve mueca sardónica.

            – Señor Presidente, le presento al capitán Dougal, mi auxiliar por orden del Consejo.- Dougal hizo una reverencia.

            – Sin duda es un honor y una responsabilidad grave ayudar en sus funciones a un Juez Errante, capitán.- dijo Dressau- ¿A qué cuerpo pertenece?

            – He servido en varios, señor Presidente, pero antes de unirme a su Señoría, pertenecía a los Rastreadores.- reconoció el interpelado

            – ¡Qué singular!- exclamó una joven dama, hija de una distinguida familia- ¿Es costumbre enlazar a simples oficiales con los Jueces Errantes? Tenía entendido que éstos eran los servidores más importantes del Consejo.

            -Sin duda.- sonrió Uber de Dressau- Son los infatigables guardianes de la República, ante quien todos han de inclinarse si nuestra patria está en peligro. Pocos hombres merecen más respeto que ellos.

            Edmund agradeció aquel torrente de elogios con un arqueamiento de ceja, lo cual tuvo la virtud de confundir por un segundo al honorable magistrado.

            – Mi señora,- intervino Dougal, siempre educado- el noble Consejo de los Nueve pone a disposición de los Jueces Errantes a una gran variedad de ayudantes. Algunos son guerreros de renombre o maestros de la Escuela donde sus Señorías reciben su formación. Otros somos simples soldados, deseosos de servir en la medida de nuestras posibilidades a la República. Sólo los Nueve saben por qué se asigna un auxiliar concreto a un Juez concreto.

            – ¡Bravo, mi capitán!- aplaudió Dressau- Nadie puede decir que el Consejo se ha equivocado al nombrarle ayudante de su Señoría.

            – ¿Es que el Consejo se puede equivocar al nombrar a nuestros ayudantes, señor Presidente?- preguntó el Juez Errante- ¿Qué criterios sigue para decidir qué nombramiento es un acierto y cuál un error?

            La joven dama sacó del apuro al magistrado.

            – ¿Cuánto tiempo lleva ejerciendo, Señoría?

            – Un par de años- contestó Edmund.- ¿Por qué?

            – El Presidente Dressau suele decir que muchos jóvenes Jueces Errantes abandonan esa posición por la de Juez Ordinario tras unos años. ¿Piensa retirarse pronto?

            La falta de sutileza de aquella dama impresionó a Edmund Lukas. ¿Tan simple le creían que formulaban alusiones burdas o es que eran sencillamente unos ineptos? Dougal se hacía la misma pregunta. La dama era hermosa y, pese a la hosquedad de Edmund, mantenía un tono complaciente, no de cortesía formal, sino de quien busca agradar para influir. El rastreador temió que su joven superior no resistiera la tentación de replicar con una grosera sequedad o, aún peor, con una cruel sorna.

            – No tantos Jueces Errantes se retiran.- se anticipó- Sí es cierto que muchos aspirantes no alcanzan el puesto y, de entre ellos, varios acaban como Jueces Ordinarios. Algunos Jueces Errantes, lo reconozco, abandonan el cargo por una vida más tranquila.

            Para alivio de Dougal, un sirviente finalizó el diálogo: golpeó tres veces con una varilla de plata un gran triángulo.

            – Mis señores, la cena está dispuesta.

            Los asistentes se alinearon según su categoría, entrando primero los de rango menor y ocupando sus puestos. Lukas y Dougal se encontraban al final de la cola: tras ellos sólo estaba el anfitrión. Por supuesto, el coronel Horst hubiera tenido que entrar en último lugar aun si un miembro de la Gran Asamblea hubiera estado presente; pese a ello, no era fácil determinar hasta qué punto Horst ocupaba un puesto superior al del Juez Errante en el cortejo debido a su calidad de señor de la casa y no por ser Gobernador.

            “Esto está mejor”, se dijo Dougal. “Una ambigüedad bien calculada. Si Horst ha organizado esa emboscada lamentable de hace un momento, acaba de rehabilitarse.”

