Con un vaso de whisky

agosto 3, 2009

Abogados de película

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:10 pm
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            Tanto la literatura como el cine, en especial el estadounidense, han utilizado la Justicia (la institución, se entiende) como centro o escenario de sus tramas. Después de todo, un buen juicio no deja de ser una buena puesta en escena de una historia. Uno de los defectos de la Justicia española es su lamentable desprecio hacia lo dramático, empezando por la arquitectura.

            Dado lo prolífico que es el tema, los dramas y farsas judiciales tienen en su haber varias aberraciones, bastantes funciones entretenidas y algunas obras maestras. Como el proceso penal es, con mucho, el más jugoso, y en la ficción se suele colocar al acusado en la posición de víctima, los abogados defensores tienden a ser los protagonistas de novelas y largometrajes. Pero hay abogados y abogados.

            De la cohorte de leguleyos y letrados, tres son mis favoritos. Se alzan en tres películas magníficas, y no acabo de saber si las películas son tan buenas gracias a los personajes o los personajes gracias a las películas. Dejémoslo en que encajan a la perfección los unos en las otras. Están tan bien interpretados, que no se imagina ya uno a ningún otro actor encarnándolos. Además, son notablemente distintos entre sí. Vamos a echarles un vistazo.

 

           atticus Aunque no siento predilección por los héroes, toda regla tiene su excepción. Atticus Finch es la mía. Es, después de todo, el número uno de la Lista de Héroes del American Film Institute. Que no sea además nada violento tiene su gracia. Podría sospecharse de cierta infame corrección política, pero no es el caso. Al fin y al cabo, el primer villano del AFI es el Doctor Hannibal Lecter. Las listas están bien encabezadas.

            Antes de comentar a Atticus, una advertencia. Que una maravilla de película esté basada en una maravilla de novela es una bendición y un problema, porque siente uno la permanente tentación de saltar de la una a la otra. A partir de aquí, todo cuanto escriba hará referencia a la película de Robert Mulligan, salvo por mi entusiasta recomendación de leer y releer la única novela de Harper Lee, ganadora del Premio Pulitzer.

            El señor Finch no es el único abogado que Gregory Peck interpretó, pero fue, sin duda, el papel de su vida. Decir eso de Peck no es baladí. Como letrado es brillante, como persona, admirable. Irradia una rotunda dignidad, que es al mismo tiempo benigna, humilde. Por una de esas ironías del arte, Finch es un hombre sin importancia, un abogado de pueblo, viudo, con dos hijos que le quieren, pero que tampoco le consideran nada del otro mundo, y, sin embargo, carece de rival. No hay personaje en la obra capaz de hacerle sombra.

            Matar a un ruiseñor es inimaginable sin Atticus Finch. El resto de personajes no son monigotes, pero decrecen cuando el impecable jurista de Maycomb, Alabama, aparece en escena. Jem y Scout (una de las pocas parejas de niños que, lejos de serme odiosa, cuenta con mi simpatía incondicional), grandes cuando están solos, no son capaces de competir con su padre, aunque su perspectiva es desde la cual contemplamos a este titán de traje de tres piezas y gafas de pasta.

            Atticus resulta creíble como héroe porque no es sobrehumano. Es un hombre digno, secamente humorístico, melancólico, pragmático, ni un pelo idealista y capaz de enfrentarse contra el racismo del Sur en una época de apogeo del mismo. Los adversarios de Finch no son los personajes negativos de la historia, pobres hombres ignorantes, sino el Racismo, la Intolerancia, la Miseria. Finch es el héroe un poco a su pesar, convencido de que no tiene otra alternativa que pelear por una causa impopular, si quiere conservar su propia autoestima.

            Ante el tribunal, Finch hace gala de una astucia sin perversidad, de una lógica implacable y una sobria elocuencia. Francamente, el caso no sería difícil de ganar ante un jurado que no tuviese la discriminación racial incrustada hasta el tuétano. La habilidad como defensor de Finch es que hace mínimamente real la posibilidad de victoria. Usa la ley como instrumento, la respeta, sin ser un fanático legalista. Se pliega a esta realidad, tratando de sacar lo mejor que pueda.

            Atticus ha inspirado a las legiones de abogados defensores de causas perdidas, seguidores que no le llegan a la suela de los zapatos. Es raro encontrarse a un hombre dotado de un gran sentido de la justicia, de la moral, sin que sea un sermoneador insufrible o un ingenuo recalcitrante.

