Con un vaso de whisky

julio 20, 2009

Grandes Series: El Ala Oeste

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:59 pm
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         thewestwing1   En español el título completo es El Ala Oeste de la Casa Blanca, por si acaso la presentación con banderas americanas e imágenes del edifico en cuestión fuera demasiado sutil. Esta serie, creada por Aaron Sorkin, es pura política-ficción. Ficción magnífica, pero ficción. Lo que la separa de la real-politik es la base. Porque, en su inmensa mayoría, los políticos siguen la senda de Fouché (independientemente de la astucia que posean), es decir, buscan el poder por el poder; engañan, mienten, manipulan, hacen demagogia, espían para alcanzar el sillón y luego hacen una vez más todo eso para no perderlo. La idea de la política como servicio hacia el pueblo, de dar lo mejor de uno mismo en beneficio de la comunidad la mantienen alguna marioneta infeliz y los redactores de discursos.

            En cambio, en El Ala Oeste, los políticos en efecto creen en lo que hacen, se dejan la piel por sus ideas, por el servicio al pueblo. Hay, desde luego, mucha maquinación, intrigas, susurros en los pasillos del poder y puñaladas por la espalda; sin embargo, el rumor de fondo es que, aunque esas cosas existan, no son consustanciales a la política. El Presidente Bartlet (Martin Sheen), Premio Nobel de Economía, y sus colaboradores (bueno, casi todos) son íntegros, son honrados. Y buena parte de sus adversarios republicanos, igual. Tienen ideas muy diferentes, intelectualmente se detestan en ocasiones, pero la serie tiene la inteligencia de no ser maniquea, de presentar los problemas como son, extraordinariamente complejos e interpretables. Una opinión discrepante puede ser respetable, y aquí eso se demuestra. Mi republicano favorito es John Goodman, en el papel de Presidente de la Cámara de Representantes Walken y, por un breve tiempo, Presidente de Estados Unidos por baja temporal de Bartlet.

            Son siete temporadas, que recorren los dos mandatos de Bartlet. Ocho años de gobierno que dan para ahondar en la mente de los miembros del gabinete. Dan para matizar las actuaciones, para mostrar desacuerdos e incluso rupturas traumáticas. Siendo, como digo, política-ficción, el realismo no está ausente. C. J. Craig, por ejemplo, es la política idealista por antonomasia. Es muy astuto haber puesto a semejante personaje como Portavoz durante la mayor parte de la serie. Los Portavoces (como se explica en un brillante capítulo en forma de documental) son muchas veces los últimos en enterarse de lo que trama la Presidencia, si es que llegan a enterarse por completo. Al ser Craig una mujer de severos principios morales, su personaje choca contra las mentes más pragmáticas del Gobierno, como Leo MacGarry. Y casi siempre ganan éstas.

            Siendo un tanto bruscos, podemos dividir los capítulos en dos clases: los que se centran en la política doméstica y los que se centran en la internacional. Personalmente, me gustan más los primeros. Para alguien que ha estudiado Derecho y al que le interesa la organización del Estado, resulta muy atractivo dar un vistazo al sistema político de la primera potencia del mundo. Los enfrentamientos (e incluso la colaboración) con el Congreso (si es republicano, la cosa tiene más gracia), la lucha entre Estados y Gobierno Federal, la delicada relación con la judicatura o con los grupos de presión… Luego uno lee el periódico y ve que aquí los problemas son similares, aunque el nivel es mucho más cutre.

            Los capítulos internacionales, también muy bien escritos e interpretados, tienen un problema añadido. La política-ficción interna es más aceptable, al menos, para un extranjero. La política-ficción exterior cuesta más. Ojo, no hay tampoco aquí errores, ni engaños groseros. Ni se presenta a Estados Unidos como la gran luz libertadora. Esta serie es demasiado inteligente para ello. Sin embargo, la sensación de que en el juego diplomático hay quien actúa de buena fe (la Administración Bartlet) y de que cuando tiene que renunciar a sus ideales lo hace con gran disgusto, obligada por la realidad del mundo siempre me ha chirriado un tanto.

            Pero en fin, no hay grandes errores. Es más, en ocasiones el planteamiento de los episodios me ha sorprendido por su crudeza. El Presidente, en un determinado momento, ordena el asesinato de un dirigente extranjero que apoya a grupos terroristas, algo que no se muestra como una victoria de la democracia frente al mal absoluto. Los acercamientos al conflicto entre Israel y Palestina son de una sutileza impresionante.

            Por último, con una perspicacia hasta sospechosa, El Ala Oeste, como se reiteró en la prensa, adelantó las últimas elecciones estadounidenses. Un candidato latino (Jimmy Smits), que gana unas muy reñidas primarias demócratas, cuando nadie daba nada por él. Un republicano heterodoxo (Alan Alda, grande), elegido por amplia mayoría, que se pasa la mayor parte de la campaña tratando de mantener su propio criterio frente a la maquinaria del partido. Y una campaña presidencial mucho más apasionante que la auténtica.

            Con actores muy sólidos, invitados de lujo, magníficos guiones, llenos de diálogos inteligentes (con diálogos indirectos e incluso diálogos silenciosos, de los cuales Josh Lyman y Toby Ziegler son consumados maestros), con un particular sentido del humor, Aaron Sorkin nos ha legado la política como debería ser. Lo malo es que uno se acostumbra a este inquilino de la Casa Blanca y luego no quiere votar por nadie más. ¿Obama? Ja.

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