            Cuando cada cual estuvo ante su posición, el Gobernado alzó una copa de fino cristal, con un dedo de vino.

            – ¡Por la República de Izur!- brindó- ¡Que los dioses la guarden hasta la consumación de los tiempos!

            – ¡Por la República!- corearon los invitados.

            Bebieron de un trago el contenido de las copas y las estrellaron contra el suelo. Unos sirvientes limpiaron con discreta rapidez los añicos.

            Horst se sentó, indicando con una leve seña a los demás que podían imitarlo. Edmund, en el otro extremo de la mesa, torció ligeramente el gesto. Los camareros sirvieron unos entremeses variados, y el mismo rumor de conversaciones batió el comedor, igual que había recorrido la sala.

            Aunque Dougal estaba su derecha, Edmund comprobó con repugnancia que la joven dama se sentaba a su izquierda y que el Presidente Dressau no estaba todo lo alejado que hubiera sido deseable.

            – Díganos, Señoría,- comenzó la dama- ¿cuál es en esencia su labor? Confieso que antes no me ha quedado muy clara.

            – En esencia es la misma que la de cualquier servidor de la República.- replicó el joven- Cumplir sus leyes y trabajar por su prosperidad.

            – Muy bien,- la dama reía, mostrando una bella dentadura y exponiendo un cuello apetecible, prometedor de otras muchas cosas- entonces, ¿qué le diferencia de cualquier servidor de la República?

            – Los Jueces Errantes estamos encargados de cuidar de la seguridad de la República. Tenemos autoridad para investigar cualquier caso que, a nuestro juicio, pueda encerrar algún riesgo para el bienestar del Estado. En estos supuestos, los Jueces Ordinarios deben apoyarnos y ceder su capacidad decisoria en nuestro favor. Por otro lado, si en alguna población no se dispone de un Juez o Tribunal Ordinario podemos asumir temporalmente sus funciones.

            – Señoría, mi nombre es Gur Salis.- intervino un comensal cercano, de mediana edad y constitución fuerte- Soy comerciante y controlo buena parte de las rutas mercantiles que unen nuestra ciudad con el resto de la República. Algunos dicen que mis socios y yo hacemos que Nicolia tenga sangre. Pero usted tiene un gran poder en sus manos, mayor que el que se me atribuye a mí. ¿No hay nadie que le pueda controlar?

            – Nos sometemos a la ley.- contestó Edmund.

            – ¿Y quién cuida que esto sea así, en efecto?

            – Los Nueve, señor. Los Jueces Errantes respondemos ante el Consejo y sólo ante el Consejo.

            El mercader dirigió una disimulada mirada hacia la cabecera de la mesa, donde el Gobernador conversaba con dos militares de alto rango.

            – Tenga cuidado, señor Presidente. Su tribunal se vería incapaz de meter en cintura a nuestro joven Juez si le ofende esta noche.

            – Trataré por todos los medios que su Señoría y yo acabemos la velada tan amigablemente como la hemos empezado.- el magistrado inclinó su cabeza en dirección a Lukas, quien respondió con un gesto similar.

            – Hace bien,- sonrió Gur Salis- porque si el Consejo, a quien los dioses inspiren, es el único por encima de los Jueces Errantes, daría todo mi dinero para no estar a mal con ninguno.

            – Cualquier ciudadano puede interponer una denuncia ante el Consejo.- Edmund no abandonaba un frío tono neutro, árido- Si prueba un abuso o infracción del Juez denunciado, éste será castigado con severidad.

            – ¿Una denuncia firmada?

            – Desde luego,- dijo Dressau- desde luego que firmada. Las denuncias anónimas se prohibieron hace varios años. ¡Que los cielos me asistan, nadábamos en medio de las querellas falsas más absurdas! Los Tribunales casi se paralizaron. Por eso, la Gran Asamblea ordenó que todas las demandas y denuncias estuviesen firmadas, y que el responsable de una denuncia fraudulenta fuera castigado con la misma pena que estaba prevista para el delito que imputaba.

            – ¿A qué me condenaría el Consejo si le denunciara en falso, Señoría?- se interesó el mercader.

            – A muerte.

            Salis carraspeó, sonrió y bebió un sorbo de vino.

            – ¡Ah, bien, el plato principal!- exclamó, al entrar de nuevo los camareros, cargados con grandes fuentes.

            – Venado, asado con cebollas y castañas.- Dougal se frotó las manos- Hacía mucho que no lo probaba.

            – Supongo que ésa es una de las razones que hacen que un Juez Errante abandone su puesto.- comentó la joven dama- Pese a su poder, ha de ser una vida sacrificada, siempre viajando, sin poder descansar, ni establecerse, sin tener la posibilidad de disfrutar.

            – En eso le superamos, Señoría.- dijo Gur Salis- Sabemos paladear la vida. En Nicolia, un hombre de importancia no puede ser austero. ¡La austeridad excesiva mata la vida! ¡Y la austeridad voluntaria, la razón!

            Sus vecinos rieron.

            Edmund guardó silencio.

            “¡Chico listo!”, pensó Dougal. “Estos aprendices de cortesanos pretenden que se meta en un terreno peligroso, que se interese por Rinauld. A fe mía, tendrán que buscar otro camino.”

            – ¿No esta de acuerdo con nosotros, Señoría?- insistió la joven dama- ¿No cree que su autoridad se paga muy cara?

            – La autoridad se concilia con la responsabilidad, no se paga con la falta de comodidades.- la respuesta sonó tan cortante como una sentencia.

            “Una respuesta de manual”, suspiró Dougal.

            – Pero, ¿no la echa en falta? ¿Poder afincarse en una ciudad, tener el respeto de sus conciudadanos y vivir la vida?

            – ¡Oh, querida!- exclamó la Presidenta- Estos jóvenes tan sobrios os dirán hoy que por su patria aguantan todas las penalidades, pero en cuanto tengan unos años, admitirán lo que un oficial al que conozco: ¡que una buena cama, tras una buena cena, con una buena mujer vale más que todas las victorias de la Historia!

            Las risas arreciaron y la joven dama reía la que más, sin que sus ojos se separaran ni un instante, tras las pestañas, del rostro de Edmund.

            “¿A qué viene esto?”, se preguntó el Juez. “¿Es que esta niña rica no tiene más pretendientes, o su familia cree que casarla conmigo será una victoria social? ¿O hay algo más? Si esta maniobra tuviera éxito, ¿a quién beneficiaría? ¿Al Gobernador? ¿Y cómo?”

            “Aquí ocurren cosas que se me escapan”, meditó Dougal. “O bien toda esta charla no es más que palabrería de salón o bien es fruto de un plan bien calculado. Y en este comedor nadie urdiría una trama de importancia sin el visto bueno de Horst. Quizás piense que si Edmund se rinde a los encantos de ésta será fácil de manipular. ¿Tanto miedo tiene a un Juez Errante?”

            – Excelencia,- dijo Gur Salis, dirigiéndose al Gobernador- aún no habéis contestado a la petición de audiencia de la Junta de Comerciantes. Y es una entrevista que urge. Querríamos saber con exactitud si la llegada de nuestros gloriosos batallones no supondrá perjuicio alguno para el buen ritmo de la economía, como nos habéis asegurado.

            Horst dirigió una mirada colérica al mercader.

            – Mi estimado Salis, me reuniré con la Junta en cuanto me sea posible. Pero no me parece adecuado discutir de ese asunto en la mesa.

            “La mano de Horst no es tan pesada en Nicolia como ha querido hacernos creer”, se dijo Lukas. “Los mercaderes, seguramente la banca, mantienen una cuota de poder. Y no quiere que el asunto de las legiones se debata. Bien, veamos hasta que punto le resulta molesto.”

            – ¿Es que la Gran Asamblea va a enviar más fuerzas a esta provincia? ¿Para esos batallones son los barracones que se están construyendo?

