Con un vaso de whisky

agosto 7, 2009

IV. Baluartes

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:27 pm

           TENDRÍA QUE HABER SIDO UN VIAJE SENCILLO, una simple supervisión de los baluartes de la frontera sur. ¿Quién podía haber imaginado aquel desastre? Y el hecho de ser el único consciente del mismo no hacía la vuelta a su castillo más soportable para lord Helmut.

            ¿Había sido culpa suya? No era capaz de decidirse. Cierto que él había escogido la ruta. También a sus acompañantes. Lazar, desde luego, su segundo mejor espadachín, había sido una elección acertada. También Neru y Ferali, guerreros que gozaban de toda su confianza y que secundarían competentemente al maestro de armas. Su séquito no debía ser mucho mayor. Aun cuando su intención oculta al realizar el viaje era centrar en sí las miradas de aquellos espías que, tal vez sí, tal vez no, vigilaban su castillo, haciendo irrelevante la marcha de dos jinetes sin signos de autoridad, tampoco podía salir a los caminos al frente de un batallón. Así que, para rematar su grupo, ¿por qué no un sirviente? ¿Y qué mejor sirviente que el viejo Oras, un tanto chocho, pero de una probada habilidad a la hora de preparar un almuerzo delicioso con los ingredientes más vulgares? ¡Retaba a cualquier otro señor a escoger una escolta más adecuada!

            Sin embargo, ante los resultados, había que admitir un error. ¿Pero dónde, exactamente? ¿En qué momento tomó una decisión que condujo a la catástrofe? ¿Cuál fue esa elección fatal? Revisando cada una de las jornadas, no podía lord Helmut confesar que viera en ellas rastro alguno de imprudencia.

 

            Viajando con rapidez, habían llegado al primer fortín, que se mantenía firme, bien cuidado. La guarnición había merecido los elogios de su señor y juntos habían compartido una espartana cena, donde Oras demostró su pericia. ¿Quién no hubiera llevado a un tal cocinero para subir la moral de los suyos?

            El caballero al mando no había informado de nada preocupante. No, seamos justos; no había sido capaz de informar de nada. Al parecer, los exploradores que había enviado a las tierras de la República regresaban siempre en un plazo de tiempo por demás breve, repelidos por los estrictos controles que los rojinegros habían establecido. ¿El error había consistido en no dar mayor importancia a aquella noticia, haber despreciado por trivial la severa vigilancia de la República? ¡Tonterías! ¿Acaso había sido la primera vez que escuchaba semejantes informes? Había enjuiciado correctamente su relevancia.

            Tras pasar la noche en la torre, habían seguido viaje. Cada paso les acercaba más a la República, Helmut había sido muy consciente de ello; por eso había traído a tres de sus mejores combatientes. Aunque Lazar sobresalía. ¡Siempre tan suspicaz! Ni una hoja movida por el viento le parecía inocente. A pesar de estar en su propio territorio, el maestro de armas veía un asaltante detrás de cada árbol, en cada cabaña del bosque, en cada aldea que dejaban atrás.

            ¿Quizás ésa había sido la equivocación? ¿Atravesar algunos pueblos? ¿Hubiera sido más discreto cabalgar sólo por los bosques, alejados de cualquier población? Absurdo: debían ser visos. De otra manera, ¿cómo iban los hipotéticos espías a perder el tiempo siguiéndoles con ojo avizor, inconscientes de que el premio mayor se les escapaba de las manos? Su decisión había sido la correcta, coherente con el plan que se había trazado.

 

            En el segundo baluarte las noticias eran las mismas, pero el nivel de excelencia de la guarnición, notablemente inferior. Había tenido que meter en cintura a aquellos hombres de armas, azotando a unos cuantos. La disciplina estaba descuidada, las rondas no se efectuaban con puntualidad, las murallas empezaban a resentirse por la falta de un adecuado mantenimiento. ¡Y aquella plaza fuerte estaba más cerca de las legiones republicanas! ¡Qué vergüenza! El caballero al frente había sido reprendido.

            ¿Quizás aquel caballero había sido la causa del mal? Lord Helmut no podía creer semejante felonía. El caballero había aceptado el rapapolvo, con la cabeza humildemente gacha, los hombros cuadrados, como correspondía a un servidor. No tenía Helmut nada que reprocharse por la amonestación que había hecho caer sobre la cabeza de su subordinado. Había sido en privado, para no desprestigiarle ante sus hombres; las palabras habían sido elegidas con cuidado, severas, imperiosas, pero no gratuitas, dignas del mejor señor de la guerra. Nada que reprocharse. Más bien al contrario.

