Con un vaso de whisky

julio 31, 2009

III. Nicolia

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:53 pm

            LA CIUDAD DE NICOLIA, y sus territorios anejos, era una de las últimas adquisiciones de la República, habiendo obtenido el rango de capital provincial. Su señor había aceptado, en origen, un régimen de ciudad tributaria, pero independiente. Cuando la Gran Asamblea de Izur exigió la anexión pura y simple, se negó, ante lo cual sus súbditos se levantaron en armas y entregaron la ciudad a las tropas republicanas, a cambio del status de ciudadanos, trato que la República aceptó con disimulada euforia.

            Pese a las terribles amenazas del depuesto señor -quien auguraba la venganza de la Providencia, de la cual, sin duda, provenía su autoridad-, ante tamaña traición los nuevos ciudadanos encontraron sustancioso el premio por su deslealtad. Impuesto el orden, sometida a las leyes de Izur, protegida por el poderoso ejército de la República, Nicolia experimentó la resurrección del comercio y las ventajas de las obras públicas. Los Gobernadores habían invertido mucho dinero en infraestructuras, aunque habían descuidado en buena medida la administración de la provincia, ocupados como estaban en mejorar la ciudad.

            Señal inequívoca de la cercanía de Nicolia fue para Dougal y Edmund el cambio de los primitivos caminos de tierra o de piedra, la norma en aquella región, por las calzadas que empezaban a extenderse desde la urbe. Las obras en las redes de comunicaciones habían gozado siempre de prioridad: un Estado bien comunicado es más fácil de gestionar. A las pocas horas de haber entrado en una de ellas, avistaron las viejas murallas, reconstruidas y reforzadas; porque Nicolia era capital de una provincia fronteriza y la seguridad no se descuidaba.

            Los centinelas, con el uniforme negro y rojo del ejército republicano, exigían el pase de ciudadano, el documento oficial imprescindible para penetrar en los dominios de la República. En las regiones internas no era habitual tanta severidad, pero, al parecer, el Gobernador lo juzgaba necesario en su jurisdicción, sin duda, como comentó Dougal, para evitar la infiltración de agentes de los señores bárbaros.

            Dado que los viajeros tenían sendos pases, les permitieron pasar, sin que Edmund tuviera que revelar su cargo. Cabalgaron de inmediato a la residencia del Gobernador, un edificio robusto, cuyas columnas y cariátides no podían disimular su origen militar. Nuevos soldados les cortaron el paso.

            – ¡Alto!- ordenó un oficial- La entrada está prohibida, salvo a aquellos con autorización.

            – Tenemos esa autorización.- contestó Edmund, sacando un pergamino sellado de su bolsa- Debemos entrevistarnos de inmediato con el Gobernador.

            El oficial examinó el documento y el sello.

            – Está en regla.- reconoció- ¿Cuál es el objeto de la entrevista?

            – Eso es asunto nuestro y del Gobernador, oficial.- replicó el joven, frunciendo el ceño más de lo habitual- Déjenos pasar.

            A regañadientes, el militar hizo un gesto a sus hombres, que se apartaron.

            Servidores de la mansión se hicieron cargo de los caballos y los visitantes fueron guiados acto seguido, hasta el despacho del Gobernador. Pasaron primero por la sala de audiencias, una estancia rectangular, sostenida por pilares, sin más adornos que el símbolo de la República grabado en la pared norte, añadido nada más verificarse la anexión. Bajo el mismo se encontraba un sitial.

            Ni Dougal ni Edmund se sintieron muy impresionados por aquella táctica de presión psicológica. Al entrar en el despacho del Gobernador, ambos habían formado una impresión no muy positiva de su ocupante. La habitación en sí era espaciosa, y se notaba que, no hacía demasiado, había estado decorada con lujo. Pero ahora cualquier objeto superfluo que no se refiriera exclusivamente a la administración estaba ausente. Por eso, el despacho daba la sensación de ser más grande y vacío de lo que en realidad era. Sólo la bandera de la República tenía una función decorativa. Aunque probablemente el Gobernador no la considerara un mero adorno.

            El Gobernador, tras su mesa, un hombre ya avanzada la cuarentena, de rasgos duros, vestido con el uniforme de coronel, una daga en su cinturón.

            Los recién llegados caminaron hasta que una distancia de tres pasos les separó de aquel hombre.

            – Sean bienvenidos a la ciudad de Nicolia. Soy el Gobernador Frank Horst. Parece que no consideran a mis hombres merecedores de conocer sus nombres, ni la razón de esta entrevista.

            Sin despegar los labios Edmund extrajo su colgante. Al verlo, el Gobernador enarcó las cejas.

            – Salid.- ordenó a los sirvientes; cuando estos se fueron, se levantó, y golpeó dos veces en la pared, donde estaba colgado un mapa de la provincia.

            – Tiendo a extremar la precaución.- explicó Horst, sentándose de nuevo- Tal vez se deba a mi condición de militar. Ahora estamos realmente a solas.

            – Según mis noticias, el Gobernador de Nicolia se llamaba Rinauld.- dijo Edmund- ¿Le habéis reemplazado?

            – Izur no estaba satisfecha por las inversiones del antiguo Gobernador. Se había empeñado en convertir a Nicolia en una especie de ciudad de recreo, cuando, por su posición, es un enclave amenazado. Por eso, la Gran Asamblea consideró preferible que un soldado, acostumbrado a pensar de una forma estratégica, se hiciera cargo de su administración.

            “Aún no ha contestado a mi pregunta, señor. Soy un hombre paciente, pero no tengo inconveniente en llamar de nuevo a mis guardias. Está ante un Gobernador: preséntese a usted mismo y a su acompañante.

            – Me llamo Edmund Lukas, Juez Errante de la República.

            – Eso se deduce de la medalla- el Gobernador señaló a Dougal- ¿Y ése?

            – Capitán Stephen Dougal, del Cuerpo de Rastreadores, con órdenes de acompañar y auxiliar a su Señoría, mi coronel.

            – ¿Y se atreve a dirigirse directamente a un Gobernador?- gritó Horst, poniéndose en pie- ¡Muestre el respeto debido o recordará este día!

            – Mi acompañante está bajo mi autoridad.- advirtió secamente Edmund- No podéis amenazarle más que a mí.

            Horst dirigió una mirada tenebrosa al joven.

            – Había oído el rumor de que algunos Jueces Errantes son indulgentes con sus ayudantes; pero nunca que se les permitiera mostrarse insolentes ante un alto funcionario de la República.

            – Dougal no os ha faltado al respeto, Excelencia.- cuanto más frío era el tono de Edmund, mayor esfuerzo tenía que hacer para controlarse- Ha informado con absoluta corrección acerca de su rango. Es costumbre que los militares se presenten a sus superiores.

            El Gobernador Horst se sentó rígidamente.

            – Bien, quizás me he mostrado en exceso susceptible. Pero no me gusta que responda quien no ha sido interrogado. No tengo poder sobre vos, señor Juez, pero aceptad este consejo: una excesiva familiaridad entre el superior y el inferior conduce a la ruina. La disciplina es fundamental.

            Los compañeros se inclinaron ante el Gobernador. Edmund se sonrió ante el cambio de tratamiento.

            – Todo esto nos ha desviado de lo esencial. ¿Cuál es el propósito de vuestra visita? ¿Acaso vais a llevar a cabo una investigación en Nicolia?

            – No, Excelencia. Venimos sencillamente a informaros de nuestra presencia en vuestra provincia. De acuerdo con la Ley, todo Juez Errante debe presentarse en el plazo más breve posible ante el Gobernador o autoridad equivalente antes de ejercer sus funciones en la provincia de que se trate, salvo casos de fuerza mayor, como sin duda alguna sabéis- finalizó con leve ironía.

            – Me doy por informado, señor Juez.- contestó Horst, atravesando al joven con la mirada- ¿Qué pensáis hacer ahora?

            – Descansaremos algunos días en Nicolia, de incógnito, antes de continuar nuestro viaje.

            – Os ruego que recapacitéis, señor Juez- Horst se mostraba ahora amistoso a su modo- Hemos empezado con mal pie, algo lamentable, pero ¿qué clase de Gobernador sería si dejara que dos servidores de la República malviviesen en las calles de mi propia ciudad? Aceptad mi hospitalidad.

            – Prefiero ser discreto.

            – Vamos, la única diferencia es que dispondréis de una cama mullida y de comodidades imposibles en las fondas y pensiones de Nicolia. Por favor, señor Juez, no rechacéis mi invitación.

            Un ligero gesto de Dougal a favor de aceptar la propuesta del Gobernador decidió a Lukas.

            – Vuestra Excelencia es muy amable.- se inclinó para ocultar su disgusto- Será un honor considerarnos vuestros invitados.

 

            El Gobernador militar demostró ser un anfitrión complaciente. Concedió a sus huéspedes una habitación común, confortable, alejada de las alas oficiales de la mansión. Cualquier deseo que tuvieran sería cumplido de inmediato por el servicio. Dougal hizo uso de tal posibilidad, pidiendo nada más instalarse un servicio de té.

            – ¿Por qué quedarnos?- preguntó Lukas, que se paseaba a grandes zancadas- ¿Por qué acceder a convertirnos en los invitados de Horst?

            – En primer lugar, porque dudo mucho que en alguna otra parte de la ciudad hubiésemos podido conseguir un té de semejante calidad.- contestó Dougal, saboreando una taza- Harías bien en acompañarme. Te calmaría los nervios y te ayudaría a concentrarte.

            – No tengo tiempo para infusiones.- gruñó el joven y se sentó ante la mesa de la habitación, armado con un papel no oficial y una pluma.

            – Voy a pasar por alto ese absurdo comentario. Exactamente, ¿qué estás haciendo?

            – Cumplir con mi deber: informar al Consejo de nuestras últimas actividades y de nuestra llegada a Nicolia. De manera discreta.

            – ¿Y cómo vas a enviar ese informe? ¿A través del Gobernador Horst?

            – Por supuesto que no. Ni el Gobernador ni la Gran Asamblea tienen autoridad sobre mí, sino sólo el Consejo de los Nueve y ellos serán los únicos que lean mi mensaje. ¿Has oído cómo ese coronel trataba de intimidarme recalcando que había sido la Gran Asamblea la que le había concedido el mando? ¡Cómo si no supiera bien que la República es dirigida por los Nueve!

            – No se puede despreciar a la Gran Asamblea así como así. Cierto que el Consejo ha sido tradicionalmente el órgano supremo, pero ha delegado varias funciones en aquélla. De hecho, hace varios años que no está muy quién ostenta la supremacía.

            – Quizás funcionaran mejor las cosas sin la Asamblea.- opinó Lukas por encima del hombro.

            – Cuidado con esos comentarios. Hombres de probada lealtad a la República han perdido cuanto tenían por afirmaciones semejantes. Te recomiendo que seas cauto en tu informe.

            – ¿Crees que el Consejo me degradará si me muestro demasiado mordaz?

            – No, pero estoy seguro que el Gobernador no se sentirá nada complacido si lee algo desagradable.

            – Por última vez, Dougal,- se encrespó el Juez Errante- el Gobernador nunca leerá este informe. Entre otras cosas, por eso estoy usando un papel no oficial. Estos informes no siguen los cauces ordinarios

            – Lo que nos conduce de nuevo a mi pregunta anterior.- Dougal se sirvió más té y bebió calmosamente unos sorbos- ¿Cómo vas a enviar ese mensaje a Izur sin que Horst se entere?

            – Supongo que habrá servicio de correos en esta ciudad. Me encargaré de que esta carta llegue a su oficina sin llamar la atención.

            – Qué sutil. Permíteme que te diga algo: mucho me extrañaría si todas las cartas que entran o salen de esta ciudad no pasan antes por las manos del Gobernador, o de sus asistentes.

            – Eso iría contra las leyes de la República.

            – Conozco la reputación del coronel Horst. Incluso llegué a verle una vez, hace tiempo, cuando era un oficial inferior. Es un líder militar eficiente, que sigue una sola regla, triunfar en su misión a toda costa. Ya has visto la importancia que da a la seguridad: controles estrictos a la entrada, agentes ocultos en su despacho. No va a descuidar algo tan obvio como los mensajes. Y siempre puede justificarse aduciendo que en una ciudad fronteriza rigen las normas militares. La verdad es que estas situaciones no están muy bien reguladas.

            – Supongo que el soborno no casa bien con mi condición. Eso sin contar -añadió con sorna el Juez- que el coronel Horst mantendrá un régimen tan duro que el terror al castigo garantiza la lealtad de los suyos.

            – Si es el Horst del que yo oí hablar, sí. Castigaba con extrema severidad cualquier falta.

            – Y la Gran Asamblea sustituye a un administrador civil como Rinauld por un militar tan duro como Horst.

            – Estamos en una región fronteriza.

            – Ya era un región fronteriza cuando Rinauld fue nombrado Gobernador.- respondió Edmund- No es ése el motivo.

            – Y ahí tenemos la segunda razón por la cual gozamos de las atenciones del Gobernador.

            Dougal se colocó junto a la ventana de la habitación.

            – Mira.- indicó- Me fijé en ellos al llegar. Las obras están tan avanzadas que desde aquí se pueden ver. ¿Qué te parece que son esos edificios?

            – Barracones.- murmuró Lukas- Los suficientes para albergar un ejército.

            – Parece que el Gobernador espera una buena cantidad de tropas.

            – ¿El Consejo ha ordenado un acantonamiento de tropas en Nicolia? ¿Vamos a invadir a los bárbaros?

            – La verdad es que hace bastante que no extendemos las fronteras. Quizás el Consejo ha decidido que ya está bien de descansar.

            – O la iniciativa viene de la Gran Asamblea y el Consejo ha accedido. Pero, ¿por qué no se me ha informado?- Edmund golpeó el alfeizar de la ventana con su puño- ¡Soy un Juez Errante! ¡El Consejo debería advertirnos de un asunto de esa envergadura!

            – Puede que el mensaje no nos haya llegado. Es difícil que la correspondencia sea puntual si estamos viajando de aquí para allá.

            – Tengo que mandar mi informe de inmediato. Así los Nueve sabrán que estoy en Nicolia. Tranquilo,- medio sonrió ante la mueca de Dougal- seré sucinto, aséptico. Ni el terrible coronel Horst podrá encontrar nada comprometedor. Aunque tendría modos de mandar un mensaje sin que… ¡ah, da igual, te haré caso!

            – De acuerdo.- Dougal parecía intrigado por las últimas palabras del Juez, pero no hizo comentarios- Mientras tú escribes, daré una vuelta por la mansión, a ver si me entero de algo. Los servidores son charlatanes ante alguien que no les aterrorice- el rastreador miró con buen humor a Edmud, quien no se dio por aludido-, en especial sobre un asunto que, sin duda, es de dominio público. Y a los soldados siempre les gusta tomar una copa con un camarada de armas. Pero antes me beberé otra taza.

            Lukas se le quedó mirando fijamente.

            – ¿Ocurre algo?

            – Horst ha insistido en que nos quedemos en su mansión. ¿Por qué? Podía habernos dejado marchar. De ese modo, aun si hubiésemos caído en la cuenta del significado de los barracones, estaríamos en una posición menos privilegiada para investigar.

            – ¿En serio? Aquí puede vigilarnos tanto como nosotros a él o más. En la ciudad tendríamos cierta ventaja. En su mansión, hay que ser cautos.

            – Entonces, tu segunda razón queda anulada.- Edmund hizo un gesto triunfal- Al final, va a ser el té el único motivo.

            – Es el principal. Pero piensa en esto: si te hubieras negado a quedarte, sufriríamos a un Gobernador insultado, dispuesto a la revancha y pudiera ser que molesto por tener a un Juez Errante husmeando en su ciudad. Ya has tentado bastante su cólera en vuestra primera entrevista.

            – Que le aproveche el enfado. Carece de potestad sobre nosotros.

            – La tiene sobre los funcionarios y ciudadanos de esta provincia. Más de un dignatario de la República ha visto fracasar sus planes por la resistencia burocrática de un Gobernador enemigo, si éste era lo bastante sutil.

            – Y Horst, una vez más, lo es.

            – Si no él, seguro que alguno de sus consejeros. Aún queda algo de té. Sírvete una taza antes de ponerte a redactar tu mensaje.

 

            Como Dougal había dicho, entre soldados un veterano siempre es bien recibido. A los pocos minutos de su entrada en la cantina para la guardia de la mansión, ya había logrado hacerse con un grupo de oyentes, más que dispuestos a escuchar historias de los éxitos republicanos en la guerra, entre una y otra ronda.

            Astutamente, fue desviando la conversación hacia el tema de las grandes campañas militares, enzarzándose por fin en una animada polémica con un experimentado sargento acerca de la logística. Dougal mantenía que el sistema de campamentos era más adecuado para movilizar amplios contingentes de tropas, alejándolos de los núcleos urbanos, a fin de no perturbar el comercio y de no causar malestar en la población.

            – Tonterías.- replicó el sargento- Los campamentos son una solución práctica para una campaña corta, para una estancia provisional. Pero si lo que se quiere es organizar una campaña larga y bien hecha, lo mejor es disponer de una ciudad, para que te sirva de cabeza de puente, por así decir.

            – ¿Y si el Gobernador de la provincia o las autoridades locales se oponen?

            – En todos mis años de servicio, nunca he visto a una ciudad de la República negando auxilio a sus ejércitos. Algunos administradores civiles pueden gruñir, pero no tienen más remedio que callarse: las tropas siempre tienen a la Asamblea y al Consejo a su favor. Aunque es cierto que todo resulta más sencillo si el Gobernador es un militar o incluso el líder de la campaña.

            – Eso es indiscutible. Pero en las fuerzas regulares escuché muchas veces quejarse a los comerciantes e incluso a la población por la presencia de los soldados. Una ciudad que acoge a demasiados hombres de armas puede ver peligrar sus ingresos, lo que afecta a los tributos. Y todos sabemos el cariño que los Gobernadores sienten por los impuestos.

            Varios de los presentes rieron.

            – De acuerdo,- admitió el sargento- puede ser un inconveniente, pero no es siempre así. Depende de la habilidad del Gobernador. Precisamente Nicolia es un buen ejemplo. ¿Se ha fijado en los barracones que al sur de la mansión? Son para acoger a las divisiones que el Consejo mandará. Bueno, pues gracias a una planificación muy cuidadosa de la construcción, cuando lleguen, esos chicos no supondrán ningún problema. Será como haber plantado un campamento en la ciudad, separada de ésta, sin incomodarla en lo más mínimo. No me extrañaría que otros siguieran nuestro ejemplo.

            – ¿Es que el Gobernador espera refuerzos? ¿O va a lanzar una campaña?

            – No lo sabemos.- intervino otro soldado, mirando con severidad al sargento- Eso es asunto de los comandantes. Nos dicen: “Id a luchar allí”, y nosotros vamos.

            – Yo he oído que el Gobernador ha enviado exploradores a reconocer el territorio de dos o tres señores bárbaros.- comentó un tercero, que estaba limpiando un cuchillo con los pantalones. Otros soldados dijeron que eso eran cuentos de borrachos.

            – Francamente, no creo que esta sea la ofensiva definitiva para conquistar de una vez a esos salvajes.- se lamentó el sargento- Que bien se lo merecen. Han incendiado tres aldeas en el último mes. Necesitan que les demostraremos que, contra la República, no tienen nada que hacer.

            Los presentes vitorearon estas palabras.

            – Tú eres explorador, ¿verdad?- le preguntó a Dougal el del cuchillo, con una familiaridad insolente.

            – Sí, soy oficial del Cuerpo de Rastreadores.

            – Has venido con el Juez Errante, ¿a que sí?

            La cantina enmudeció.

            – ¿Quién te ha dicho eso?- inquirió Dougal, soportando las miradas oblicuas de todos sus camaradas.

            – Un amigo mío trabaja de administrador. El Gobernador le ha ordenado que añada a la lista de invitados a un banquete que dará esta semana al Juez Errante recién llegado y que deje a su ayudante como dudoso. Ese ayudante eres tú. Mi amigo me dijo que era un soldado, un rastreador.

            – Sí, es verdad.- sonrió Dougal- Se me ofreció la posibilidad de actuar como ayudante de los jóvenes Jueces Errantes y me asignaron a su Señoría. No es como servir en el Ejército, pero al menos no estoy juntando moho.

            Un par de guardias reaccionaron bien, pero en general el ambiente se había enrarecido. Mientras Dougal apuraba su copa, tuvo que admitir que a Lukas no le faltaba razón al preferir el anonimato.

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