Con un vaso de whisky

agosto 14, 2009

V. Partida

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 12:15 pm

            AILIN HABÍA DISPUESTO DE MUY POCO tiempo propio antes de comenzar su viaje. Nadine la había ayudado a preparar su bolsa, sin dejarse llevar por sentimentalismos, algo que extrañó a la joven heredera. La mujer de lord Helmut había sido siempre una mujer cálida, dada a las muestras de afecto. Aquella última tarde, por el contrario, se mostró cortés, amable, pero ligeramente distante. La adolescente no había comprendido la reserva de su tutora: Ailin había dejado atrás la vida protegida del castillo, ya no era la pupila de los señores, sino la heredera del Trono; a los ojos de Nadine, desde el inicio de los preparativos del viaje, la relación entre ellas había cambiado de manera irreversible.

            Al no entenderlo, Ailin se sintió desdichada. Siempre había sido una muchacha vulnerable en lo que a las emociones se refería. No gozar ya de las atenciones cariñosas de lady Nadine le supuso un golpe y Ailin ni siquiera trató de disimularlo, mostrando un semblante entristecido. La paciente Nadine, al verlo, había cedido un poco.

            – Ven aquí, Ailin. Tengo algo que es tuyo.

            La heredera tomó de sus manos un curioso broche: un escorpión de oro, con rubíes engarzados en las pinzas y el aguijón.

            – Es una reliquia de tu familia, por parte de madre. Calen me la entregó en su lecho de muerte y me encargó que te la diera. Éste es un momento apropiado.

            Ailin enganchó el broche en su capa y abrazó a Nadine, que se permitió un momento de debilidad. Luego, la separó suavemente.

            – Ya sois toda una dama, Ailin, una dama guerrera.- proclamó con solemnidad- No tengo más autoridad sobre vos. Quieran los dioses que vuestro viaje transcurra en medio de las mayores bendiciones.

            Al día siguiente, los señores del castillo se despidieron con correcto protocolo de Ailin y encomendaron de nuevo su salvaguarda a sir Willer. No hubo abrazos, besos ni las demostraciones de cariño a las que Ailin estaba acostumbrada. Dejar el que había sido su hogar la embargó de nostalgia incluso antes de cruzar los umbrales, pero, al tiempo, se dijo que las paredes del castillo eran ahora menos acogedoras que en los últimos trece años. El respeto que inspiraba por ser la heredera había matado el cariño de sus tutores, se dijo, en la cima de la autocompasión.

 

            El sentimiento tristón de alma incomprendida le habría durado a Ailin toda la primera jornada, por lo menos, si Willer la hubiera dejado a su aire. Pero el caballero decidió que cuanto antes se centraran en el objeto del viaje, mejor para todos.

            – Señora, debemos decidir hacia dónde cabalgar.

            – ¿No podrías tutearme, Willer?- rogó Ailin, aduciendo a continuación- Para disimular mi rango.

            – No lo creo necesario, señora. Dentro de los dominios de lord Helmut, y aun más allá, es claro que sois mi superiora ante todos. Soy vuestra escolta y será visto con normalidad que os trate con respeto.

            – De acuerdo.- accedió de mala gana ella

            – Claro que, siendo como es una orden vuestra, mi Reina, tendré que obedecerla, ¿no es así?

            – Eso me parece.- asintió ella, con gran alegría.

            – Muy bien, tus órdenes serán cumplidas. Lord Helmut nos dijo que tu padre se había dirigido hacia el Oeste.

            – Y nos sugirió que fuéramos en esa dirección.

            – Dudo que tengamos muchas más alternativas.- sonrió el caballero- Más que una sugerencia fue una constatación de lo obvio.

            – Estás equivocado, Willer.

            – ¿Mi señora?

            – Quiero ir a la fortaleza de mis padres.

            – Pero, señora…

            – Es mi deseo, sir Willer.- replicó ella con repentina frialdad- Acabáis de decir que soy vuestra superior.

            – Lo sois.- accedió el caballero, retomando el tratamiento cortés- Y yo vuestro Protector. Conviene que tengáis en cuenta mi opinión en cuanto a vuestra seguridad se refiere.

            – Hablad.

            Willer reprimió una observación irónica acerca del papel de reina de opereta que Ailin estaba representando.

            – La fortaleza, según he visto en un mapa del castillo, se encuentra al Sur, señora. Cerca de la frontera con la República y de los baluartes que lord Helmut ha partido a supervisar, con la idea de cubrirnos. ¿Os imagináis la cara de vuestro tutor si nos llega a ver?- Willer hizo una mueca humorísticamente feroz, pero la mención de lord Helmut tuvo un efecto contraproducente.

            – Lord Helmut era mi tutor.- Ailin seguía sin perder su talante principesco- Tanto lady Nadine como él han reconocido que no poseen más dominio sobre mí. Puedo ir adonde me plazca.

            – Pero, señora,- insistió el caballero, dejando el humor por el razonamiento puro- entended que ir hacia allí sería contrario a los planes de lord Helmut.

