Con un vaso de whisky

julio 17, 2009

Parte primera: En la frontera

Filed under: 1,Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:26 pm

XXXIII

¿No oír? ¿Cuándo había ruido por doquier? Crecía

como un repique de campanas. En mis oídos, nombres

de todos los aventureros extraviados, pares míos.

Qué fuerte había sido uno, y otro audaz, y otro

afortunado; ¡sin embargo, cuánto hacía que todos estaban

perdidos! ¡Todos! Dobló en un instante el dolor de años

 

XXXIV

Allí se alzaban, en línea en las laderas, reunidos

para verme por postrera vez, ¡marco viviente para

un último retrato! En medio de una cortina de llamas los vi

y a todos los reconocí. Y, no obstante, sin arrendarme,

me llevé la trompa a los labios y soplé.

Childe Roland a la Torre Oscura fue.

 

Robert Browning

 

I. Dos viajeros

 

            Llovía.

            En las calles de la aldea el agua, arrojada con fiereza por el viento, forzaba a la tierra, engendrando fango. Unas cuantas ventanas iluminadas y los faroles de la única posada combatían con escaso éxito a la oscuridad.

            Noches tan desapacibles como esas nunca han sido bien recibidas por los posaderos. Algo de frío, algo de lluvia, una pequeña tormenta, son sus aliadas naturales: empujan a los peregrinos a refugiarse de las inclemencias. Pero si los elementos se pasan de la raya, los viajeros seguramente ni siquiera alcancen ese estatus, quedándose en sus respectivas moradas, a menos que una fuerza mayor a la comodidad les impulse a salir a los caminos.

            Por esta última razón, Artus Labam, dueño de la venta local, no perdía el tiempo maldiciendo al clima. Aquel pequeño pueblo tenía la cualidad de ser fronterizo, lo cual era una desgracia en un plano general y una virtud para él en concreto. Estar cerca de la frontera siempre es peligroso, pero ofrece un casi ininterrumpido ir y venir de soldados, caminantes, mercaderes y fugitivos. Nadie viajaba por placer en aquellas regiones; por tanto, cuanto peor fuera la noche, más gente se convertiría en huésped del señor Labam.

            Pese a ello, aun quedaban varias habitaciones destinadas al descanso vacías. Las otras, en las que se entraba por un tiempo directamente proporcional al dinero pagado, siempre estaban ocupadas. A nadie sorprenderá que el honrado mesonero brincara de gozo cuando un pinche le informó de que un par de jinetes enfilaban la calle principal, en dirección a la posada.

            Labam, que hasta aquel instante había estado bebiendo con indolencia una pinta de cerveza, dejó la jarra y, levantándose con aire decidido, empezó a recorrer su local, en las tres dimensiones, con un papel en la mano y una pluma en la otra, gritando a sus empleados, apuntando cifras y mostrando el aspecto de un próspero y ocupado hombre de negocios.

            Los anunciados jinetes aparecieron poco después de esta transmutación y tuvieron que esperar a que el atareado patrón encontrase tiempo para ellos. Pero el señor Labam no les hacía esperar sencillamente con el fin de indicarles que la posada marchaba viento en popa, por lo cual su oro no era imprescindible, sino para hacerse una idea sobre ellos.

            Sus ropas eran de buena calidad, aunque nada finas. Oscuras, resistentes, eran indumentarias destinadas a pasar mucho tiempo al aire libre, igual que el par de bolsas que caían de sus hombros. La de uno de ellos era obviamente un uniforme militar, de oficial medio. Ambos llevaban colgada del cinto una larga espada. Uno de los empleados de Labam se encargó de las capas, amplias y pesadas, con mangas para los brazos y rematadas por sendos capuchones, que les daban un cierto aire monacal; ahora ya podía verles las caras.

            Eran un joven y un viejo, el primero bastante más alto que el segundo. El viejo, el oficial, con una calvicie incipiente, barba gris, cuadrada, era corpulento y nervudo, en buena forma física, pese a los sesenta años cerca de los que andaría. El rostro, surcado por las arrugas, tenía en su haber un par de cejas hirsutas, dos apacibles ojos negros, una nariz destacable y una boca distendida en una vaga sonrisa. Con las manos entrelazadas tras la espalda, era la viva imagen de la paciencia. La larga experiencia del señor Labam le permitió catalogarlo entre los clientes que, sin perder la moderación, gozan de los placeres de la vida.

            Su compañero, de unos veinte años, era harina de otro costal. El corto pelo negro, las facciones enjutas, el cuerpo delgado, daban una idea de sobriedad poco prometedora. Su cara no permitía hacerse mayores ilusiones: bajo la amplia frente, sobre la que caía un flequillo rebelde, dos cejas fruncidas y una nariz recta custodiaban los ojos, verdes, fríos; los labios estaban tan fruncidos como el ceño. Para acabar la estampa, las piernas rígidas, los brazos cruzados, los dedos tamborileando, le gritaban al mesonero que aquel cliente no se andaba con bromas. Sería inteligente atenderles sin mucho retraso.