            – En efecto, Señoría.- respondió el coronel, impaciente- ¿Vuestro ayudante no os informa de sus pesquisas? Porque estuvo haciendo muchas preguntas sobre ellos a mis soldados.

            “Era obvio que los guardias advertirían de nuestra conversación a sus superiores y estos a Horst”, pensó Dougal. “Edmund no debería presionar al Gobernador para conseguir información perfectamente deducible.”

            – Entonces, Excelencia, estas legiones serán encomendadas a vuestro mando. Sin duda para una campaña contra los bárbaros sin ley.

            – Os gusta señalar lo evidente, señor Juez. Es claro que la República sólo moviliza sus ejércitos cuando es necesario. Y la única razón para traerlos hasta aquí es hacer frente a la amenaza de los señores bárbaros.

            – Y vos sois el elegido para llevar a cabo esa misión. Mis felicitaciones. Propongo un brindis, en honor a vuestra Excelencia y a los valientes guerreros que extenderán la luz de la República.

            Los comensales respaldaron el brindis, que Horst aceptó con el aire de un hombre que se siente traicionado por sí mismo.

            “La Gran Asamblea y el Consejo pueden tener muchos motivos para traer legiones a esta región”, caviló Dougal. “Desde impedir que se concentren demasiadas tropas en un lugar concreto a acometer una invasión en serio contra los señores bárbaros. Pero Horst habla de amenaza; ha usado esa palabra y parece arrepentido de ello.”

            Un lacayo entró en el comedor y se inclinó ante el Gobernador.

            – Disculpadme, Excelencia. Una de las patrullas de exploradores ha regresado con un prisionero. Solicitan vuestras instrucciones.

            – ¿Para qué irrumpes en el banquete por un prisionero?- rugió Horst- ¡Que lo lleven a un calabozo y ya lo interrogaré!

            – Un momento, Excelencia.- Edmund se había puesto en pie- ¿Ese prisionero de donde procede?

            – ¿Qué importa eso?

            – Responde tú.- ordenó el Juez al servidor.

            El lacayo miró alternativamente a su señor y al joven Juez, sin saber muy bien en la ira de quién incurrir.

            – Da igual de dónde proceda,- intervino uno de los oficiales, dispuesto a ayudar a su superior- corresponde al Gobernador hacerse cargo de su custodia, según las leyes.

            Horst no sonrió: aquel apoyo era endeble.

            – Salvo que un Juez Errante considere su interrogatorio materia de seguridad estatal.- replicó Edmund.- Y si ese prisionero ha sido capturado cerca de las tierras bárbaras, podría considerarlo.

            – ¿Acaso hay aquí un Juez Errante que así lo considere?- preguntó el coronel, logrando controlar el tono de su voz.

            – Lo hay.

            – Vuestro es, Señoría. Mas deberéis compartir conmigo cuanta información logréis de ese individuo.

            – Eso queda a mi arbitrio, Excelencia. Si pienso que es en interés de la República, os lo comunicaré. Que lleven al prisionero a una sala de interrogatorio.- agregó, dirigiéndose al lacayo- Mi asistente y yo iremos de inmediato.

            Dougal se levantó a una señal de Edmund, inclinose ante los asombrados comensales y siguió al Juez. Horst, se sentó, se encogió de hombros, como quitando importancia al suceso e indicó a sus invitados que la cena, ni mucho menos, había concluido.

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2 comentarios »

  1. Un comentario: hay un párrafo que dice

    “¡Chico listo!”, pensó Dougal. “Estos aprendices de cortesanos pretenden que se meta en un terreno peligroso, que se interese por Rinauld. A fe mía, tendrán que buscar otro camino.”

    Pero hasta ese punto nosehadicho quién es Rinauld…

    Comentario por Naezel — agosto 31, 2009 @ 5:03 pm | Responder

  2. Rinauld era el anterior Gobernador de la ciudad de Nicolia. Se hace expresa referencia al mimso en el capítulo III de esta Parte.

    Comentario por conunvasodewhisky — agosto 31, 2009 @ 10:19 pm | Responder


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