            Habían dedicado dos jornadas a aquella fortificación, a fin de asegurarse de que sus órdenes se cumplían a rajatabla. Ya sólo quedaba un fuerte que visitar.

 

            Al galopar hacia el tercer castillo, no se habían acercado más a la maldita República, si bien tampoco se habían alejado. Pero el terreno estaba tranquilo, sin ningún indicio que presagiara guerra inminente. Pese a ello, lord Helmut sabía bien cuán engañosos son los tiempos previos a un conflicto. Debía sentirse orgulloso por no haber bajado la guardia ni un instante y le constaba que sus escoltas habían actuado de igual manera.

            La inspección a la última guarnición de aquella frontera demostró que la negligencia de la anterior era la excepción y no la norma. Helmut pudo dirigirse en términos elogiosos al comandante del fortín y a sus soldados y sirvientes. El tercer caballero tenía información para su señor, aunque no nuevas. Klaus Helmut sabía ya desde hacía tiempo que el Gobernador republicano de la provincia limítrofe había sido sustituido. Ignoraba por quién. Y eso le preocupaba, porque conocer al líder enemigo es fundamental para desplegar una defensa adecuada.

            ¿Y si el error, el obsesionante error, había sido no indagar con más ahínco sobre la identidad del nuevo Gobernador? ¿Se había dejado llevar por el lógico desprecio que sentía hacia aquellos esclavos de la República, que fundamentaban su autoridad no en los legítimos juramentos de lealtad al Rey ni en su valentía en el campo de batalla, sino en decretos promulgados por hombres sin honor?

            Pudiera ser, pero ese desprecio había existido antes del viaje y durante el mismo, que ahora ya estaba a punto de concluir sin incidentes.

            Por lo demás, no se tenían noticias de infiltraciones rojinegras; pero Helmut no se engañaba: en otros Señoríos los siervos de Izur habían sido avistados y dudaba mucho que sus territorios gozasen de alguna inmunidad. Ordenó endurecer la vigilancia, en cada baluarte visitado.

 

            Retornaban a Bosquedesnudo, dejando atrás la equívoca frontera. En dos o tres días estarían de nuevo en casa y la maniobra de Helmut habría tenido un éxito indiscutible. En aquel momento se había sentido muy satisfecho de sí mismo. ¿Y quién no? No, no había sido un orgullo insensato.

            Y, entonces, el error que buscaba vanamente dio fruto. En medio del tupido bosque, una flecha bien dirigida derribó a Neru, al alcanzarle en el hombro. Hombres camuflados cayeron sobre ellos. Aun tomados por sorpresa, Helmut, Lazar y Ferali habían reaccionado como correspondía a guerreros de su talla. Los asaltantes eran cuatro o cinco y pronto quedaron reducidos a la mitad. Lazar había demostrado por qué era el maestro de armas. Derrotados, los cobardes enemigos huyeron.

            Se ocuparon entonces de Neru. Sólo después de arrancarle la flecha y vendar la herida se dio cuenta Helmut de que Oras había desaparecido, sin su caballo. La conclusión más razonable era que los atacantes se lo habían llevado. También podía haberse ocultado. Dejando a Neru reclinado contra un tronco, lo habían buscado con frenesí. ¿Un señor más astuto hubiera caído antes en la cuenta de su desaparición? Helmut lo dudaba y, en cualquier caso, había actuado correctamente al ocuparse de inmediato del abatido Neru.

            Por mucho que llamaron y rastrearon, Oras no reapareció. Era forzoso admitir que los agresores le habían hecho prisionero. Siendo de nuevo ejemplo de obrar, Helmut registró los cadáveres de los adversarios, los cuales, para su horror, llevaban tatuado en el antebrazo derecho el símbolo de la República. No eran, por tanto, malhechores comunes, sino exploradores de Izur. Y tenían a Oras, al viejo Oras, al pobre cocinero Oras, en su poder.

 

            Ahora que el castillo de Bosquedesnudo se alzaba por fin ante el reducido grupo, lord Helmt se preguntó si el error había sido llevar a Oras con él y la emboscada una desafortunada consecuencia de su inteligente plan para servir de tapadera para Ailin y Willer; si el culpable no sería el puro azar. La querida Nadine le ayudaría a determinar si era responsable o no de la desgracia. Se encerrarían en su alcoba, soportarían en silencio aquella catástrofe y rezarían a los dioses conocidos y desconocidos para que Oras recordara su fidelidad a la Reina Calen, al Rey Desmond y el voto de secreto que había prestado ante lord Helmut.

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: