Con un vaso de whisky

julio 24, 2009

II. Viejas historias

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:24 pm

            WILLER SHEPERD, con rango de caballero, había llegado a ser uno de los mejores guerreros del Viejo Reino; a sus treinta años era capaz de derrotar montado o a pie a los luchadores más capaces. Su perspicacia le había otorgado asimismo un puesto permanente en el consejo del señor y pocas decisiones se tomaban sin escuchar antes su opinión, a pesar de lo poco popular que ésta pudiera ser, o de lo desagradable que su humor resultara a su señor Helmut. Y, aun siendo consciente de esto, no le parecía un deshonor realizar la tarea de un mero sirviente, cual era transmitir dentro del castillo los deseos de lord Helmut. Pues no a cualquiera se le encargaba la misión de mensajero con respecto a la pupila del señor, lady Ailin.

            Del patio de armas llegaba el entrechocar de espadas y la voz sonora del maestro de armas, Gurney Lazar.

            – Marchad, marchad, romped, romped, avanzad, ¡fondo! Bien, ahora, atención, en guardia, ataque interno, ataque externo, defensa, ataque superior, contra, ¡guarda! Señora, estáis muerta.

            El bajo maestro, cuya generosa barriga ocultaba una habilidad técnica fruto de años de combate, tenía su espada embotada colocada con precisión en el cuello de lady Ailin.

            – Ah, sir Willer, ¿venís a arrebatarme a mi alumna, a la que cualquier bandido contrahecho destriparía en unos segundos?

            – ¿Eso crees, Lazar?- rió Ailin, poniéndose en guardia de nuevo- Vamos a ver si eres ese bandido.

            La pupila avanzó agresivamente, hizo una finta, atacó, repelió el contraataque del maestro, se tiró a fondo y golpeó con la inofensiva punta de su espada el muslo de Lazar.

            – ¡Ahí lo tienes!- exclamó, orgullosa.

            – Muy bien, pero mi hoja ya os habría atravesado la espalda.

            Y el arma de su contrincante, en efecto, había llegado a la columna de Ailin antes que la de ésta a su meta.

            Willer aplaudió.

            – ¿No podríamos dejarlo en un doble golpe, señor Lazar?

            – En el campo de batalla los dobles golpes son un pobre consuelo, sir Willer. Señora, mañana espero una defensa mucho más cerrada por vuestra parte o esa piel va a quedar cubierta de cardenales.

            Maestro y alumna se saludaron formalmente, antes de separarse.

            – Hola, Willer.- Ailin besó en la mejilla al caballero- Has tenido que venir justo cuando peor me estaba portando.

            – Luego hablaré con Lazar y averiguaré si eso es verdad. Si has tratado de engañarme, mañana me tendrás a mí delante. Y yo no seré tan delicado como él.

            Ailin rió de nuevo. Tenía una risa bonita. Según Willer, y no era el único en mantener esta posición, todo en Ailin era bonito. Los defectos que tenía aquella adolescente de quince años se le perdonaban en virtud de su sonrisa, sus ojos almendrados y su melena castaña. Daba igual que a veces se comportara como una niña caprichosa, o que su cabezonería le impidiera contemplar otro punto de vista que el suyo propio: al final lograba ganarse a su opositor o, por lo menos, su simpatía.

            – ¿Qué, vienes de chico de los recados?

            – Vaya forma de hablar.- la amonestó el gentilhombre, añadiendo con afectación burlona- Vuestro tutor reclama vuestra inmediata presencia, milady. Os espera en su gabinete privado.

            – Entonces será por algo importante. ¿Me he metido en algún lío?

            – Lo sabréis vos mejor que yo.- sonrió Willer.

            – Vamos allá.- Ailin cogió del brazo al caballero- Si mi señor está malhumorado, te usaré de escudo.

            Sir Willer se dejó llevar. Un hombre siempre es un hombre y otros más templados que el caballero hubieran sentido un agradable hormigueo al contacto con la mano de lady Ailin. Pero para Willer aquella hermosa muchacha era la protegida de su señor, la niña a la que había visto crecer desde que, catorce años atrás, llegara a aquella plaza fuerte.

            Ailin subió las esclaras que llevaban al despacho de lord Helmut de dos en dos y ni siquiera se molestó en llamar a la puerta.

            – Mi buen señor, aquí me tenéis.- dijo, entrando de un salto- Debería daros vergüenza usar a sir Willer como paloma mensajera. ¿Tan elevado os creéis que no consideráis digno de vos descender a hablar con vuestra propia pupila?- y la adolescente se cruzó de brazos, con gesto ofendido.

            Tras su mesa de roble, lord Klaus Helmut, Señor de Bosquedesnudo, arqueó una ceja, clavando la mirada en Ailin. El maduro señor de la guerra, al que tantas veces los enfados fingidos y las bromas de aquélla habían logrado hacer sonreír, no suavizó ni un pliegue de su rostro. La chica intuyó que algo grave ocurría, sospecha reafirmada al caer en la cuenta de que la esposa de Helmut, lady Nadine, a quien no había visto, ocupada como estaba con su entrada espectacular, tampoco sonreía.

            Lady Nadine, una mujer bendecida con el don de la elegancia discreta, se deslizó desde la retaguardia de su marido hasta la de su pupila.

            – Siéntate, Ailin.- le dijo, rodeando sus hombros con un brazo.

            – Y tú quédate, Willer.- ordenó Helmut, al ver que el caballero, mucho más prudente en su llegada, hacía ademán de retirarse- Tienes que escuchar esto.

            Helmut se mesó la barba negra y extendió los brazos, como hombre que va hacer un gran esfuerzo. De entre los muchos papeles y pergaminos que llenaban su mesa, cogió un rollo recién abierto.

            – Éste es un mensaje de lord Jescheck, autoproclamado Conde de Tresina. Hasta hace unos meses se conformaba con ser un Señor más de estos contornos, pero debe creer que con un título del Viejo Reino aumentará su autoridad.

            Willer se permitió un breve relincho de risa.

            – No tiene derecho a apropiarse de ningún título del Viejo Reino.- el tono irritado de Ailin ya no era una farsa.

            – No de acuerdo con los fueros del mismo.- admitió Helmut- Pero desde la caída del Trono nadie les presta mucha atención. No me interrumpas y escucha.- añadió, cortando de raíz la discusión que Ailin parecía dispuesta a entablar- Jescheck ha convocado a los Señores para un Concilio de Iguales, en la primavera. La carta sólo apunta sus motivos. Parece que, de pronto, ha comprendido la amenaza que constituye la República; por lo tanto, quiere hablarnos sobre la necesidad de una alianza entre todos los Señoríos.

            – Esa alianza sería innecesaria si se restaurase el Reino.- aseveró agriamente Ailin.

            El matrimonio cruzó una mirada.

            – Por eso te hemos hecho venir, querida.- dijo Nadine- Será la primera vez desde al fin del Reino en que todas lo aún no sometidos estarán juntos, con motivos para sentirse amenazados.

            – ¿Lo estarán?- Willer hizo una mueca de escepticismo- ¿Tanto poder de convicción tiene Jescheck?

            – Otros han apoyado su iniciativa, incluido yo.- respondió Helmut, levantándose- Y ahora, Willer, saca tu espada.- el señor apuntó con su dedo índice al caballero- ¿Te juramentas, por tu honor, a no revelar a nadie, salvo que seas liberado de tu palabra, lo que ahora vas a escuchar? Si así es, besa la hoja.

            Sin vacilar, aun cogido por sorpresa, el servidor de Helmut posó sus labios sobre el acero.

            – Bien, sir Willer. Ahora, arrodillaos ante Ailin Grimwald, Reina del Corazón Negro, puesto que ella es, por descendencia directa, la heredera del Trono del Gran Reino.

            Willer quedó boquiabierto. Su aspecto era tan cómico que Ailin, pese a la solemnidad del momento, fue incapaz de reprimir la risa. Lady Nadine tampoco pudo evitar una pequeña sonrisa. Sólo lord Helmut mantuvo su gesto lapidario.

            – Mi señora,- el caballero, cayendo sobre sus rodillas, había recuperado el uso de la palabra en un momento- mi espada no ha sido nunca tan vuestra como ahora.

            – Creo que sir Willer es acreedor de una explicación.- dijo lady Nadine.

            – Es de justicia.- reconoció Helmut, volviendo a su asiento- Y también es conveniente para Ailin. Sí, no pongas esa cara: tú conoces buena parte de la historia, no toda y conviene contarla con orden.

            Ailin sería la Reina por derecho, pero también seguía siendo la pupila de lord Helmut. Se reclinó en la silla y escuchó a su tutor.

            – Esta historia no tiene un comienzo claro. Ninguna lo tiene: todo hecho o sucesión de hechos proviene de otros anteriores y ni los más sabios conocen el origen último. Partamos de algo evidente: estas tierras fueron un día parte del Gran Reino, al que ahora muchos llaman el Viejo Reino. Tu dinastía, Ailin, ciñó la corona durante generaciones. Sin embargo, cuando tu bisabuelo ascendió al Trono, con apenas catorce años, una crisis empezó a germinar. Había quien pensaba, de buena fe o por interés propio, que el legítimo heredero, el hermano mayor del Rey, había sido asesinado, ocultándose esto con un accidente de caza. Yo no lo creo. Sin embargo, siempre hay oídos que prestan atención a murmuraciones de esa calaña.

            “Tu bisabuelo logró mantener la paz el tiempo suficiente para casarse y tener un hijo. Pero al no haber sometido a los nobles que no le habían hecho juramento de lealtad, sólo cinco años después de su coronación éstos se alzaron en armas. Hubo una guerra civil. Los rebeldes pusieron bajo asedio la capital. A sus filas se unían cada vez más señores ambiciosos, convencidos de que la caída de tu casa era un hecho y que había llegado la hora de repartirse el botín. Es una historia vieja como el mundo.

            “El Rey no quería abandonar su ciudad ni sacrificar la monarquía. Confió a su hijo a vasallos de probada rectitud, con la misión de llevarlo a lugar seguro y a la corona real con él, de manera que su legitimidad estuviera fuera de toda duda. Esa misma noche los sediciosos consiguieron la victoria y asesinaron al Rey y su Reina.

            “Pero su triunfo era incompleto. Con tu abuelo vivo, la línea de sucesión permanecía intacta. Además, los más importantes de entre los rebeldes codiciaban el Trono y sabían que sólo la posesión de la corona, con el Corazón Negro engarzado, les daría la autoridad suficiente para exigir el sometimiento de los demás. La guerra civil continuó, en un todos contra todos. Varios nobles perdieron el control de sus territorios, que pasaron a manos de otros señores, viejos o nuevos.

            – ¿Y el Rey?- preguntó Willer- ¿Cómo perdió la corona?

            – ¿Cómo sabes que la perdió?- Helmut se inclinó hacia delante.

            – Si Ailin es la heredera legítima y la corona no se hubiera perdido, la tendríais aquí, mi señor, haciendo aún más creíble vuestra revelación.

            Helmut emitió un gutural sonido de insatisfacción: a su juicio, el tono de sir Willer revelaba una cierta displicencia, como si aquel asunto fuera un acertijo para pasar el rato.

            – Existían nobles leales, que acogieron al Rey. Siendo éste aún un niño, se formó un consejo para administrar el Reino y dirigir la guerra. Se decidió que el Rey debería refugiarse en la plaza fuerte más inexpugnable de entre las disponibles. Pero durante el viaje…

            – Les emboscaron.- adivinó Ailin, siguiendo el ejemplo de Willer, aunque con una pasión que agradó a lord Helmut.

            – Así es. El Rey sobrevivió, por suerte, pero los asaltantes, que nadie sabe a quién servían, ni si en verdad servían a alguien, se hicieron con la corona. Esto colocaba al Trono en una posición delicadísima; los mejores batidores fueron enviados a la búsqueda del Corazón Negro, sin que la fortuna sonriera sus esfuerzos. Sin el signo de su poder, el de rey se convirtió en título de escaso valor: los nobles pactaron la paz, enterrando la monarquía. Nadie sería ya el Señor de Señores. Tu padre y tus tíos, cuando tuvieron edad suficiente, se comprometieron a encontrar el Corazón o a morir en el intento. El Rey falleció esperando la vuelta de sus hijos.