            – Buenas noches, señores, buenas noches.- saludó, metiendo el papel lleno de anotaciones sin objeto en un bolsillo del delantal.

            – Si así se las puede llamar.- contestó amablemente el viejo.

            – No es una mala tormenta, no, señor, pero, como decimos por aquí, al mal tiempo, buena cara.

            – Juiciosa actitud.

            El joven emitió un leve gruñido.

            – ¿Los señores desean cena, habitación o ambas cosas?

            – Si no fuera mucha molestia, una habitación para los dos y una cena caliente.

            – Tenemos una habitación lo bastante amplia para ambos. También disponemos de unos baños, si desean librarse del barro, mientras limpiamos sus ropas.

            – Vaya, qué servicio más completo.

            – Nos preciamos de él, señor.

            – ¿Los caballos están bien atendidos?- preguntó el joven, cortante.

            – Mis mozos de cuadra estarán al momento con ellos, mi buen señor. Entonces, ¿hago preparar el baño?

            – Mis huesos lo agradecerían.- el viejo se volvió a su compañero- ¿Qué opináis?

            El joven hizo un brusco movimiento, que controló al segundo, y asintió.

            – Espléndido. Si hacen el favor de seguirme…

            El señor Labam condujo a sus clientes al piso superior, sin dejar de hablar.

            – Además de estas habitaciones, disponemos de otras, en el ala este. Están a su disposición, si desean visitarlas.

            – Tentador,- reconoció el viejo- pero creo que declinaremos la oferta.

            – Señor posadero.- interrumpió el joven.

            – ¿Señor?

            – Llevamos equipaje en los caballos. ¿Podrían subírnoslo?- y aquella voz dura dejaba adivinar que hasta el más nimio componente de tal equipaje estaba inventariado.

            – Por supuesto, señor.

            La alcoba hacía justicia a las promesas de Labam. Los viajeros dejaron las bolsas en un rincón y, mientras el joven permanecía en pie, el viejo se acomodó en una silla mecedora frente a la chimenea.

            – El baño estará listo en unos minutos. Les avisaré personalmente.

            – Muchas gracias, señor posadero.

            Artus Labam se retiró, pero un oído concienzudamente entrenado le permitió escuchar al viejo riendo.

            – Mecedora, una silla, una mesa baja, chimenea propia, dos camas, cena, baño y hasta tintorería. Mañana van a aligerarnos los bolsillos con gran honradez.

            El joven no contestó, al menos, no con palabras y al señor Labam no le pareció prudente quedarse en medio del pasillo. Ocasiones tendría para indagar acerca de sus inquilinos.

            En la habitación, el joven se había acercado con sigilo a la puerta, aplicando la oreja a la misma.

            – Se ha marchado.- anunció al fin.

            – Un posadero inteligente.- alabó el viejo- Arriesgarse a ser sorprendido en una posición comprometedora sin una excusa creíble perjudicaría su negocio.

            – Que se haya ido no quiere decir que no trate de espiarnos más adelante.- repuso el otro, sentándose en la silla libre.

            – Sí, tiene aspecto de chismoso, ¿verdad?

            – Si no lo fuera de por sí, seguro que al haberte oído tratarme de vos le habría picado la curiosidad. ¿Por qué lo hiciste?

            – Porque, de acuerdo con las leyes de la República, era el trato correcto.

            – Ya hemos hablado de eso.- el joven estaba muy contrariado- Ante extraños, es arriesgado que seas tan respetuoso.

            – ¿Qué os hace creer eso, Señoría?- preguntó con cordialidad su interlocutor- Es bastante normal que viejos de rango inferior traten con cortesía a jóvenes de rango superior.

            – ¡Basta!- exclamó el joven, alzándose con violencia.

            Las gotas repiqueteaban contra la ventana de la habitación. El joven llegó a ella en un par de zancadas y permaneció allí, silencioso, mirando caer la lluvia. El anciano torció el gesto, con aire arrepentido.

            – ¿Cuántas veces te he tratado como si yo fuera tu superior?- murmuró el joven.

            – Nunca.- reconoció su compañero; acto seguido, se levantó e hizo una breve inclinación, añadiendo- Lo lamento de veras, Edmund. Pero te aseguro que no había ánimo de ofensa en mis palabras.

            De los ojos del joven desapareció parte de la irritación.

            – Yo también lo lamento, Dougal. He perdido los estribos; parece que los consejos de mis viejos maestros surten efecto.- añadió con ironía.

            – Oh, surten más efecto del que crees. Lo que pasa es que siempre estás en un extremo: o eres más helado que el invierno o saltas como una langosta.

            Edmund esbozó esa sonrisa seca que precisa sólo de la mitad de la cara.

            Llamaron a la puerta y el posadero entró, con las alforjas de los caballos a cuestas.

            – El equipaje de los señores. El baño está listo,- comunicó- al fondo del pasillo: hay dos tinajas con agua caliente, jabón, toallas y albornoces para que se los pongan mientras limpian sus ropas.

            – Ve tú.- dijo Edmund a Dougal, sacando de su bolsa un libro forrado- Cuando termines iré a bañarme.

            – Pero, señor, convendría que fueran los dos ahora,- protestó el patrón- o se enfriará el agua.

            – Que la calienten de nuevo.- repuso el joven, acomodándose en la mecedora.

            El señor Labam era un buen posadero: sabía cuando insistir resultaba contraproducente. También sabía cómo colar en la habitación a sus subordinados con las más variopintas coartadas, desde airear las camas a llevar combustible para la chimenea, pasando por la ropa limpia, un preciso informe acerca del estado de los corceles y traer la cena. Todas las incursiones se estrellaron contra el seco silencio de Edmund primero y la amable cortesía de Dougal después. Ni uno de los improvisados espías logró aportar datos sobre la identidad de los huéspedes.

            En un último esfuerzo desesperado, Labam fue en persona a recoger los platos.

            – ¿Han quedado satisfechos los señores?

            – Una buena cena, tras un buen baño. ¿Qué más pueden pedir dos viajeros cansados?

            – Una noche tranquila sin interrupciones.- contestó Edmund, con un gesto más sombrío aún que su silencio.

            – ¿Van a retirarse? Pensé que, tal vez, gustarían los señores de bajar al salón común. Hay bebida y compañía. Uno de nuestros clientes es bardo y sin duda alegrará la velada. ¡Ah, creo que ya empieza!

            En efecto, un laúd tocado con mediana habilidad pugnaba por sobreponerse a las conversaciones del piso inferior. La voz del juglar se unió a ese esfuerzo, entonando una conocida balada:

            – El rey está en Dunferline

            Bebiendo un vino encarnado:

            “Dónde encontraré un marino

            Que sepa pilotar mi barco?”

            Sentado del rey a la diestra

            Levántase a hablar un anciano:

            “Es Sir Patrick Spence el mejor

            Que el mar haya surcado.”[1]

            – Es una de mis baladas favoritas.- reconoció Dougal- Aunque no sé si quiero oírla de una voz tan peculiar.

            – No es un gran cantor, cierto, pero el ambiente será inmejorable.

            – ¿De qué rey habla esa balada?- inquirió con suspicacia Edmund.

            – Oh, señor, no es más que una vieja canción. Ya era antigua cuando yo era un niño. No hay nada subversivo en ella.

            – Sería más subversiva en una monarquía que en una república.- opinó Dougal- Me temo que no vamos a bajar, señor posadero. El viaje ha sido duro y mañana deseamos levantarnos al amanecer.

            – Me ocuparé de eso. Buenas noches, señores.

            El posadero se marchó entre calculadas reverencias. Y entonces, por fin, logró un éxito. Edmund tenía mal abrochada la guerrera y, al inclinarse a un lado, dejó entrever el interior. La aguda mirada del tabernero no necesitó más: una cadena de acero, de la cual colgaba un emblema también forjado en acero, una espada sobre un libro cerrado.

            El señor Labam mantuvo la compostura hasta llegar a la cocina, donde, tras un par de ladridos, logró que le sirvieran una copa de vino. Tras beberla se sintió algo menos mareado. Y no era para menos. Ahora comprendía el deferente tratamiento que el viejo le había dado a aquel joven. El señor Labam tuvo ganas de llorar: bajo su techo se alojaba un Juez Errante.

 

            Tal como Dougal había solicitado, los viajeros fueron despertados al alba. En la puerta les esperaban sus cabalgaduras y, mientras los mozos, vigilados estrechamente por Edmund los preparaban para el viaje, Labam le presentaba la cuenta a Dougal.

            – ¿Cuatro florines de oro?- se extrañó el viejo- A la excelencia del servicio hay que añadir lo razonable del precio.

            – Esta región no es rica, señor.- suspiró Artus- En un lugar más próspero mis precios estarían a la altura de la calidad de mi establecimiento. De nada sirve lamentarse.

            – Señor posadero, sois un estoico.

            Labam parpadeó, ante el trato. Pero entendió de inmediato el propósito del viejo y se congratuló de haber sorprendido el secreto del joven. En otro caso, la maniobra del viejo le hubiera despistado por completo.