            En mis ilusiones, me gusta confrontar a Finch con un adversario a su altura. Un villano protagonista de otra novela espléndida y de otro largometraje magistral, propiedad de otro enorme actor, Robert Mitchum. Me refiero al perverso Reverendo Harry Powell, el ogro de La noche del cazador. Cercano a Maycomb por la geografía y la época, daría algo por ver la sombría silueta de Powell, cantando su himno litúrgico, entrar en la polvorienta ciudad, sustituyendo a los atormentados John y Pearl por Jem y Scout. Peck y Mitchum se vieron las caras en El cabo del terror, pero Sam Bowden no es Atticus ni Max Cady es Powell. Francamente, no soy capaz de adivinar al ganador en el duelo verbal de esas dos profundas voces (siempre, siempre versión original), el abogado cristiano contra el predicador psicópata.

            Sin embargo, La noche del cazador es un tenebroso cuento de hadas, pese al realismo descarnado con el que retrata la Depresión, y Matar a un ruiseñor es una narración realista con toques de ensueño, gracias al misterioso Boo, de manera que tal vez no funcionara. Aunque eso no me impide fantasear con ello.

 

            Tampoco a Charles Laugthon le resultaba extraña la piel de los juristas. Dejando a un lado su participación como el malévolo juez Lord Thomas Horfield en El Proceso Paradine, junto a Peck, por cierto, el inmenso inglés, bajo las órdenes de Billy Wilder (quien sostenía que era el mejor actor vivo) representó a Sir Wilfrid Robarts, defensor, en Testigo de cargo.

            Esta película, basada en un relato de Agatha Christie, luego dramatizado por la misma, se mueve en un mundo muy alejado del de Atticus Finch, el Londres de la posguerra. Wilder nunca ocultó que su deseo al filmarla había sido el hacer un largometraje a la Hitchcock, en el que se unieran el suspense y el humor. No hay aquí grandes causas o entrañables escenas familiares, sino un complejo caso de asesinato, lleno de equívocos, de vueltas de tuerca, con un fabuloso reparto y unos diálogos brillantes.

            Sir Wilfrid jamás entraría en el club de los héroes, salvo, tal vez, para arrojarles un despectivo sarcasmo. Pese a ello, es un protagonista atractivo, cuyo malhumor, tozudez e ironía reclaman un aprecio absoluto, al menos, en lo que a mí se refiere. ¡Cómo va a caernos mal un abogado que esconde cigarros en su bastón y coñac en el termo del cacao!sirwilfrid

            Si Finch, en Maycomb, subyugaba a todo y a todos, Robarts tiraniza a buena parte de sus coetáneos, pero no logra la victoria absoluta. No le hacen frente sus colegas juristas (John Williams y Henry Daniell), ni Tyrone Power, el defendido, ni siquiera la espléndida Elsa Lanchaster, esposa de Laugthon en la vida real y enfermera irritante en la película. No. Es Christina Helm Vole, es decir, otra de las colaboradoras predilectas de Wilder, Marlene Dietrich, a quien se reservan algunas de las mejores frases del guión –guión impecable-, empezando por su apabullante presentación: Nunca me desmayo, porque no estoy segura de caer con elegancia.

            Ahora bien, cuando Christina no está presente, Sir Wilfrid arrasa lo que se le ponga delante. Resulta un defensor sagaz, martilleando las tesis de la fiscalía, que, por una vez en el cine, resulta la mar de competente. Emplea la lógica, el dramatismo, la retórica, con una habilidad endiablada. De su boca brotan las mordacidades, los venenosos dobles sentidos o, si es precisa, la dureza más inclemente. Viejo, enfermo, hace temblar al jurado y al público con sus rugidos y arrincona a los testigos de la acusación uno tras otro.

            Sin embargo, toda esta destreza jurídica está al servicio de una personalidad muy recta. Pese a su burlón realismo, este abogado inglés siente un respeto reverencial por las leyes británicas. Acepta los casos por el reto que puedan suponerle, desdeñando otros más seguros y provechosos, tal como haría Sherlock Holmes, al tiempo que es rígido en la aplicación de la justicia penal. No sé si Sir Wilfrid es un iusnaturalista o un positivista ideológico, pero no cabe duda de que considera que las leyes a las que sirve son buenas, justas y que sus muchas cualidades legales deben estar al servicio del inocente. Deja claro desde el principio que, por un cliente inocente, arriesgaría su salud y hasta su vida. Por uno culpable, seguramente ayudaría a la acusación.

            No quiere decir esto que sea un infeliz creyente en la bondad del sistema. Es muy consciente de sus defectos y del inevitable error judicial. Cuando Leonard Vole (Power) se revuelve ante su cercana detención, protestando que estamos en Inglaterra y en Inglaterra no se condena a nadie por algo que no ha cometido, Sir Wilfrid le replica como merece: Procuramos no tomarlo por costumbre.

 

            Si Atticus Finch es un cortés héroe de carne y hueso y Sir Wilfrid Robarts un cáustico sacerdote de las leyes, William Gingrich, el Implacable, es un cínico oportunista. Atticus es pobre y no le importa; Sir Wilfrid es hombre acomodado, pero el dinero no es algo que le mueva. Gingrich tiene un solo objetivo en su existencia y es hacerse rico. Recursos y mala fe le sobran para lograrlo.

            Ya lo dije al principio, cada actor es insustituible en su papel. Walter Mattahu, de nuevo bajo la batuta de Wilder, borda un personaje mentiroso, trapacero; hasta cierto punto, me recuerda a Thenárdier, el posadero criminal de Los Miserables, siempre maquinando la forma de hacer fortuna y siempre fracasado, a pesar de toda su inteligencia y falta de escrúpulos.

            Hace falta tener confianza en la propia habilidad para hacer lo que hace Gingrich en En bandeja de plata. Defender a un negro en Alabama es arriesgado; librar a un acusado enredado en una maraña de pruebas circunstanciales, agotador; pero inventarse desde cero un pleito por una causa inexistente aprovechando un accidente sin importancia, una vieja herida de la infancia y el deseo inconsciente de la supuesta víctima de recuperar a su infiel esposa, teniendo delante a tres abogados carísimos y a una agencia de detectives que te la tienen jurada, eso son palabras mayores.

          gingrich  Nunca vemos a Gingrich ante un tribunal, aunque nos lo podemos imaginar. A cambio, tenemos el privilegio de admirar su veloz verborrea en las negociaciones con los señores O´Brien, Thompson y Kinkaid, reduciendo a sus arrogantes adversarios a un estado lamentable mientras tratan de encontrar una suma capaz de satisfacer al codicioso picapleitos, que se regodea espléndidamente ante ellos.

            Mattahu no juega en solitario, sino emparejado con Jack Lemmon, su cuñado y cliente, a quien tiene que manipular cada dos por tres para evitar que, en un arrebato de remordimientos, confiese que todo es una farsa, ante el espectáculo de la degradación del pobre Bum-Bum Jackson, el único personaje honrado y responsable del accidente que, según la demanda de Gingrich, tiene a su representado encadenado a una silla de ruedas. Con este enlace Wilder descubrió una mina. Sin duda, Lemmon y Mattahu son actores impagables por sí mismos, pero juntos alcanzan otro nivel.

            Atticus se desvela, ante todo y sobre todo, por sus hijos. Sir Wilfrid, solterón –no casto- no muestra el menor interés hacia la idea de una mujer o unos hijos, bastándole sus casos y sus colegas. Gingrich carga con mujer, dos vástagos y la suegra, a los que trata con indiferencia en el mejor de los casos y con áspera irritación en el peor, a no ser que le sirvan como peones en su juego.

            Y, sin embargo, de alguna manera, Gingrich está más cerca de Atticus que de Robarts: al contrario que el abogado británico, sus homólogos norteamericanos usan la ley sin reverenciarla. Mientras que Sir Wilfrid venera las leyes inglesas, Atticus sencillamente acata las suyas y Willy Gingrich las retuerce para amoldarlas a sus propósitos. En fin, eso es lo que hace todo abogado, justificar la posición de su cliente interpretando las normas de cierta manera; sólo que este abogado en concreto es capaz de torcer lo más recto. Ya lo dice de él otro personaje de la película: encontraría un cabo suelto en los Diez Mandamientos.

 

            Existen otros abogados de película, sin duda, y bien respetables. Pero a este trío le confiaría mi vida. Que alguien me diga si hay mejor garantía que su habilidad, unida a la tranquila dignidad de Atticus Finch, la sardónica cabezonería de Sir Wilfrid Robarts o la trapacería inagotable de William Gingrich. Ante letrados de esta talla, recobro mi maltrecha fe en la Justicia.

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