            Willer bostezó solapadamente, mientras registraba con la mirada la habitación, a la busca de una botella. No tuvo éxito.

            – Desmond, tu padre, era amigo mío. Mi familia siempre estuvo de lado del Trono. Me hubiera gustado acompañarle en su búsqueda, pero lo prohibió. Me rogó que cuidase de tu madre, Calen, que estaba encinta. Tu padre regresó a este castillo poco antes de nacer tú, para llevársela. Me tomó del brazo y me confesó lo que más temía. Sus hermanos habían caído en la búsqueda; tu padre era un rey sin reino, obligado a permanecer en el anonimato. Para no perjudicarme, deseaba establecerse en una pequeña fortaleza, acompañado por un puñado de sirvientes y seguir rastreando el Corazón Negro en cuanto nacieras.

            “Un año después recibí un mensaje de tu madre. Estaba muy enferma. De tu padre nadie sabía nada. Me rogaba que te acogiera como pupila, en recuerdo a la amistad con Desmond.

            – Fuimos a la fortaleza,- continuó Nadine suavemente- y acompañamos una semana a tu madre. Una terrible fiebre se había apoderado de ella. Murió murmurando tu nombre, Ailin, y el de tu padre. Rendimos el homenaje funerario a su cuerpo y te trajimos aquí. En cuanto tuviste uso de razón te descubrimos tu legado

            – ¿Y los sirvientes de los Reyes?- preguntó Willer.

            – A los pocos que quedaban los tomamos a nuestro cuidado, bajo voto de silencio.- explicó Helmut- De esa manera, has permanecido a salvo, en la clandestinidad. A los ojos del mundo, eres una pobre huérfana sin linaje, a la que he acogido.

            – ¿De veras es tan importante mantener el secreto?- se cuestionó el caballero- El poder de la monarquía es casi una leyenda.

            Ailin se encrespó.

            – ¡Yo no he olvidado a mis padres, ni a mi linaje!- exclamó- Acabas de jurarme lealtad, ¿y ya estás insultando la memoria de mis antepasados?

            – Disculpadme, mi señora.- rogó Willer- Sólo digo que si los demás Señores conocieran vuestra identidad o bien os dejarían tranquila o, tal vez, me imitarían, rindiéndoos vasallaje.

            – Algunos, quizás, pero no los suficientes, no sin el Corazón.- repuso Helmut- Y otros, que no desean la vuelta del Trono, querrían ver extinguida la línea de sucesión real. Eso, sin contar a la República, que lleva aumentando su poderío desde hace casi cinco décadas, desde la muerte de tu bisabuelo.

            Helmut mencionó a la República con sincero odio, sintiendo una oleada de desprecio al ser nombrado el monstruo que se nutría de la desgracia de su familia real, el régimen que buscaba sepultar al Viejo Reino, sin dejar de él ni el más leve recuerdo.

            – Y ahora, aprovechando el Concilio de Iguales, queréis que lady Ailin se presente como la Reina en derecho y que solicite la sumisión de los asistentes.- Willer nunca sería una mente política prodigiosa, pero aquella conclusión tampoco lo exigía.

            – Es la oportunidad que llevamos esperando tanto tiempo, pequeña mía.- afirmó Helmut, mirando a Ailin- Los Señores, al acudir, reconocerán que este caos, sin ley, sin autoridad, esta guerra perpetua, es insostenible. Que, cada uno por separado, están condenados. Han hecho falta decenas de años y la ambición de esa maldita República para que se dieran cuenta de lo mucho que necesitan al Trono.

            – Lo haré.- Ailin se irguió y, desdichadamente, ya no tenía el encanto casi irresistible que la había convertido en la dueña del castillo; una capa de solemnidad había caído sobre ella- Reclamaré lo que es mío y restauraré el Gran Reino.

            Helmut, ante el desconcierto de los presentes, hincó la rodilla y besó la mano de Ailin.

            – Mi señora, sois en verdad hija de vuestro noble padre.

            Alzándose, el señor del castillo tomó de nuevo su papel de tutor.