            Liquidada la deuda, Dougal y Edmund se alejaron de la posada, buscando la salida del pueblo y el camino principal. Al acercarse a las últimas casas, se encontraron con otro jinete, envuelto en una capa roja y con un laúd a la espalda. Una cabeza rubia se giró al oírles llegar.

            – Buen día, caballeros.- saludó el desconocido, quien llamaba la atención por su imaginativo bigote.

            – Buen día.- respondió Dougal, mientras Edmund limitaba su cortesía a una leve inclinación.

            – ¿Vienen de la posada de Labam?

            – En efecto.

            – ¡Menudo granuja, el tal Labam! ¡Seis florines por una copa de vino, una escudilla de sobras tibias y una habitación mugrienta! Y eso, después de cantar buena parte de la noche. ¡Jamás había recibido un trato semejante!

            – ¿Es el bardo que se hospedaba en el mesón? El señor Labam nos recomendó acudir a escucharle.

            – No recuerdo sus caras; Labam no debió esforzarse mucho por convencerles.- se quejó el bardo- Bien, mientras cabalgamos, pueden recuperar la oportunidad. Mi voz necesita práctica continua.

            – Pero, sin duda, también agradecerá el descanso.- apuntó Dougal- Además, la mañana es húmeda y sería inteligente no exponer sus cuerdas vocales.

            – Es cierto, he de cuidarme.- reconoció el juglar- Tal vez cuando el día avance y mejore el clima.

            Habían llegado a una intersección de caminos y el cantor quejica giró hacia el Oeste.

            – ¿Va al Oeste? En ese caso habremos de despedirnos: nosotros vamos al Norte. Que tenga un buen viaje.

            Y, sin dar tiempo al trovador, que ya había echado mano del laúd, para una canción de despedida, Dougal y Edmund picaron espuelas y se alejaron al trote.

            En cuanto el molesto personaje quedó fuera de la vista y el oído, Dougal comentó:

            – El señor Labam ha mostrado una asombrosa amabilidad para con nosotros.

            – Lo sabe.- dijo irritado su compañero- Lo ha descubierto y, para no meterse en problemas, ha rebajado nuestra cuenta.

            – Eso parece.

            – Pero, ¿cómo se ha enterado? ¿Se habrá colado en la habitación mientras dormíamos?

            – Lo veo difícil, estando yo tan despierto.

            – ¿Has montado guardia sin decírmelo?

            – Tú estabas cansado y yo nunca he podido dormir mucho, menos aún con ese supuesto bardo destrozando una balada tras otra.

            – Estoy tan acostumbrado a velar como tú.- protestó el joven- Deberías haberme despertado, para turnarnos.

            – Lo más probable,- continuó Dougal, sin hacer caso- es que haya visto tu colgante, en un momento de descuido.

            A Edmund no se le ocurría otra razón, pero eso no hacía más agradable el tener que reconocerlo.

            – En fin, lo hecho, hecho está y no tiene sentido lamentarse. Por otro lado, no acabo de comprender esa obsesión tuya por el secretismo. Eres, después de todo, miembro de uno de los cuerpos más importantes de la República. No es algo de lo que avergonzarse. Y, si nadie conoce tu rango, es complicado que cumplas con tu función.

            – De esta manera soy yo el que elige cuándo y cómo intervenir.

            – ¿Ésa es el modo más correcto de actuar siendo un Juez Errante?

            – Tengo mis razones.

            – A riesgo de excederme en mis atribuciones, ¿te importaría compartirlas conmigo? Estoy aquí para ayudarte y aconsejarte, al fin y al cabo.

            – La gente teme a los Jueces Errantes.- contestó con creciente impaciencia Edmund- Somos respetados, pero no populares. Es mucho más sencillo recopilar información de la población común si te creen uno de ellos.

            – ¿Quedarse en la habitación en lugar de bajar a la sala común es otro medio de espionaje?

            – Estaba cansado, tú lo has dicho, y no tenía ganas de escuchar a un juglar mediocre, bajo la vigilancia constante de ese posadero. ¿Te parecen razonables mis motivos?

            – Los he escuchado peores. ¿Vamos a mantener el anonimato en Nicolia?

            – En Nicolia no habrá más remedio que actuar abiertamente, ante el Gobernador, al menos. Cuantos menos sepan de nuestra presencia, mejor.

            – Muy bien. Aunque el Gobernador puede irse de la lengua.

            Edmund esbozó una sonrisa truculenta.

            – Siempre podemos cortársela.

 


[1] Comienzo de La Balada de Sir Patrick Spence, una de las Child Ballads, recopilación de baladas y canciones tradicionales inglesas y escocesas realizada por Francis James Child.

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1 comentario »

  1. Es muy comodo de leer y esta interesante.

    Comentario por Germán — julio 18, 2009 @ 8:51 pm | Responder


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