            – Willer, vamos en busca del Corazón Negro, el símbolo de la realeza. En esa búsqueda cayeron mis antepasados y mi propio padre desapareció. Apenas le recuerdo, lo mismo que a mi madre.- Ailin bajó la voz y, voluble, se le llenaron los ojos de lágrimas, para alarmado desconcierto del caballero- Quiero estar unos momentos en la habitación donde fuimos una familia por última vez.

            Sir Willer meneó la cabeza.

            – Es arriesgado.

            – Eres el mejor acero de estos contornos.- Ailin dio un nuevo salto emocional, hasta la familiaridad amable- Y yo me sé defender. No estamos desarmados.- concluyó señalando la espada y daga que ambos portaban.

            – De acuerdo.- suspiró el alabado- Espero que, de tener un encuentro, no sea con lord Helmut. Me arrancaría las uñas.

            Ailin rió, encantada de haberse salido con la suya.

 

            Al tiempo que lord Helmut se acercaba ya al tercer baluarte, Ailin y Willer, evitando cabañas, aldeas y posadas, estaban a cuatro jornadas de la fortaleza de los reyes destronados. En aquel plazo, Willer había recuperado su habitual buen humor, gracias en parte a que su señora no se había comportado más como una mimada princesita. Aún le quedaba juicio suficiente para entender cuándo se conducía como una idiota y, de manera silenciosa, había reconocido su error. Willer no había exigido una retractación expresa.

            Lord Helmut era Señor de Bosquedesnudo y, en un radio de quince kilómetros alrededor de su fortaleza, el nombre de aquel territorio no podía ser más adecuado. Los árboles eran, casi sin excepción, de hoja caduca. La primavera, el verano y la primera parte del otoño resultaban multicolores, muy bellos cada cual a su manera; pero en cuanto al invierno asomaba las orejas, los troncos quedaban pelados, erguidos como esqueletos petrificados. Esto tenía sus ventajas: durante la estación del frío, era imposible que una hueste enemiga se aproximara al castillo sin ser vista. Aunque Ailin y Willer no conformaban una hueste, cuanto antes dejaran aquella zona, más discreto sería su viaje, cuando las hojas perennes les ofrecieran cobijo.

            Comían frutos y algún animal que el caballero ensartaba con un venablo que llevaba consigo, y bebían agua de los riachuelos. El invierno no era especialmente crudo y la nieve, por el momento, se había hecho fuerte sólo en las cimas de las montañas. Cabalgaban en silencio o charlando quedamente, disfrutando de su mutua camaradería. Un observador imparcial hubiera afirmado que habían olvidado lo incierto del viaje, así como el significado que tenía aquella visita a una fortaleza abandonada. Pero como no había ese tercero, ni Ailin ni Willer se preocupaban por su incoherente conducta.

            A tres días de su meta, la pareja tuvo contacto con otra persona por primera vez desde que abandonaran el castillo. Abusando de los servicios del aire, una voz les atacó sin mediar provocación previa.

 

            Muy graciosa es la doncella,

            ¡Cómo es bella y hermosa!

 

            Digas tú el marinero

            Que en las naves vivías,

            Si la nave o la vela o la estrella

            Es tan bella.

 

            Lánguidamente apoyado en un árbol, el laúd en la mano, una daga al cinto, había un trovador de capa roja, de cabellos, perilla y bigotes rubios. Su caballo pacía a su lado, impertérrito ante los lamentos de su amo.

 

            Digas tú el caballero

            Que las armas vestías,

            Si el caballo o las armas o la guerra

            Es tan bella.

 

            El juglar abrió los ojos, en medio de su éxtasis, y vio a los dos viajeros. Puesto en pie de un salto, atacó la última estrofa con entusiasmo.

 

            Digas tú el pastorcito

            Que el ganadico guardas,

            Si el ganado o los valles o la sierra

            Es tan bella.[1]

 

            – Y a fe mía, caballero, di si tu caballo, tus armas o las grandes guerras son tan bellas como la dama que te acompaña.

            – A fe mía, juglar, que la dama es más bella, así como mi caballo, mis armas y las grandes guerras son más bellas que tu voz.

            El trovador enrojeció, más irritado aún por la risa de Ailin.

            – Juzgas bien a las damas y mal a las canciones, caballero.- replicó, encrestado como un gallo- No se puede tener buen gusto para todo.

            – No he dicho nada contra la canción. La he escuchado otras veces y es hermosa. Es el intérprete, no la pieza, la que falla.

            – Me está bien empleado por compartir mi don con ignorantes. Dejad que os vea: un caballero sin armadura, con una malla mal disimulada bajo la ropa y una dama sin séquito. Vuestra opinión tampoco merece demasiado respeto.

            – Diantre, juglar, veo que conocéis bien mal los cantos.- se burló Willer- Son incontables los que hablan de princesas y héroes de apariencia humilde.