            – Eres una muchacha lista, Ailin, así que supongo que te darás cuenta de las dificultades de la empresa. Porque aparezcas en el Concilio afirmando ser la descendiente de la Casa Real no van los Señores y embajadores a empezar a vitorearte. Exigirán algo más que palabras. Exigirán la corona del Corazón Negro.

            – Ni siquiera sé por dónde empezar a buscar.- algo del aura real de Ailin se evaporó.

            – Tu padre emprendió su último intento con grandes esperanzas. Creía haber logrado una pista importante. Traté de que fuera más explícito, pero se negó, afirmando que, de compartir el secreto conmigo, el mismo peligro que le acechaba a él nos amenazaría a mí, a los míos, así como a tu madre y a ti, si él no regresaba. Se marchó hacia el Oeste. Cabalga hacia allí y trata de hallar algún rastro.

            – ¿No vendréis conmigo?- la Reina Ailin era un fantasma del pasado.

            – Ni Nadine ni yo podemos acompañarte. Debemos administrar estas tierras y prepararnos para el Concilio. Si nos fuésemos de pronto, despertaríamos sospechas. Además, durante este invierno quiero supervisar el estado de nuestros baluartes a lo largo de la frontera.

            – ¿Teméis un ataque, mi señor?

            – Los rojinegros se están volviendo osados: en otros Señoríos se han visto espías y saboteadores. Algunos Señores han lanzado incursiones de castigo. La República no se quedará de brazos cruzados. Los políticos y los militares de Izur estarán ávidos de éxitos con los que aparentar ante sus súbditos. ¡Valiente basura!

            – Entonces, -sonrió el caballero- supongo que yo cuidaré de nuestra futura Reina.

            – ¿En serio?- Ailin le echó los brazos al cuello.

            – No tengo más remedio. U os acompaño o milord Helmut me rebanará la cabeza para que no diga nada de lo que aquí se ha hablado. Está claro que para esta misión me ha ordenado quedarme.

            Helmut se sonrió de su propia astucia y lady Nadine apretó la mano del caballero.

            – Estando tú con ella, nada malo puede ocurrirle.

            – Esperemos que eso funcione a la inversa, mi señora.

            – Sir Willer, desde este instante sois Protector de la Reina.- anunció Kalus Helmut; después, retomó su tono pragmático- Partid mañana al amanecer. Os prepararé unos poderes que os permitirán viajar sin dificultad dentro de mis dominios. Pero en tierras de otros Señores y, sobre todo, en las que ha usurpado la República, debéis ser cautelosos y pasar desapercibidos.

            – Ven, Ailin,- dijo Nadine- te ayudaré con el equipaje.

            – Que sea escaso.- apuntó Willer con malicia- Los caballos tienen que cabalgar ligeros.

            – Willer, eres su Protector, no su igual.- le recordó lord Helmut- No te excedas.

            – Pido disculpas, mi señor.- el caballero inclinó el rostro ensombrecido- ¿Me dais vuestro permiso para retirarme?

            Helmut asintió. Willer giró sobre sus talones y salió con paso marcial. Al pie de las escaleras, Nadine y Ailin lo alcanzaron.

            – No te habías excedido, Willer.- le dijo al oído la mujer de Helmut- Mi señor sólo desea lo mejor para su pupila y ese cariño le ciega a veces.

            – Gracias, mi señora.

            – Willer,- dijo Ailin, quien no había oído estas palabras- te lo agradezco.

            – ¿Agradecer, milady? ¿Qué hay que agradecer?

            – Te llevo lejos de nuestro hogar, a una búsqueda a ciegas. No vas a pelear por la bandera de tu señor, ni a conquistar honores. Pero si algún día soy Reina en el Trono, pocos serán más grandes que tú.

            – Me abrumáis.- sir Willer usó su habitual acento ligero- Centrémonos por ahora en la aventura, llena de peligros y de incógnitas. ¿Qué es una historia sin un viaje a lo desconocido? Cabalgaremos hacia un cantar, querida Ailin.

            La chica rió, yéndose con su tutora. Willer sonrió al ver de nuevo a la encantadora chiquilla que conocía y se preguntó si de veras deseaba reverenciarla convertida en monarca del Gran Reino. Ah, maldición. Necesitaba un trago.

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