Con un vaso de whisky

julio 27, 2009

No va más

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:58 am
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            Entre otras muchas cosas, los puritanos (laicos o religiosos) condenan el alcohol y el juego. Si yo fuera una persona generosa, daría a esas gentes el beneficio de la buena fe. Los puritanos, entonces, nos privarían de ambos placeres para no despertar a la bestia que llevamos dentro. Es decir, que confundirían al bebedor con el alcohólico y al jugador con el ludópata. Cuando es sabido que ludópatas y alcohólicos son enfermos, merecedores de auxilio, pero ni buenos bebedores, ni grandes jugadores.

            Ya me duele, no puedo presumir de gran jugador. Tiro más bien a la mediocridad. Es una de esas limitaciones que hay que llevar con la menor vergüenza posible. Pero ser un jugador de infantería no me impide disfrutar del juego. De tres, por encima de los demás: el mus, el póker y la ruleta.

 

            De los juegos en que se usa la baraja española, ninguno iguala al mus. El mus es casi perfecto. Es un juego de cartas donde el azar tiene algo que ver, aunque no demasiado. Cuentan mucho más, con diferencia, la habilidad, la astucia, la veteranía. Ante una pareja de jugadores experimentados, unos novatos no tienen nada que hacer, por mucha buena suerte que traigan en los bolsillos.

           musmingote La mayoría de los juegos de cartas tienen un vocabulario propio, todos, unas reglas; el mus tiene una liturgia. Observar una partida sin saber de qué va es como entrar en una logia masónica. Hay que ser iniciado, bien por un sectario, bien por algún libro. Si el lector no sabe lo que es el mus, le sugiero que consiga la Guía del Mus, de don Antonio Mingote (su portada en la imagen). Si el lector sabe lo que es el mus, también. El primero comprenderá las formas en cuanto lo termine, tan bien explicado está; los dos se reirán a cada página. Y esto es incluso más importante que saber las normas.

            Porque el mus es el juego sociable por excelencia. Para empezar, no se juega solo. Siempre se está apoyado por un compañero de armas. Además, siempre se juega con comida o bebida cerca. Las rondas de cerveza son paralelas a las manos. Y, por último, los rivales o son amigos o acaban siendo camaradas. Existen lugares donde los compañeros de mus son una institución. En el mus no hay malicia alguna, ni trampas, ni marrullerías, ni malos perderes. Sí hay jactancia (porque nadie es más exageradamente arrogante que un jugador de mus, salvo otro jugador de mus) y habilidad. Hay espionaje y contraespionaje. Es la prueba definitiva de que maña y caballerosidad pueden ir del brazo.

            Por si fuera poco, es entretenidísimo. Las horas pasan volando (incluso si no hay cerveza). A poco que uno se descuide, le sorprende la media noche delante de la mesa. Es un juego absorbente, sin ser obsesivo. Con el mus uno jamás apuesta la universidad de los hijos. El dinero nunca está presente, o lo está de forma inofensiva. Los derrotados pueden pagar las rondas o la cena, sabiendo que mañana se resarcirán. Porque siempre hay una revancha. Y otra tarde de mus.

 

            El póker es el gemelo anglosajón del mus. El gemelo malvado. O puede serlo. Es, desde luego, más turbio. En el mus no hay sombra, es cálido, rotundo, limpio. El póker puede ser retorcido. Incluso en la timba más inocente hay algo de perversidad en las cartas. Si se maneja bien, la necesaria y un poco más para volverlo atractivo. Si uno no sabe con quien juega… en fin, tenemos historias para no dormir en las películas y en los atestados policiales.

          dogspoker  Mafias aparte, el póker es un gran juego. Tan entretenido y absorbente como el mus. Con su liturgia propia. Con su lenguaje, sus tradiciones, sus escuelas, sus variantes. Hay manuales escritos por profesionales. En un país serio, existiría una Licenciatura de Juegos, con su correspondiente especialización en Póker. Los estudios sobre la psicología de los jugadores, sobre sus personalidades, manías, indumentaria, espantajería, tics y distinción dan para un par de bibliotecas.

            Una buena timba de póker se hace en casa, o en un local preparado para ella. De noche. Con botellas de whisky. Y, si uno se pone quisquilloso, con traje. Hay sitios que piden traje. Una partida de mus no lo necesita. Pero una de póker gana puntos si los contendientes van bien vestidos.

            Por su atmósfera oscura, el póker es el juego cinematográfico estadounidense. Hay películas consagradas sólo al póker. Grandes películas. Ahí está El rey del juego. También existen escenas memorables gracias al póker, como la partida nocturna de El Golpe. Hasta los westerns, por los que no siento mucha debilidad, son otra cosa en cuanto se entra en el saloon.

            En el póker el azar tiene algo más de voz que en el mus. Pero tampoco puede nada contra jugadores curtidos. Para jugar al póker hay que ser astuto y calculador. Hay que saber manipular al resto. Se miente, se engaña, se farolea. Es parte del juego. Y, esto queda al arbitrio de la casa, se hacen trampas. Que te pillen queda feo, aunque tampoco puede dar lugar a la indignación moral. Esa indignación no le pega al póker.

            Tampoco la amistad. Los jugadores de mus son rivales, pero amigos. Los de póker pueden ser amigos, salvo durante la partida. Por muchas bromas, por muy buen ambiente que haya. En el póker hay tanta camaradería como en el ajedrez. El póker es individualista. Una partida es una batalla, con un único ganador. Como en Los Inmortales, vaya, sin que nos corten la cabeza. Y si jugar y perder ya es divertido, ganar es cojonudo. Las cosas, como son.

 

            El póker es grande, menos en los casinos, donde sólo puedes pegarte con el croupier. Eso es más aburrido aún que el black-jack, que ya es tedioso, salvo que te toque Homer Simpson para repartir las cartas. No, si uno entra en un casino, tiene pocas opciones. Los jinetes de tragaperras son lo más bajo del escalafón. La ruleta americana siempre me ha recordado a la Rueda de la Fortuna y eso lo dice todo. ¿Qué nos queda? La otra ruleta. La francesa. Porque la rusa es para excombatientes de Vietnam.

            La ruleta francesa es distinta del mus y del póker. Aquí manda la suerte. Sin duda, el jugador obsesionado con el control hará lo imposible por ampliar sus probabilidades de victoria. Apostará a pares o impares, a negro o a rojo, a docenas, en lugar de arriesgarse con un número concreto, echará mano de la estadística, tendrá en cuenta las tiradas anteriores… Al final, sin embargo, detrás de todas esas maquinaciones, sabe que la ruleta no tiene memoria y que, en última instancia, está indefenso.

            El jugador de ruleta siente la atracción del abismo, incluso si es prudente en sus apuestas. La ruleta es el abismo por definición. Uno, sencillamente, se tira, esperando caer en blando. No hay astucias, trampas, experiencias pasadas ni veteranías que nos salven. Si la ruleta nos mira mal, se acabó la partida. El jugador de mus, el jugador de póker se enfrentan a personas. El de la ruleta, al puro azar.

            Hay cierto romanticismo, paródico, en la ruleta francesa. La banda sonora que mejor le pega, en una película irónica, es Beethoven. O ciertas piezas de Tchaikowsky o quizás algo de Brhams. Los compositores románticos. ¡El héroe contra el destino! ¡Una lucha sin certezas! En fin, los románticos de pro iban a la batalla sabiendo que iban a perder, así que el de la ruleta algo a favor ya tiene.ruletafrancesa

            Si en el mus combatimos escoltados y llenos de buen humor y en el póker, entre amigos o enemigos, peleamos contra seres humanos, en la ruleta estamos solos. De los tres, es el juego más solitario. Incluso si vamos acompañados, tendremos una sensación de soledad. La soledad no es necesariamente mala. Pero, y no quiero ponerme dramático, la soledad de la ruleta tiene cierto peligro. Hay que ser de mente fría para jugar a este juego. Incluso más que en el póker.

            El único control real de la persona sobre la ruleta es que puede decir “hasta aquí hemos llegado”. En la ruleta es preciso saber retirarse. Los que van al tapete y lo cubren de fichas están condenados. Lo pierden todo, o casi, así que sacan más dinero y vuelven a hacer lo mismo. Tarde o temprano algo les tocará, pero sus pérdidas son masivas, regulares. Esos no son jugadores inteligentes.

            Con la ruleta hay que ser sobrio. Hay que apostar moderadamente. Y, sobre todo, hay que imponerse un límite. Se llega con una cantidad X, cada cual según su fortuna y convicciones. Si uno pierde esa cantidad, se encoge de hombros, abandona la mesa. Existen noches perras, en las cuales cada apuesta es una pérdida. Si la cosa sale bien, si logramos en ganancias la cantidad con la que empezamos, la guardamos como intocable. Así no perderemos nada. Éste es el único sistema para que no nos devore el abismo.

            La ruleta es fascinante, divertida, cuando uno sabe jugar con cautela, sin pasión. Sabiendo que no nos jugamos nada importante. Si, en efecto, no nos jugamos nada importante. Porque el dinero no es importante, dijo Bernard Shaw, pero mucho dinero, eso ya es otra cosa. Si es así, la noche irá bien, aunque perdamos.

            Y, si la ruleta nos ha mareado, siempre nos queda el mus. Una tarde de mus limpia cualquier cabeza.

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