            El riesgo que con tanta tranquilidad corría Willer puso lívida a Ailin. El bardo, ocupado buscando una réplica ingeniosa, no se dio cuenta.

            – ¡Te atreves a darme lecciones sobre mi arte! ¡Tú, un guerrero sin elegancia, sin clase ni garbo! Por todos los diablos, que de tener a mano una espada, te enseñaría que domino tu oficio mejor que tú el mío.

            – Veámoslo. Mi señora, permitidme vuestra espada.

            Willer desmontó y se la ofreció al trovador, a quien había llegado el turno de empalidecer.

            – ¿Os ocurre algo, maese juglar? Vamos, vamos, estoy en guardia. Cuando gustéis.

            El pobre bardo empezó a temblar de manera lamentable.

            – ¡Pardiez, si tembláis! ¿Sufrís de calentura? ¡Y aún así, lanzáis un desafío! Esa es prueba suficiente para mí de vuestro valor. Es inútil cruzar los aceros.- y, con respetuoso gesto, recuperó la espada de Ailin, devolviéndosela a su propietaria. Luego, envainó la suya.

            La mejoría que el juglar experimentó fue notable, aunque incompleta; dejó de temblar y recobró el color, pero no el habla. Miraba alternativamente a Willer y a Ailin. Entonces, apareció un nuevo síntoma: los ojos se le salían de las órbitas, fijos en un punto concreto.

            – ¡Ese broche!- tartamudeó- ¡El escorpión de oro!

            – Es de oro y rubíes.- confirmó con tranquilidad el caballero, mientras su mano bajaba sin brusquedad alguna hasta la empuñadura de su espada- ¿Además de cantor y duelista sois ladrón?

            – ¡El signo de la Casa Tribiena! ¡El signo de la esposa del Rey Perdido!

            El bardo dio un par de pasos en dirección a Ailin, que hizo retroceder su montura. Si el trovador daba un paso más, la hoja de Willer se enterraría en su pecho. Pero en vez de seguir caminando, se arrodilló.

            – ¿Puede ser verdad? ¿Sois descendiente de la Gran Casa, señora?

            – ¿De dónde sacáis eso?- el tono de Willer seguía siendo tranquilo, pero no había retirado su mano de la espada.

            – ¡Conozco las sagas y cantares! El escorpión dorado es el símbolo de una de las más nobles casas del Viejo Reino. Cuando el Trono fue derribado, la primogénita, lady Calen, se unió al heredero, Desmond, acompañándole en el exilio de su familia. ¡Ese broche sólo puede pertenecer a la hija de la Reina Calen Grimwald, que fue Tribiena!

            Willer maldijo en su fuero interno. Aquel juglar era un cúmulo de defectos; no sólo resultaba un charlatán pedante y engreído, además de un cantor mediocre, sino que, encima, sabía demasiado.

            – Mal asunto, bardo.- la espada salió de su vaina- Vamos a demostrar que la ignorancia es la felicidad. Si no fueses tan erudito, te irías vivo.

            – ¡Señora!- gimió el bardo- ¡Os suplico por mi vida!

            – Quieto, Willer.- ordenó Ailin.

            – Señora, este buen hombre os ha reconocido. Vuestra seguridad exige su muerte.

            – ¡Oh, no!- el bardo juntó las manos- ¡No os traicionaría jamás! ¡Señora, me juramento a ello y a seros siempre fiel! Permitidme vivir y narrar vuestras hazañas.

            – ¿De qué hazañas hablas, bardo?- preguntó calmadamente Willer, manteniendo la punta a un pelo de su cuello.

            – Restauraréis el Reino, ¿no es así, señora? Salís de las sombras para reclamar lo que es vuestro. ¡Dejad que os acompañe, para que esta gesta no sea olvidada nunca!

            – ¿Quieres componer un cantar sobre nuestro viaje? Señora, eso me parece razón más que suficiente para rebanarle el pescuezo.

            El juglar gimió espléndidamente.

            – Ha jurado lealtad, Willer. Deja de asustarle. Tú no eres un asesino.

            – No, pero juré protegeros.- replicó el caballero, que no abandonaba el tratamiento formal ante el tercero- Y un sabihondo charlatán puede ser más peligroso que un grupo de sicarios.

            – Me fío de él.- decidió Ailin.

            Willer envainó, encogiéndose de hombros.

            – ¡Oh, señora! No tendréis un seguidor más adicto.

            – Dime tu nombre, para que puedas jurar como manda la tradición.

            – Asuran de Kern, vuestro en vida y muerte.

            – El nombre te va de maravilla.- opinó Willer- Monta de una vez, Asuran de Kern. Tenemos prisa. Y, por el vientre de los dioses, pulsa una sola cuerda de ese laúd sin permiso y el séquito de nuestra señora volverá a ser impar.

 


[1] Esta canción fue incluida por el portugués Gil Vicente entre sus obras (1562), aunque parte de los estudiosos creen que puede tratase de una obra tradicional castellana

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: